Tradiciones de América · Unidad 30 de 54
Unidad 30 · 132 TRADICIONES DE AMÉRICA.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
132 TRADICIONES DE AMÉRICA.
hermosos. Y con su flecha grabó en el centro una azucena, un corazón y una débil rama, rota por el aire.
Elenna pasó por delante del árbol, fijó en él sus ojos y sintió la pena en sus entrañas.
El indio estaba sentado sobre una piedra, esperándola sin sosiego : la palidez cubria su semblante, y se veianen sus mejillas los surcos de las ardientes lágrimas.
La pobre Elenna quería alejarse de la vista de aquel infeliz, y también corrió el llanto de sus ojos, pero la mano del destino la arrastraba á su pesar.
En muchos dias no volvió al bosque, pero mandó á sus hijos, devorada su alma de compasión. El indio, al verlos, los coronó de jazmines y azucenas, estrechándolos contra su corazón : subió á las copas altísimas de los pinos, y sorprendió á las tórtolas en sus nidos, les robó los candidos polluelos y se los dio á los felices niños, que, llenos de alegría, se los ofrecieron á su triste madre.
Elenna se enterneció al ver las avecillas, y no pudo resistir el dolor. — « ¡ Dios mió, dijo, dadme aliento para luchar con el delirio que me mata!...» y estrechó en sus brazos á sus
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amorosos hijitos, y cubrió de besos las coronas que cubrían sus inocentes cabezas, tejidas por la mano del salvaje ; y cada beso de sus labios en las fragantes flores, envenenaba mas y mas el dolor de su existencia.
Y no pudo con el sufrimiento aquella santa mujer : y á la claridad de la luna, salió al jardín : temblando, fué á la orilla de la fuente arrastrada por una fuerza irresistible, llegó al bosque del indio, que estaba sentado pálido y meditabundo.
— « Caonabo, » le dijo balbuciente.
El indio creyó oir la voz del ángel, y no tuvo aliento para levantar la cabeza.
— « Caonabo, » volvió á repetir la desventurada Elenna, partido el corazón de pena.
— « Bendito sea tu Señor Dios, respondió el indio, empapando sus manos en lágrimas, cayendo de rodillas á sus pies : este pobre salvaje te ama con todo su corazón, porque eres buena como tus hijos, y eres la esposa de mi amigo que ampara mi pesadumbre. »
— « Te amo, continuó, abrasando con sus besos las manos frías de la infeliz Elenna : no
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quiero nada de tí, te amo, tú has venido á consolarme... ¡ay! Dios ha querido que nuestros padres no fueran iguales, que tú no desciendas de mi raza : que yo, nacido de la sangre de los reyes, sea el esclavo del almirante y el mendigo á quien ampara hoy el alma generosa de tu marido. ¡Cúmplase la voluntad del cielo! Sé buena, le dijo por fin , levantándose lleno de profunda agitación, sé buena, ten misericordia en el alma, que pronto se acabará mi triste vida. »
El indio puso, llorando, las manos sobre la cabeza de la princesa Elenna. « El ángel de mi raza te proteja, y Dios santifique tu corazón y bendiga á tus hijos, »
Elenna sufría horriblemente : el salvaje la miraba con la grandeza de los reyes : en sus ojos brillaba el genio : su boca pronunció las últimas palabras con la majestad imperiosa de la virtud sublime.
— « Adiós, » volvió á decirle, besando con veneración castísima su frente : la princesa no podia contener sus lágrimas : « No llores, le repitió de nuevo, no se estremezca tu espíritu :