Teatro y novela (artículos criticos) 1903-1906 · Unidad 25 de 35
Unidad 25 · SÜZANNE DESPRÉS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
SÜZANNE DESPRÉS
/jCf UANDO el gran actor Antoine estuvo en Madrid yS/ trajo en su compañía á Suzanne Després. Nadie iba al teatro de la Zarzuela, donde trabajó Antoine ppr ver á la Després sino por juzgar al maestro é introductor de un arte libre y nuevo, verdadero revolucionario en su género. Y, sin embargo, desde la primera noche, desde la representación de La filie Elisa j drama sacado de la famosa novela de los Goncourt, todo el mundo aplaudió como á una nueva estrella á la simpática, á la excelente, á la verista actriz Suzanne Després. Tuvo ella tanto ó más éxito que el gran Antoine, y la gloria de éste casi palideció al lado de la gloria que empezaba de su ilustre compañera.
Hizo Suzanne Després tal impresión en el público, que al concluir el último acto de La filie Elisa^ la llamaron á escena multitud de veces para premiar con aplausos estruendosos su meritísimo trabajo. Fué una enamorada, una pasional que mata por amor incomparable, y su gesto de locura ante jel Jurado resultó digno de una Sarah Bernhardt, de una Duse, de una Gramática.
Esto ocurría — si no recuerdo mal— en el mes de
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Junio de 1904, y ahora, en el mes de Noviembre de 1905, la hemos visto otra vez en Madrid, en el teatro de la Princesa, ya sin la tutela de Antoine, formando compañía, á la cabeza de una troupe muy recomendable, y en el mismo tren de fama que la Rejane, la Jane Hading, la Barthet, la Sarah, la Duse. Ya no es la segunda figura de una compañía, sino la primera, y muy resplandeciente, de la que lleva su nombre y por su causa se contrata. Al público madrileño le cupo el honor casi antes que á París de descubrir á la Després. ¿Qué mucho que hayamos tenido la alegría de ver ahora confirmados nuestros aplausos, cumplidas nuestras profecías? Alguna vez nos había de tocar el turno de adelantarnos en los' juicios á los públicos europeos.
Suzanne Després ha representado en el teatro de la Princesa tres dramas muy recientes y muy modernos: Les Rempla gante s f de Brieux; Le Detour, de Henry Bernstein, y La Massiére^ de Jules Lemaitre. En todos esos dramas la Després ha estado sencillamente admirable y yo dudo que haya nadie capaz de darle mayor relieve. No conozco, hoy por hoy, otra actriz que se la iguale más que la Duse en sus buenos tiempos, y pertenece á idéntica escuela de simplicidad, de verdad, de naturalidad, sin la canturria enfática y molesta de los franceses, que pervertía á la mismísima Sarah en los esplendores de su gloria.
Suzanne Després no es hermosa, Suzanne Després no se engalana como una cocotte, Suzanne Després no confía sus éxitos á la riqueza de su vestuario. Se presenta en la escena modestamente, casi sin maqui-
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llage^ con una pintura muy sobria, como es en la calle y en su casa. Los rasgos de su fisonomía dura y rígida antes bien previenen en su contra que rinden á 8u favor á los espectadores, y sobre todo á las espectadoras. No es tampoco de gran talla como la Sarah Bernhárdt ó la Jane Hading. ¡Cuan buena actriz será la Després que triunfa á pesar de no contar ni con hermosura, ni con los prestigios del modisto de moda, ni con la presencia de una buena moza! A bien que de esto hay testimonios en los teatros de todo el mundo desde la Sada Yacco á la Loreto Prado, que son feas, muy feas, y no obstante grandes actrices, muy grandes actrices.
No incurriré en la cursilería de decir que si á la Després le falta la belleza del cuerpo le sobra en cambio la belleza del alma. Suzanne Després es bella á su manera, bella por la verdad del tipo que representa. En Les Remplagantes es una nodriza auténtica, en Le Detour es una amante capaz de perder á un santo, en La Massiére es una muchacha ingenua y buena, por lo mismo que es libre, que está emancipada de toda clase de prejuicios y de supersticiones sociales. Entra por los ojos de la cara y por los ojos del espíritu en el corazón de los espectadores que ríen y lloran con ella y se apasionan hasta de su cuerpo minee y chetif. Yo sé de muchos que la hubieran raptado y no sólo en concepto de actriz sino hasta en el concepto de hembra. El arte, el divino arte, transforma las criaturas y las hace adorables.
Suzanne Després es un temperamento artístico de primer orden y no se puede ir más allá en lo de fin-
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gir la verdad, en lo de dar la impresión de la vida. Cuando en el tercer acto de Le Detour (El rodeo) se desmaya ó poco menos de placer en los brazos de su amante y huye sin frases y sin gestos del hogar conyugal, sólo por temor á la cena en familia y á la reconciliación con el marido que vendrá como* consecuencia de la cena, la Després subió hasta las cimas del arte y logró un triunfo como pocas veces se ha presenciado en el teatro. Y cuenta que el público de la Princesa no se dejó impresionar por el drama sino por la actriz.
He de añadir, para dar idea completa del éxito colosal de Suzanne Després, que los tres dramas representados por ella no son precisamente tres chefs d'xuvre. Les Remplagantes^ por ejemplo, no es ni con mucho una de las mejores obras de Brieux, el autor aplaudido de La robe rouge. Plantea sí una tesis social de indudable trascendencia, la de los males sin cuento que se originan por la renuncia y abdicación que hacen las madres verdaderas en las madres postizas (amas de cria), del más santo y estricto de sus deberes, el de alimentar á sus hijos, el de darles el pecho, fuente de vida. La tesis es hermosa,-verdadera y justa, pero al fin tesis; y no es de creer que con tales sermones se corrija nada ni dejen las damas aristocráticas y burguesas de rendir homenaje á su egoísmo feroz, sacrificando á sus hijos á manos mercenarias, que es tanto como decir á manos enemigas. Y después, Brieux no ha llegado en materia de sermoneo moral, de potencia ética, de vigor filosófico al grado de elocuencia que un Zola en sus novelas, que
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un Julio Simón en sus libros. Con todo y con eso ni Zola al escribir Fecondité^ ni Julio Simón al escribir obras de filosofía mudaron en un ápice la vergonzosa cobardía de las madres del gran mundo y de la clase media. El planeta Tierra será por los siglos de los siglos lo que es, si no viene una serie de catástrofes sociales á mudar los fundamentos de la familia actual. Eso no se conseguirá con predicaciones sino con revoluciones.
Lo más hermoso que tiene el drama de Brieux, Les Remplagantes que es el médico de aldea, no estuvo bien representado en la función de la Princesa. Aquel doctor es un tipo original ísimo, algo así como personaje sugestivo cual el doctor Pascal de Zola. Sólo que para convencer con sus lecciones morales, con sus reprimendas brutales, necesita encarnar en un gran actor y no lo era el que lleva en su compañía Suzanne Després. Únicamente es digno de ella Lugne Poe, y éste en Les Remplagantes hizo un papel secundario. Drama mediocre, ejecución mediocre también y, sin embargo, triunfo indiscutible de la Després. ¡Cuánto no será su mérito y su arte!
No hablemos de Le Detour^ el drama de Henry Bernstein. Si algo prueba es la verdad de aquel antiguo adagio español que dice: «Mala la madre, mala la hija, mala la manta que las cobija». Renuncio acontar el argumento porque está dicho en dos palabras. Luciana es una hija natural y vive como institutriz en una casa honesta y burguesa. Su madre no puede darle su nombre porque es una gran dama que perdería al dárselo su rango y fama en la sociedad. Y ella, la
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pobre Luciana se resigna á vivir en condición humilde y subalterna. Pero por lo mismo se ve asaltada por toda clase de tentaciones y de amores, conociendo de la vida sus penas y sus infortunios. ¿Cómo se verá libre de tantas amarguras si no ama, si no se entrega al ser preferido de su corazón? No puede aspirar á un gran matrimonio la infeliz institutriz y además sabe que todos la rechazarán porque carece de la honorabilidad de un apellido. En tales condiciones ama en secreto y en secreto se da al primero que llega y la quiere de veras. Permanece tan oculto ese su amor que el hijo de la casa donde presta sus servicios se prenda de ella y la ofrece hacerla su esposa. En vano se resiste, en vano alega que no le quiere, en vano arguye su calidad de hija natural. La fuerzan entre todos al casorio. Y ya casada descubre su marido que entre ambos no hay ningún lazo de comprensión espiritual ni de afecto. La mujer obedece resignada, es fiel por deber, nada más que por deber. ¿A qué más se la puede obligar sino á que olvide á su amante, al que tuvo antes del matrimonio? Llega el instante de la fatal ruptura porque la hija recibe en su casa á sü madre, á la que la dio el ser y no la pudo dar un apellido. El esposo arroja de su casa á la madre de la esposa. Y ésta, enojada, aburrida, presa de la desesperación, huye al fin de un hogar que se le hace odioso. A la fuga la provoca y la determina en el cuarto de hora propicio á las caídas la visita inopinada de su primer amante, cariñoso, dulce, compasivo, todo lo contrario del marido brutal y antipático.
La escena esa del desenlace la hizo Suzanne Des-
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prés con una sobriedad magistral. Fué el sujeto pa» sivo de la fatalidad hereditaria y de la fatalidad del medio. Sentada en un §ofá, sin moverse, sin levantar los ojos, sufre las caricias ardientes del amante, sin prometerle nada, dejando la solución en el aire, á merced de los acontecimientos, del Dios Destino que los rige. Y cuando el amante se marcha casi sin esperanzas de haberla convencido, ella se decide á la suprema determinación, á romper las cadenas del matrimonio. No grita, ni llora, ni se deshace en gestos trágicos. Escribe en una hoja de papel «Armand» y sobre ella deposita la sortija de desposada. Se va hacia la felicidad, hacia el amor, con la serenidad del que se ve arrastrado por la fuerza eterna y constante de la gravitación de las almas. Suzanne Després estuvo sublime. Todos los espectadores hubieran querido tenerla por enamorada suya...
Jules Lemaitre el autor de La Massiére tuvo que explicar cuando estrenó este drama el ii de Enero del presente año en el teatro de la Renatssance, el significado del vocablo que da título á su obra. ¿Y qué es La Massiére f^ le preguntaron público y crítica. La Massiére es la que en un taller de pintura prepara la mass^ la pasta de los colores. Julieta Dupuy, artista pobre y desvalida, confeciona la masSy en el estudio de un pintor de renombre y en boga, Maréze. Este Maréze ha llegado á la edad en que los hombres se deben despedir de las pasiones y de los enamoramientos. Tiene cincuenta y cinco años, puedQ ser el padre y hasta el abuelo de Julieta, y sin embargo, la quiere con pasión juvenil. El no se da cuen-
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ta de la clase de cariño que despierta en su ser la hermosa y talentuda y simpática discípula. Ya se encargarán de revelárselo con sus chismes las demás alumnasy ya se lo arrojará á la cara en una explosión de celos Madame Maréze.
Es de advertir que Julieta Dupuy (La Masstáre) no pone de su parte cosa alguna para conquistar á su maestro. Lo adora, sí, pero con cariño filial, respetuoso, con igual amor que un creyente á su Dios, á su ídolo. Y, él, Maréze, que no se atreve ni á confesarse á sí mismo su loca inclinación, que no osa jamás besar á Julieta no obstante que besa á todas sus demás discípulas, acaba por declararse ante su esposa y ante su hijo como enamorado de la Massiért. ¿Cómo y cuándo comete ese desatino? Pues obligado por los celos sin fundamento de su cara mitad y por la petición que de la mano de Julieta le hace su propió hijo Jacques Maréze. La petición le parece al pintor absurda, insólita y extraña. No comprende que Jacques es joven (22 años) y Julieta joven tam-' bien (21 años) y que la juventud tiene sus fueros y mayores derechos que los de un maestro casi anciano sobre su discípula casi una niña.
Se establece una rivalidad peligrosa y odiosa entre el padre y el hijo que debía concluir mal, concluir en tragedia. Así están preparadas lógicamente las cosas. Pero Jules Lemaitre no se ha atrevido á ir hasta el fin y en lo más agudo del conflicto lo resuelve pacíficamente. Maréze cede, Maréze se retira en sus pretensiones, Maréze abdica en sus egoísmos, Maréze consiente en que Julieta, el sol postrero de su vida,
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sea la esposa de Jacques. Ahí se acaba la comedia, perdonad sus muchas faltas...
Jules Lemaitre es un gran crítico, un literato sabio, un hombre que ha leído mucho y ha escrito mucho y bien, un compañero de los grandes normalüns como Taine, Renañ, Anatole France, pero sin el ingenio de ninguno de ellos, sin su estro poético y sublime. Es autor de la novela Les Rots^ de los dramas Le deputé Leveau^Filipote^ Mariage Blanc, Le par ' don^ Revoltee y L' age dijficile^ Les RotSy L'atnée^ La bonne Heléne^ y, sin embargo, no es un novelista, no es un autor dramático. ¿Por qué? 'Porque su talento de crítico, de sabio en literatura, de normalien le impide y le impedirá conocer el mundo como le conocen otros qne valen menos que él. ¿Desgracia ó fortuna? Decídalo quien pueda, pero el no ser autor dramático, para mí no disminuye en un ápice su valor insigne.
Jules Lemaitre se metió en política y ha salido de la política con las manos en la cabeza, como Coppée, como Barres. Su grande é imperdonable equivocación fué hacerse nacionalista, militarista, reaccionario, clerical, patriotero... En la campaña contra Dreyffus tomó el partido del Estado Mayor, del odioso Mer- £ier, del criminal Henry, del loco- criminal Du Patty du Clam, de los energúmenos chauvinistas frente á Zola, Anatole France, Jaurés, Clemenceau, Bernard Lazare, coronel Picquart, Pressensé, Cornély, Labori y tantos otros que fueron ó son la gloria de Francia en su campaña de justicia y de verdad. Desde entonces Jules Lemaitre se hundió como hombre de su
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siglo, como hombre de progreso. La Massiére no le ha salvado, y menos mal que una artista como Suzanne Després consigue con su talento sacar dej olvido al desgraciado cuanto ilustre Lemaitre.
No; yo hubiera querido ver á Suzanne Després, á la segunda Duse, á la artista incomparable en otras obras modernas, modernísimas, como las recientemente estrenadas, como La Rafale^ de Henry Bemstein, y Le Désir^ de Michel Provins. No hay actor sin autor, y por eso la maravilla de las maravillas es que Suzanne Després resulte una artista genial en dramas tan endebles, tan mediocres, tan artificiosos, de tan escasa intensidad trágica. La Rxifale y Le Désir^ son dos obras en que encarnaría de un modo portenso el talento insigne de Suzanne Després. Eso es arte, eso es vida, y si esta carta no fuese ya larga, explicaría yo lo que son La Rafale y Le Déstr^ aquél un drama de un joven escritor, de 26 años, y éste el drama de una mujer.
Por el momento junto las manos y aplaudo con entusiasmo á Suzanne Després que con su inmenso verismo^ con su arte inimitable, con sus nervios, su sangre y su alma demuestra que no se ha extinguido ni se extinguirá la raza de las Sarah Bernhardt y de las Duse. Descubrámonos ante una estrella que empieza, ante un astro que asoma en el eterno cielo de la Belleza y de la Verdad...
17 de Diciembre de 1905.