Tradiciones de América · Unidad 13 de 54

Unidad 13 · TRADICIONES DE AMÉRICA. 53

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TRADICIONES DE AMÉRICA. 53

parecía que la muerte iba derramando nieve en sus venas, y sin aliento por fin, cayó desmayada en los brazos del Monje blanco.

Dos gotas de fuego rodaron por sus mejillas : un beso infinito evocado del infierno del placer, unió aquellas dos almas en la eternidad de los condenados; y cuando Kena-Kena abrió los ojos, la mancha de sangre habia vuelto á colorar su pié derecho.

Y Kena-Kena entró avergonzada en la santa ermita :

Y lloró toda la noche...

Y al despuntar la aurora, el Monje no dijo la misa.

Y al otro dia aun estaba arrodillada la niña delante de la Virgen.

Y á la caida de la tarde no dijo la oración del ángel.

Y la oscuridad vino envuelta en su gasa azul, tachonada de estrellas, y la luna parecía nublarse de pena, y el Ilimani estaba silencioso.

Ningún ruiseñor cantaba ; ningún buitre ale-

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teaba; las culebras estaban como muertas en sus madrigueras, y el perfume se encerraba en el cáliz virginal de las flores, porque todas las del Ilimani eran hermanas de la triste KenaKena.

Y el Monje, sentado sobre la piedra negra del arroyo, tenia apoyada la cabeza sobre las manos; miraba correr las aguas, y en su desesperación, su frente era del color de la tempestad y su mirada como la de la pantera.

La noche del tercer dia iba pasando, y KenaKena aun lloraba delante de la Virgen : en su angustia la pidió amparo ; la Virgen María la abrió los brazos y la consoló para siempre...

El reló de la ermita dio la una de la noche ; á esa hora, la pobre Kena-Kena cayó muerta al pié del altar...

Un gran ruido conmovió el monte; la gente del caserío despertó asustada y se asomó á las ventanas.

Entonces el Monje salió de su estupor; y como valiente espíritu, alzó la frente y tendió la torba vista por la tenebrosa montaña.

La noche era clara ; el cielo estaba sereno ; la brisa jugaba apaciblemente con las ramas de las flores.

Todo estaba tranquilo : y sin embargo, después de aquel ruido extraordinario, un temor espantoso estremecía las entrañas del Monje.

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A su lado como un relámpago pasó una muía blanca como la nieve; cien vueltas dio en un minuto al rededor de la montaña, y cien veces se volvió á repetir el tremendo ruido.

El Monje entonces corrió á la ermita : y al -arrodillarse delante de la Virgen , tropezó en la oscuridad con un cadáver.

« ¡Maldita sea la hora en que nací! » gritó como un condenado, al sentir aquel frió.

Y las puertas de la ermita se abrieron, y la rmiia rodeada de sombras , giró tres veces al rededor del altar.

El Monje estaba atónito , sin poder hacer oración, ni entregarse á la penitencia.

En su espanto, con los cabellos erizados y los ojos inquietos , vistió las ropas sagradas ; alumbró la lámpara, y quiso decir la misa, pero nadie entró ayudarla, y aguardando llegó la mañana.

Con su ropaje blanco hizo un sudario al cuerpo de Kena-Kena ; luego salió á los montes, recogió la cera de las colmenas ; con ella le modeló, con el jugo de las flores le dio color; con sus cabellos de oro le hizo trenzas ; con sus ropas lo