Tradiciones de América · Unidad 18 de 54
Unidad 18 · 74 TRADICIONES DE AMÉRICA.
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74 TRADICIONES DE AMÉRICA.
dos segundos de frotación, volver á encender el cigarro.
Siguiendo el camino, abstraído en el pensamiento de la nada, el indio fijó los ojos, y vio un poco mas adelante á un lado del camino, á pesar del gran viento y del agua que caia, cuatro luces encendidas, y frente de ellas, sentada y envuelta en un manto negro, la figura de una mujer.
El indio jamas la habia encontrado en aquella sierra, que por la noche era el espanto de los hombres, pero como él era capaz de dormir tranquilo en medio de la espesura, le pareció natural que otro cualquiera hiciera lo mismo ; y como para sus ojos no habia humanidad, ni le importaban sus aspiraciones ni empresas, dijo para sus adentros : « esta es una cazadora de serpientes ó de otros reptiles venenosos ¿ de los que hay muchos por el mundo , y Dios le dé buena caza, »
Iba á pasar por delante de ella, cuando se le ocurrió que la lumbre de su cigarro se le habia apagado y que podia encenderlo en las luces que servian á la cazadora de serpientes.
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Y sin levantar los ojos á mirar la persona envuelta en el manto, se acercó al lugar donde se sentaba, y desde su caballo extendió el brazo, bajó la mano y acercaba el tabaco á la luz, que se movia sin descanso,- azotada por el viento, cuando el caballo relinchó brabío, alzó las orejas, tembló y levantándose sobre las patas de atrás, se echó en medio del camino.
« El tigre, » murmuró el indio, abriendo los ojos, llevándose el tabaco á la boca, empuñando la lanza y preparándose para el combate.
Un momento aguardó en vano ; el enemigo no saltaba de ningún lado : el caballo no habia dejado de temblar y sus orejas estaban tiesas, removiéndose como si un espanto terrible lo dominara.
El indio, que conocía á su compañero, se estremeció sin saber por qué.
« Adelante , caballo , » le dijo, clavando en sus hijares el acicate de hierro.
El animal volvió á adelantarse; el indio acercándose de nuevo á una de las cuatro luces iba á encender su cigarro, cuando la mujer en-
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vuelta en el negro manto, le dijo lúgubremente : « Indio Javi, no enciendas aquí. »
El caballo volvió á relinchar, espantado; haciendo corbetas, se levantó sobre las patas de atrás, y saltó como un condenado al otro lado del camino.
El indio lo apretó entre sus piernas, le clavó los acicates, lo metió entre las cuatro luces, y echando maldiciente una sonrisa sarcástica, estiró el brazo y llegó con su cigarro á tocar la luz que descansaba en el hueco de una calavera.
« Indio Javi has hallado la muerte, » — le dijo con voz sepulcral la mujer enlutada, agarrándole la muñeca.
El indio á la presión tan estemporánea y violenta, clavó de nuevo los acicates al caballo, y quiso retirar el membrudo brazo de aquella prisión, con toda la pujanza de su cuerpo ; pero al fuerte empuje se desenvolvió de su manto la misteriosa figura, y el indio cayó del caballo entre las cuatro luces, incorporándose al momento con valiente energía.
Mas al alzar los ojos, se encontró agarrado