Tradiciones argentinas · Unidad 129 de 252

Unidad 129 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 99

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DOCTOR P. OBLIGADO 1 99

Y mientras el pacato obispo Lúe y Riega se erguía para echar, desde el palco del virrey, la absolución al moribundo, que ya por aquellos tiempos en que se acercaban los de la patria no era por aquí prohibido enterrar en sagrado á cómicos ó juglares que murieran en las tablas, el señor de Lezica, decidido aficionado y audaz como su raza, saltó á la arena, matando al toro asesino.

Pero no fué ésta la última corrida. Como en otra tradición referimos el primer baile en el virreinato, ésta fué la última corrida en el mismo.

Ocho años después, bajo la dirección militar del maestro Sauces se demolía la plaza, y sus ladrillos fueron á formar los arcos del Retiro en el cuartel que desde 1817 se edificaba sobre su barranca.

Al progresista gobierno del general Balcarce tocó expedir el decreto prohibiendo las corridas de toros.

Algunos años siguieron lidiándose del otro, lado de Barracas, con ocasión de alguna solemnidad, y en el interior por muchos más.

En una de nuestras anteriores tradiciones terminábamos la descripción de la corrida en Mendoza ya en víspera de dejar el ejército su campamento del Plumerillo, en los párrafos siguientes:

¡Hubo toros!

¡Pero qué toros y qué toreros!

El capitán D. Lucio Mansilla descollaba entre los capeadores; D. Juan Lavalle, entre los picadores; el capitán Nazar, primer espada; y O'Brien, engrillado con cintas de seda, saltó el bicho. D. Juan Apóstol Martínez, capitán de granaderos á caballo, el genio más travieso y mejor catador de pisco (que cuando llegó al pueblo de ese nombre no quería salir, afirmando que en él debía haber nacido), cabalgó sobre el toro, desnucándole de una puñalada. Isidoro Suárez, futuro héroe de Junín, fué quien más se lució como enlazador. Y Necochea, Correa, Villanueva, Olazábal, Escalada, Videla y otros brillantes oficiales del ejército de los Andes repitieron lucidas suertes.

Hasta mucho después hubo hdias; pero ya no se exponían á las astas del bruto. Este corría avestruces, que sin previa enseñanza toreaban á maravilla las altas y zancudas aves. Revestidos de chiripá y poncho colorado las arremetían los toros bravos.

Y eran de aplaudir las curvas airosas, los quites y gambetas elegantes, con tanto garbo que esquivaban todo alcance, livianos y ligeros avestruces al ser embestidos por la atrayente tela colorada.

Después de los toros de Barracas y los avestruces de Mendoza, la primera corrida que se inauguró en 1609 tuvo por último apéndice la clandestina que en 1889 dio el célebre Mazzantini en una quinta de los aire-

dedores de esta capital. El abogado protector de animales protestó, pero los aficionados protectores del célebre espada le defendieron, pues habían salido á correr campo afuera, lejos de la jurisdicción de Albarracín.

Y con esto y agregar que la entrada principal se abría frente á la calle actual del Sargento Cabral, y que para salvarla debía pagarse tres reales en la plaza que se inauguró el año 1800, ponemos punto final y basta de toros..., que no son mansos los que en más de una sesión Intendentil suelen correrse

Plaza de San Martín