Tradiciones argentinas · Unidad 159 de 252

Unidad 159 · 246 TRADICIONES ARGENTINAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

246 TRADICIONES ARGENTINAS

eucaliptus, pues cuentos nos venían del país de Gales de que hasta para atraer lluvia servía su monte.

Williams, en lugar de formar bosques, los plantó en línea, haciendo de una vía dos mandados, redundando triple ganancia, la de cercar sus campos, obtener la prima y quedarse con la estancia por el importe de los árboles plantados.

¡Negocio redondo en tres años! ¿En qué parte del mundo se puede repetir esto?

Pero todavía su primo había hecho fortuna más rápida. Un mes haría que estaba comiendo de arriba en la estancia donde hizo su primer parada.

¿Qué hacía? Esperaba trabajo. Él ha de venir; ¿á qué salir á buscarle?

Por fin, cansado de descansar, fué á recoger huesos. El patrón le prestó el carrito. Quien se muere no es de nadie; los campos abiertos inmenso osario eran de huesos que blanqueaban la costa de arroyos y lagunas. Los acarreaba al pueblo vecino, pareciéndole que pagaban poco, á pesar de lo poco que costaba su recolección.

A los cuantos días tuvo un buen encuentro. Ágil y hermoso, aunque mal cabalgando, iba por el camino del pueblo en la misma dirección que venía su bella aparición. De blanco vestido corto y gran sombrero de paja, bajo sus anchas alas descubrió la más picante morocha que viera desde que puso el pie en tierra. Al pasar la saludó. La paisanita sonrió. El pensó que por su varonil belleza, de que estaba bien pagado. Ella que de su maturranguería creía en tierra que hasta las mujeres parecen nacer de á caballo, en la patria de los mejores jinetes del mundo. Sin embargo, parecía flechada y él deslumhrado por tan apuesta amazona. Los contrastes se complementan.

Morena, baja, gruesa y apetitosa era la jineta paisanita; y alto, rubio, blanco, el maturrango irlandés. La siguió de lejos, acortando el paso hasta descubrir su paradero. A la mañana siguiente se presentó en la estancia ofreciéndose por si para algo le necesitaban.

¡Y aquí te quiero ver, escopeta! «Aquí estoy porque he venido.» Un retobado paisano, viejo y solo, salió á recibirle. Con el capataz y dos peones y el muchacho de las mansas, sobrado personal había para la reducida estancia.

No hacía falta. Pero á la hija de su padre sí que le hacía

Desde el corredor donde tomaba mate de leche con canela y azikar quemada, que en algo había de refinar sus gustos, le estuvo calando.

— Es irlandés y pastor; ¿por qué no lo toma para las merinas? — dijo la gauchita. — Dicen que los extranjeros las cuidan mejor.