Tradiciones de América · Unidad 21 de 54

Unidad 21 · 86 TRADICIONES DE AMÉRICA.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

86 TRADICIONES DE AMÉRICA.

A la razón que á todas horas bendice á Dios, y lo halla por donde quiera que vuelve sus ojos cansados y afligidos...

; Ay ! en una de esas noches que hablan á la razón y al sentimiento del cristiano, en que todas las estrellas parecían sonreír mirando curiosas la superficie de la tierra y las obras llenas de pretensión de los mortales; en el convento de San Francisco de Quito, la voz del órgano se perdía en las altas bóvedas; acabando la comunidad de celebrar honras por el alma de Sterripa, la señora caritativa, consuelo de los afligidos, esposa leal y tierna del noble conde D. Ñuño, y madre de dos lindísimas niñas.

Los ruegos se habían concluido, y en la iglesia ya no quedaban fieles.

Cuatro grandes candelabros, con luces encendidas, alumbraban el tumulto, mientras al resto del convento estaba osuro.

Sterripa durante su vida habia hecho riquísimos dones á la orden de San Francisco ; por mano de los legos repartía la mitad de sus rentas para socorro de los afligidos ; y por eso

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su muerte era una desgracia para la comunidad : y con este motivo, los frailes, llenos de pesadumbre, mientras el cadáver estaba depositado en la iglesia, habían convenido velarlo haciendo oración hasta la hora del entierro.

El silencio era sepulcral ; la muerta estaba vestida de blanco ; la corona de rosas sobre las sienes y envuelta en su velo de desposada.

El conde D. Ñuño habia querido que Sterripa al bajar al sepulcro, llevase el mismo trage y la misma guirnalda, con que la vio radiante de hermosura llegar á descorrer las cortinas de su lecho nupcial.

El desconsolado caballero habia mojado con lágrimas de angustiado dolor, la noble y pálida frente de la mitad de su alma...

Y sobre el corazón, le hab.'a colocado al decirle el eterno adiós, un ramo ele azucenas, símbolo purísimo de sus pensamientos.

Los inocentes hijos de Ja buena esposa, con sus manitas cariñosas, creyéndola dormida habían arrojado ramos de jazmimes sobre el vestido blanco de su dulcísima madre.

El gallo, con su voz estridente, rompió el silencio de la noche tranquila; poco segundos después el reloj del convento dio las doce, mezclando el lúgubre son, con su cántico altanero.

¿Por qué mientras la naturaleza se entrega al descanso, con tan perenne vigilancia, marca esta ave, tan seguramente las horas?...

¿Es que indica á los espíritus el tiempo y el camino para salir de las tumbas, á hacer su peregrinación?...

I Es que anuncia á las tinieblas, los momentos de la lúgubre vida?...