Tradiciones argentinas · Unidad 126 de 252

Unidad 126 · TRADIICONES ARGENTINAS

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TRADIICONES ARGENTINAS

La abnegación, el patriotismo, el heroísmo, el sacrificio, la generosidad, sentimientos todos que inflaman los más nobles corazones, entretejieron con el laurel de la victoria la hermosa corona al pueblo que en aquellas jornadas memorables abriera los cimientos de una nueva y gloriosa nación.

LA ULTIMA CORRIDA

Mirándonos con desdén venía el penúltimo virrey, mandado como de encargo por la madre patria.

— Abra mucho el ojo, le había recomendado la Junta de Cádiz, — mire que allá por el Plata se pasan de listos, á más de ser francés el virrey de la Victoria que acaban de proclamar.

Pero muy poco era un ojo para abarcar tan vasta comarca, y si se agrega, que escaso de oído, sordo había dejado á Cisneros el cañón de Trafalgar, fácilmente se comprende no alcanzara los rumores de la que se estaba armando ni husmeara olor á chamusquina revolucionaria.

¿Qué extraño, pues, que el último representante de un rey cautivo no fuera recibido con grandes salvas y repiques, si á la buena índole de este pueblo debió únicamente no ser expulsado con música de cañón?

— Figúrense ustedes — recordaba un viejecito de antaño — qué poco virrey sería Cisneros, cuando ni toros hubo en su recepción.

Pero añejas costumbres no se cambian en un día. Tales raíces habían echado las corridas entre españoles de la Península y de América, que si el XII de octubre, día del Pilar, que saludaban en ésta como si fuera el primero de la primavera, colgando la pesada capa de paño de San Fernando y estrenando pantalones blancos, no se festejó con lidia; para San Martín ya estaba á punto de reventarse la hiél. No se pudo esperar más, y en aquel año de muchas otras lides fué la última de toros el 1 1 de noviembre (1809).

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Los alcaldes habían obtenido de estancieros rumbosos la mejor muestra de su ganado.

Pancho el ñato, primer espada, afilaba una nueva, y de mantilla prendida con rojo clavel entre negras trenzas bajo peinetón lucían su garbo y salero criollas y andaluzas que, en desfile interminable, dirigíanse á ver y ser vistas por todo lo largo de la calle del Empedrado.

Enjambre de rubias cabecitas y grandes ojos relampagueando deseos asomaban por puertas y ventanas, ansiosas de seguir la corriente de buenos mozos que pasaban y repasaban por la misma vereda, sobre la que en • más de un alto umbral de cuarto á la calle, pescado frito y olorosos chorizos asados saltaban, dorándose en sartén, sobre el brasero, con música de grasa cantora.

A la plaza del Retiro (entonces de Toros), no sólo paisanos en enjaezados y briosos pisadores con su camilucha en ancas, y compadritos y manólas, que señoras de taco alto, de mantilla y peinetón, iban á presenciar la entrada y salida del gentío entre abigarrada concurrencia.

Y mientras que reuniéndose va alegre populachería entre gritos y exclamaciones, dichos y hechos picantes en entrecortado vocerío, panderetas, castañuelas y canciones de barrio, en el camino y á la entrada de plaza más grande que las de España, recordaremos que si en el Retiro se alzó la última plaza de toros, en varias circunstancias se dieron corridas, improvisando otras.

En la plaza Mayor, principalmente para recepción de gobernadores y virreyes, apenas hubo Infante Real venido al mundo que no hiciera salir de él por las astas del toro algún media espada improvisado ó inexperto banderillero...

Fué en la esquina Victoria y Bolívar el primer toril, y en la calle del Pecado el último chiquero ó encierro, cuando en el barrio del mondongo la de Montserrat dragoneaba de plaza de toros. Trasladada á la del Retiro, en el actual asiento de la estatua que dio su postrer nombre á plaza de tantos nombres, se construyó la de Toros; octógona, de ladrillo, con altas ventanitas detrás de los palcos de madera, y círculo de gradas, cuyo muro exterior coronaban merlos en corte de golondrina.

Si en los asientos al sol uno que otro negro matizaba aquel horizonte de bronce, entre chinos, zambos y mulatos, reseros, compadritos y cuchilleros; subiendo iban las gradas d la sombra pulperos y almaceneros, tenderos, ratas de oficina y graves cartularios; notándose en los palcos altos,

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entre civiles y militares, algún clérigo, criollos y godos de mucha peluca y peluconas

Dejada estaba la costumbre de asistir al encierro la víspera, donde la agilidad del bravo gaucho desafiaba en campo abierto con mayor bizarría al toro. El verdadero interés no lo atraían los relumbrones de banderilleros, quiebras y requiebros de picadores, ó capas y chulos, ni en la habilidad del diestro en los pases de muletilla y manejo de espada, sino aquel público heterogéneo, dispuesto á la alegría, y en los mil chistes, observaciones y jaleo á propósito de cualquier ocurrencia ó accidente, que al principio no más se establecía en caldeada atmósfera de confianza, desde el compadrito dicharachero hasta el gallero ó gaucho de los corrales de abasto.

Arriba de los tendidos, y en medio de las gradas y palcos, ocupaba el del centro la presidencia.

Calle del Pecado, frente á la plaza del general Belgrano

Doble barrera dejaba estrecho callejón, circunvalando la arena con sus vallas, donde escapaban el bulto los toreros cuando el bicho les tenía á mal traer.

A uno y otro lado de la entrada principal al exterior había varios poyos de mampostería, donde los viejos de la época llegaban en sus diarias caminatas á tomar el sol. Envueltos en sus largas y descoloridas capas españolas, criticaban al Gobierno, comentaban El Telégrafo, El Semanario, murmurando sobre la crónica verde del día en círculo de vejetes del mismo jaez.

Las corridas, que desde el comienzo de la primavera se hacían más frecuentes, tenían lugar los sábados y domingos en las postrimerías del virreinato.

A pie, á caballo, en carruaje, en carricoche, volantín ó galera cargada con toda la familia, en muía ó castillo, numerosísima era la romería que llegaba y entraba en multitud atropelladora, pifiona y algo pendenciera en cuanto alguno pisaba el poncho.