Tradiciones argentinas · Unidad 189 de 252

Unidad 189 · DOCTOR P. OBLIGADO 295

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DOCTOR P. OBLIGADO 295

largas barbas^ acentúan con siniestro ceño el del tigre de los Llanos Aun herido salta por la portezuela trasera y su energía indomable le da tiempo á tender sin vida de un tiro al asesino más próximo; pero al fin rueda por tierra, siendo todos sacrificados, no escapando uno con vida, ni el pequeño postillón que debiera regresar con los caballos á la posta, como para que no quedase ni quien contara el cuento.

Hace más de treinta años, en nuestro incesante vagabundeo, cierta noche de trueno, extraviados entre los confines de la sierra de Córdoba, la lluvia, el viento y el frío de la tormenta que arreciaba, nos obligó á refugiarnos en una derruida ermita ala vera del camino de Santiago. El viejo guía que mal nos guiaba dijo:

— Esta es la célebre capilla donde Santos Pérez vino á rezar ante la Virgen, preguntándole si debía matar á un hombre tan valiente como el general Quiroga

-¿Y la Virgen le aconsejó el asesinato?

— Puede ser, señor; pero también los santos padecen sus equivocaciones, pues que á pesar de todo no faltó quien fuera con el cuento; pero como Santos Pérez se disculpaba con no haber cumplido más que con la orden del gobernador Reynafé, éste, que ejecutaba lo que Rosas había mandado y luego Santos Pérez, Reinafeses (tres hermanos) y cuantos en la tragedia de Barranca Yaco se encontraron, fueron llevados á Buenos Aires y colgados por su tirano en la plaza principal. Desde entonces — agregaba el gaucho santiagueño — ya nadie reza en esta capilla, y los asesinos han perdido la confianza en la protección de esta Virgen, porque en aquella ocasión se engañó fiero

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EL BALCÓN DE RIGLOS

De todos los balcones de esta ciudad, si no el más viejo, es incuestionablemente el de más historia. Frente á él asoma el balconcito revolucionario, donde salió á luz la revolución de la Independencia. Desde éste, balcón del Sr. Riglos, y antes de esa fecha, había empezado á mirar con buenos ojos D. Esteban Villanueva al contiguo, actual propiedad de su nieta.

Antiguas historias cuentan que al grupo histórico en que sobre el arco mayor del Cabildo discutía Alzaga con Liniers, durante la lluviosa tarde del 5 de julio de 1807, insistiendo se incluyera la devolución de Montevideo en los tratados que firmaron los ingleses en la quinta del señor Riglos, respondía el Virrey de las indecisiones: «No enredemos la lista con nuevas exigencias,» cuando á aumentar el grupo llegó Villanueva^ agregando: «Desde que los vencidos piden prisioneros del año pasado, equitativo es exijamos aquella plaza.» Este señor siguió mirando de rabo de ojo el codiciado balconcito, juzgando que más sólidamente conservaría