Tradiciones argentinas · Unidad 162 de 252

Unidad 162 · DOCTOR P. OBLIGADO 25 1

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

DOCTOR P. OBLIGADO 25 1

— ¡No me arrojes de tu lado, hijo! Cuando vos eras así, chiquito, si te hubiera abandonado, habrías perecido. Así se enlazan los deberes en la vida. Sé humano.

— Grandecito está el niño para sermones. Ya estoy cansado de reprensiones y de que me digan borracho. Yo en mi casa hago lo que se me da la gana. Y lo repito, no mantengo bocas inútiles Jorge, mañana temprano ensilla la rosilla á padre y lo pones sobre el camino. Buen viaje y abur.

Dando traspiés encaminóse al otro cuarto á dormir la mona, ó el peludo, ó la tranca, no sin antes tropezar enia que cerraba la puerta, cayendo por segunda vez sin que nadie lo levantara.

Así pasó toda la noche. Las palabras duras endurecen los corazones.

Un momento después el rancho quedó á obscuras.

Llovía. En los intervalos de la tormenta oíase al niño que lloraba en silencio entre las sombras de su desabrigado lecho. El viejo temblaba en otro rincón. El padre roncaba.

Y silbador y tremendo pasaba el pampero furioso, desarraigando de •cuajo añosos árboles y chozas. Noche toledana fué aquella para los atribulados habitantes de ese desierto.

No hubo más. Patricio era de un carácter fuerte, irreconciliable y ven gativo. Lo que él mandaba se hacía, costara lo que costara.

Apenas aclaraba. Las vacas mugían en el corral, y en las majadas triscaban los corderitos por retozar campo afuera, al balido de sus madres. La yegua estaba ensillada y el nieto ayudó á montar al abuelo todo temblando.

El niño lloroso de la noche antes aparecía de aire resuelto y continente severo. Acaso la crueldad del padre le contagiaba, agotando sus sentimientos de buen corazón. Nada contamina más prontamente que el mal ejemplo.

Día nublado, gris, barroso, seguía lloviendo.

Por el arrugado semblante del anciano silenciosas lágrimas se deslizaban.

— ¿Dónde voy? — exclamó. — Viejo, enfermo, pobre, abandonado en el desierto. ¡Por San Patricio! ¡Ah, buen hijo_, quiera Dios no te encuentres en trance parecido! ¡Habrá angustia mayor!

252 TRADICIONES ARGENTINAS

Y como contestación- vino á aumentar la insistencia del niño. Pególe un rebencazo á la yegua y ésta salió al paso, seguida por su cría.

— No, eso no — dijo el gauchito atajando al potrillo. — Mi padre ha dicho que le dé la yegua, pero no éste.

— Déjamelo, hijo, ¡de qué les sirve aquí? ¿Qué vale un potrillo? Se va á morir de hambre lejos de la madre.

— ¡Cómo ha de ser! Nos moriremos todos de hambre. No tengo orden de dar mcís que una yegua — decía el niño gritando y acercándose al cuarto donde dormía el padre, para tomar el lazo colgado en la ventana y enlazar el potrillo.

— Déjamelo llevar, te pido por favor. Mira, á vos no t3 sirve de nada y á mí sí; tal vez pueda venderlo después y su producto prolongue un día la vida de tu pobre abuelo.

— ¡Que no!

— ¡Que sí!

— Nada. Ande; mi padre no me ha dicho que le dé sino la yegua.

— Por favor, déjame llevar el potrillo también.

—¡Largo!

— No, Jorge, espera.

Y en eso, medio soñoliento y vacilante apareció el padre, cayéndosele el chiripá :

— ¿Qué es eso? ¿Qué gritos son estos que no me dejan dormir? ¿Qué hay?, ¿por qué alegas con padre?

— He cumplido sus órdenes. Mandó usted diera la yegua rosilla al abuelo, y como la cría le sigue, él quiere llevarla. Dice que la potranca huérfana va á morirse.

— ¿Y adonde vas á criarla? Déjasela llevar no más; ¿para qué la quieres?'

— No, eso sí que no — dijo el muchacho resueltamente.

— ¿Y para qué quieres un potrillo huacho, si queda sin madre?

— ¿Para qué? Porque lo necesitaré dentro de poco para que usted se vaya en él cuando tenga que echarlo por boca inútil, como me enseña debe hacerse, y se largue en el hijo de la yegua en que ha echado á abuelito.

Alelados quedaron padre y abuelo con tal salida. El viento de la mañana le había refrescado, y enternecido entonces por la piedad de las palabras que, aun disimulando la mayor entereza, el nieto no pudo tartamudear sin lágrimas, dijo, pegándose fuerte palmada en la frente:

— ¡Bruto de mí! ¿Que he mandado echar á mi padre?

Y abalanzándose al que trémulo y lloroso y tiritando estaba á caballo cerca del palenque, bajo la lluvia fría y menuda, todavía dando traspiés.