Tradiciones argentinas · Unidad 229 de 252
Unidad 229 · DOCTOR P. OBLIGADO 355
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DOCTOR P. OBLIGADO 355
tó apoderarse de la escuadra, dirigiéndose sobre ella á todo vapor en una torpedera. La barrabasada resultó tan mayúscula, que si no se le colgó de una entena, fué porque ya no hay entenas en las naves modernas; pero antes de las veinticuatro horas, juzgado en consejo de guerra, fué puesto en capilla.
Todo estaba pronto para que emprendiera el viaje de que no se vuelve. Agotados los empeños por conmutación, hasta las esposas de los mismos ministros que habían firmado el cúmplase en la sentencia del consejo de guerra, seguidas de multitud de peticionantes, descendían atribuladas las escaleras de la Casa de Gobierno, desahuciadas en la gracia impetrada á favor de quien, si un Consejo lo declaraba traidor, gentes había que lo reputaban heroico.
No sólo de los extremos de la República, sino de la Oriental y Chile llovían telegramas que era un diluvio, con cuyos recibos encendía el oriental jefe argentino las cuatro velas de la capilla, por no servir ya para otra cosa, cuando alguna alma caritativa recordó que había en Chile otra buena madre cristiana, que con mayor influencia que todo un ministerio había salvado alH á un coronel argentino de las garras de la muerte.
La casualidad, que en todo se mete, hacía que dragoneara de presidente el padre del primer robado á la muerte, cuando llegó el telegrama de su colega de ^ultra-cordillera, á empeños de la heroína de caridad transmitido: ante esa última nota que tocara el corazón paternal, ya no le fué dable dejar de usar prerrogativa, que al Todopoderoso asemeja el jefe de Estado en cuanto es el único que puede perdonar.
Todavía en un tercer caso, que sin duda no será el último, ocasión tuvo de ejercitar los sentimientos de su generoso corazón esta noble alma, cuya larga vida, corta ha sido para tan numerosos actos de abnegación. Y así, cuando acaso, por imitación de mal gusto, cierto sargento chileno se levantó con el santo y la limosna pretendiendo resucitar el partido de Balmaceda (á quien, antes de fenecer la generación que lo obligó á suicidarse, le habrán levantado estatua) en motín que fracasó entre dos luces, pero en el que un subalterno mató á su oficial.
Sentenciado en menos tiempo que al coronel argentino, el pobre chileno liaba sus petates para el otro mundo, ya con el práctico á bordo (sacramentado), toda esperanza perdida.
Damas y caballeros, balmacedistas, errazuristas y hasta frailes de la Buena Muerte habían agotado sus esfuerzos por salvarle.