Tradiciones argentinas · Unidad 23 de 252

Unidad 23 · 44 TRADICIONES ARGENTINAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

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estas estrechas calles, sobre las que hoy cruzan treinta mil vehículos y

doble número de cabezas huecas

Medio siglo después, otro gobernante, si no fundó ciudades como la de Montevideo, mandó traer lujosísima carroza de gala, cuyo coste superó en mucho al de la fundación de la hermosa ciudad vecina y los recordados monumentos que aún embellecen la capital de las limeñas.

La primera galera

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¡QUÉ BUEN AMIGO!

(tradición del año de judas)

A mi amigo de cuarenta años F. A. B

¡Ay, no tener un amigo!

¿Para qué sirve pasar una larga vida de honradez haciendo todo el bien posible á sus semejantes, desvelarse por sus hijos, sacrificarse por la patria, trabajar desde venir el día hasta el último, por cumplir sus deberes, si al fin de la jornada no queda un amigo?

Así se lamentaba, cual otros muchos que no se lamentan, un antiguo soldado de la provincia de Santiago, puesto en capilla (en las postrimerías del año 1813) para ser fusilado al toque de diana.

Delito de deserción se le atribuía, al que, en verdad, delito de amor paternal apenas podía llamarse.

Verdad que él había salido del campamento; pero galopaba, no hacia el enemigo ó por rehuir servicio militar; galopaba hacia sus hijos. Para vigorizar el ejército y evitar escaramuzas de los indisciplinados gauchos de Güemes, que, magníficos guerrilleros en vanguardia, no lo eran tanto en el estricto cumplimiento de Ordenanza, habíase dado la orden que todo soldado alejado del campamento sería pasado por las armas como desertor.

Agregadas á esto susceptibilidades levantadas entre los jefes de las divisiones que cruzaban las provincias de arriba, en marcha para el Alto Perú, y rivalidades del coronel Borjes con oficiales de Ocampo y Belgrano, no podían los subalternos de aquél perder la oportunidad, sino darse el gustazo de fusilar al primer desertor que caía en sus manos.

Todos los medios de petición hallábanse agotados. A la comisión de

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notables siguió desairada la de sus principales señoras, y á ésta la de curas, y cofradías, solicitando gracia por tan patriota y valiente soldado como Santiago Neirot.

Pero el inflexible jefe se mantenía en sus trece. La orden se había dado, y en capilla y confesado, con el práctico á bordo, el pobre reo liaba petates para el viaje que no tiene vuelta.

—¡Cómo ha de ser! — repetía. — Lo único que siento es no abrazar por última vez á la patrona y á mis pobres hijitos, pues aunque nadie tiene la vida comprada, no era así como yo debía acabar, sino de un metrallazo al enlazar algún cañón de los maturrangos. Este es el pago que da la patria. Dios ayude á la viuda. ¡Ay, no tener un amigo!....

Y en esto, interceptando la luz del miserable rancho, el corpanchón de un hombrazo más grande que una puerta asomó agachándose para entrar junto al reo.

Como en la conversación repitiera á éste lo antedicho, de que no sentía morir, pues que lo mismo era hoy que mañana para quien no ha hecho pacto con la pelada, sino el no poder ver á sus hijos, cuyo techo divisaba, contestóle el amigo, tan noble y abnegado como él:

— Por esto, no; para eso estamos los amigos, y se me ocurre una cosa. Dígale al padre que lo auxilia, proponga al coronel quede yo de personero hasta su vuelta, consintiendo ser fusilado en su lugar, caso de que usted no regrese á la hora. Si consiente, salte en mi caballo á cumplir su deseo, que ¡á qué diablos silben los amigos sino para sacar de apuros en trances como éste!....

Sea que le impresionara tan extraña propuesta, ó que supo el caritativo franciscano tocar el corazón del jefe, ello es que una hora después se divisaba flotando el poncho del gaucho, á galope en dirección al rancho blanqueado, que á lo lejos aparecía como vislumbre de la última esperanza.

Era al caer la oración, en una tarde triste, cuando ya entre dos luces metió la cabeza un emponchado por la ventanita trasera, sorprendiendo cuadro de lástimas, ayes, llantos y gemidos que le partió el corazón, el mismo corazón que no tembló cuando leyeron su sentencia.

De rodillas ante una tosca imagen de San Santiago, entre dos velas

amarillentas, cuyo pábilo ennegrecido humeaba, vio á su hermana con sus cuatro hijitos, rogando al Santo de su pueblo por la salvación del padre en capilla, mientras que en otro rincón más obscuro se ponía su mujer, á