Tesoro de cuentos · Unidad 43 de 63

Unidad 43 · LA LUVE FALSA.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA LUVE FALSA.

El Sr. Spencer era on hombre tan bueno como sensible. Había emprendido la educación de varios niños pobres, entre los cuales se contaba un muchacho llamado Franklin, que educaba desde la edad de cinco años.

Este niño tenía la desgracia de ser hijo de un hombre que se habia deshonrado por sus crímenes y y continuamente le echaban en cara su nacimiento; si por casualidad reñía con los niños de la vecindad, se le decía que concluiría como su padre. Pero el Sr. Spencer, al contrario, le decía que su buena conducta le atraería la estimación de todas las gentes honradas, y que las faltas de su padre no debian recaer sobre él.

Esta esperanza alentaba á Franklín : manifestaba el mayor deseo de aprender y hacer todo lo que era bueno y honrado. El Sr. Spencer al ver sus buenas disposiciones, le apreciaba cada vez más, poniendo particular esmero en su instrucción, é inculcándole los principios y los hábitos que hacen á un hombre útil, respetable y feUz.

Guando Franklin cumplió los trece años , el Sr. Speocer le llamó á su gabinete y le dijo con un tono grave y afectuoso á la vez, mientras doblaba una carta que acababa de escribir:

— Franklin, vasa separarte de mí.

— ¿Yo, señor?

— Sí; ya es tiempo de pensar en tu porvenir, pues estás en estado de ganarte la vida; toma esta carta y llévala á casa de mi hermana, la Sra. Churchill, Plaza de la Reina. ¿Ta sabrás donde está esa plaza?

— Sí, señor, he estado ya en ella.

— Yasá entrar al servicio de mi hermapia. Al principio tendrás que conformarte con hacer trabajos algo penosos y hasta desagradables acaso; pero no te desalientes, sé sumiso y obediente con tu ama; trata de granjearte el aprecio délos demás criados, y puedo asegurarte que no tendrás por qué arrepentirte. La Sra. Churchill es muy buena, y si sigues mis consejos, llegarás á conseguir su estimación.

— ¡Ahí así lo espero.

-r-Y oulquier oosa tfm i»- 9im4ík, 9^W% wvmgf^ cofooi con Uinugor SMnigft*

-^SeSor, ¡qiiéikM^iH)C»Yr4J lA6M0n6s«ein^

Y Franklin no pudo añadir una pfilsbr^. jbbA^í tt(i^WQimfii4^ efltabü oMd/ iieoteidt) ^ ^ 1M)P«&»«iSl qye m^emí te ftabia pnDdigadiiL #

--«-Dome ua bmgto p«i«i iin^^f esj» carta.

FrmkliB eD^eodió nm lai ; y cmodf^ el Sr« Speocter le entregó la carta, diío:

—¿Creo que ma puntótirá Vd, qu^e venga á visitarle alguna vez?

—Sí, Ujo mío, siwipre que tu apia te lo permita, tendvé un placer en recibirle ; y st experímeata» algún disgusto, ven á confiarme tus peMs. Ya ha hablado por tí , y te be recoinendada como mereees. Vó, pues, hj^n^o, y mmifie^ta con tu cauducta que me he quedado ofirto al elogiar la» bueima cualidades qaa te adornan.

frtMs>de QfaantfeBtar itapeMas drmm IMi gvatítiíA al ^. gj^noer, dejó esta casa hospitalaria, y se dirigió hacia la ittoilMiatde la SA. GfaÉvdbitl.

A las'tKB'dfeiá tarde Iksgó'á la Pkbm de tai Benm, y un hootlMpe de anchas espaldas, de rostro >eiieeadido,'c6n levita aicd y ofaaieco eiiciaiiado,ÍB abrió te ptierta de la Sn. Speiicer;FranklÍB dudaba 9L le eolregamla cnrta por'miedo'de<qae nefüerawi criado.

--¿Qué quiere Vd.? le díjofeste hombre.

— Tna^o una "carta para la ISra. Gharchiil , nsspondió Frenktin con TOztaD 'respetuosa , como Ínstente había 'sido 4a del criado.

fii portero ^mttó la caita , exa^iiió él sobre , ladéCra y subió la escaleifa; pesfeidM algunos «nintttos mfM6 icHtío&dto á Frasklin -^«e se ümpiaíie tos pías y ieisígiiieae%

El joven fué introducido en una sala espaciosa y bien •adomanda ,*dotitle ^Se «ncoatraban la 9éñ<m j^u idilaoolla. 'Ac|itólla hizo ^riaS'preguiíttts tssctfchfiudole atefttamiMe loieiitpastteblaba, 7 M aBpieieto scfV^riD al principio, fué'dulciteáftdkMeigraidualiiieote, iadto que FVatikliñ^e&periiiuintó por m «Ma<tiiia'eif|tecie de respetuoso'temor , y tfl ti^vao tiempo <0ieno Aftieto.

— ^ tetety <á Mii^rviok),>le d^;i«lltard9« 'dtaponictoii^de mi »mi de gobierno ^^péro^qüe no toidí^ q«e quejarse de tí.

Ei ama de gobierno entró en este tnomettito; tenía la sonrisa en lós'labies/peró'tóiQQÓ cierta actitud inquieta y recelosa al mirar á tranklin. 'La sefiora le recomendó diciendo :

— ¡Pamfred'I crfeo qde estará Vd. contenta con este muchtocfao y que procurará hacerte agradable su ocupación.

El está ¡muy bien! sefwra, que fué la respuesta de la doncella, indicaba sin enibaí^, en el tono que lo pronunció, que estaba mtry'pbco dispueáta'á ^tener gran carino á Franklin. La sefora Pamfred era una mujer ambiciosa y celosa de las connderaciones con que -la tfaitaba sa^seSora. Htíbiem reiido con un ángel que hnbiera*eiítrtido énlaysttsa^ sure^wittiéttdacioa. Sin embargo, se contuve; »pc*o é la Bttfche al'Díeíflpo 4e ayudar á su ama á desnudarse, no pudo menos de decirla coü tono sarcástico.

—Señora: ¿será ese muchacho el niño de qae nos ha hablado el otro día el Sr. Spencer? El que ha sido educado por la sociedad filantrópica?

— Sí por la sociedad filantrópica, mi hermano me lo ha dichoseste niño, según parece, está dotado de un carácter excelente, y creó que no tendrá Vd. queja de él.

—Lo deseo , pero no lo espero. Por mi parte no tengo mucha confianza en las gentes de esa calaña. Esos niños se recogen entre lo más perverso que existe en la sociedad; por más que trabajen, siempre siguen los malos ejemplos de sus padres.

— ^No viven con sus padres, ¿cómo quiere Vd. que sigan ejemplos que no tienen á la vista? Si Franklin ha tenido la desgracia de tener por padre á un miserable, no creo que esto sea una razón para rechazarle ; además ha recibido buena educación.

—¡Oh! en cuanto á eso, señora, y sin que sea mi ánimo hablar contra la educación, puedo asegurar á Vd. que esta no cambia nuestra naturaleza. Cada uno de nosotros trae al nacer sus pensamientos y sus inclinaciones , que la educación más esmerada no puede destruir, y por mí parte no tendría en mi casa un niño que hubiera sido educado por la sociedad filantrópica; deben conservar siempre malos instintos. Aseguro á Vd. , señora, que siempre tendría miedo.

—Hace Vd. mal, Pamfred. Si yo escuchara á Vd., si yo despidiera á ese niño, ¿cómo podría vivir? Se vería obligado para sostenerse á mendigar ó robar ( tal seria su único recurso.

La señoríta Pamfred, que á pesar de sus preocupaciones tenía buen corazón, exclamo:

— Dios me guarde de hacer de ese niño un mendigo ó un ladrón. ¡ Dios me guarde de causarle el menor perjuicio ! yo no le deseo ningún mal.

— Está muy bien, Pámfret. Sin embargo, si dentro de un mes no os agrada ese muchacho, lo despediré; he prometido al señor Spencer que le experímentaría, y no me he obligado á conservarie siempre en mi servicio.

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—Señora, estoy seguro de que tendrá Vd. que obrar así, pero ¡ qué deseugaño para su cocinera cuando lo sepa !

— ^¿Qué desengaño?

— A causa del sobrino de que habló á Yd.

— ¿Cuándo ha sido eso?

— El dia en que hizo el magnífico pastel, recordará Yd. que la dijo no tenia inconveniente en que entrara el niño en la casa , y en esa palabra fundaba sus esperanzas ; pero yo la diré que es inútil.

— Sin embargo , yo no prometí recibir á su sobrino.

— ¡Oh I prometido no, señora; solo dijo Yd. que no había inconveniente; y la cocinera estaba tan contenta por haber conseguido que su sobrino entrara aquí, porque sabe perfectamente que no puede encontrar una casa mejor.

— ¡ Pues bien ! una vez que he dicho que no tenia inconveniente, que entre á mi servicio, cumpliré mi palabra; mándele Yd. venir mañana, que esté un mes y veremos cuál se porta mejor de los dos.

La señorita Pamfret recibió estas órdenes con satisfacción y se apresuró á terminar su tarea para contar enseguida lo que pasaba á la cocinera ; á fin de probar de esta manera que sabía conservar su influencia en la casa.

Félix, el sobrino de la cocinera, llegó al otro dia por la mañana, y en cuanto entró en la cocina , todas las miradas se fijaron ea él con benevolencia y hasta con admiración. Franklin, al contrario, era mirado con desprecio, lo que soportó con cierta confusión, aun cuando tenía tranquila su conciencia.

Al comparar ambos niños, naturalmente se debia preferir á Félix que tenía ya los hábitos de mundo , el porte y las maneras de un hombre fino ; además llevaba zapatos de charol , corbata, camisa fina bordada, todas las cosas que atraen y escitan la admiración del vulgo. Frankiin que no habia olvidado los conse* JOB del Sr. Spencer, sabía muy bien que los zapatos de charol y las camisas bordadas no constituyen |in buen servidor : resol^ vio borrar con su buen proceder la diferencia que el trage esta-*

blecia entre él y el recien venido, y destrair las preocupaciones que la llegada de Félix hacian recaer sobre el : al efecto trató de asegurarse la aprobación de su ama por una obediencia ciega á todas sus órdenes, y al mismo tiempo atraerse siempre el cariño de los demás servidores, procurando complacerles. Una vez meditado este plan de conducta, le puso inmediatamente en ejecución. Muy pronto advirtió que su ama agradecía sus esfuerzos, pero que sucedía todo lo contrario con los criados, á quienes no conseguía atraerse, á pesar de su buena voluntad.

Sin embargo, habia hecho grandes progresos en la amistad del Sr. Tirabuzón, el lacayo; se afanaba por ayudarle, y todos los dias hacia casi la mitad de su trabajo. Pero una noche que Franklin subia la escalera, le preguntó su ama.

— ¿Dónde está el lacayo?

— Señora, ha salido.

— ^¿Dónde ha ido?

—Lo ignoro, señora.

Dijo la verdad , sin malicia ; pero cuando repitió al lacayo lo que acababa de pasar, recibió un puñetazo en la cara, y fué tratado de malvado, impertinente y estúpido animal.

— ¡Malvado! impertinente! repitió Frankiin , fijando atónito su mirada en Tirabuzón, y al ver que tenia el rostro más encendido que de costumbre, se figuró que estaría ebrio. Por lo tanto, creyó que al dia siguiente, en cuanto recobrara su razón, no de* jaría el lacayo de reconocer su injusticia y darle satisfacción de sus malos tratamientos. Sin embaído, no sucedió asi cuando Frankiin provocó al dia siguiente una esplicacion :

— ^¿Por qué, le dijo Tirabuzón , cuando te preguntó la señora dónde estaba yo , has respondido que habia salido?

— ^Porque realmente habia Yd. salido.

— ¿Y por qué has contestado enseguida que no sabias dónde

—Porque no me lo habia dicho Vd., y realmente lo ignoraba* '^Eres un chiquillo estúpido ; debiste decir que estaba en la bodega.

— ¿P«t) esfabá Vd. en ella?

— ¿Si estaba? respondió Tirabuzón con una mirada feroz. ¡ Ah yai conque está Yd. aquí para censurar mi conducta? Señor hi* pócrita, se engaña mucho si cree que yo voy á escusarme. Marehaos de aquí, marchaos muy pronto y enviadme á Félix.

Desde este momento , Félix fué el único que tuvo el privilegio de ayudar allacayo; llegó á ser su fevorito, y Franklin sin tratar de penetrar el secreto de sus conferencias, advirtió muy pronto que los dos servidores se bebian el vino de su ama.

Mas no era este el único favor fraudulento que recibía Félix; su tía la cocinera no desperdiciaba ocasión de regalarle golosioas. Ya una ala de ave, media perdiz, queso, frutas, en una palabra , todo lo mejor que quedaba del almuerzo ó de la comida. Por el contrarío, Franklin era maltratado, aun cuando se complacía en ayudar á la cocinera , esforzándose en evitarla reprensiones merecidas en momentos de apuro. Guamecia las jardineras de flores, y preparaba con tanta habilidad todo lo que se necesitaba, que el servicio de la cocinera se hacía menos penoso.

Pero la ingrata se aprovechaba de sus favores y no se los agradecía. A la hora de la comida , no le daba más que pan y algunas malas legumbres.

Sin embargo, Franklin no envidiaba la suerte de Félix.

— Tengo muy tranquila mi conciencia, decía, y estoy seguro que Félix no puede decir otro tanto. Su tía me odia , y no me puede tolerar desde el día en que vi el cesto.

Ahora bien; hé aquí la historia del cesto:

La señorita Pamfred , el ama de gobierno, se quejó varias veces de que le faltaban una muUítud de objetos , pertenecientes á su ama ; generalmente sacaba la conversación á la hora de comer, y dirigía á Franklin miradas que le hicieron comprender perfectamente que sospechaba de él ; pero su conciencia no le remordía, y no se afectó por tan injustas sospechas.

Un domingo , se sirvió por la tarde en la mesa un trozo de vaca bastante grande. El lunes habia desaparecido. La señorita

Pamfred no pudo contener su indignación, exigió qae la pre« sentaran inmediatamente el pedazo de carne, añadiendo que queria saber lo que pasaba , y cuál era el criado culpable de aquel hurto.

Habló con vehemencia, pero la carne no parecia, cuando Frankiin, reuniendo sus recuerdos, exclamó:

— Me parece haberle visto en un cesto que estaba debsgo dñ la alacena.

La cocinera quedó aterrada y cambió de color, mas se repuso muy luego. Entonces, se volvió hacia Frankiin, y con acento irritado, dijo:

—Ignoro lo que dice , pero podemos aseguramos del hecho.

Y después de colocar el cesto en el suelo :

—Puesto que el señor Frankiin, está tan bien enterado, añadió, ¿podrá decirnos, sin duda, quién se ha atrevido á poner este trozo de vaca en el cesto?

— Pero yo creo haber visto....

— ¡Creéis haber visto! ¡bonita razón! dijo la cocinera ponito« dose en jarras y mirándole descaradamente. ¿Y por qué os metéis en eso? pregúntele Yd., añadió dirigiéndose á la señorita Pamfred, pregúntele Vd. ; quizás conteste , de lo que me alegraré mucho ; porque sin acusar á Frankiin , puedo decir que hace mucho tiempo que advierto me &lta la manteca , la crema y todo lo que pongo en la alhacena , y me alegraría mucho que se hiciera justicia.

La señorita Pamfred, cegada por sus prevenciones contra k)6 niños educados por la sociedad filantrópica, y animada por la envidia contra un muchacho que habia entrado en la casa sin su protección , se unió á la cocinera , persuadida de que Frankiin era un ladronzuelo, y dijo :

— Déjele Yd! ¡déjele Yd! Tiene todos los vicios de los bribones; pero no le perderemos de vista, y no tardaremos en cojerie con las manos en la masa, y la señora sabrá lo que ha de hacer.

Estas palabras, pronunciadas con dureza, causaron una profunda impresión en Frankiin, y la señorita Pamfred pudo notar-

lo muy bien, cuando Félix , al ver las lágrimas de Franklin , dijo con cierta ironía:

— ^Esas son las lágrimas del cocodrilo.

— ¡También él! dijo Franklin con amargura.

T en efecto, Félix , que trataba á su companero con tanta burla, recibía continuamente algún beneficio de él. Franklin servia todas las mañanas el almuerzo , antes que Félix pensara en salir de su dormitorio; preparaba las tazas, el pan, la manteca, evitando así á su compañero una reprensión segura.

Sin embargo , la hora de la reparación no estaba tan lejana como creía Félix, semejante á ciertas gentes, que, porque algunas veces han salido bien de sus empresas criminales, creen que siempre les ha de suceder lo mismo , Félix era cada dia más infiel. Un dia se encontró al pasar con su ama, que le preguntó:

— ¿A dónde vas, Félix?

— ^Voy á la tienda, respondió con descaro.

— Está muy bien; pero tengo que darle una comisión: irás á casa de mi librero.

Y la Sra. Churchill trazó apresuradamente algunas líneas que puso bajo un sobre.

Mientras tanto, Félix se veia atormentado por un falderíllo francés llamado Manchón. Manchón aborrecía á Félix; en cuanto le husmeaba , ladraba furiosamente , y este dia , parecía más encarnizado que nunca contra el chico.

— ¡Perrito! ¡pobre perrito! decia Félix, dándole gol pecitos en la cabeza.

Pero Manchón trataba de desgarrarle el bolsillo.

— Toma, dijo la señora, esta carta. Calla, Manchón, ¡calla, deja á Félix en paz!

Manchón, en lugar de obedecer; atacó el bolsillo de Félix con más furia, hasta que consiguió meter la cabeza y sacó un papel doblado y la mitad del pastel que habia servido para el almuerzo.

— ¡Mi empanada ! exclamó la señora Churchill , ¿qué significa esto?

— No lo sé, señora; solamente

—Solamente... acaba.

Y como Félix callaba:

-—Habla y dijo, quiero saber lo qae pasa eD mi casa y dar á cada UQO su merecido.

Nuestro muchacho , reñrió entonces , que iba á llevar la empanada á su primo; quesutia, la cocinera, le habia encargado esta comisión, y que no se habia atrevido á negarse.

La cocinera, interpelada, rechazó esta acusación; con la misma violencia con que habia rechazado la de Franklin, acerca del trozo de vaca. Pero no obtuvo tan buen resultado, porque Félix comprendió que iba á ser despedido, y no obtendría fácilmente una colocación tan buena; así, que sin dudar un momento en confundir á su tia, presentó á su ama el papel que el perro aacó de su bolsillo al mismo tiempo que el pastel, y entonces pudo la Sra. Churchill conocer la verdad. La cocinera rogaba á su primo que aceptase aquella empanada , y la enviase con el portador una botella de vino de Chervy.

La cocinera quedó despedida en el acto.

La Sra. Churchill quería también plantar á Félix en la calle; pero compadecida de sus lágrimas y su arrepentimiento , con-< sintió en que terminara el mes, con la condición de que habia de variar de conducta.

Cuando la señorita Pamfred se convenció de su injusticia para con Franklin, se prometió tratarle en lo sucesivo con benevolencia. Entonces reconoció sus buenos servicios; observó que todas las mañanas hacía el trabajo encomendado á Félix, que trataba de hacerse útil en todas ocasiones, y en una palabra, que era excelente servidor.

No tenemos necesidad de referir aquí todos los incidentes que pasaron durante el mes de prueba, en la casa de la Sra. Churchill, ni las diferentes particularidades de carácter que se notaron en los dos niños, porque deseamos llegar á una peripecia que decidió de su suerte futura.

El Sr. Tirabuzón habia tomado la costumbre de concurrir á la taberna con sus amigos después de comer.

La taberna pertenecía al primo de la cocinera ; el mismo á quien destinaba la empanada , y que en retribución debia enviar la botella de Chervy. Tirabuzón llevaba la llave de su cuarto, de modo que podia entrar á la hora que quisiera, y si por casualidad la Sra. Churchill preguntaba por él, Félix respondia con una mentira de las que habian repugnado á la lealtad de Frankiin, é iba á buscarle inmediatamente. Tomadas todas estas precauciones, nuestro hombre se entregaba con la mayor tranquilidad á su pasión favorita.

Todos los dias formaba el propósito de contenerse, pero cada dia aumentaba más sus libaciones, tanto, que al poco tiempo, su rostro se puso granujiento, sus miembros adquirieron un temblor continuo, su inteligencia se oscureció, convirtiéndose así en una miserable víctima de la intemperancia.

Tirabuzón consumió de este modo en la taberna todos sus ahorros, y sus salarios fueron insuficientes; muy pronto tuvo una deuda inmensa, y el tabernero se negó á fiarle más. Sin embargo , un dia que aquel disputaba con éste , y le reprendía de no tratar á sus parroquianos como se debe á las personas de su importancia , le contestó el tabernero:

—Siempre que Vd. pagaba como debe un hombre de su twpartanciGy le he tratado con toda la deferencia que merecía, pero hoy que está Yd. arruinado, ¿cómo le he de tratar de la misma manera?