Tradiciones argentinas · Unidad 174 de 252
Unidad 174 · 268 TRADICIONES ARGENTINAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
268 TRADICIONES ARGENTINAS
desde entonces vivo aislada la mayor parte del tiempo, completamente sola, y al fin he conseguido saber que la soledad tiene también sus ventajas; pero, para tenerlas, es preciso que la soledad sea absoluta: si se abre una brecha, en ella desaparece.»
También eran sus asiduas en aquella época las señoritas de Arana, Beláustegui, Cordero, Lahitte, Garrigós, Vélez, CasteHi, y los jóvenes Avelino y Mariano Balcarce, Lozano, Esnaola_, Terreros, Peralta, Arenales, Riglos, García (Doroteo), Casajemas, Posadas, Gowland, Alvear (E.), López (F.), Azcuénaga, Lahitte, Olaguer, Alcorta, Pinedo, Esteban Moreno, Faustino Lezica, Lorey, Treserra, Cherón, Du Brossay; luego sus hijos políticos los cuatro últimos.
Sin el temor de no ensartar rosario más largo que de quince misterios, otros tantos nombres conocidos podríamos agregar^ pues sólo desde la moderna introducción de la tarjeta de visita, unos cuantos miles de ella colecciona el libro de la amistad de tan digna dama, con religioso cariño conservado.
Y esta noble amistad de larga consecuencia, por tantos años prolongada, herencia ha sido de una, dos y tres generaciones. No fué Santiago Estrada el único intelectual de nuestra generación que galanteara vecinas de la calle Florida en 1866, en aquel salón y ante la misma dueña de casa, á cuya mesa de maHlla se habían sentado sus abuelos sesenta años antes.
Hace más de treinta años, una de las últimas veces que tuvimos el gusto de verla, la encontramos^ limitando por Francia é Inglaterra, es decir, entre sus representantes. Acompañando nuestro buen padre á felicitarla en el arribo de su hijo, D. Juan Thompson, referíamos al ilustre poeta cómo un año antes instalamos en la capital de Corrientes la Redacción de «El Nacionalista,» en 'la misma casa de las señoras Berón de Astrada, donde veinte años atrás había él fundado otro periódico liberal, órgano de la cruzada libertadora del ejército de Lavalle. La animación que resurgía en el patriota tales recuerdos fué interrumpida, al interrogar el contralmirante francés:
— Madama, ¿cómo usted, tan amante de todo lo que es francés, y esposa de uno de sus representantes, no ha llegado en sus viajes d Francia?
DOCTOR P. OBLIGADO 269
— Por el canto de esta uña — contestó con gracia.
— No comprendo, señora. Tan distante de ésta mi tierra, y tan cortas que usan aquí las uñas
— Ahí verá usted, señor contralmirante. Cuando en vísperas del bloqueo francés empezó á ser mal visto mi esposo, cónsul general, tuvo que salir para Francia. Acreciendo sus dolencias, menos por obligación que por cariño, creí deber ir á cuidarle. Mis hijas estaban ya casadas, mi Juan no podía volver al país, declarado salvaje unitario. ¿Qué le parece,, señor contralmirante? No siendo francés idioma pampa, ¿le pronuncia muy mal este salvaje de ella?
— ¡Oh, Madama! Salvajes con la ilustración de Mr. Thompson, tan merecidamente reputado hombre de letras, codiciaríamos muchos en Francia.
— Bien; en ese más prolongado eclipse de mis amigos, aunque medrosa para el mar, decidí embarcarme. Hasta Montevideo fui bien, pero al llegar á Río Janeiro, tan deshecha pamperada azotó la barca de vela que me conducía, que no obstante llamarse La Esperan:(a, sin ésta qufedé de ver más á mis hijas. Pero ai fin la espléndida bahía de Río Janeiro tranquilizó mi espíritu y el mar. Allí no iba tan mal, rodeada de la primera sociedad, en corte que damas y caballeros son tan amables y obsequiosos. Jóvenes como Diego Alvear, Posadas, Costa, la familia Vernet, Daniel, Carlos y Eduardo Guido, me hicieron con sus atenciones y cuidados olvidar los sufrimientos de la tormenta. Al día siguiente de un baile de corte (todavía mi nieta Florencia guarda el vestido con el cual, del brazo del ministro argentino general Guido, hice vis-á-vis al joven emperador), me invitaron para una merienda bajo la cascadiña en Tijuca, donde el marqués de Caxias me ofreció una manzana, que si no fué la de Eva, casi, casi fué la de mi perdición. Notando en sus rubicundos colores pequeña picadurita, rasqué un poco la corteza. ¡Quién le dice á usted que amanecí con todo el dedo hinchado, hinchazón que al segundo día avanzaba á la mano, y al tercero por todo el brazo, con agudos dolores! Este segundo susto me hizo reflexionar, y me dije: «¿Dónde vas. Mariquita? ¡Vuélvete!» Bien pudiera recaer ó sorprenderme grave enfermedad, y en viaje tan largo, acompañada sólo de una sirvienta de confianza, no me decidí á cruzar el Océano. Recibí mejores noticias de mi marido, y el temor de un hogar que todavía podía rehacer para mis nietas, me retornó á la playa natal. No recuerdo día de mayor satisfacción como el que volví á entrar en esta mi casita de la calle Florida, donde nací, he pasado ochenta años y espero acabar en ella. Aun para morir, en parte alguna hállase uno mejor que en el rinconcito de su propia casa
Y á ese espíritu fuerte, que cual lámpara de aceite íbase apagando lentamente, veíamos salir de nuestra iglesia parroquial los domingos, del brazo de una ú otra de sus rubiecísimas nietas, dé aquella misma iglesia de la Merced, cerca de cuya pila bendita, setenta años antes, otros muchos
domingos repetía al esbelto joven que le alcanzaba el agua: «Por más queseopongan, siempre deThompson.» Todavía pocos días antes á su fallecimiento concurrió allí con su lujoso vestido recién traído, conducida por una de esas bellezas.
Dotada de una inteligencia superior, como la mujer más ilustrada de su época, Rivadavia la inició en la idea de formar una Sociedad de Beneficencia, que á la vez que elevara el nivel intelectual de la compañera del hombre, le abriera más vastos horizontes por su mejor preparación. Medio siglo más tarde, Sarmiento también encontró en ella la más hábil coadyutora para las reformas de la educación, según el sistema norteamericano. Desde los Jardines de Infantes, escuelas de ambos sexos, en la ciudad y campaña, hasta la Escuela Normal de mujeres, la enseñanza superior con las profesoras traídas de Norte América, todo progreso tuvo im.plantación bajo su presidencia.
Nació con la aurora de este siglo (anticipándose á su siglo) en la casa que el Sr. Sánchez Velazco edificó ciento veinticinco años ha.
En el último invierno de la vida, al través de los cristales de su aposento, á los que le aproximaba su cariñosa Florencita, divisaba melancólicamente caer las hojas del decrépito naranjo, plantado en el centro del ancho patio el día de su nacimiento. Al través de las rejas de esa ventana interior, era su postrera recreación su verdor y sus flores. Recordaba cómo le había dado sombra por toda la vida, y también los azahares de su velo de desposada. Ellas blanqueaban ahora al pie del tronco que se curvaba ya
Ll gran mariscal D. Mariano Necochea héroe de la batalla de Junín