Tradiciones y leyendas · Capítulo real 1 de 1

Tradiciones y leyendas

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

TÜLIO FEBEES CORDERO

Tniii I Lpiis

MÉRIDA TIP, DE "Eh LAPIZ" 1911.

miRODUGCIOII

Llevados del propósito de contribuir á la formación de los anales patrios, ora solicitando en nuestros mutilados archivos documentos ignorados, ora recogiendo á viva voz informes y tradiciones, averiguando, en fin, por divejsos modos las cosas del pasado, en labor continua por espacio de treinta años, más ó menos, hemos logrado acopiar muchas interesantes noticias para la historia general del país y, en especial para la de las provincias de Occidente. Ahora ofrecemos la compilación d^e algunos escritos, anecdóticos en su mayor parte, unos inéditos y otros ya publicados y reproducidos en diversas épocas.

Cpmo premio de tan largos desvelos, tenemos la satisfacción de que tanto estos escritos como otros de distinta forma, han contribuido durante el trascurso de los años á dar conocimiento de hombres y sucesos que yacían en completo olvido. Así, por ejemplo, aun los más doctos igno-

INTRODUCCIÓN

raban los principales hechos de la vida del Canónigo Uzcátegui, siendo para el pueblo del todo desconocido tan célebre personaje. Hoy la figura del ¡lustre levita brilla con todos sus méritos en el campo de la historia patria. Igual cosa puede decirse de las abnegadas mujeres que en estas páginas figuran corno patriotas y heroínas.

Merecido recuerdo de respeto y gratitud debemos consagrar á los venerables ancianos, ya extintos, que nos relataron muchos sucesos de que fueron testigos, suministrándonos preciosos materiales para estas Tfadiciones y Leyendas, acaso privadas de mérito por la llaneza del estilo^ pero que han gozado del favor del público, por el interés que ofrecen las crónicas viejas y los episodios históricos, favor que nos ha servido de estímulo para compilarlas en ocasión tan propicia como el Centenario de la Independencia Nacional.

TuLio Pebres Cordero,

Mérida — 19U.

SL PEBfiO NEVADO

LEYENDA HISTÓRICA.

El silencio délos páramos es completo. No hay aves que canten, ni árboles que luchen con el viento, ni ríos estrepitosos que atruenen el espacio. Es una naturaleza grandiosa, pero llena de gravedad y de tristeza. Aquellos cerros desnudos y altísimos, acumulados al capricho, parecen las ruinas de un mundo en otro tiempo habitado por cíclopes y gigantes.

Lo que pasa en alta mar, lo que pasa en la llanura inmensa, eso mismo sucede en medio de los páramos andinos. El hombre se siente humillado ante la naturaleza y se recoge en sí mismo. Por eso la ascensión á las alturas de la Cordillera venezolana no solamente es fatigosa para el cuerpo, sino abrumadora y triste para ei espíritu. Bajo las mantas y abrigos que son necesarios al viajero para soportar un frío que acalambra los miembros, el alma también se recoge y busca el calor de los

recuerdos, de los pensamientos y de los afectos que le son más caros en la vida.

En una brumosa tarde de junio del año de 1813, se detuvo una escolta de caballería frente á la casa de Moconoque, sitio distante una legua de la villa de Mueuchíes, para entonces el lugar más elevado de Venezuela. La casa parecía desierta, pero apenas habrían dado dos ó tres toques en la puerta, cuando instintivamente los caballos que estaban más cerca retrocedieron espantados. Un enorme perro saltó á la mitad del camino dando fañosos aullidos. Era un animal corpulento y lanodo como un carnero, de la raza especial de los páramos andinos, que en nada cede á la muy afamada de los perros del monte de San Bernardo.

Ante la actitud resuelta y amenazadora del perro brillaron de súbito diez ó doce lanzas enristradas contra él, pero en el mismo instante se oyó á espaldas de los dragones una voz de mando que en el acto fue obedecida :

— ¡ No hagáis daño á ese animal ! ¡Oh, es uno de los perros más hermosos que he conocido i

Era la voz del Brigadier Simón Bolívar, que cruzaba los ventisqueros de los Andes con un reducido ejército. Por algunos momentos estuvo admirando al perros que parecía dispuesto á defender por sí so-

lo el paso contra toda la escolta de caballería, hasta que el dueño de la casa, don Vicente Pino, salió á la puerta y lo llamó con instancia.

— ¡ Nevado ! j Nevado ! ¿ Qué es

eso ?

El fiel animal obedeció en el acto y se volvió para el patio de la casa gruñendo sordamente. Su pinta era en extremo rara y á ella debía el nombre de Nevado, porque siendo negro como un azabache, tenía las orejas, el lomo y la cola blancos, muy blancos como los copos de nieve. Era una viva representación de la cresta nevada de sus nativos montes.

El señor Pino, que era un respetable propietario, se puso inmediatamente á las órdenes de Bolívar y sus oficiales, y obtenidos de él los informes que necesitaban referentes á la marcha que hacían, la continuaron hasta Mucuchíes, donde: iban á pernoctar. Bolívar miró por última vez á Nevado con ojos de admiración y profunda simpatía, y al despedirse, preguntó al señor Pino si sería fácil conseguir un cachorro de aquella raza.

— Muy fácil me parece, le contestó, y desde luego me permito ofrecer á S. E. que esta misma tarde lo recibirá en Mucuchíes, como un recuerdo de su paso por estas alturas.

Media hora después de haber llegado

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€l Brigadier á k citada villa, le avisaror? que un niño preguntaba por él en la puerta de su alojamiento. Era un chico de once á doce añfOS, hijo del seaor Pino, que iba de parte de éste, con el perro ofrecido.

— \ El mismo perro Nevado !' exclamó Bolívar. ¿ Es este el cachorro que me envía su padre ?-

— Sí, señor, este mismo, que es todavía cachorro y puede acompañarle mucho tiempo.

— j. Oh, es una preciosa adquisición l Dígale al señor Pino que agradezco en lo que vale su generoso sacrificio, porque debe ser un verdadero sacrificio despren - derse de un perro tan hermoso.

El chico regresó á Moconoque aquella misma tarde satisfecho de los agasajos y *fnuestras de cariño que recibió de Bolívar. Este niao fue don Juan José Pino, que Mego á ser padre de una numerosa y honorable familia de Mérida y alcanzó la avanzada edad de noventa y cuatro años;

Bolívar quedó contentísimo con el espléndido regalo, y no cesaba de acariciar á Nevado, que por su parte no tardó en* corresponderle las caricias, haciéndolo eri ocasiones con tanta brusquedad que más de una vez hizo tambalear al Libertador al echársele encima para ponerle las manos en el pecho.

Averiguando con varios seuores de Mu-

cuchíes si habría en la tropa algún recluta del lugar conocedor del perro, para confiarle su cuidado y vigilancia, se le informó que en el destacamento que comandaba Campoelías había un indio que era vaquero de la finca del señor Pino, y de consiguiente conocedor del- perro y de sus costumbres.

No fue menester más. Inmediatamente despachó Bolívar una orden á Campoelías, que estaba acampado fuera del pueblo, para que le mandase al consabido indio, llamado Tinjacá. Era éste un indígena de raza pura, como de treinta años, leal servidor y de carácter muy sencillo. La orden, despachada á secas sin ninguna explicación, fue militarmente obedecida. El indio se encomendó á Dios, confuso y aterrado, al verse sacado de las filas, desarmado y conducido á Mucuchíes con la mayor seguridad y sin dilación alguna. El pobre creyó que lo iban á fusilar.

Era ya de noche, y Bolívar, envuelto en su capa por el frío intenso del lugar, revisaba el campamento acompañado de algunos oficiales, cuando se le presentaron con el recluta.

^¿ Eres tú el indio Tinjacá ? — Sí, señor.

— ¿ Conoces el perro Nevado del señor Pino ?

—Sí, señorjs se ha criado conmigo*

— ¿ Estás seguro de que te seguirá á donde quiera que vayas sin necesidad de cadena ?

— Sí, señor, siempre me ha seguido, contestó el indio volviendo en sí de su estupor.

— Pues te tomo á mi servicio con el único encargo de cuidar del perro.

Ei indio estaba tan turbado por la brusca transición efectuada en su ánimo, que no acertó á decir palabra alguna de agradecimiento. Al cabo se atrevió á preguntar tímidamente donde estaba el perro.

— Está amarrado en mi alojamiento, le contestó Bolívar.

—Pues si su merced quiere una prueba del cariño que me tiene Nevado, mande que lo suelten y le respondo que al punto se vendrá para acá, á pesar de la distancia y de la oscuridad de la noche.

Bolívar clavó sus ojos en el indio y se sonrió, manifestando de este modo su incredulidad ; pero después de reflexionar un poco dió la orden y se quedó en el mismo sitio, advirtiendo á Tinjacá que si la prueba resultaba adversa lo castigaría severamente.

Las calles de la villa se hallaban á aquella hora cruzadas por muchos jinetes é infantes ocupados en procurar á las tropas el rancho y las comodidades necesarias. Bolívar empezó á temer que el pe-

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rro, al verse suelto, se volviera como un rayo para Moconoque, pero en este momento Tinjacá se llevó llevó la mano derecha á la boca y acomodándose los dedos entre los labios de un modo particular, lanzó un silbido extraño y penetrante, distinto de los demás silbidos que hasta allí habían oído Bolívar y sus compañeros. Algo de salvaje y de guerrero había en aquel silbido que dominó todos los ruidos y algazara de los vivac y debió de resonar hasta muy lejos.

— El perro debe ya estar suelto, dijo Bolívar con inquietud, volviéndose á Tinjacá.

-7-Sí, señor, respondió éste, y muy pronto estará aquí.

Y seguidamente lanzó al viento otro agudo silbido que hizo vibrar el tímpano á todos los presentes. Hubo un momento de ansiedad. Todos los corazones palpitaban aceleradamente, menos el del indio, que lleno de confianza, esperaba tranquilamente el resultado, sondeando la oscuridad con sus miradas en la dirección del alojamiento del Brigadier, que distaba de allí tres ó cuatro cuadras. Un grito de contento se escapó de sus labios.

— ¡ Allí viene ! exclamó, echando con ligereza un pie atrás para recibir sobre el pecho el pesado cuerpo del perro, que se le tiró encima dando saltos de algría.

— Ya ve su merced como el perro sí me quiere, dijo respetuosamente Tinjacá dirigiéndose á su jefe.

Todos quedaron admirados del hechoj que vino á aumentar, si cabe, la estimación y afecto que ya Bolívar tenía por su perro. El mismo le daba de comer, porque decía que el perro debe recibir siempre la ración directamente de las manos c'el amo. El resultado de estas contemplaciones fue que á los pocos días ya Nevado tenía por su nuevo amo el mismo cariño que demostraba por Tinjacá, y que Bolívar aprendió á llamarle de muy lejos con el mismo silbido cuasi salvaje que le enseñó el indio.

Del ingenio festivo y picaresco de algunos oficiales del Estado Mayor, salió la especie bautizar á Tinjancá con el nombre de Edecán del Perro^ especie que celebró Bolívar, pero no sus edecanes, á quienes nunca les cayó en gracia el tal nombre.

Nevado compartió los azares y la gloria de aquella épica campaña de 1813. Sus furibundos latidos se mezclaban sobre los campos de batalla al redoble de los tambores y estruendo de las armas. Era un perro de continente fiero, semejante á un terranova, pero singularmente hermoso, que se atraía las miradas de todos en las ciudades y villas por donde pasaban.

El siete de Agosto, en la entrada triun-

fal á Caracas, Nevado, acezando de fatiga, seguía á su amo bajo los arcos de triunfo y las banderas que adornaban las calles de la gentil ciudad. Más de una flor perfumada, de las muchas que arrojaban de los balcones sobre la cabeza olímpica del Libertador, vino á quedar prendida en los niveos vellones del perro.

El hermoso Nevado era digno de aquellas flores.

Dice la historia que cuando Nerón vino al mundo se vieron en el cielo nubes color de sangre y otras señales espantosas, lo mismo que al moverse contra Roma el formidable Atila. Tal así debieron verse en Venezuela en el cielo y en la tierra presagios siniestros cuando compareció en el escenario de la guerra á muerte el terrible Boves. Humillada su vandálica fiereza en -el combate de Mosquiteros por el intrépido Campoelías, vino á levantarse como un dragón infernal en ía triste batalla de La Puerta, donde todo se perdió para la Patria, menos la fe republicana y la perseverancia heroica de Bolívar, que logró salvarse de las garras de su feroz enemigo, acompañado de algunos de sus bravos tenientes, tomando la vía de Caracas con el alma desolada ante aquel inmenso desastre. Meses antes, sobre el campo de Cara-

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bobo, donde habían sido derrotadas por completo las armas realistas, Nevado estuvo á punto de ser lanceado al precipitarse furioso sobre los caballos enemio^os. El perro parecía perder el juicio á vista del humo de la pólvora, del choque de las armas y las sangrientas escenas del combate.

Para prevenir este mal, ordenó Bolívar á Tinjacá que tuviese amarrado el perro en las acciones de armas ; y esta orden^ estrictamente obedecida, fue acaso su perdición en La Puerta, porque sus fuertes latidos, escuchados desde muy lejos, orientaron á los perseguidores, y pronto descubrieron éstos á Tinjacá, que huía siguiendo los pasos de Bolívar, pero entorpecido por el perro, que iba amarrado á la cola del caballo.

El perro y su guardián fueron presenta^ dos á Boves como una presa inestimable. Hasta las filas realistas había llegado la fama del noble animal. En los labios de Boves apareció una sonrisa siniestra, y eon la refinada malicia que lo caracterizaba se dirigió al atribulado indio diciéndole :

— Has cambiado de amo, pero no de oficio. Te necesito para que me cuides el perro, y por eso te perdono la vida. Yo sé que no te atreverás á huir, porque éí sería el primero en descubrirte hasta en lasen trafias de la tierra.

Boves acarició á Nevado, seducido por su tamaño y rarísima pinta, pensando desde luego aprovecharse de su finísimo olfato para descubrir algún día el paradero de Bolívar y sus más allegados tenientes, á quienes el perro no podría olvidar en mucho tiempo.

Nevado asistió cautivo al sitio de Valencia que Boves dirigía personalmente. Bolívar había ordenado á Escalona que defendiese la ciudad á todo trance ; y Escalona y su puñado de héroes así lo hicíieron, hasta que reducidos al €scaso numero ÚQ noventa soldados, sin pertrechos ni víveres y constreñidos por los clamores del vecindario, se vieron en la dura necesidad de aceptar la capitulación propuesta por Boves, quien se adueñó de la plaza por este medio.

Pero antes, este sanguinario jefe realista hizo celebrar una misa en su campamento, y adelantándose hasta el altar e» el momento solemnísimo de la elevación, juró en alta voz ante la Hostia consagrada que cumpliría y haría cumplir los artículos de la capitulación, los cuales garantizaban la vida y hacienda al vecindario y guarnición de la ciudad heroica. Lo que después sucedió, no habrá historiador que lo relate sin llamar la cólera del cielo sobre aquel insigne malvado.

Tínjacá y, el perro fueron incorporados

en la guardia personal del feroz caudillo, alojándose con él en la casa del Ziiiza, recinto lleno de familias patriotas, asiladas allí por temor á los ultrajes de la soldadesca desenfrenada.

Muchas damas patriotas, temerosas de provocar las iras del vencedor, asistieron, llenas de ang-ustia y de sobresalto, al baile que la oficialidad realista organizó en la propia casa del Zuizo, residencia deBoves, para obsequiar á éste por el triunfo de sus armas ; y cuando este hombre infernal agasajaba con pérfidas sonrisas á las matronas y señoritas allí reunidas, en los hogares de éstas, en las prisiones y en las calles corría despiadadamente la sangre de los patriotas.

Aquel sombrío personaje de la leyenda arábiga, el jefe de los Abasidas, que hizo sacrificar á más de ochenta individuos de la ilustre familia de los Omniades, prisioneros que descansaban en la fe de su palabra, y que sobre sus cuerpos todavía agonizantes hizo tender tapices y servir un banquete á los oficiales de su ejército ; ese califa pérfido fue sinembargo menos cruel é inhumano que Boves en aquella Sambar- ¿olome V3.\enc\3.n3i. Este monstruo llevó su refinamiento hasta hacer que las madres, esposas é hijas de las víctimas danzasen entre músicas y flores en medio del esplendor de las bujías, á la misma hora en que^

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allá entre las sombras, se retorcían sr<«; deudos más queridos, villanamente sacriñcados á lanzazos por una turba de asesinos.

Antes de que llegase á conocimiento de aquellas mártires la tremenda verdad de su infortunio y la inaudita perversidad de Boves, ya esto se sabía y se comentaba en los corredores de la casa, en los cuales reinaba un extraño movimiento. Entrada y salida de oñciales, órdenes secretas, sonrisas diabólicas en unos, caras de espanto en otros. Todo lo advirtió Tinjacá y tembló de pies á cabeza. ¡ La hora de la matanza había llegado !

Los distinguidos patriotas Peña y Espejo, que estaban bailando, desaparecieron sin saberse cómo de las manos de sus verdugos, cuando dentro de la misma sala uno de los oficiales tenía ocultas debajo de la chaqueta las cuerdas para amarrarlos. AI día siguiente, descubierto el doctor Espejo en su escondite, fue fusilado en la plaza publica.

El indio concibió al punto la idea de fugarse con el perro, su fiel é inseparable compañero, pero lo detuvo la consideración de que Nevado lo comprometía, porque á pesar de. la mucha gente y gran animación que había en la casa, sería muy notable su salida acompañado del perro, el cual estaba encadenado en el interior de la casa por orden expresa de Boves.

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¿Qué hacer en momentos tan críticos? Empezaban ya á oirse en labios de la soldadesca los nombres de los patriotas asesinados aquella misma noche, y multitud de partidas armadas cruzaban descaradamente las cables en busca de víctimas. Tinjacá corrió al interior de la casa, y so pretexto de qi:e iba á partir pan para darle al perro, pidió en la cocina un cuchillo del servicio. Seguidamente se dirio^ió al lugar donde estaba el perro, que se hallaba inquieto y gruñendo de cuando en cuando por el ruido inusitado que llegaba á sus oídos. Con suma rapidez se allegó á él, lo acarició con más extremos que nunca y disimuladamente le cortó el collar de cuero de donde pendía la cadena, dejándolo unido apenas por un hilo, de suerte que Nevado con poco esfuerzo se viese libre ; y repitiéndole sus extremadas caricias, hasta dejarlo sosegado, se alejó de allí, escurriéndose por entre la mucha gente que llenaba la casa.

Al verse en la calle, consultó la dirección del viento y se alejó de aquella mansión diabólica. Más de una vez se detuvo y vaciló. El paso que daba podía costarle la vida. Tenía muy presentes las palabras de Boves cuando cayó prisionero en La Puerta. Huir solo era menos expuesto, pero no podía resignarsi2 á abandonar el perro, por el cual sentía un cariño entra-

ñable, un cariño que rayaba en culto, á que se unía el orgullo de ser el único guardián, el único responsable de aquel animal que era para Bolívar una joya de gran valor. El pobre indio de los páramos veía en Nevado el talismán de su fortuna ; á él debía su posición al lado del Libertador, y el cariño sincero que éste le profesaba. Abandonarlo, era sacrificar su carrera, su porvenir, era sacrificarlo todo.

La música del baile aún llegaba vagamente á sus oídos. Era necesario detenerse Tin momento y esperar. Por fortu* na la calle en aquel paraje estaba solitaria, á la inversa de los alrededores de la casa ¿el Zuizo, donde hervía el concurso de soldados y curiosos.

Cesó la música, y repentinamente en los grupos de militares y otras personas que llenaban los corredores y pórticos de la casa se notó un movimiento simultáneo de sorpresa y de terror.

— j Se ha soltado el perro l exclamaron muchas voces.

Efectivamente, Nevado atravesaba como una flecha los corredores de la casa, y rompiendo por el apiñado grupo que obstruía la puerta, derribando á unos y haciendo tambalear á otros se lanzó á la calle, atronando con sus latidos todo el vecindario. Ya fuera, se detuvo algunos instantes, volviendo á todas partes la cabeza,

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con la nariz hinchada, en alto la:5 velludas orejas y batiendo sti hermosísima cola, que á la luz que despedían las ventanas del Zuizo semejaba un gran plumfíje, blanco, muy blanco como la nieve de les Andes.

Oyóse un silbido lejano que pasó inadvertido para los presentes, pero no para el perro, que partió, como tocado por un resorte eléctrico, desapareciendo á la vista de los circunstantes, á tiempo que el mis mo Boves salía á la puerta y lo llamaba con instancia. Cuando éste se convenció, por el examen de la cadena, que la fuga del perro era premeditada, se colmó en su ánimo la medida del odio y de la venganza.

Allá, en oscura bocacalle, el indio postrado en tierra, sujetó rápidamente al perro por el cuello con una correa que se quitó del cinto, y rasgando una tira de la falda de su camisa, empezó á amordazarle, ingrata operación que ^el inteligente,, animal soportó dócilmente, aunque manifestando su contrariedad y sufrimiento con lastimeros quejidos.

Hecho esto, el indio tomó un rumbo opuesto para desorientar álos que saliesen á perseguirlos, que naturalmente seguirían la dirección que el perr© había tomado en la calle. Ora avanzando cautelosamente, ora retrocediendo al sentir los pasos de alguna escolta, con mil rodeos y angus-

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tiás caminaba en la dirección de los Corrales, para tomar allí la vía de Barquisimeto.

De pronto, á la mitad de una cuadra, sintió pasos acelerados que venían á su encuentro. Retroceder era imposible. Los pásois se acercaban más y niás, hasta que sus ojos espantados vieron dibujarse entre las sombras un bulto informe. Era, por fortuna, una persona inofensiva, un padre que pasó de largo por la acera opuesta^ llamado, sin duda para auxiliar algún herido, según creyó Tinjacá. Pero, no^ áquel aparente religioso, como después se supo, era el bravo Escalona, que en hábito de fraile, se escapaba también de la tbatahza.

La situación del indio, que caminó toda áqüellá noche sin descanso, era doblemente critica^ porque el perro era demasiado coñocido eii las villas y lugares por don~ de había pasado él Libertador, lo que le obligaba á una marcha sumamente penosa por parajes extraviados ; pero si Nevado era para él una amenaza constante y causa de mil zozobras por los campos y vecindarios que recorría, todos enemigos, en cambio era también un compañero ñel y cariñoso que velaba su sueño y sabía esgrimir sus poderosas garras y agudos colmillos para defenderle en cualquier lance personal.

Al cabo de algunos días logró incorporarse á la gente de Rodríguez, el jefe patriota de la guarnición de San Carlos, llamado por Escalona cuando supo la aproximación de Boves. Sabido es que Rodríguez llegó á los alrededores de Valencia con su tropa, que no pasaba de cien hombres, y tuvo que replegarse, porque el ejército sitiador le impidió la entrada. Unido, pues, á este puñado de vatientes, corrió la suerte de ellos, atravesando lugares llenos de guerrillas enemiga», ora combatiendo día y n©che, ora pereciendo de necesidades en las selvas y desiertos, hasta que lograron, al fin, incorporarse todos, esto es, cuarenta ó cincuenta que sobrevivieron, al no menos heroico ejército de Urdaneta, que alcanzaron en el Tocuyo^ para emprender todos juntos aquella célebre retirada que salvó del pavoroso naufragio de 1814 la emigración y las reliquias de la Patria.

A su paso por Mucuchíes, Urdaneta dejó de retaguardia en este lugar trescientos hombres al mando de Linares, y con el resto de sus tropas ocupó á Mérida. El, valor temerario de Linares lo obligó á combatir con Calzada, que los seguía y que casi inesperadamente descendió del páramo de Timotes y los atacó con todo su ejército en la propia villa de Mucuchíes.

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Tinjacá y Nevado, como era natural, estaban allí con Ja fuerza de Linares en su tierra nativa, y se vieron envueltos en aquel combate heroico, que fué desastroso para los patriotas. El pronto auxilio despachado de Mérida al mando de Rangel y Páez, que volaron con un cuerpo de caballería al socorro de Linares, llegó tarde, pues se encontraron con los primeros derrotados una legua antes de llegar á la villa.

El pánico y la consternación se adueñaron de Mérida, cuyo vecindario vino á aumentar la gran emigración de familias que venían desde el centro de la República al amparo de ürdaneta, quien continuó su marcha hacia la Nueva Granada.

¿Qué había sido de Tinjacá y de Nevado ? Tratándose del perro del Libertador, Urdaneta y su oficialidad averiguaron inmediatamente con los derrotados por su paradero, pero nadie dió razón y se temió que hubiese eaído otra vez en manos de los españoles. Pero esto no era cierto, porque sabedor Calzada de que el perro se hallaba en el combate de Mucuchíes, hizo las más escrupulosas pesquizas para descubrirlo, allanando al intento la casa y hacienda del señor Pino, su primitivo dueño ; pero todo fue en vano; Tinjacá y Nevado no se volvieron á ver. Parecía i|ue se los había tragado la tierra.

Meses después, cuando Bolívar y Urd^* neta se vieron en Pamplona por primersi vez después de estds desastres, aquél supo con tristeza toda la historia del perro, y admirando la fidelidad y valentía del indio> exclamó con entera seguridad.

— ¿Sabe usted, Urdaneta, que abrigo una esperanza ?-

— Espero conocerla, general.

— Pues creo que mi perro vive y que la hallaré cuando atravesemos de nuevo los páramos de los Andes para libertar á Venezuela.

No era la primera vez que Bolívar hablaba en tono profético.

Han transcurrido seis años. Por lo alto, de los páramos de Mérida marchan con dirección á Tifujillo varios batallones deí ejército patriota : y nuevamente se detiene frente á la casa de Moconoque un considerable número de jinetes. Es Bolívar y su brillante Estado Mayor.

— Llamad en esta casa, dijo el Libertador á uno de sus edecanes.

El estrecho camino apenas podfa contener á los jefes y oficiales que habían hecho alto en aquel sitio.

La casa estaba cerrada, y sólo después de fuertes y repetidos golpes crujieron los cerrojos de la puerta, y apareció en el umh^zl una india anciana^ trémula y vacilatt-

te, que era la casera, la cual miró con ojos asombrados á la brillante comitiva.

— ¿ Vive todavía aquí D. Vicente Pino ó alguno de su familia ? le preguntó Bolívar.

— No, señor. Todos emigraron para la Nueva Granada, hace algunos años.

— ¿ Puede usted, entonces, informarme . algo sobre el paradero del perro Nevado y el indio Tinjacá, después del combate de Mucuchíes ?

—He oído contar muchas veces la historia del indio y del perro, pero ni aquí han vuelto ni nadie sabe que ha sido de ellos.

Cuando Bolívar y su Estado Mayor continuaron la marcha, la india, deslumbrada todavía por el brillo y bizarría de tantos jefes y oficiales, volvió á correr los cerrojos de la puerta, y se entró á comentar el suceso con los otros habitantes de la casa

— ¡ Jesús credo \ les dijo, esto es para confundir á cualquiera. Otra vez el perro; otra vez la misma pregunta. Si pasan los españoles, averiguan por el perro, y si pasan los patriotas, la misma cosa, j Ese animal debe valer mucho dinero !

Pero no solamente en Moconoque, sino en la villa de Mucuchíes, á cada paso de tropas eran interrogados los vecinos sobre el perro, cuyo desaparecimiento estaba envuelto en el misterio. Bolívar también

averiguó allí por Nevado y su guardián sin resultado alguno, y con esto perdió la esperanza que había abrigado de hallarlo á su paso por los páramos de Metida.

Al día siguiente emprendieron la gran ascensión del páramo de Timotes. Pronto pasaron el límite de las últimas viviendas humanas y entraron en la soledad temible, donde la marcha es lenta y silenciosa, ora cortando la falda de un cerro, ora subiendo por algún plano rápidamente inclinado, con harta fatiga de las bestias de silla. Ya hemos dicho que el silencio es allí completo, y absoluta la desnudez del suelo. Hasta la menuda gramínea y la reluciente espelia, que constituyen la única vegetación de estas elevadas regiones, desaparecen en aquella espantosa soledad de varias leguas.

Los caracteres más alegres y festivos allí se apocan y entristecen. Una fuerza oculta nos obliga á callar, rindiendo así culto al dios fabuloso, que según los aborígenas, vivía de pie sobre el risco más empinado de los Andes, con la frente inclinada sobre el pecho y el dedo índice apoyado en los labios: era el dios de la meditación y del silencio.

El Estado Mayor de Bolívar marchaba con una lentitud imponente. Sólo se oían las pisadas y fuertes resoplidos de los caballos acezantes. El panorama, en lo ge-

neral uniforme, ofrecía sin embargo rápidos cambiamientos, debido al viento helado que sopla en aquellas cumbres, el cual tan pronto acumula las nieblas en torno del viajero, envolviéndolo por completo, como las aleja, ensanchándole el horizonte, para dejarle ver aquí y allá riscos y peñones atrevidos, que asoman sus cabezas monstruosas por entre las nubes de Un modo tan caprichoso como fantástico.

Los hilos de agua que vienen de lo alto, acrecidos por las lluvias y los deshielos, forman zanjones profundos que cortan el camino de trecho en trecho. Abismado cada cual en sus propios pensamientos caminaban todos* cuando de repente se oyó un grito de guerra.

— ¡ Viva la Patria ! j Viva Bolívar ! . Grito inesperado que rompió el silencio augusto del Gran Páramo y que^ por ün fenómeno propio de la comarca* fue repetido al punto por bocas misteriosas que se abrieron en el fondo de los valles y cañadas, al conjuro del dios Eco ; de suerte que las Voces Patria y Bolívar fueron retumbando de cerro en cerro hasta morir débilmente en lotananza como el vago rumor de un trueno*

Antes de que el eco se extinguiese^ Bolívar vió salir de uno de aquellos zanjones un personaje extraño, qüe parecía estar allí asechándole el paso y que corrió

hacia él con la ligereza de un gamo. Una larga y oscura manta rayada de colores muy vivos cubría casi todo el cuerpo de aquel hombre, qne tomaron por un loco en vista del modo tan brusco é inusitado con que se presentaba.

— ¿ No me conoce ya S. E. ? dijo dirigiéndose al Libertador con el sombrero en la mano.

— ¡ Tinjacá I exclamó Bolívar lleno de asombro.

—Siempre á sus órdenes, mi general. Ayer supe en mi retiro del páramo que S. E. pasaba

—¿Y el perro? ¿ Donde está Nevado ? le preguntó Bolívar sin dejarlo proseguir.

^Está por aquí mismo con una persona de confianza, pero no lo traje porque todavía dudaba, y quise ver antes por mis propios ojos si era verdad que S. E. iba con el ejército.

— Pues vé á traérmelo en el acto.

— No hay necesidad^ Él vendrá solo, le contestó el indio á tiempo que hacía un movimiento para llamarlo, pero al instante Bolívar lo detuvo, diciéndole:

— í Espera ! que yo lo llamaré.

Y con la excitación de su alegría, que era indescriptible como la sorpresa de sus tenientes, zafóse un guante y llevándose á los labios sus dedos acalambrados por el frío, lanzó al viento aquel silbido extraño,

— ascuas! salvaje, que en otro tiempo había aprendido del indio, el mismo que oyó por primera vez en la helada villa de Mucuchíes y que más tarde salvó á Nevado en la noche tétrica de Valencia. El eco se encargó de repetir y prolongar el silbido, que fué á extinguirse como un débil lamento en el confín lejano.

Entre tanto, Tinjacá sonreía de contento, los jefes y oficiales esperaban sorprendidos el desenlace de aquella inesperada escena ; y Bolívar, pálido de go^ zo, razgaba la niebla con sus miradas de águila.

Un grito unánime se escapó de todos los pechos.

— j El perro ! j el perro ! . . . , ^ .

Sobre el borde de un barranco próximo había aparecido Nevado, el mismo Nevando, más hermoso y altivo que nunca, batiendo al aire su abundosa cola, que semejaba un plumaje blanco, muy blanco como los copos de nieve. Momentos después, la cabeza del perro desaparecía bajo los pliegues de la capa del Libertador, que se inclinó desde su caballo para recibirlo en sus brazos.

Si con el Estado Mayor hubiese ido la banda marcial, él habría ordenado que en aquel mismo sitio, sobre una de las cum*

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bres más elevadas de los Andes, resonasen los clarines y tambores en alegres dianas por el hallazgo de su perro.

A partir de esta fecha, Nevado siguió á Bolívar por todas partes, ora jadeando detrás de su caballo en las ciudades y campamentos, ora dentro de un cesto, cargado por una muía, á través de largas distancias y en las marchas forzadas. El estuvo echado junto á la Piedra Histórica de Santana de Trujillo en la célebre entrevista de Bolívar con Morillo, provocando las miradas curiosas y la admiración de los oficiales españoles que conocían su historia ; y durante el Armisticio, visitó el extinguido Virreinato de Santafé y durrnió algunas siestas en la mansión de sus virreyes, sobre las ricas alfombras del palacio capitoliiio de San Carlos, en Bogotá.

Atravesando Bolívar con sus edecanes por un hato de los Llanos, salieron de un caney multitud de perros de todos tamaños, y se arrojaron sobre los caballos, ladrándoles con tanta algarabía y obstinación, que los oficiales iban ya á valerse de las espadas para libertarse de aquel^^ tormento, cuando les llegó el remedio, porque en oyendo Nevado, que venía un poco atrás adormitado dentro del cesto, [los descompasados aullidos de aquella jauría, se botó al suelo de un salto, con espanto de la bestia que lo cargaba, y á todo correr y

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dando descomunales ladridos, arrennetió de lleno contra la ruidosa tropa de podencos, los cuales huyeron al punto poseídos d ■ terror.

— ¡ Bravo, bravo ! j Lo has hecho muy bien, Nevado ! exclamaron los oficiales, agradecidos al potente animal que les qui taba de encima aquella insoportable molestia, á lo que agregó Bolívar, riéndose d€ la derrota de los galgos :

— Esos pobres perros jamás habían visto «n gigante de su especie.

■■^ *

El 24 de junio de 1821, en la célebre llanura de Carabobo, enardecido el perro isn medio de la batalla, se lanzó como una fiera sobre los caballos españoles, no obs tante su edad de nueve años qae emp^í^a ba á privarle de rapidez en la carrera y á hacerle más fatigosas las marchas sorprc i dentes de su perínclito amo. En vano> se le llamó repetidas veces. Ni él ni Tinjacá. que lo seguía, volvieron á presentarse-, á los ojos de Bolívar ni de su Estado Mayor.

Ya habían sonado en el glorioso campo las dianas del triunfo y sólo se oían á lo lejos las descargas de fusilería que daba el Valencey en su heroica retirada. Bolívar, vuelto en sí del frenético entusiasmo de la

victoria, pregunta de nuevo por su perro^ en momentos en que recorría el campOj cuando se presenta un Ayudante y le dice :

— Tengo la pena de informar á S. Eque Tinjacá, el indio de sü servicio, está gravemente herido.

—¿ Y el perro ? le preguntó al punto.

—El perro. . . .dijo titubeando el Ayudante, el perro también está herido.

Bolívar puso al galope su fogo.so caballo de batalla en la dirección indicada.

Un cirujano hacía la primera cura al pobre indio, quien al divisar al Libertador hizo un gran esfuerzo para incorporarse, diciéndole con voz torpe y extenuada :

— ¡ Ah, mi general, nos han matado el perro !

Bolívar miró en torno con la rapidez del rayo y descubrió allí mismo, á pocos pasos de Tinjacá, el cuerpo exánime de su querido perro, atravesado de un lanzazo. Eí espeso vellón de su lomo blanco, muy blanco como la nieve de los Andes, estaba tinto en sangre roja, muy roja como las banderas y divisas que yacían humilladas en la inmortal llanura.

Contempló en silencio el tristísimo cuadro, inmóvil como una estatua, y torciendo de pronto las riendas de su caballo con un movimiento de doloroso despechó, se alejó

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Velozmente di5 aquel sitio. En sus ojos de fuego había brillado una lágrima, una lágrima de pesar profundo.

El hermoso perro Nevado era digno de aquella lágrima.

Una loscfipcion Pfofetica

Día de gran fatiga fué el 2 de noviembre de 1810 para el pobre sacristán de la Iglesia de N, S. de Altagracia de Caracas : multitud de personas de ambos sexos discurrían por el espacioso templo, como trabajadores unos y como simples curiosos los más. Los golpes de martillo y el ruido de tablas y escaleras que se llevaban de un sitio para otro, unidos al cuchicheo de los grupos de espectadores, producían un rumor sordo y confuso, que lo sagrado del recinto hacía más grave é imponente.

Al caer la tarde, el templo empezó á oscurecerse con más rapidez que de costumbre, porque las ventanas, veladas con negras cortinas, sólo dejaban pasar una débil claridad, una luz triste, muy triste, que venía de fuera acompañada del lúgubre plañido de las campanas.

Después del toque del Angelus, que todos rezaron á media voz con piadoso recogimiento, las campanas siguieron tocando á muerto. El Sacristán fué encen-

diendo entonces con una cerilla, aquí y allá,varios cirios rígidos y amarillentos, que difundieron una luz en extremo fúnebre por las naves ya silenciosas y casi desiertas del templo. Los trabajadores y los curiosos, después del toque del Angehis habían desaparecido casi simultáneamente

El último que salió fué D. Francisco Isnardi, ^quién dijo al Sacristán en la puerta :

— -Deje apenas ajustado el postigo, porque volveré después de comer á concluir el trabajo que falta.

El Sacristán así lo hizo, y tomó á su vez la dirección de su casa, quedando templo, campanario y calles adyacentes solitarios y en silencio.

Pero decimos mal : el bulto de un hombre, deslizándose como una sombra, pe gado al muro, se acerca misteriosamente, empuja el postigo, lo cierra detrás de sí, y salva sin ruido los umbrales del templo. Sólo dos cirios continuaban ardiendo sobre negros candelabros.

"En el crucero de la Iglesia (dice un escrito de aquel tiempo, firmado por D. José de Sata y Bussi) y bajo un majestuoso baldaquino formado por cortinas negras pendientes de los cuatro arcos, tachonadas de lágrimas de plata y airosamente apabellonadas, se elevaba un cata-

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falco, cuya forma arquitectónica era la siguiente :

''Sobre un zócalo de ocho varas de frente y tres de alto, estaba colocada una urna cineraria de jaspe violado, como el de todo el monumento, de tres varas de altO) cuyo almohadillado era de jaspe cenizoso : de su cúpula salía una repisa de jaspe negro^ y sobre ella se elevaba una pirámide, de la misma piedra de la urna, de ocho varas de alto, y terminada por un vaso etrusco, en el que ardía una antorcha sepulcral compuesta de aromas, igual á las cuatro que adornaban los ángulos del monumento, elevadas sobre el almohadillado de los ángulos del zócalo principal.

"Del frente de la urna salía un cartelón macizo que terminaba á plomo en su base, y delante de él sobresalía una lápida que servía de apoyo al Genio de la humanidad doliente, representando en dos figuras abandonadas al dolor más acerbo. En el centro del cartelón se leía, entre un airoso festón de laureles de oro, la siguiente inscripción, de la misma materia :

*'Para aplacar al Altísimo irritado

por los crímenes cometidos en Quito contra la inocencia americaaa, ofrece este liolocansto el Gobierno 5^ eí pueblo de Caracas."

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El rriisterioso personaje se detiene un momento delante del magníñco catafalco, recorre con la vista las sombrías naves del templo, y rápidamente se dirige á una de las escaleras que habían dejado los trabajadores. La levanta en peso con vigorosa mano, y la apoya sobre uno de los arcos, casi en la mitad del templo, resonando,en seguida, varios golpes precipitados de martillo.

En sitio de ios más visibles había quedado colgado un gran cartel inscrito, que era imposible leer á la escasa luz de los cirios. Ni D. Francisco Isnardi, inventor del catafalco y director de la decoración general del templo, rJ el Sacristán se fijaron aquella noche en que había una inscripción más en la iglesia.

Pero al día siguiente, Cti medio del solemnísimo acto de los funerales, la concurrencia detuvo su atención sobre aquel Cartel de origen desconocido : entre las inscripciones que adornaban el templo, aquella era la más signiñcativa, pues en su fondo se adelantaba á más de lo que declaraba el acta revolucionaria del 19 de abril. Dejaba entrever, de una manera profética, una cruzada redentora desde el Avila hasta el Cotopaxii Decía así :

**El reino de la muerfo ps más largo que el de la vida. Tíctimas de Ja libertad de Quito, descansad por los siglos en el fondo del sepulcro !

Rtiíz de Castilla perecerá bien pronto: Santa Fe o< vengará: Caracas enjugará las lágrimas de vuestros padres, hijos j esposas."

Esto sucedía en noviembre de iSio, y años después, primero en Pichincha y lúego en JunífT y Ayacucho, las víctimas de aquella horrorosa matanza fueron vengadas, y la profecía quedó cumplida.

Por la mano del más grande de sus hijos, de aquel de quien dijo el poeta del Guayas, que era su voz un trueno y su mirada un rayo, Caracas enjugó las lágrimas de los padres, hijos y esposas de los patriotas sacrificados en Quito el 2 de agosto de 1810.

¿ Quién había sido el autor de semejante inscripción ? ¿ Sería el mismo Bolívar ? No, el estaba en Londres por aquellos días. Pero quienquiera que fuese el desconocido personaje, tuvo la visión cierta de lo porvenir y la sobrenatural iluminación del profeta.

lA CASA SE lA FATUA

LEYENDA HISTÓRICA*

Doña María Simona Corredor de Pico, viuda, vivía en Mérida, para el año de 1813, enfrente del Alcalde D. Ignacio de Rivas, por la calle donde estuvo el convento de San Francisco, derruido por el terremoto de 18 12, que hoy es calle de Lora.

Era Doña María Simona de genio muy vivo é insinuante, y aunque yá de unos cuarenta años de edad, el clima delicioso de las Sierras Nevadas mantenía fresco y lozano su rostro, iluminado por dos ojos brillantes y expresivos : era una morena que honraba el tipo de la mujer criolla.

Su difunto esposo le había dejado algunas economías, de que ella disfrutaba con el recato y moderación de una dama virtuosa á carta cabal, entregada sólo á las faenas de la casa y sin cuidados de familia^ por que no le dio el cielo ningún hijo ni tampoco tenía parientes cercanos. Unicamente las inquietudes políticas, á partir del ig de abril de i8io, turbaban de cuando en cuando el sociego de su vida.

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Él célebre canónigo Dr. Francisco A* Uzcátegui, alma del movimiento revolucionario en la ciudad de Mérida, era amigo y consultor de Doña María Simona, quien lo imitó desde luego eri el ardoroso sentimiento del amor á la naciente Patria.

En los preparativos para el recibimiento de! Ejército de la tJnión, que com.andaba el entonces Brigadier Simón Bolívar, su tocaya Doña Simona prestó en asocio de Otras distinguidas damas merideñas sus espontáneos y patrióticos servicios. El Ayuntamiento ten^a preparado un acto, en qué su Presidente D. Ignacio de Rivas. padre de! famoso Rivas Dávila, saludó á Bolívar y al Ejército de la Unión á nombre de la nueva Provincia independiente.

El entusiasmo délos merideños fué grande en aquella ocasión. En la plaza publica, al recibir á Bolívar, le aclamaron por primera vez con el título de Libertador. Cam" po Elias, los Picones y Paredes, el viejo Ponce, los Maldonados, Rangel, Rivas Dávila y muchos otros oficiales se hallaban al frente de los voluntarios que se alistaron en el Ejército patriota; y fué entonces cuan* do se vieron en Méiida hechos dignos de la heroiciaad de Esparta.

Entre las mujeres, una hermana del canónigo Uzcátegui costea un cañón y lo regala á la Patria ; la varonil Anastasia, criada del Convenio de Monjas ClarísaS)

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espanta á Correa, en altas horas de la noche, con el sonido de una caja de guerra y el disparo de un trabuco ; otra merideña, la célebre Navaj se sale á campaña, llevando un fusil, mientras el hijo, que iba á su lado, sanaba de un brazo enfermo.

Doña Simona se sentía desde lo íntimo movida á cosas semejantes}- esperaba el momento oportuno para manifestarse. Como era vecina de D. Ignacio de Rivas, Presidente déla Municipalidad, y éste conocía mejor que cualquier otro los quilates de su patriotismo, al abrirse el empréstito en favor del Ejército de Bolívar, inscribió desde luego á Doña Simona en la suma de quinientos pesos.

— Vecina, vaya contando el dinero.

— ¿ Qué ocurre D. Ignacio ?

— Pues que urge equipar al Ejército, que seguirá de un momento á otro y el Ayuntamiento acordó un em.préstito forzoso :

— ¿ De suerte que el Brigadier Boh'var está necesitado de fondos ?

— INi más ni menos; y Ud. de seguro, no le negará su auxilio.

— Cincuenta pesos tengo en dinero á la disposición,

D. Ignacio hizo un gesto de sorpresa V le contestó sonriendo :

—Pues yo la hacía más rica y por eso la inscribí en quinientos pesos.

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— j Quinientos ! pocas veces los he visto juntos ; pero, en fin, D. Ignacio, si todos tuvieran la voluntad de dar que yo tengo, pronto estaría listo el Ejército. Llévese los cincuenta y después hablaremos*

Doña Simona pensó en vender su vajilla de plata y sus gargantillas de oro para cubrir el empréstito, pero no halló quien le diese por todo ello el dinero que necesitaba; y en idas y venidas, en vueltas y revueltas, corría un tiempo precioso, pues aunque nadie la compelía por la fuerza^ ella deseaba dar una prueba de su ardiente patriotismo en ocasión tan importante.

Yá las tropas estaban formadas en la plaza, yá las cajas tocaban á marcha, yá se oían los sollozos y brillaban las lágrimas de despedida en torno de los voluntarios ; todo era agitación y movimiento por la calle donde estaba alojado el Brigadier Bolívar.

Cuando se vio venir acompañada por el noble anciano D. Ignacio de Rivas, una dama vestida de negro, que fué introducida en la sala de recibo del Brigadier y presentada á éste por el mismo Rivas :

— Doña María Simona Corredor de Pico, viuda, desea hablar con el ciudadano Jefe del Ejército de la Unión.

— Señora, dijo Bolívar, yá había oído el nombre de Ud. como el de una distinguida compañera de causa.

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— Sí, señor, soy patriota, y vengo á ofreceros mi casa, que podéis vender aquí mismo en mil doscientos pesos, donativo que hago á la Patria del podo más espontáneo, yá que no puedo servirla de otro modo.

—Pero, señora, acaso- esta generosa acción pueda perjudicar á su familia y dejarla á Ud. misma sin abrigo.

— Soy sola en el mundo, sin hijos ni familia próxima; y por lo que á mí toca, no temo arruinarme con esta donación que os ruego aceptéis en nombre del Ejército y de la causa que defendéis.

— Pues, señora, jamás olvidaré este noble rasgo de vuestra generosidad que proporciona recursos para la campaña y que me da á conocer el entusiasmo de la mujer merideño por la libertad de nuestra Patria.

En al archivo público de Mérida se conserva para perpetua memoria la escritura de donación de dicha finca que Doña Simona otorgó á favor de la Patria en 22 de Junio de 1813, días después de haber partido Bolívar, ante el Escribano D. Rafael de Almarza y los testigos D. Juan José Rangel y D. Antonio Ignacio Aponte.

I La antigua casa de D. Ignacio de Rivas,

padre de Rivas Dávila, en que vino á vivir

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después D. José Francisco jirtlénez^ Comisario de Guerra del Ejército Libertador^ está señalada en Mérida con una piedrá conmemorativa. En frente de esta casa, calle de por rriedio, quedaba la de Doñá Simona, que se llamó de la Patria, y era de tapia y teja con agua corriente para sii servicio.

La primera finca propia, obtenida pof donación directa, digámoslo así, de que disfrutó la Patria Venezolana, fué esta casa, regalo de una patriota merideña. No puede negarse que Dona Simona supo ponerse á la altura de sii consultor y respetable amigo el canónigo Uzcíátegui, quien en 1811 había hecho también su regalo á la Patria, consistente en diez y seis cañones montados sobre sus cureñas !

LA SILLA DE SUELA

Entre las diversas clases de sillas, inventadas y por inventar, ninguna puede disputarle ía palma en solidez, comodidad y conveniencia á la tradicional silla de suela, que tan importante papel desemp^*- ña en la economía deméstica.

¿ Quién no ha traqueado, de aquí para allá, una silla de estas, lustrosas por el uso inmemorial, pero fuertes' y resistentes como un yunque ?

No hay exageración en afirmar que es el mueble más durable. Conocemos algunas que cuentan más de un siglo de servicio !

La silla de suela, que dicho sea de paso^ no debe faltar en ninguna casa, es el toda en las faenas demésticas.

Sirve de escalera y de andamio para siihirse en todas partes, á clavar, tapizar.

coiTiponer las tejas de la barda^ podar los árboles, etc.

Tendida á lo largo en el suelo, sirve de banco para montar cajas, baúles, bultos, tablas y cualquiera otra cosa.

La silla de suela no tiene punto fijo : recorre toda la casa, sufriendo golpes y empellones, siempre inconmovible como una pieza de hierro.

Es el asiento clásico en los colegios y comunidades : la cama, el baúl y la silla de suela han sido e! mobiliario de todo estudiante interno.

Si en las ciudades^ la silla de suela es tan útil y benemérita, en el campo no se diga : allí es la reina de los asientos. A su lado parecen figuras de alfeñique esas sillas de juncos y esterilla, que el arte moderno ofrece, tan efímeras como los celajes, como las brisas, como el perfume de tiernas flores ; mientras que las sillas de suela, negras y abrillantadas por el uso> son perdurables y firmes, como los cedros, como los bronces, como las rocas de la montana.

Es, por antonomasia, la silla deT pueblo, la silla del pobre, que en las horas apacibles de descanso, se huelga en ella, recostándola á la pared, para entregarse á los dulces coloquios de la familia, en el seno del hogar, sin envidiar, por cierto, la suerte del rico, que á las mismas horas se

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despereza con hastío sobre los cojines de seda y las doradas poltronas.

Las sillas de suela tienen, entre nosotros, su faz histórica. Sin hacer cuenta de qu-e en Hispano-América no las había de otra clase en ios siglos pasados y principios del XIX, relataremos lo sucedido á Bolívar en marzo de 1824, en la ciudad de Trujillo (Perú), según el testimonio de O' Leari.

Cierto dCa, al levantarse Bolívar del asiento en que escribía, se le rasgó el pantalón de una manera visible. Volvió prontamente el Libertador sus ojos al objeto que le había ocasionado tal percance, y descubrió que era un clavo sobresaliente de la silla de suela donde estaba sentado. Con sorpresa de los oficiales que lo rodeaban, Bolívar se inclinó sobre la silla y se puso á examinar el clavo con detenimiento, sin decir palabra.

De repente se 3^ergue, y da esta ordea á secas :

—Que venga inmediatamente el Alcalde de la ciudad.

Creyóse que el Libertador iba á tomar venganza de la rasgadura del pantalón con alguna alcaldada de padre y muy se- •nor mío.; y efectivamente., el Akalde, qu-c

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líegQ m seguida, oyó con asombro esta orden terminante y perentoria :

— Haga usted recoger cuantas sillas de suela existan en la ciudad, y mándelas á la Comisaría.

Pocas horas después, ya no cabían las sillas en la Comisaría General ; y los vecinos se devanaban los sesos pensando ^n la causa de aquella contribución de guerra tan rara é inexplicable,

— ¿ Si será que el Libertador ha combinado algún plan de batalla en que el ejército deba combatir sentado ?

-—No, decían otros, es que van á utilizar la madera para leña, y la suela para cartucheras y correaje.

— Pues lo más racional es creer, dijo uno de los edecanes, que se trata de armar bajhficadas para la defensa de la ciudad.

En tanto zumbaban las crónicas por todas partes, y se removían las sillas nuevas y viejas, desde la sala hasta la cocina en todas las casas, Bolívar sonreía de contento, pues había hecho un descubrimiento de im>portancia.

Se estaba equipando el ejército ; y desde hacía días se había agotado por completo el estaño, que era indispensable para soldar las cantinas y otros útiles de campaña, de suerte que estaban paralizados los trabajos indeñn idamente, pqrque lio so

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esperaba conseguir tan pronto dicho material.

Bolívar, que sabía herrar un caballo y cortar un vestido, como el mejor herrero y el mejor sastre, conoció al punto que el clavo saliente era de estaño. Se cercioró de ello, y por medio de la contribución ya dicha, obtuvo el metal necesario para soldar las cantinas y ollas de campaña del gran Ejército que, meses después, iba á victorear á la América libre en ios campos de Ayacucho.

ÜN TRABUCAZO A TIEMPO

EPISODIO HISTÓRICO

Anastasia era su nombre de pila. Del apellido no hablan las crónicas. Mujer varonil que servía á las reverendas monjas del Convento de Santa Clara como criada en las diligencias de calle. Era ella la que todas las tardes cerraba la portería por fuera y anudaba luego la llave de la cuerda que al efecto era arrojada por una de las altas rejas del Convento que daban á la calle, costumbre que toaavía recordarán muchos vecinos de Mérida.

Desde que se supo. que. un gato había arañado á Barreiro, cuando éste disciplinaba un batallón en Mérida, vino á ser proverbial entre los españoles el dicho de que **en Mérida hasta los gatos eran patriotas'*. Muy lógico es, pues, que Anastasia, como buena merideña, lo fuese hasta la médula de los huesos.

En las pulperías y en el mercado, á donde iba con frecuencia por razón de su

— so-

oficio, podía ella apreciar los rumbos de la política y de la guerra. Supo al dedillo en 1813 como el Brigadier Bolívar había derrotado á Correa en Cúcuta } que éste^ después de otra derrota en La Grita, venía de raspas cuando se adueñó de Mérida y acampó en la plaza con todas sus tropas.

Anastasia tenía vara alta con todos los patriotas notables, que conocían su fidelidad y su entusiasmo por la causa. So pretexto de vender granjerias del Convento, se introdujo un día en la casa del viejo patrio a D. Lorenzo Maldonado ; y allí supo ios planes de alzamiento en que andaban los insurgentes, apoyados en la aproximación de Bolívar, con quien estaban en comunicación directa, y las comisiones que en los mismos ojos de Correa enviaban ya á los campos y pueblos vecinos para mover la gente.

Anastasia bailaba en un pié de contenta por todo ello, y no veía las santas horas de oir yá por la ciudad el grito entusiasmador de / Viva la Patria! ; sobre todo cuando Correa cerró su campameno, circunscribiéndolo á la plaza, en vista dé los movimientos alarmantes que notaba en la ciudad y las noticias cada vez más apremiantes de que Boh'var llegaba. La vanguardia de su ejército estaba ya en BaJladores.

~5í

Sintió Anastasia que le palpitaba el co» razón con fuerza y dominada por un pensamiento súbito, se dijo interiormente.

— ¡ Es una corazonada ! ¿ qué puede ser que no sea ? Manos á la obra.

Después del terremoto de 1812 y las tristes vicisitudes porque pasó la Patria, nadie pensó en Mérida en reedificar formalmente los edificios. Para 18 13, por el mes de abril, un año después de la catástrofe, había muchas casas ruinosas de pavoroso aspecto, completamente abandonadas. A cada paso tropezaba la vista con escombros, de suerte que aún en torno .de la plaza principal el aspecto era tristísimo, contribuyendo á ello principalmente la ruina del antiguo templo, que amenazaba venirse al suelo aian antes del terremoto ; por lo que estaba iiiiciada la fábrica de una gran Catedral, sobre los planos de la de Toledo, en cuyas cepas todavía visibles, se gastaron cerca de ochenta mil fuertes. Tal era Mérida en 18 13.

Vióse á Anastasia sacar un lío de su pobre cas'ucha, y echar á caminar por las ruinosas calles, cruzando por aquí y por más allá, como sin rumbo fijo, hasta perderse entre los escombros de un caserón mitad derruido y mitad en pié, que distaba pocas cuadras de la plaza,

— Perdóneme su merced, dijo á la madre Portera, al acto de despedirse por la

tarde, ptfo voy á hacerle uíi encargo. Aquí traigo una vela para que se la encienda esta noche á Nuestra Señora de las Mercedes, para que me saque de un apuro.

— ^ Y qué te pasa Anastasia ?

-^Mañana lo sabrá su merced, si Dios nos da vida.

— Cuidado, Anastasia, mira que los tiempos son muy críticos, y hemos sabido que te ocupas mucho en las cosas de la guerra,

---pierda cuidado, su merced, que no es nada.

La monja Portera se retiró cavilosa, porque no se les ocultaba el carácter políticamente inquieto de la criada, en tanto que esta exclamaba á media voz :

— ¡ Si ella supiera !

La noche se echó encima. La ciudad, pasadas las nueve, quedó sin un farol siquiera. Oíanse de cuando en cuando los alertas de las avanzadas de Correa, apostados en los ángulos de la plaia.

Un bulto informe se adelanta en medio de las tinieblas por detrás de los escombros qne rodeaban en mucha parte la plaza. Detiénese en un paredón, resto de antigua sala, y allí quédase inmóvil por algunos instantes. De pronto una voz vibrante y robusta rompe el sepulcral silencio con el grito de / Vtm la P^/rm f

seguido de una detonación de arma de fuego y el redoble de un tambor. EÍ pri mer pensamiento de los realistas fué que Bolívar caía de sorpresa sobre la plaza.

Fácil es comprender la alarma que cundió en el campo de Correa. Sonaron muchos tiros y gritos de combate en las avan« zadas que unas con otras se creyeron enemigas. En medio de aquella gran confusión quién creía que en el seno mismo det campamento Había algún traidor, quién que era obra de algún espíritu maligno. Sea lo cierto que en la madrugada, y aún Ignorante de la verdad del caso, Correa juzgó como más acertado abandonar á Mérida y emprender marcha hacia Betijeque.

Al amanecer del día t8 de Abril se oyó un toque de diana en la plaza. Asomáronse con cautela los patriotas, á quienes tenían en vela y con suma ansiedad los tiros y gritos de la noche y el movimiento de tropas sentido en la madrugada ; y vieron llenos de sorpresa que no había en la plaza más alma viviente que Anastasia, con un trabuco terciado y dándole al parche con más bríos que un tambor mayon

La fiel insurgente era secreta depositaría de algunos elementos de guerra escon* didos por los patriotas en su humilde vivienda después del desastre de 1812 ; y si ¿ esto se agrega que era ella la que toca-

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ba t\ tamboril en los inocentes regocijo^ del Convento, comprenderemos por qué tuvo tan á la mano armas y tambor,y porqué también sabía tocar de lo lindo este iíistrumento bélico.

Muy lejos estamos de atribuir sólo á «ste incidente la marcha de Correa, cuyo ejército no era ima bicoca, pues pasaba de rnil hombres. El se fué porque después de los hechos de armas de Cúcuta y la Angostura de La Grita y las noticias ciertas de que Bolívar avanzaba, no podía, por mngún respecto, permanecer en Mérida, ciudad enemiga en cuyos alrededores organizaba yá el bravo Campo Eh'as tropas de voluntarios con qué auxiliar al Ejército Libertador. Pero es lo cierto que Correa precipitó si5 retirada por el heroismo de la criada del Convento, la varonil Anastasia, que infundió por aquel medio en el ánimo de las tropas derrotadas cierto terror pánico inevitable, pues no faltó quien atribuyese á espanto tan descomunal alboroto.

Cuando el sol apareció brillante sobre ía nevada cima de la ciudad, la plaza hervía, no diremos en soldados, porque care» cían de armas, sino en ciudadanos prontos á sacrificarse por la Patria. Bolívar, desde Cuenta, donde supo lo ocurrido y la actitud patriótica de Mérida, envió á D. Cristóbal Mendoza con el carácter de Gober-

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nador de la Provincia para organizaría ; y el 23 de Mayo llegó él mismo, por pri - mera vez, á la ciudad de la Sierra. Quinientos merideños salieron con él á campaña, y puede decirse también que quinientos merideños dieron entonces su sangre por la Patria, pues dice la tradición que sólo quince regresaron á sus hogares.

De Anastasia, la pobre, nada más se dice. El heroismo la sacó un día de la oscuridad en que vivía : la exhibió grande después de una feliz aventura y todos la vieron en la plaza publica, transfigurada por el inmenso regocijo de su alma, gritando / Viva la Patria / al sonoro redoble de la caja de guerra y con el arma cruzada sobre el pecho. Pero la tradición no dice más. Habla sólo de un hijo, á quien mandó á la guerra, á ejemplo de las matronas de Esparta, el cual fué á morir fusilado en Bogotá.

Tal es la leyenda de la varonil AnastaSiia y la historia de un trabucazo á tiempo.

los Calzones del Canónigo

EECUEEDO iflSTÓEICO

^*Ün eclesiástico fué el que llamó á los mejicanos á la independencia ; y un eclesiástico fué también el qi|e hizo escuchar á los peruanos la primera palabra de libertad y les excitó á la insurrección." Son palabras de Federico Lacroix.

Y el 19 de Abril de i 8 10, á una señal del Canónigo Madariaga desde los balcones del Cabildo de Caracas, cae el gobierno de Emparan y clarea la libertad en el horizonte de Venezuela.

Y en Bogotá, otro eclesiástico, el Canónigo Rosillo, es el primero en proponer al virey Amar la constitución de una Junta Suprema, como la de Quito, atrevimiento que le cuesta la cárcel, de donde sale el 21 de Julio, en brazos del pueblo, para ocupar asiento al lado de Camilo Torres, Baraya y otros patriotas distinguidos.

Y acá, en el seno de las altas monta-

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ñas, en el corazón de la Cordillera andína, la decisión y entusiasmo de otro Canónigo, el Dr. D. Francisco Antoiaio Uzcátegui, fué mucha parte á la actitud noble y patriótica de Mérida en 1810.

El 16 de setiembre de este año la Casa Consistorial de Mérida era objeto de la atención general : se constituía la Junta Patriótica. Concluido el acto, los respetables patriotas que la componían y muchos de los concurrentes diérense, como era lógico, á comentar el hecho, de suyo trascendental, en el seno de la amistad y de la confianza.

El entusiasmo del Canónigo Uzcátegui^, miembro de la Junta, era notorio ; y su exaltación por la Independencia, desde el principio, produjo favorable impresión en el ánimo del piaeblo, naturalmente receloso ante esta conmoción política inusitada y al parecer temeraria. Hablaba con calor en defensa de Mérida,. sin que le preocupase mucho el peligro más próximo para aquellos días : las armas de Maracaibo, que caerían desde luégo sobre la indefensa pero sublevada Provincia,

No faltó en aquella oportunidad quien^ reflexionando sobre el gravísimo paso que se daba, llamase la atención del Dr, Uz-

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cátegui, que parecía ser el alma de aquel movimiento, diciéndole en tono amigable, pero con sorna, estas ó semejantes palabras :

— Nuestra libertad está ya escrita y firmada, resta ahora sostenerla. Hemos hecho lo más fácil, pero lo que falta. . . .

Aquí le interrumpe con vehemencia el exakado Canónigo, y arrollándose la so* tana hasta la cintura, exclama con muestras de una resolución irrevocable :

" — Para lo que falta, mi amigo, hay calzones debajo de estos habites. Por mi par te^ sabfé sostener afuera lo que he firmado •aquí.

La Junta Patriótica empezó sus trabaIos sin vacilaciones de ningún género, con el celo y patriotismo que requerían las circuíistancias. El bravo Campo-Elias, con el título de Capitán éte Granaderos, fué nombrado inmediatamente Jefe Militar de la Provincia. Se cortaron los caminos con fosos, y se hicieron trincheras en las alturas que miran al Lago de MarcK:aibo, para resistir toda invas'ón.

Gemía el pueblo bajo crecidísimos impuestos, y la Junta echa por tierra los perches reales ; se despreciaba á los naturales, llamándoles como dictado de bajeza, y la Junta los llama públicamente

ciudadanos, y prohibe darles en lo sucesivo aquel tratamiento ; Carlos IV había negado rotundamente la gracia de Universidad para el Colegio de Mérida¿ porgué S. M. ño creía eo^iveniente se propágase la ilustración en la América, y la Junta Patriótica, en el primer bando que hacé leer en la plaza púbh'ca, crea la Universidad, semejante en todo á la de Caracas^ porque á su juicio era conveniente instruir á la juventud americana.

Los patriotas de Mérida de 1810 entraron con firmeza y energía en la hermosa senda de esa revolución extraordinaria que rriás tarde^ capitaneada por Simón Bolívar, había de pasear sus armas en carro triunfal por los dilatados campos del Nuevo Mundo.

¿ Qué novedad es esa que árranca tari sinceros aplausos y se lleva las miradas de todos hacia las poéticas márgenes del Albarregas ?

Espesas columnas de humo, rumor de voces, rechinar de herramientas, ruido inusitado se percibie allí bajo las frondosas ceibas que pueblan la campiña.

Es la quinta del Canónigo Uzcáteguí^ convertida súbitamente en taller de fundi. ción, en inmensa fragua ! Casa, criados dinerO) todo lo ha puesto el abnega d

tiérigo al servicio de la índ»spettcíeílcí¿ij hasta su asidua consagración á una fábrica de armas y ollas de campaña, materia absolutamente extraña á su carácter y á siís conocimientos.

De la quinta del Canónigo de Mérida salieron dieZ y seis cañones, ñlontados en sus cureñas, á tronar en los campos de batalla por la libertad de la Patria!

Así sostenía su firma este patriota benemérito.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOQOOO

La Loca de Ejido

LEYENDA

Es el tiempo en que los ceibos gigantescos de los alrededores de Mérida aparecen cubiertos de flores. No cobijan ellos todavía las sombrías arboledas de café, sino que viven diseminados aquí y allá por las playas de los ríos y, en torno de las casas de campo, luciendo en todas partes sus espesas copas de grana y esmeralda.

En una hacienda de la antigua villa de Ejido, á dos leguas y media de la ciudad de Mérida, vive Lorenzo, mancebo de veinte años, de buena presencia y jefe á tan temprana edad de una hermosa finca, herencia de su padre. A inmediaciones de la hacienda de Lorenzo, y medio oculta entre los ceibos, existe una casita mitad de teja y mitad de paja, situada en la orilla del camino. En aquel sitio, apartado y silencioso, pero lleno de encantos por la dulce melancolía del paisaje, suele detenerse Lorenzo cada vez que va á la villa.

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Pocas dilig;encias tiene, á la verdad, que hacer en el pueblo, pero él las inventa porque su corazón vive más en aquel paraje que en ningún otro.

Es la hora del crepúsculo. El aire tibio de Ejido apenas mueve las hojas de los árboles, y no se percibe más ruido que el grito de los peones que anuncian desde lejos su llegada á la hacienda. Trémula^ vacilante, con la turbación propia de la inocencia espera Marta esta vez el regreso de Lorenzo, asomada á una ventanilla que domina el camino por uno de los costados de la casa. Desde niños se ven y se hablan á través de aquellos rústicos balaustreSj sin que esto' sea un secreto para ambas famihas, que se complacen en formular proyectos de fiestas y alegrías para el próximo matrimonio de la simpática pareja.

Los bellos ojos de Marta están fijos en las vueltas del camino. Se oye ya el galopar de un caballo y la voz fresca y robusta de un joven que se acerca á la humilde ventanilla.

— ¿ Nunca podrás ir, Marta ? — dijo Lorenzo después de estrechar dulcemente la mano de su prometida.

— No, Lorenzo, es imposible; mi mamá ha seguido enferma.

Estas sencillas palabras producen en ambos jóvenes honda impresión. Hay un lenguaje que sólo las almas apasionadas

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comprenden . el lenguaje de los íntimos secretos, el lenguaje de las miradas, de los suspiros y de las lágrimas. Lorenzo fijó sus ojos con profunda tristeza en los de Marta, y ésta que le miraba con toda el alma, se echó á llorar como un niño.

— ¡ No te vayas, Lorenzo, por Dios, no te vayas. Todos los años hemos ido juntos á Mérida, y no tengo valor para quedarme aquí sola por varios días, creyendo oir á cada instante las pisadas de tu caballo y buscándote en vano por las vueltas del camino. ¡ Ah, qué triste debe ser este campo cuando tú estés lejos!

— Marta, dijo Lorenzo, enjugándose también las lágrimas, tú sabes que no pue"" do quedarme, que debo for2osamente ir á Mérida con mi madre.

Sobre eJ oscuro, casi negro follaje de las vecinas arboledas empezaba ya á distinguirse la pálida luz délos cocuyos. Ya era el momento de partir. Lorenzo^ pálido por la emoción, toma entre sus manos las de Marta, las cubre de besos y de lágrimas, y sin decir palabra se aleja casi al galope por la oscura callejuela que formaban á la entrada de la casa los altos y umbrosos ceibos.

¿ Cómo quedó Marta ? j Ah, medid su dolor vosotros los que alguna vez os habéis alejado del sér querido ! El sitio, la hora

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y un amor entrañable desde la infancia, siVi contrariedades ni ausencias, hicieron más triste y pesarosa aquella tierna despedida.

Trascurrerí tres días, tres días ^e honda tristeza para Marta. Las calles de Mérída, por lo regular solas y silenciosas, están ahora repletas de gente. Las puertas de los templos, abiertas de par en» par, danr paso á numeroso concurso. Vense aMí eoníundidos los ricos trajes de las señoras de alto rango con la tradicional rRantellina azul y el bu'milde paño blanco de las mujeres del pueblo. La multitud, apiüada en las calles adyacentes al ten^iplo de San Francisco, que sirve de Catedral, acaba de abrirse en alas con religioso respeto para dar paso al Obispo que se retira á su palacio, seguido de gran^ parte del clero.

La imponente solemnidad del dolor domina sierrapre en las cerenionias del Jueves santo : los campanarios están oiudos^, las imágenes veladas, y la música llena de tristeza y profunda melancolía, j Ha sonado la hora forn^idable f Óyese de improviso el ruido siniestra del cataclismo y simultáneamenfte la tierra se estremece de un modo espantoso, los edificios se derrumban, sobre sus bases- y espesas aubes de polvo llenan el espacioj.

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hencliido ya de gritos de horrible desesperación, i Era el 26 de Marzo de í8í 2Í ....

Noclie pavorosa sobreviene. Las casas •que el terremoto ha dejado en pi-é están sombrías y desiertas ; la tierra aún se estremece á cada instante ^ y la multitud, refugiada en las plazas» clama á Dios misericordia.

Por el camino de Ejido á Mérida corre á esas horas una pobre mujer, seguida á distancia por un nimo que en vano la grita para que acorte el paso-

—4 Marta ¡ Marta ! - . . . - j Espérame =

Voces que se lleva el viento y que van á perderse en el íondo del barranco, donde se percibe el sordo rumor del río, Marta ha salido de su casa como una loca, y así corre desalada por el camino, destrenzado el caoello sobre los hombros y ya descalza, pues ha perdido en la carrera las blancas alpargatitas que tenía entre casa. La noche la ha sorprendido en el camino ; pero á ella íiada la detiene. En presencia de las ruinas de Mérida, lanza ^n grito de horror y se precipita sobre los escombros.

— ¡ Lorenzo ! i Lorenzo ! clama

por todas partes.

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i Quién la oye }. 4. .¿ Qvi\éñ la Ve ?. . - * i Ah, si hay allí tantos gritos y tantas lágrimas f

Sentadal sobre un promontorio de rtsiüas, una infeliz rrtujer, transida de doloo pronunciaba de cuando en cuando t\ ftíisiiio nombre • era la madre del prometido de Marta. Esta la reconoce y se precipita en sus brazos poseída de espanto^

i Lorenzo había sucumbido, estaba sepultado bajo las ruinas del templo de San Francisco !

Los íiegros y brillantes ojos de Marta adcjuirieron súbitamente una expresión extraña ; no lanza ya ni Un grito, no llora; no gime, no llama á voces á su amante 1 es, el mutismo que precede á la locura;

Aquella niña, débil por naturaleza y acostumbrada solo á la vida dulce 5- apacible del hogarj no púdo soportar uri golpe tan rudo. Cuando la aurora del nuevo día iluminó las ruinas de Mérida, Marta estaba allí todavía, inmóvil sobre los escombros de San Francisco, pálida como la muerte y sin lanzar de su pecho el más leve gemido. Podría creerse que el dolor inmenso de su alma la había petrificado.

Después del terremoto) todos los años

fch los días de Semana Santa, fecorfíd kr, calles de Mérida, seguida por la turba de {)ilIuelos, una pobre mujer, á quien llarhaban ia ¡oca de Ejido, que inspiraba á todos la más profunda lástima. Era joven, y á pesar del estrago que había causado en su rostro la locura y acaso el hambre, conservaba en todas sus facciones el misterioso atractivo de la simpatíai Pasaba las noches á la intemperie lanzando tristes y desgarradores gemidos sobre las ruinas del antiguo templo de San Francisco, hasta que cierto día^ ya casi al terminar la guerra de la independencia, dos hombres levantaron de allí el cadáver de la loca por orden de la autoridad.

Aquella mujer era Marta, la infortunada joven, víctima de una pasión tan profunda como inocente, llevada por la mano del destino hasta morir, aterida por el frío y sin consuelo alguno, sobre aquellos escombros queridos donde hacía tiempo tenía enterrada el alma ; flor fragante y delicada que el huracán de la desgracia arrancó de los poéticos campos de Ejido para aventarla, ya descolorida y marchita, sobre un montón de ruinas !

Nadie se acuerda ya en Mérida de la loca de Ejido, pero aún están allí las ruinas de San Francisco, transformadas por el tiempo en una bella eminencia cubierta de césped y coronada por un verde y fron-

-doso pino que fué acaso mudo y melancóSico testigo de las últimas lamentaciones de Marta sobre la tumba de Lorenzo. [*]

[*] Este ge escribía en 1891. Para la fecha de este libro no existe ai la eminancia ni el pino. Todo ha

«ido n^es^'amente edificado.

TEADICION

En 1827 se consagró en Mérida el Illma, señor Dr. Ramón Ignacio Méndez, arzobispo de Caracas y Venezuela. Fueron consagrantes el lllmo. señor Dr. Rafael Lazo de la Vega, obispo de Mérida, que después lo fué de Quito, y el íllmo. señor Dr. Buenaventura Arias, obispo Í7i par tibus de Jericó, que luego gobernó la Diócesis de Mérida como Vicario Apostólico.

El Sr. Arias era cándido é inocente como un niño y de costumbres tan sencillas y puras que llegó á morir en olor de santidad. Consérvase la tradición de algunos hechos que lo hacen aparecer, en efecto, como un santo. Cuéntase, por ejemplo, que después de una fuerte tempestad que le sorprendió en camino para el campo donde vivía su familia, ejercicio que hacía frecuentemente á pié, pasó el río Chama, estando éste crecido hasta el punto de haber derrumbado el puente, y llegó felizmente á la casa de sus padres con gran

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sorpresa de ésros y de cuantos tuvieron noticia del hecho, pues el río Chama, aun sin estar crecido, es invadeable por aquella parte. También se dice que no usó en su vida más que una sotana y que siempre estuvo el paño tan flamante como recién salido de la fábrica.

Es el caso, pues, que ya consagrado el arzobispo de Caracas, estaban un día éste y el Illmo. Sr. Lazo, acompañados del V. Deán de la Catedral Dr. Luis Ignacio Mendoza, de varios miembros del Cabildo eclesiástico y de otros clérigos, de visita en casa del santo obispo de Jericó, cuando se presentó inopinadamente un criado en la sala y llamó con urgencia al Sr. Arias. Este pidió el permiso de estilo para retirarse, y al salir interpeló al criado :

— ¿ Qué ocurre ?

---j Que se está muriendo el cocinero !. , El arzobispo Méndez, el obispo Lazo y los demás visitantes, que oyeron estas palabras pronunciadas á media voz por el criado, se miraron las caras con asombro en los primeros momentos, sin saber qué partido tomar ante aquel incidente, pero comprendiendo que se trataba de un caso grave, abandonaron la sala y fueron todos en seguimiento del obispo Arias, quien á la sazón había llegado á un ángulo del corredor de la casa donde estaba el enfermo, tendido en el suelo sobre una estera.

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Pronto rodearon el lecho todos los de la visita, en cuyos semblantes se pintó al instante la mayor sorpresa, y aún hubo algunos que no pudieron contener la risa.

El ilacnado cocinero, por quien manifestaba el Señor Arias tanto interés, el moribundo, no er^ sino un mono, que había sido criado en la casa con grande estimación y al que bautizaron con aquel nombre porque vivía siempre metido en la cocina !

El mono, que desde hacía días era víctima de mortal dolencia, espiró allí mismOp sin dar siquiera tiempo para que volvieran de la sorpresa los ilustres personajes que rodeaban su lecho.

La especie corrió de boca en boca por la ciudad, y al día siguiente apareció en la Universidad, pintada en la pizarra de la clase de matemáticas, una tumba con tres mitras, varios bonetes borlados en rededor, y este epitafio, todo ello obra de los picaros estudiantes.

'El mono (pie aquí reposa Al cielo se fué de fijo : Tres obispos lo auxiliaron Fuera del deán y cabildo, \ Cuántos no envidiarán, de seguro, la fortuna de aquel mono que llegó á ver reunido en su lecho de muerte todo un Concilio provincial !

LOS' TUBOS DEL ORBANO

Tradición.

El segundo Obispo de Mérida Dr. D. Fr. Manuel Cándido de Torrijos, no obstante el corto tiempo de su pontificado, se ha hecho célebre por los muchos y valiosos regalos que hizo á la Catedral y al Seminario. Se refiere que su equipaje constaba de cuatrocientas cargas, y que en, ellas venían treinta mil libros para la Biblioteca del Seminario,- además de los instrumentos necesarios para montar en dicho Instituto el Gabinete de Física, entre ellos una máquina eléctrica, la primera sin duda que se introdujo en Venezuela, pues el Obispo Torrijos vino en 1794.

Para la Catedral trajo el cuerpo de San Clemente Mártir, santa reliquia, que aun se venera allí y que está colocada en el altar del Crucificado ; y trajo también ricos ornamentos, un reloj muy fino para la Sacristía y un famoso órgano, cuyas flautas eran de plomo y pesaban por sí solast xnÁs de seis arrobas.

El terremoto de 1812 acabó con este órgano ; y en la traslación que se hizo á diversos lugares de las alhajas y objetos salvados del cataclismo, los tubos y restos del órgano fueron á parar á la vecina ciudad de Ejido, donde se depositaron en casa de D. Jaime Fornés, que á fuer de español era consumado realista, aunque su esposa doña Isabel Briceño, tanto por vínculos de sangre como por propia inclinación era por el contrario partidaria fervorosa de los patriotas.

Así las cosas, sobreviene la aproximación de Bolívar á Venezuela, procedente de Nueva Granada, en su brillante campaña de 1813. Antes del combate de Cúcuta, desastroso para los realistas, el jefe español Correa se había dirigido al Vicario Capitular y Deán Dr. D. Francisco Javier de Irastorza, que residía en Lagunillas, pidiéndole auxilios de toda clase para las tropas del Rey. Muy bien sabía Correa que su exigencia sería atendida, pues no ignoraba que el Deán Irastorza, era realista hasta la médula de los huesos.

Desde luego pidió éste donativos al Clero y fieles, que muy poco le dieron porque casi todos eran patriotas. Entonces apeló á los Diezmos, á la Fábrica de la Catedral, á su propio peculio y á otras fuentes, juntando por todo tres mil pesos que en dinero sonante entregó á los comisionados

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realistas. Pero como Correa pedía también armas y pertrechos, si los había, el Deán Irastorza dispuso que á falta de otra cosa le fueran remitidos los tubos del órgano para que los convirtiese en balas.

Y aquí^iene lo peregrino del caso. La orden de entrega fue comunicada á D. Jaime Fornés, depositario de los tubos en Ejido, como se ha dicho. En la casa de éste los recibieron los comisionados realistas y allí mismo los enfardelaron, distribuidos en dos bultos, bien envueltos en tela y encerados, a fin de que nadie en el tránsito pudiera descubrirlos. Esta operación se hizo en la tarde, dejando todo listo para levantar la carga al amanecer el día siguiente, como en efecto lo hicieron, emprendiendo viaje hacia Cuenta con el dinero y las seis arrobas de plomo que pesaban las flautas del órgano de la Catedral de Mérida.

Pocos personajes en la historia de Mérida han gosado de un prestigio y popularidad tan manifiestos y merecidos como el canónigo Dr. Francisco Antonio Uzcátegui. El pueblo lo quería y respetaba de todo corazón. A él debía multitud de beneficios. En Mérida y Ejido fué el fundador de la instrucción popular gratuita. Su peculio particular estaba siempre al seryi*-

cío de toda obra de interés general. Esta prontitud y eficacia para atender á las necesidades públicas, unida á su carácter sacerdotal y á las dotes de hombre caballeroso é insinuante en el trato social, le dieron tal ascendiente desde los tiempos de la Colonia, que siendo Vicario de Mérida para 1781, fué el mediador escogido por las autoridades de Caracas y Maracaibo para contener la insurrección de lós Comuneros proclamada en los pueblos de la provincia.

Desde 1810 hasta poco después del terremoto de 181 2 dominaron en Mérida los patriotas, llegando el canónigo Uzcátegui á ejercer el poder ejecutivo como Presidente en turno ; pero á consecuencia de aquel desastre, vinieron tropas de Maracaibo y Coro, y la ciudad quedó sometida á los realistas. -El canónigo se vió en la necesidad de emigrar para la Nueva Granada con muchos otros patriotas.

A su paso por la entonces villa de Ejido, llegóse á la casa de D. Jaime Fornés, el cual estaba ausente á la sazón, pero se hallaba allí su esposa, cuyas simpatías por la Patria no se ocultaban al canónigo.

— Vengo expresamente, le dijo, á recomendarle la ocultación de los tubos del órgano, para que no lleguen á caer en poder de los realistas. EntiérreloS;. si es posible.

La señora, que era amiga y admiradora del canónigo, prometióle de su parte salvar á todo trance el sagrado depósito de manos de los realistas ; pero no llegó ella nunca á imaginarse que el mismo Deán y Vicario daría á D. Jaime la orden de entrega. La buena señora se consternó en extremo al ver llegar los comisionados con la orden esorita. No era prudente aconsejar á su esposo que se negase á cumplirla, porque sería tanto como hacerse reos de rebelión contra el Rey. No había caso : los temores del canónigo se iban á cumplir.

D. Jaime Fornés entregó los tubos y partió en seguida para un campo, donde asistía de ordinario los días de trabajo. Doña Isabel quedóse pensando en la manera de salvarlos. Al fin concibió una idea atrevida, cuya ejecución exigía prontitud y destreza. Los tubos estaban allí todavía, en los corredores de su casa, enfardelados y listos para ponerlos en eL lomo de una muía y llevarlos 4 Correa.

En el silencio de la media noche, la distinguida dama, que no había pegado los ojos, se levanta cautelosa, á fir^ de no despertar á las criadas de su servicio. En puntillas se dirige á un cuarto retirado en el fondo de la casa y llama muy quedo. Una voz varonil le contesta al punto. Era un esclavo de su entera confianza^

— So —

á quien impone del plan secretísimo que ha combinado qara salvar los tubos. El esclavo lo comprende al instante, y sin entrar en explicaciones ni proferir palabra, se arma de un cuchillo de monte y se in^ terna en la huerta de la casa, plantada de caña de azúcar, cosa no rara en Ejido, donde hay huertas urbanas que son verdaderas haciendas.

En resumen, entre doña Isabel y el esclavo desenfardelaron los tubos y los sustituyeron con cañas de peso igual, volviendo á envolver y liar los bultos de lá misma manera que antes estaban.

Es de suponerse la sorpresa, el enojo y el despecho de Correa al abrir los bultos y ver que no había tales tubos sino cañas mondas y lirondas. Los comisionados se quedaron sin resuello, y el castigo de la burla habría sido ruidoso si las armas de Bolívar no hubieran apagado en Cúcuta los bríos del ejército realista.

Demás estará decir que á la aproximación de Correa á Mérida, doña Isabel tembló de pies á cabeza y se puso en oraciones, temerosa de que fuesen á perseguir á su esposo, no obstante su decisión por el Rey, suponiéndolo autor ó cómplice de la peregrina sustitución. Pero Correa, á

paso por Ejido y Mérida, en todo pen-

— Si-

só menos en averiguar el caso. Todos sus cuidados estaban en salvarse de otro desastre. Bolívar victorioso seguía sus pasos.

Libertada de nuevo la provincia de Mérida en Mayo de 1813, pudo el Canónigo regresar del destierro, y secretamente fué impuesto por doña Isabel de la salvación de los tubos y del lugar de su escondite. En 18 14 se dispuso traer de Ejido los restos del órgano para ver si podía reconstruirse ; pero las vicisitudes de la guerra lo impidieron. La ciudad cayó en poder de Calzada, y el Canónigo y los principales patriotas con sus familias, se incorporaron en la emigración que desde el centro de Venezuela venía al amparo del ejército de Urdaneta, en , la heróica retirada de aquel año tan aciago para la Patria.

A su paso por Ejido, el canónigo se allegó otra vez á la casa de su amiga y copartidaria Isabel Briceño para decirle rápidamente estas palabras :

— Ahora si se van los tubos del órgano para Cúcuta.

— ¿ Los lleva Usía consigo ? exclamó sorprendida Isabel.

— No, señora, pero van más seguros todavía : van en los cañones de los fusiles convertidos en balas..

; Caprichos del destino ! Las flautas de

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aquel magnífico instrumento de música sagrada, que habían resonado dulcemente bajo las bóvedas del augusto templo, fueron á resonar también, pero de muy distinto modo, en los campos de batalla bajo las banderas de la naciente República.

Esta tradición tiene una nota final muy triste.

A fines de 1817 hubo en Mérida un movimiento en favor de la Patria que prontamente fue debelado, pues de Maracaibo, Barinas y San Cristóbal^ lugares dominados por los realistas, vinieron fuerzas superiores que obligaron á los patriotas á dispersarse antes de ser aniquilados por semejante coalición.

Los que se retiraron por la vía del Morro, para salir á Pedraza, á su paso por Ejido^ hicieron presos á varios realistas, que fusilaron en el páramo solitario del Quinó, entre ellos á D. Jaime Fornés, es* poso de la decidida patriota doña Isabel Briceño. ¡ Desastres de la guerra á muerte !

El hombre que hubiera podido contener tamaños excesos ya no existía : el Canónigo Uzcátegui había muerto desde 1815, lejos, muy lejos de la ciudad nativa, en la amarga soledad del destierro.

El Sombrero del Padre Gamboa

EPISODIO HISTÓEICO.

Días después del terrible decreto de guerra á muerte, el 30 de Junio de 1813, se hallaba acampado en la Boca del Monte, cerca de Boconó de Trujillo, el General José Félix Ribas, Comandante de la retaguardia del Ejército Libertador de Venezuela, cuando se presentó en el campamento un emisario que manifestó en seguida el deseo de hablarle con la mayor reserva.

Era un paisano de Niquitao que llegaba jadeante, con el rostro demudado y cubierto de barro de piés á cabeza, después de haber atravesado con riesgo de la vida los ríos Burate y Boconó que estaban crecidos por efecto de las lluvias torrenciales.

Ribas le prestó desde luego vivísima atención, sospechando que se trataba de un asunto grave.

— Señor Comandante, le dijo el desconocido emisario, no ha> tiempo que per-

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der. Los enemigos están casi á dos leguas de Niquitao en el sitio de La Vega.

— ¿ Que dice usted ?

— Han salido de Barinas, por vía de Calderas, como mil hombres despachados por Tízcar, al mando del Comandante Martí. El señor Alcalde D. Pedro José Briceño, que es patriota decidido, me envía con este parte verbal, porque no hubo tiempo de hacerlo por escrito.

Ribas solo tenía trescientos hombres, la mayor parte reclutas. No obstante esto, resuelve contramarchar, de acuerdo con Urdaneta, que acababa de unírsele con cincuenta, pero antes de ponerlo en práctica hace preso al emisario, que era D. Juan Guillen, diciéndole á secas y de una manera perentoria : '

— Voy á hacer que venga el Cura de Boconó para que lo confiese á usted ahora mismo, porque si la noticia que me comunica resulta falsa, lo fusilo á usted en el acto.

Antes que inmutarse, Guillen se sonrió con perfecta tranquilidad de ánimo, lo qu^ decidió á Ribas á salir en el mismo instante al encuentro del enemigo.

En la noche del i? de Julio llega á Niquitao ; y á las nueve de la mañana del siguiente día 2 rompe los fuegos sobre las tropas de Martí que ocupaban alturas inexpugnables en el sitio de las Mesitas,

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en tanto que el Cura del lugar, Pbro. Ricardo Gamboa, gran patriota desde 1810, sacaba una rogativa con los ancianos y mujeres que quisieron acompañarlo en tan críticas circunstancias, á fin de interponer sus plegarias para salvar el pueblo del azote de las tropas de Tízcar, cuyo solo nombre inspiraba horror después de la reciente matanza de patriotas que había ejecutado en Barinas.

Bien conocidos son los detalles del combate de Niquitao, combate desigual en extremo, en que lanzaba centellas la valiente espada de Ribas, y donde Urdaneta, Campo Elias, Ortega, Planas y muchos otros pelearon durante nueve horas con épica desesperación, hasta desalojar al enemigo de sus formidables posicioiaes^

El último baluarte de los realistas fue una peña alta é inaccesible, hasta la cual subieron los soldados de Campo Elias, indios de Mucuchíes en su mayor parte, mostrando un valor increible,, pues sin hacer caso de la granizada de balas que caía sobre ellos, trepaban más como gatos que como hombres, desprovistos de fusiles, que allí eran un estorbo, llevando tan sólo el desnudo acero cogido con los dientes !

Asombrado Martí de semejante arrojo dirige sus miradas á una y otra parte del campo de batalla, angustiado y perplejo, y descubre á través del humo, en la direc-

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cíón del peeblo, la gente y estandartes de la rogativa del P. Gamboa, lo que ton>a por el grueso del ejército de Bolívar.

La derrota ya iniciada^ se declara entonces de una manera rápida y general. Casi toda la tropa realista, coa sus armas, pertrechos y equipaje vinieron*; á manos de los vencedores, en pocas horas.

Durante el combate, un viento impetuoso barría los desnudos riscos y bramaba en la profundidad de los valles, viento que desde el principio hizo volar como plumas los sombreros de los patriotas, quienes ganaron el triunfo con la cabeza descubierta bajo los rigores de un páramo inclemente

Al pasar revista al ejército después de la activa persecución del eaemigo. Ribas observó qtie una de las más urgentes necesidades de la tropa era la de sombreros.

—En el botín de gu>erra bay quinientas gorras de cuero con sus chapas metálicas, informóle el Comisario de Guerra, creyendo qu^e podrían utilizarse.

— Que se arrojen al fuego en el acto, exclamó Ribas. Jamás vestiré mis soldados con los despojos del enemigo.

Y en efecto, se hizo al punto una gran, hoguera en la plaza, y las quinientas goH^as reaIistas^ en las cuales se leía el moté

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de España Triunfante, fueron consumidas por el fuego.

Ribas ordenó en seguida que se llamase al Alcalde, y D. Pedro José Briceño se presentó al momento^

— Dentro de lana hora debe usted entre** garme doscieíitos sombreros para la tropa.

— ¡ Doscientos sombreros, señor ! Eit *este pueblo no se fabrican d« ninguna clase ; y aunque se recogiesen lo? de uso, no alcanza el vecindario á doscientas almas.

— El caso no admite excusa. Proceda usted sin demora á buscar los sombreros donde haya lugar.

D. Pedro se echó á la calle con las manos en la cabeza pensando en el modo de cumplir ta$í estrecha orden. Acom pallado de dos alguaciles empieza á recorrer el pueblo, registrando una á una todas las ■casas, sin excepciones de ningún genero.

Donde no hallaba sombreros á la vista, hacía abrir los baiiles, alacenas y escaparates, sin pararse en oir los reclamos y quejas que en cada casa provocaban semejantes actos de allanamiento y expropiación.

Es lo cierto que á la hora precisa de! plazo, el vecindario entero se hallaba cori la cabeza descubierta, pues estaban en poder del celoso Alcalde todos los sombreros existentes en Niquitao. Pero aún así^ no llegaba el número sino á ciento ciíi-

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cuenta, los cuales presentó á Ribas con la disculpa del caso.

— Muy bien, señor Alcalde. Aplaudo su actividad en servicio de la Patria.

Tanto Ribas como los oficiales que lo acompañaban no pudieron contener la risa al ver aquella extravagante mezcolanza de sombreros de todas hechuras, clases y tamaños. Los había de mujer, con velos y toquillas unos, de grandes alas y vis^toso plumaje otros, restos de la moda vigente en Francia para la época del Directorio. Hasta papalinas y gorros de dormir habían caído en manos del inflexible Alcalde,

— ¿ Y esto qué contiene ? preguntóle Ribas al ver una gran caja de cartón forrada en cuero.

- — Es el sombrero del señor Cura, contestóle el Alcalde.

— No, no, devuélvale usted al P. Gamboa sombrero. Con él no reza la orden.

El venerable y patriota Cura se había captado las simpatías y respeto de la tropa republicana, y se hallaba á la sazón en muy graves y tristes quehaceres. Se ocupaba en dar sepultt^ra á los muertos y comodidad á los heridos, y lo que es más triste aún, en auxiliar á los oficiales prisioneros que iban á ser fusilados, cum-

pliéndose por vez primera el tremendo decreto de guerra á muerte.

Por este motivo no supo lo ocurrido cort su sombrero sino en los momentos de partir las fuerzas vencedoras. Prontamente toma en sus manos aquel preciado objeto de su traje eclesiástico, reservado para las grandes solemnidades. Sale á la plaza, y en presencia de la tropa, priva á su sombrero de la forma característica de teja, cortándole al efecto los cordones que su jetaban de la copa las grandes alas; le pone la divisa cíe la Patria, y lo entrega allí mismo al Tambor del Ejército, que solo tenía en la cabeza un pañuelo amarrado en forma de turbante.

El Tambor se llena de gozo con tan oportuno obsequio, y al momento se cubre con el gran sombrero del Cura.

Ribas, que recorría las filas en su caballo de batalla, divisa desde lejos la acción del Tambor, y como un rayo se dirige á él y le dice :

— ¿ Quién se ha atrevido á quitarle de nuevo el sombrero al señor Cura ?

— Yo mismo lo he presentado con mucho gusto, contestóle el P. Gamboa.

— Pero ya he dicho que con vos no reza la orden, porque os debemos muchos y valiosos servicios. Llevaos, pues, vuestro sombrero que os haría gran falta.

^Oh, no, señor Comandante, por gran-

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de que fuese este sacrificio, sería nada comparado con la inmensa satisíacción que íne proporciona el saber que las dianas de vuestros triunfos van á resonar ahora bajo las alas de mi sombrero.

Ribas dio un estrecho abrazo al generoso levita, y los ofi:ciales y tropa aplaudieron con un burra atronador tan oportuno ejemplo de desprendimiento en favor de la Patria.

De esta suerte, los vencedores de Niquitao, á medio disfraz en fuerza de las circunstancias, partieron á tambor batiente y banderas desplegadas á segar nuevos laureles bajo las inmediatas órdenes de Bolívar.

¿ Y el P. Gamboa ? Los realistas no lo perdonaron. Desde la invasión de Calza da en 1S14, fue perseguido y procesada como rebelde ! He aquí uno de los mártires ignorados de la Patria.

Nota.— Los hechos relatados son rigiirosamente históricos. En 1880 D. José María Baptista Briceño publicó interesantes detalles sobre el combate de Niquitao, apoj^ado en el dicho de testigos presenciales y en el testimonio autorizado de su padre el venerable patricio D. José María Baptista, sobrino político del célebre Doctor y Coronel Antonio Nicolás Briceño, apellidado el Biablo. De esos apuntamientos y de otras fuentes fidedignas se han tomado los dato& ü^eesai'ios para escribir este episodií>.

VALOR A TODA PRUEBA

HECHO HISTÓRICO,

El 25 de Mayo de 1828, día domingo, la iglesia de Bucaramanga fue teatro de un suceso poco conocido en la historia. Cualquiera que hubiese visto el templo de diez á once de la mañana, habría creído que se efectuaba alguna gran solemnidad religiosa, á juzgar por el concurso extraordinario que llenaba las naves.

Y sin embargo, no había música, ni canto, ni más clero que un solo sacerdote oficiando en el altar. Era una simple misa rezada. Pero á pesar de que el Coro estaba silencioso, los caballeros, las damas y el pueblo todo dirigía sus miradas hacia aquella parte de una manera persistente y tenaz, aunque no todos del mismo modo, pues unos lo hacían sin rebozo alguno, desatendiendo por completo la misa, mientras que los más discretos compartían la atención entre el Coro y el Altar.

El mismo sacerdote, al volverse al pueblo durante el santo sacrificio, 110 podía

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sustraerse de la curiosidad general y echaba una rápida mirada al Coro.

¿ Qué poderoso imán era aquel que asi se atraía á los fieles, sin dejarlos oir la misa con la atención debida.

Había en el Coro ciertamente algo raro, excepcional ; había allí un gran personaje, uno de esos genios extraordinarios qxie deben ser vistos y tocados para convencerse de que son realmente hombres, como decían los Griegos del gran Alejandro.

Bolívar estaba allí, á vista de todos, oyendo misa como cualquier católico.

El cura, por indicación del mismo Libertador, le había hecho colocar asientos especiales en el Coro para él y los jefes de su comitiva, que aquel día eran Soublette. O' Leary, Fégurson, Wilson y Lacroix, que registra el hecho en su jDiario de Bucaramanga.

Era, pues, explicable la curiosidad de los vecinos. De los más remotos campos y pueblos vecinos venían gentes anhelosas de aprovechar la permanencia de BohVar en dicha ciudad para conocerlo y saber si era chico ó grande de tamaño, de qué color tenía los ojos, el pelo y la tez, cómo era su porte y su andar, y en una palabra, si su figura correspondía á la idea grandiosa que se habían formado del Fundador de cinco naciones*

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En los momentos solemnes de la elevación de la Sagrada Hostia, hubo en el centro de la iglesia cierto movimiento de alarma entre las mujeres motivado por la caída de una de ellas con un accidente, cosa que no se supo sino mucho después. A este primer movimiento siguieron ahí mismo voces, gritos y confusión general en el pueblo.

— j Temblor !

— ¡ Incendio !

— j Misericordia, misericordia señor !

Tales eran los clamores que se oían por todas partes, á tiempo que el concurso en masa se dirigía como una ola humana hacia las puertas deltemplo. En pocos instantes la Iglesia quedó desierta. Solo dos personas se quedaron inmóviles en sus puestos : Bolívar en el Coro y el Sacerdote en el Altar.

Los capitanes más renombrados del mundo han tenido algún lado flaco en materia de valor fpersonal. De Alejandro se cuenta que tenía terrores superticiosos ; de Napoleón, que sabía dominar el miedo, pero que lo sentía al entrar en batalla ;y del Aquiles Americano, del mismo Páez, que asombró por su rara valentía, se dice que temblaba como un niño á vista de una culebra !

Sólo de Bolívar no se cuenta flaqueza alguna en punto á valor. Siempre sereno

é impávido ante todo género de peligros. Ni la furia de los elementos en la tierra y en el mar ; ni la presencia de los animales más feroces ponían espanto en su corazón de héroe. Dícese que cierta vez se lanzó al Orinoco con las manos atadas para probar que era buen nadador ; y demasiado conocido es su atrevimiento al borde del abisnio cuando fué á visitar el famoso Salto del Tequendama.

Por eso no temía tampoco á terremotos ni incendios ; y cuando en la Iglesia de Bucaramanga todos huían de un peligro inminente, hasta los bravos militares de su comitiva, él se mantenía sereno, con la serenidad olímpica del valiente á toda prueba.

Fue Bolívar como el Cid,que no conoció el miedo sino de oídas.

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TRADICIÓN.

En los tiempos de la gran Colombia sirvió el Deanato de la Catedral de Mérida el Dr. D. Luis Ignacio Hurtado de Mendoza, prócer de la Patria, firmante del Acta de Independencia en 1811, hermano del célebre patricio D. Cristóbal de Mendoza.

Parece que el Deán Mendoza era hombre de mucho carácter y tenaz en el cumplimiento de sus propósitos. Estaba á la sazón en boga entre la gente principal el uso del tabaco en polvo llamado rapé ; y los señores Canónigos no dejaban de la mano la preciosa caja que lo contenía ni aun en pleno oficio de Coro. El Deán Mendoza se propuso quitarles semejante hábito.

En primera ocasión les recordó amigablemente la Bula de Urbano VIII de 1624, que prohibía el uso del tabaco en la Iglesia bajo pena de excomunión, diciéndoles quCj aun cuando tal canon no estuviese en

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vigencia, era lo más prudente abstenerse de usar el tabaco dentro del sagrado recinto.

Los Canónigos se moderaron un tanto en la costmbre, pero á poco volvieron á brillar las pulidas cajas en el Coro de la Catedral, y los sorbos y estornudos alternaban diariamente con la recitación de las preces en el Oficio Divino.

Cierto día, al iniciar el cuotidiano rezo, los Capitulares se miraron entre sí sorprendidos. Cada uno había hallado en su breviario un papelito con este letrero : httefesa á los Seííores Canónigos solicitaf y leer las ConstiHidones Sinodales de la Gran Canaria, de 1629.

Con viva curiosidad se dieron á buscarlas, y en ellas hallaron terminantemente prohibido al clero y fieles el tomar el tabaco en las iglesias, bajo pena de excomunión mayor y mil maravedís de multa por cada infracción.

Comprendieron al punto que los papelitos eran obra del Deán, y se contuvieron un poco en el uso del rapé á las horas del Oficio. Pero á vuelta de pocos días, las primorosas cajitas volvieton á relucir en manos de los señores Capitulares, quienes á cada paso tomaban el tabaco en polvo, olvidados por completo de las prohibiciones canónicas. El Deán vivía contrariado y devanándose los sesos para ha-

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llar remedio eficaz contra tal abusd.

A tenerlo presente, de seguro les habríd recordado también la terrible ley dada pof el Gran Duque de Moscovia, en 1634, que mandaba cortar las narices á los que sorbieran tabaco en polvo !

El Dr. Mendoza era fumador, y como tal llevaba siempre bien provista la tabaquera. Hallándose un día en el Core, atormentado por el taqui^taqui del abrir y cerrar las cajas de fapé y por el ruido de los sorbos y estornudos consiguientes, tomó de súbito una resolución, especie de ttltimatum dirigido á los Canónigos.

Manda á un acólito que le acerque un cirio encendido. Obedece el acólito, y con grandísimo asombro de clero y fieles, el Deán saca un tabaco, lo enciende y principia á fumar tranquilamente bajo la bóveda de la Santa Iglesia Catedral.

Todos se quedaron en suspenso por algunos instantes, hasta que uno de los Canónigos, se acerca al Deán y le dice escandalizado :

— l Dr. Mendoza, qué es esto ?. . . .

— Nada, mi amigo, sino que ustedes me han contagiado. Yo también quiero darme el gusto del tabaco aquí en la Iglesia.

— l Pero de ese modo, Sr. Deán ? .

- — No hay modo que valga. Si es permitido en polvo, también debe serlo en humo,

j)orque tan vicio es lo uno como lo otfo^

Muy recio lo dijo para que todos lo oyesen ; y tirando al suelo el tabaco, continuó el interrumpido rezo.

Aunque tal costumbre perduró todavía por luengos años, es fama que en los días del Dr. Mendoza nunca se volvió á tomar rapé el Coro de la Catedral.

Y para los que usan el tabaco en la forma cuasi líquida de chinió, con mengua de la limpieza de los pavimentos, no estará demás recordarles que él primer Obispo de Mérida D. Fr. Juan Ramos de Lora, por decreto de 4 de Junio de 1785, prohibió el uso del chimó en la iglesia, bajo pena de excomunión mayor.

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CRÓNICA DEL SIGLO XVI.

Con dos cuchilladas que dio Don Juan¡ de Salamanca sobre un rollo enarbolada en el sitio de Bariquigua, á orillas del río Morere, quedó fundada la ciudad de Carora, ó sea la ''Ciudad del Portillo'^, segura la voluntad del Rey. Esto sucedía en^ 1572.

Es, pues, el caso que vivía en dicha ciudad recién poblada Don Pedro de Avila^ casado con Doña Inés de Hinojosa, natural de Barquisimeto, ''mujer hermosa por extremo y rica", como lo afirma Juan Rodríguez Fresle, autor de esta viejísima crónica.

Aquella casa ardía en celos y disgustos^ pues era Don Pedro muy dado á reqme bros y aventuras de amor, y demás de esto, jugador de oficio. La joven Doña

Inés, que pasaba la vida de enojo en enojoj. tenía á su cuidado una sobrina, á quiert daba lecciones Jorge Voto, maestro, música y dan^a.

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A vuelta de muy poco tiempo Voto y la bella barquisimetana llegan á amarse con tal pasión, que traman la muerte de Don Pedro y ponen desde luego en ejecución su criminal intento.

Un día Jorge Voto arregla sus cuentas de música y danza, despídese cordialmente de sus amigos y emprende viaje para el Nuevo Reino de Granada. Camina tres días y regresa sigilosamente á Carora, á donde llega disfrazado y ya tarde de la noche. Oculto detrás de una esquina espera á Don Pedro, que estaba en una casa de juego, y le da de estocadas hasta dejarle muerto en la mitad de la calle. El asesino, protegido por la oscuridad, huye sin ser visto, y con gran presteza continúa su interrumpido viaje.

A la mañana siguiente andaba el pueblo de Carora en tribulaciones y carreras : Don Pedro de Avila era vecino muy notable y su muerte causó por lo consiguiente honda impresión en toda la ciudad. Doña Inés puso el grito en el cielo, lloró y se desesperó con grandes extremos ; la vara de la justicia anduvo por muchos días de aquí para allá dando golpes en vago ; y todo concluyó, al fin, por quedarse Don Pedro muerto y la causa á oscuras. ❖

Era viernes en la noche.

Don Pedro Bravo de Rivera, su herma-

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rio Don Hernán, y Pedro de Hungría, sacristán de la Iglesia de Tunja, cenaban en compañía de un consumado vihuelista y de dos damas, entre las cuales resaltaba una por su airoso porte y singular belleza.

La pérfida cuanto hermosa viuda de Don Pedro de Avila, pasado más de un año de la muerte de éste, vendió sus haciendas en Carora y, acompañada de su sobrina, hizo viaje á Pamplona, donde contrajo segundas nupcias con Jorge Voto. La criminal pareja escogió á Tunja por lugar de su residencia, y ésta es la casa en donde hemos metido al lector.

Era promotor de la cena Don Pedro Bravo de Rivera, vecino de la ciudad, quien visitaba la casa con el carácter de novio de la sobrina, aunque sus ojos é intenciones estaban fijos en Doña Inés, que siempre fué la pobre muchacha, en Carora como en Tunja, un pretexto para los galanes de la tía.

Ya para concluir la cena dijo Don Pedro á Jorge Voto estas palabras textuales :

— "Queréisme acompañar esta noche á ver unas damas que me han rogado os lleve allá, pues quieren veros danzar y tañer ?"

— *^De muy buena gana lo haré por mandármelo vos."

Replicó el maestro de danza, preparándose para amenizar la velada con los har-

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moniasos sones de su vihuela, en tanto q»^ Don Hernán, atormentado sin duda por la conciencia, escribía en la mesa con la punta de yn cuchillo las siguientes palabras :

Jorge Voto, no salgáis esta mche de casa? jorque os qmefem mata^:.

El músico leyó este letrero y otro por el mismo tenor que el hermano de Don, Pedro le puso á la vista, pero no hizo caso de tan oportuno alerta.

Después de un largo rato la casa quedd en silencio : los convidados se habían dispersado. Sólo dos bultos sé percibían en> medio de las sombras de la noche : eran Don Pedro Bravo y Jorge Voto que cami-. naban por las desiertas calles de Tunja en pos de las misteriosas damas.

— No están aquí estas señoras, que secansarían de esperar, dijo Don Pedro en. llegando al fondo de unas casas muy altas;, pero vamos que yo sé donde las hemos de hallar.

Y caminando en silencio fueron hasta cerca de uo puente en las afueras áé Tunja.

—Allí están, vamos allá, exclamó Don Pedro,, señalando dos bultos blancos que apenas se distinguían en medio de la oscu.- Ejdad.

Jorge Voto da algunos pasos, y repenti.- gamente retrocede lleno de espanto ; suel^ la vihuela y desenvaina la espada, pero.

ya era tarde. Don Pedro le da por un costado alevosa estocada, y luego caen sobre él feroces é implacables Don Hernán y Pedro de Hungría, que no eran otros las fingidas damas.

El cadáver fué echado en ün hoyo profundo, y los asesinos huyeron precipitadamente.

t)on Juan de Villalobos, Corregidor de Tunja, era un hombre que no se paraba fen pelillos. Al amanecer el día sigüiente, cuando la noticia del crimen puso en 'movimiento á toda la ciünad, Don Juan se echó á la calle coñ la vara de la justicia en alto, hizo poner en la plaza pública el cadáver de Voto, y á voz de pregón citó pai-a aquel lugar á todos los habitantes de Tunja. Sólo faltó Don Pedro Bravo dé Rivera. Doña Inés, que á la sazón representaba la misma comedia que en Canora, fué cercada de guardias y prendida en el acto.

En tales momentos la campana llamó á misa de la Virgen, pues era sábado. Todos los vecinos, incluso el Corregidor, dejando el muerto, acudieron al templo. En el Coro tropezó Don Juan de Villalobos con Don Pedro, á quien saludó y dijo con mucha sorna :

— Desde aquí oiremos misa.

El no haber concurrido Don Pedro á !á

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plaza y los díceres que corrían por el pií^- blo sobre sus relaciones con Doña Inés^^ fueron causa de que todas las sospechas recayesen sobre él como autor del delito. El Corregidor envió desde el Coro pof unos grillos, en que metió á Don Pedro y se metió él mismo para mayor seguridad.

El Sacristán fué descubierto por el sacerdote en el propio altar al servirse de las vinajeras, pues tenía aquel una manga toda manchada de sangre. Pondérese la sorpresa de los fieles en vista de semejantes novedades dentro de la iglesia.

Concluida la misa,. Don Pedro se negó á salir del coro, lo cual motivó algunas palabras sobre fueros y desafueros entre el Cura y el Corregidor ; pero éste, que como hemos dicho, era hombre que no se I ahogaba en poca agua, cortó el nudo con una alcaldada de marca mayor : mientras corrían á toda prisa postas á Bogotá con? recados para la Real Audiencia sobre aquel conflicto, se echó un bando por las calles en que Don Juan de Villalobos mandaba — desde el coro — que todos los vecinos de Tunja llevasen sus camas á la iglesia para hacerle compañía en tanto se resolvía el singularísimo caso, so pena de traidores al Rey y de mil pesos para la Real Cámara. *

Excusado es decir que la iglesia se llena de catres, y que la casa del Señor quedó

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convertida en Tunja, por varios días, en un dormitorio público.

Vino de Bogotá en persona Don Andrés Díaz Venero de Leiva, primer presidente del Nuevo Reino de Granada, conocido por sus notables prendas de bondad y de justicia. Sacó á Don Pedro de la iglesia y conoció de la causa hasta sentenciarla definitivamente.

Don Pedro fué degollado, Don Hernán, su hermano, alzado* de una horca, el sacristán tomó las de Villadiego, y la desleal Inés fué ahorcada en un árbol que había en la calle, junto á la casa de Jorge Voto, y que más de sesenta años después de estos sucesos, para 1636, existía aún en Tunja, según lo afirma Rodríguez Fresle, pero ya seco, recordando al pueblo el fin trágico de aquella hermosa, causa de tantas muertes y alborotos.

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LEYENPA FA:NTÁSTICA*

— l Conoc€s t% viajero 'que visitas las akas montañas de Ven^^iaela, conoces tú la ley'enda misteriosa de la laguna del Urao ?

— Oh, no, bardo ami^go. Sólo sé de esa Laguna que es ámica en América y que no liay en el mundo otra semejante sino la de Trona, cerca de Fezzán, en la provincia africana de Sukena.

— Oye, ^ues, lo que dice el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de una águila, blanca «n la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Eipa cayo humillada á ios pies del hijo de Pelayo.

— ;¿ Y es tan reciente el origen de esa Laguna?

— No» esta leyenda corresponde á tiempos anteriores á la conquista europea de América, á la época muy remota en que se

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extinguió la primera civilizaci(5n andina, de que hay monumentos fehacientes, cuando invadieron los Muiscas, descendientes de los hijos del Sol, ó sea la raza dominadora de los Incas ; pero los bardos muiscas han repetido los cantos melancólicos de aquellos primitivos aborígenes, por ellos conquistados, para llorar á su vez su propia ruina ; y por eso refieren la leyenda de la Laguna del Urao al tiempo de la invasión ibérica. Oye, pues, lo que dice el libro ignorado de sus cánticos.

"Cuando los hcmbres barbados de allende los mares vinieron á poblar las desnudas crestas de los Andes, las hijas de Chía, las vírgenes del Motatán, que sobrevivieron á les bravos Timotes en la defensa de su suelo, congregadas en las cumbres solitarias del Gran Paramo, se sentaron á llorar la ruina de su pueblo y la desventura de su raza.

"Y sus lágrimas corrieron día y noch^ hacia el Occidente, deteniéndose al pie d^ la gran altura, en las cereanírs de Barro Negro ; y allí formaron una laguna s-alobre, la laguna misteriosa del Urao."

— Permite que interrumpa tu relato. ¿ por qué no está allí ahora la laguna que dices ?

— Escucha, viajero, lo más que reitere el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de

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una águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca.

"La nieve de los años, como la nieve que cae en los páramos, cayó sobre las vírgenes de Timotes y las petrificó á la larga, convirtiéndolas en esos grupos de piedras blanquecinas que coronan las alturas y que los indios veneran en silencio, llenos de recogimiento y de terror.

**Un día los indios de Mucuchíes, bajo las órdenes del cacique de Misintá, levantaron sus armas contra el hombre barbado ; y las piedras blanquecinas del Gran Páramo, las vírgenes petrificadas se animaron por un instante, dieron un grito agudo que resor ó por toda la comarca, y la laguna que habían formado con sus lágrimas se levantó por los aires como una nube, para ir á asentarse más abajo, en el Pantano de Mucuchíes, en los dominios del casique de Misintá. ^

Y allí estuvo, quieta é inmóvil, hasta otro día en que los indios de Mucujún y Chama volvieron sus flechas contra el con" quistador invencible; y la Laguna al punto se levantó por el aire al grito que dieron en la gran altura las vírgenes petrificadas, y fué á asentarse más abajo, al pie de los picachos nevados, al amparo de las Cinco Aguilas Blancas, en el sitio del Carrizal, sobre la mesa que circundan las nieves derretidas de la montaña.

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*' Y allí estuvo, quieta é inmóvil, hasta otro día en que coaligados los indios de Machurí, Mucujepe y Quirorá blandieron también sus macanas contra el formidable invasor. Nuevamente gritaron en el Gran Páramo las vírgenes petrificadas del Motatán, y nuevamente se levantó por los aires la laguna salobre de sus lágrimas para ir á asentarse sobre el suelo cálido de Lagunillas, en aquella tierra ardiente, donde la caña brava espiga y el recio cujC florece.

** Un piache maléfico reveló entonces á estos indios el secreto de poder retener la Laguna en sus dominios, privándola de la virtud de trasportarse como una nube; y el secreto estaba en un sacrificio humano que hacían anualmente, arrojando al fondo de sus aguas un niño vivo para aplacar la cólera de venganza en los altivos guerreros de Timotes, muertos por el hombretrueno de la raza barbada."

— Esta es, viajero, la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao, que desde entonces está allí en su última jornada, brin dando á la industria su Sal valiosa, que es sal de lágrimas vertidas en las cumbres solitarias del Gran Páramo por las vírgenes desoladas del Motatán, en la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Zipa cayó humillada á los pies del hijo de Pela yo.

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— Y dime, bardo, ¿ volverá la Laguna á trasportarse algún día por los aires ?

— Después de un silencio de siglos, gritaron en la altura las vírgenes petrificadas, el día en que los guerreros de la Libertad atravesaban victoriosos los ventisqueros de los Andes ; pero la Laguna continuó quieta é inmóvil, detenida por el maleficio del piache que profanó sus aguas. Cuando éstas sean purificadas, la laguna misteriosa del Urao se levantará otra vez, ligera como la nube que el viento impele, pasar^ de largo por encima de las cordilleras é irá á asentarse para siempre allá muy lejos, en los antiguos dominios del valiente Guaicaipuro, sobre la tierra afortunada que vio nacer recogió los triunfos del hombre-águila 'del guerrero de la celeste espada, vengador de las naciones que yacen muertas desde el Caribe hasta el Potosí.