Tradiciones argentinas · Unidad 9 de 252

Unidad 9 · SIGLO XV.

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SIGLO XV.

la vez que el obispo la solicitaba para la catedral, los Mercedarios para el convento y el capitán para su nave.

Refería éste que en breve, pero horrorosa tempestad de la noche anterior, cuando dio orden de arrojar todo para aligerar la nave, hasta que esa misteriosa caja (cuya procedencia ignoraba) cayó al agua, no se habían serenado el cielo y el mar. Que á la mañana siguiente, deseando salvarla por ser lo único que flotaba, apresuróse á reembarcarla; pero la

Ultima vista recién sacada de la Avenida de Mayo, 1902 (Buenos Aires)

corriente le llevaba siempre adelante, y cual á imán irresistible seguía la embarcación sin que los mayores esfuerzos consiguieran hacerla derribar al rumbo de su destino (de Barcelona á Sicilia).

En la doble votación de aquel día de elecciones al aire libre, triunfando los Mercedarios del convento en la montaña, allí la subieron, y colocada en el altar de la entrada, miserabih visum!, sobre el altar mayor la encontraron á la mañana siguiente. La antigua Virgen de Cáller cedía su puesto á la recién venida, cumpliéndose la profecía del Padre Catalano, que cuando llegara una Virgen con ese nombre, en buenos convertiría los aires que infestaban los alrededores.

Otra tradición agrega que cierta devota en peregrinación á Tierra Santa, tocando en Cerdeña, visitó la Casa de la Madre de Dios, posteriormente denominada de Bonaria. Llevaba una pequeña navecilla de marfil para dejarla como exvoto en la iglesia del Santo Sepulcro. Sintiéndose aliviada de su enfermedad, y determinando concluir allí la pere-

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grinación y sus días, presentó la ofrenda, y tan ingeniosamente suspendida fué, que la corriente de aire entre dos pequeñas aberturas le hacía girar de modo que la proa del precioso barquito permaneciera siempre hacia el rumbo que sopla el viento. Los marineros del puerto vecino tomaron la costumbre de ir á cerciorarse por la navecilla qué viento soplaba mar afuera, para aligerar ó retardar la partida.

De aquí provino, según el cronista Guimerán, denominarse Nuestra Señora de Buen Aire á esa iglesia.

Averiguado el origen de su nombre, su devoción entre marineros se explica naturalmente. El hombre, medroso por lo general, bien que raptos de audacia le impelan á desafiar lo desconocido, llegado el supremo trance se encomienda al que, juzgando más poderoso, pueda salvarle. Cuando el espíritu Jielénico se desvanecía, y luego la estirpe latina no invocó á Eolo, Neptuno y Pintón; cuando dejóse de creer que no eran los espíritus errantes de Castor y Pólux lucecitas vagando alrededor de la nave en noches tenebrosas, simples fosforescencias de electricidad atmosférica en lo alto de los mástiles, ó fuegos de San Telmo; cuando después los más incrédulos exclamaban ¡Santa Bárbara bendita! al primer trueno de tempestad, nuevas divinidades del Océano empezaron á reflejar en sus aguas. Banderas, flámulas é insignias, en mascarones de proa, esfinges de popa ó del alcázar^ ostentaban á Santa María del Socorro, la Virgen del Carmen, de Mercedes, y en más profusión Santa María de los Buenos Aires. Donde no cabía un templo, se le erigió un altar, y oratorios, ermitas, capillas multiplicáronse con el número de sus devotos.

Aun cuando ya no andaban moros por la costa, no sólo en las de Italia, Francia, España, Portugal, en todas las del Mediterráneo hubo piadoso creyente que encendiera lámpara ante su imagen, que en muchas ocasiones fué verdadero faro celeste en las tinieblas. Ya en la época de Colón muchos constructores de bitácoras grababan esta Virgen en el centro de la rosa de los vientos.

Desentrañando el origen que dio nombre á una imagen, náufraga en Cerdeña cuando ésta pertenecía á España, según lo refiere el Mercedario Sulís (Noti-^ie Storiche della S tatúa Miracolosa de María Vergine di Sonaría, che si venera in Caglíari, nella chiesa dei R. R. P. P. della Mercede), se complementa su tradición, por la que corre en las costas de Italia y España.

Refiérese que entre los marineros sardos que trajeron imágenes de