Tradiciones argentinas · Unidad 204 de 252
Unidad 204 · 314 TRADICIONES ARGENTINAS
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314 TRADICIONES ARGENTINAS
lón, y en su testero principal descollaban en el estado mayor de señoras las de Arana, Belaústegui, Larrazábal, Rolón, mientras que hacia el opuesto extremo sobresalían la elegante señorita Avelina Pinedo, por su aire majestuoso, al lado de la blanca flor del aire, Pepita Larrazábal, y de las señoritas Arana, Terrero, Barra, Romero, Ezcurra, Mansilla, asediadas por Martínez de Hoz, Estrada, Arredondo^ González Moreno, Elizalde, Mandeville, Arcos, Hernández, Pérez del Cerro, y en grupos de entrepuertas, rodeando á D. Antonio Reyes, los empleados de secretaría Beascochea, Lafuente, Carrasco, García Fernández, Saavedra, Camaña, Máximo Terreros, Fontana y otros.
Ese día no había sido la concurrencia de carruajes tan numerosa, pero sí la de señoras y señoritas á caballo, algunas ya con el sombrero alto inglés, tan repudiado por Rozas, como las gorras de moda que empezaban á usarse, de la inolvidable Madama Ristorini.
Sin embargo, se notaban por sus buenos equipajes el que conducía á la señora Agustina Rozas de Mansilla y su familia, uno de los carruajes de Luis Felipe que el ministro francés obsequió á D. Juan Manuel; y entre los modernos hacían contraste el de la señora Ana Pantaleón de Fragueiro^ de la familia de Armstrong, de D. Benigno Velázquez, con el viejo cascajo de doña Flora Azcuénaga, y el alto coche rojo, tirado por muías blancas, del ilustrísimo obispo Medrano.
Bien que, cual anotamos, los contrastes en Palermo empezaban por el señor de aquella residencia, de espíritu perverso bajo hermoso rostro, continuaban en esa naturaleza espléndida, donde flores y músicas deleitaban alrededor de galerías, en las cuales frecuentemente oíanse suspiros y lamentos de muchas desventuradas. En esos mismos días de recibo en que esta buena hija procuraba atraer hasta las voluntades más esquivas ó alejadas del círculo de su padre Rozas tenía alguna chocarrería, ó pesada burla que resaltaba como la nota disonante.
Toda agitada y llorosa salía ese miércoles la bella Agustina de las habitaciones interiores de su hermano, diciendo al primero de los jóvenes que encontró al pasar la antesala:
— Venga, Emilio; acompáñeme al jardín; necesito tomar un poco de aire.
— Pero ¿qué tiene Agustinita? ¿Qué le aflige? — preguntaba el galante Dr. Agrelo, tratando de consolar á la bella afligida.
— ¡No ve este bárbaro de Juan Manuel que en todo se ha de meter!
Hasta las gorras declara salvajes unitarios, y las que nos acaban de mandar por el último paquete á Mercedes y á mí las ha ido á poner á las mulas del obispo, porque dice que no debemos usar modas de gringas con hojas verdes.
En otra ocasión, divisando bajo los sauces al Dr. Vélez y el Sr. Armstrong, quienes criticaban sotlo-voce la manía de edificar sobre arena y en un bajo arcos que ya se abrían y rajaban en suelo movible, hizo abrir la jaula de la tigra mansa de Palermo, y como ésta al pasar se alejara del grupo que se proponía sorprender, el chacotero D. Juan Manuel fué á referir á las señoras que «la fiera se había asustado al ver tanta fealdad reunida »
Otro miércoles se empeñaba en hacer subir á los más tímidos en cierta especie de hamaca rusa, que en vez de girar en círculo como las calesitas de la plaza dando vueltas, su rotación era ascendente, subiendo y bajando con mayor peligro, pues ya Lerbct había sido su víctima. No era la última de las diabluras de Rozas, en los días de recibo de su hija, lo que susto mayúsculo ocasionó á los currutacos, haciendo abrir la válvula del vaporcito manejado á mano, cuando navegaba en lo más profundo del lago, y de cuyo naufragio no fué sólo Marcos Arredondo quien á pique estuvo de tomar grave pulmonía.
En otras circunstancias Rozas, que si mucho comía, nunca bebía ni fumaba, hacía gala de obscenidades en su conversación, hasta verse obligada la pobre Manuelita á levantarse ruborizada por las picardías que provocaba. En el almuerzo de esa misma mañana, empezado, como de costumbre, dando á besar la mano á su hijo Juan, al concluir de bendecir la mesa produjo entre sus bufones la siguiente chocarrería, interrogando á Eusebio el de la Santa Federación:
— Pero al fin, ¿cómo la vas á tratar?, ¿qué vas á hacer de la niña cuando te cases, si consigues que te eche la bendición su paternidad el padre Biguá?
Contestando el loco con palabrotas más verdes que la ensalada de pepinos olvidada entre los postres, arrancaron de Rozas carcajadas á des-
Agustina Rozas de Mansilla, la más bella argentina, en mediana edad