Tradiciones de América · Unidad 45 de 54
Unidad 45 · TRADICIONES DE AMÉRICA. 187
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TRADICIONES DE AMÉRICA. 187
infeliz hacia abajo, queriendo profundizar con su amor eterno en aquellas sombras impenetrables.
— ; Pablo ! ¡ Pablo ! .. . gritaba muy afligida.
— ¡ Pablo ! yo estoy aquí : decia con ternura desgarradora.
A cada grito, Milazos se estremecia : aquellos lamentos le emponzoñaban.
Aquel hombre veia descubiertos sus crímenes.
Iba á saberlos el mundo ; el mundo, que el beato hermano de la Orden Tercera, venerable y caritativo, habia engañado durante diez años, para sentarse muy pronto en el banquillo de los acusados.
El ángel que lo habia descubierto lo tenia delante, y su mano habia roto la cadena de sus crímenes y habia trocado su porvenir de delicias en otro que iba á ser espantoso.
Milazos comprendió que nada podia salvarlo ya.
Estaba abierta la trampa, y en la desesperación que le llenaba el alma, se acercó sagazmente al pretil de aquel horrible pozo.
Margarita, anhelosa, miraba hacía dentro,
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llamando con gritos de dolor infinito, al amante que no respondía.
Entonces el malvado, con la rapidez del rayo, le dio un empujón terrible, y la infeliz Margarita, sin poder agarrarse á ningún lado, cayó como una piedra en el fondo del oscuro abismo.
— Ahora á morir, dijo con horrible sarcasmo el infame asesino.
El justicia lo hizo agarrotar de pies y manos como á una fiera : los alguaciles lo tendieron en medio del patio, al lado de su hermano : aquellos perversos rugian como lobos y se sacudían rabiosos, como si los hubiera picado venenosa culebra.
A la luz de las antorchas, por la estrecha escalera, bajaron el justicia y los agualciles.
¡Qué sangriento espectáculo!... ¡De cuánto es capaz la avaricia, la crueldad y el empedernimiento del corazón del hombre !
A las ochenta varas de profundidad estaba rebentada la pobre Margarita. ¡ Infeliz criatura , muerta en la flor de los primeros años!...
Un subterráneo espacioso, sostenido por ocho pilastrones de manipostería, era el lugar donde concluía el pozo, formando tres salones, alum-
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brados por la luz de varías pequeñas candilejas.
En el primero, habia una mesa de piedra con hachas cortantes y cuchillos afilados : cerca, dos troncos que servian de picadores : al pié, cuatro grandes lebrillos, en los cuales habia aun, la cabeza, los pies, las manos y los huesos, de un hombre que hacia pocas horas habia sido descuartizado.
En el otro salón, mas espacioso, habia mesas llenas de carne en adobo, preparada á ser frita por el hermano de Milazos, en las marmitas del patio de arriba, para luego ser vendida en la ciudad, por los negros que tenia alquilados con este fin.
Y en la última sala, habia un sumidero, á donde corría ti perderse para siempre, la sangre de las víctimas : en un rincón una gran caja de cal viva llena de huesos descarnados, y en donde asomaba aun la cabeza del pobre esclavo Pablo.
¡ Qué peste ! ¡ Qué vapor ! ; Qué atmósfera de sepulcro y de infierno!...
; Por todas partes manchas de sangre y carne y huesos de infelices!...