Tradiciones argentinas · Unidad 207 de 252
Unidad 207 · 320 TRADICIONES ARGENTINAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
320 TRADICIONES ARGENTINAS
«Roja tu cara está; roja tu frente, tu pescuezo, tu pecho, ó lo que sea; rojo está lo escondido, lo presente y lo que menos quieres, más rojea.»
La muerte dejó inconclusa esta octava.
El general Pinedo siguió revistando por retaguardia las tropas que daban frente al paseo de Julio, y Rozas, mandando echar armas al hombro, ordenó media vuelta, repitiendo los vivas:
«¡Viva la Confederación argentina!»
«¡Viva la honorable junta de representantes!»
«¡Mueran los salvajes, inmundos, asquerosos unitarios!»
«¡Muera el inmundo desertor de la sagrada causa americana, Santa Cruz!»
«¡Muera el asqueroso desertor de la sagrada causa americana, Flores!»
«¡Muera el loco traidor, salvaje unitario, Urquiza!»
Al terminar el Tedeum, salía Manuelita Rozas ya con muy reducida comitiva, subiendo al balcón del Sr. Riglos para ver pasar las tropas, colocada entre el ministro de Hacienda Dr, Insiarte, que representaba la persona del gobernador en la catedral, y el Sr. Southern, ministro de S. M. B., rodeada de algunas señoras y otros agentes extranjeros.
Rozas, contramarchando, emprendió la retirada por el paseo de Julio. Al enfrentar la casa del general Pacheco (confluencia de las calles 25 de mayo y 9 de julio, antes de la «Batería Abascal»), mandó «¡Armas al hombro!», «¡Vista á la izquierda!» en honor de aquel guerrero de la Independencia.
Llegado á la barranca del Retiro, ordenó al coronel Hernández siguiera con la división á su acantonamiento de Palermo, y saltando en el caballo que allí le esperaba, cruzó á galope la ciudad, seguido de sus ayudantes, hasta la casa de Gobierno (hoy Correo), de cuya azotea presenció el desfile de las tropas. Marcando éstas paso de respeto, como se decía, habían estado esperando en la calle de Santa Rosa que el restaurador de todas las leyes subiera con su galoneada gorra de pastel á saludar sus buenos federales, quienes dejaron de serlo pocos meses después, volviéndole las espaldas en la primera ocasión.
De inusitada solemnidad se empeñó Rozas en rodear aquella su última parada, que así la presentía, desde que declaró al más poderoso de sus sos-
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tenedores «loco, traidor, salvaje unitario,» á consecuencia de su pronunciamiento dos meses antes.
A ocho mil cuatrocientos ochenta hombres, ascendieron los que formaron en ese aniversario de la independencia, incluida solamente una compañía de cada uno de los cuerpos del ejército de línea y milicia, con sus cuarenta y tres piezas de artillería volante.
A la muchichanga zaparrastrosa y embarrada, indispensable avanzada de todo desfile, seguían los altos gastadores, que parecían más gigantes con sus morriones de media vara sobre el largo mandil de blanca gamuza, llevando al hombro hachas, picos y palas. Pitos y tambores, chinescos y medias lunas, el bombo y los platillos formaban la banda de música. Tras el primer batallón al mando del coronel Quevedo, de blancos vericuis cruzados sobre el pecho, seguían el del mayor Aguilar, del comandante Ximeno, de Romero (D. S.), el batallón «Serenos» del comandante Larrazábal, el del teniente coronel Herrera y del mayor B. Romero. En pos de la brigada, brillante artillería de Chilavert (cada cañón tirado por doce artilleros y escoltado por dos cuartas de diez y seis); cerraba la columna el «escuadrón de Abastecedores» á las órdenes del coronel D. Valerio Sánchez, todos uniformados de colorado.
Entonces no marchaban como al presente ambulancias de la Cruz Roja á retaguardia, y muchos fueron los enfermos que por tan fría y prolongada lluvia cayeron. A más de uno tocó en la parada el punto preciso donde caía á plomo grueso chorro de agua del saliente caño de azotea, permaneciendo sin moverse horas enteras bajo martirio tan inquisitorial. Otros mal abrigados y peor alimentados, todos en ayunas, extenuados desfallecían. A pesar de^ue Rozas pretendiera desplegar en aquella última parada todo su poder, haciendo ostentación de fuerzas, muchos de sus soldados, pálidos y macilentos, decaídos del entusiasmo federal de pasados tiempos, más semejaban espectros movidos sin voluntad, asistiendo á los funerales de la Santa Federación que el tirano personificaba.
Pocos meses después el escenario se hallaba transformado por completo. Parecía que la patria vieja y los hombres de mayo resurgían con nueva vida. Era el propio autor del Himno nacional gobernador de Buenos Aires, y se vieron por vez primera los últimos restos de los mihtares de la Independencia congregados bajo las bóvedas de la catedral, rogando á Dios no volviera ningún tirano. Ausente el gobernador propietario, otro