Tradiciones argentinas · Unidad 124 de 252
Unidad 124 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 89
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DOCTOR P. OBLIGADO 1 89
muestra el agujero de otra sobre el corazón, en el gran cuadro de todos . los santos de la Orden, actualmente en la sacristía. A Santa Rosa de Lima implorando misericordia por los hijos de la América, tapó la boca otra bala de onza, ó más propiamente, se la abrió en mayor buraco.
Desde las primeras horas de la mañana, asaltado el convento por la <:olumna de Craufurd, la principal preocupación del teniente coronel Pack, á ella agregado, fué recuperar las banderas del regimiento número 71, colgadas, desde el año anterior, de las pechinas en el cimborrio de su media naranja.
Trepando por el altar mayor hasta la ancha cornisa, un granadero, sin duda embriagado, más que por el entusiasmo de la lucha, por el gin que á ella le animara, sin lograr sacar las banderas del sitio donde estaban, cayó, rompiéndose la crisma sobre el respaldo del macizo escaño cerca del pulpito.
Luego otro marinero de más fuerte cabeza contra vértigos y myeos consiguió desencajar dos, desplegándolas en la torre.
Si dos meses no alcanzaron á flamear sobre nuestro suelo el año anterior, seis horas no se mantuvieron en alto en la segunda invasión. Fué el mismo guardabanderas encargado por Craufurd de izar otra blanca pidiendo parlamento.
Por esto, entrando en la celda del guardián, sobre cuya mesa anotaba su jefe el croquis de la ciudad, tomó la sábana á mano, improvisando con ella bandera de parlamento
A la torre y bajo el arco de las campanas llegó Leiva con intención de enarbolar la española donde la inglesa había sido abatida, cuando forcejeando para arrancar ésta, y en su mano ya una y otra, un resbalón le hizo desmoronar la alta cornisa, húmeda por la lluvia y requebrada por los cañonazos. Entonces fué cuando, debido á un traspiés, emprendió el subteniente Leiva el vuelo
— ¿Para los cielos?
—¡No!
— ¿Para la eternidad?
— Tampoco. Para el mundo de los sordos, que como tapia quedó por toda la siega, de tan morrocotudo porrazo.
Y he aquí dónde, cómo y cuándo el hombre voló, y por suerte tuvo no romperse el alma, ni siquiera una pierna.
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Tan extraordinario sucedido, que á milagro atribuyeron no sólo beatas de sacristía, queda así sencilla y naturalmente explicado.
Cruzándose bajo el pecho del que caía los palos de las banderas, al flotar éstas, sirvieron de verdaderas alas á su espalda, ó paracaídas, amortiguando el rápido descenso sobre el pretil de tierra, en que numerosas pisadas durante la lluvia habían convertido en verdadero mátete, como blando colchón de barro, todos sus alrededores.
Jocosa coincidencia fué, sin duda, que al divisar el almirante Murray su pabellón desplegado en todas las torres, y cesado el fuego, creyó definitivo el triunfo, saludándole con salva real desde balizas.
Cuando el último cañonazo retumbaba^ caía la bandera inglesa parano levantarse victoriosa más en esta tierra.
Momentos después, envuelto en la misma ancha sábana que había servido de bandera salvadora á los ingleses, era conducido Leiva á la celda del prior.
Echando sangre por oídos, boca y narices, fué depositado sobre el propio lecho de su tío, y aunque todos le dieran por muerto, vivo, muy vivo y caminando por sus dos pies, se presentó todavía medio siglo más tarde, el 25 de mayo de 1859, ¿ recibir el merecido premio, aunque algo tardío, que la municipalidad de este vecindario le acordara por su valor y heroísmo.
Cuando el herido aún no había vuelto en sí, y en medio de los afanes del afligido provincial, ayudado de legos y sacristanes, cortando vendas y sábanas para fajar compresas de árnica, cuál pálido fantasma de la muerte surgió de entre las sombras del rincón un alto inglés, azorado y sin uniforme, preguntando con voz emocionada en mal castellano:
— ¿Este ser oficial que quería cincharme?
— Este es mi sobrino — contestó el prior, — quien, al sacar las banderas que ustedes habían olvidado en la torre, se vino abajo.
— ¡Oh!, ¡regular salto, treinta yardas! — calculó el excéntrico inglés^ que no era otro que el mismo Pack, quien desde aquel momento constituyóse en su más asiduo enfermero, hasta que tuvo de nuevo que ser escondido en el camarín de la Virgen, pues que sus vencedores le buscaban como á pleito.
Pero como al fin el pleito ese lo ganó el pueblo, y era el de que no quería cambiar de amo, aleccionado desde entonces cómo se defienden sus derechos, dio luego al traste .con el amo viejo.