Tradiciones de América · Unidad 34 de 54

Unidad 34 · 142 TRADICIONES DE AMÉRICA.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

142 TRADICIONES DE AMÉRICA.

no son sino delirios en el reino de los cielos.

Entrad por la puerta estrecha, porque la ancha y el camino espacioso llevan á la perdición...

¡ Qué angosta es la puerta y qué estrecho el camino que conduce á la vida ! ¡ Y qué pocos son los que lo hallan !. .. dice Jesucristo.

Izua, buscando ese camino, había entrado en el claustro y no sentía ya el dolor, porque el dolor era el alma de su triste vida.

El convento de Santa Clara ocupaba un terreno inmenso : soberbias galerías, á donde daban las celdas, rodeaban su patio cuadrilátero : por ellas se llegaba á la escalera de mármol que conducía al coro y al jardin.

Del coro se iba á la iglesia por la puerta del comulgatorio, por donde entraban las novicias el*dia de la profesión.

El altar mayor estaba adornado de filigranadas celosías de hierro, donde las religiosas asistían á los oficios divinos.

En la mas elevada de estas tribunas, diaria-

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mente rogaba Sor Luisa de la Encarnación.

Los fieles conocían su historia y le tenían mucha lástima.

Elegida superiora, las monjas y las novicias la amaban como á su ángel tutelar ; á su rededor todo sonreía ; la paz de su alma llenaba de paz el convento...

Era el mes de mayo : la iglesia estaba sembrada de flores ; las paredes cubiertas de tapices de seda carmesí; millares de luces derramaban por todas partes mares de claridad; la música estremecía las bóvedas del templo ; los fieles hacían oración ; la comunidad cantaba himnos celestiales á la Virgen.

De par en par estaban abiertas las puertas. La gente entraba y salia en tumulto ; resonaban los últimos acentos del Te Deum, cuando rompiendo la multitud, se adelantó hasta el altar mayor un hombre alto, canoso, pálido y meditabundo ; allí dobló la rodilla y se entregó al ruego.

La función se habia acabado : era hora de cerrar y el lego sacudía su manojo de llaves en señal de despedida.

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La superiora se retiraba de su reja cuando fijó los ojos en aquel hombre.

— Virgen santísima, gritó espantada.

El que rezaba levantó la cabeza, y al través de la reja vio la figura desencajada de la religiosa, que le tendía las manos suplicantes.

El hombre palideció contemplándola; luego se acercó á la reja y dijo con lamentosa voz :

— ¡ Izua de mi vida ; te he llorado muerta y acabo de rogar á Dios por tu alma !

La superiora no pudo responder y cayó sin sentido sobre el reclinatorio.

Las monjas se retiraron de la tribuna ; Angelo dejó la iglesia como si estuviera loco; el lego, después de isopar la nave mayor con agua bendita para espantar al diablo, que no está sino en el corazón de los que cierran su oído al clamor del desgraciado, cerró temerosamente las puertas y se metió en la sacristía.

La débil luz ele una pequeña lámpara disipaba apenas la oscuridad de la celda de Sor Luisa de la Encarnación .

La superiora, vestida de su tosco hábito, fijos los ojos en su camándula de gruesas cuentas, apoyaba la cabeza sobre la mano descarnada.

En sus fruncidas cejas, en el brillo siniestro de sus ojos, se pintaba la tempestad que sacudía sus entrañas.

Cerca de ella estaba un anciano, observándola silencioso, el médico del convento y el amigo del alma de la superiora.

— Su reverencia está en un gran peligro ; voy á llamar á la comunidad.