Tradiciones de América · Unidad 51 de 54
Unidad 51 · 214 TRADICIONES DE AMÉRICA.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
214 TRADICIONES DE AMÉRICA.
asistir á la iglesia, y hacer bien á los pobres, concluyó la gente, por creerla buena; y canonizada por la opinión, doña Giomar fué tenida por dama principal, y al fin se la citaba como modelo de solteronas.
Contemporáneo á su establecimiento en la plaza de la villa, fué la llegada del inquisidor Yaldibieso ; y á pesar del espanto que ya producía en aquellos tiempos la casa de cadenas, por una tradición antigua, que aseguraba que en ella tenian sus aquelarres las brujas : mas valiente que ellas, allá se fué á vivir con su servidumbre, el inquisidor Yaldibieso.
Al poco tiempo de su instalación en la casa no fueron las brujas, las que allí daban miedo, el cuadro habia cambiado.
Un alma en pena espantaba la servidumbre del inquisidor : y pocos dias después, al barrio y á la villa : pero el inquisidor seguía viviendo la casa de cadenas , conjurando el espíritu , ayudado de la iglesia y la justicia.
Por último, el inquisidor desapareció mas tarde, sin que se hubiera sabido nunca su paradero : la casa se cerró para no volver á
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ser habitada : y el alma siguió quejándose á las doce, estuviera clara ó oscura, serena ó tempestuosa la noche.
¿ Eran hermanas aquellas almas de la casa de cadenas y del carbonero que agitaba, el cencerro en el barrio de corral falso ?.,..
El miedo á las cosas sobrenaturales, y la preocupación de las gentes sencillas, perdiéndose en conjeturas, no podia responderlo.
Pero aquel ¡ ay ! y el ruido de el cencerro, y aquel impenetrable misterio, parecian hijos de la misma causa.
¿ Qué móvil de los que sacuden con violencia el atrevido corazón del hombre, le daba vida? ¿Era prodigio y voluntad de Dios ?.. . ¿ Era maldad de alguna criatura?
La gente se perdia en estériles reflexiones, cuando una noche de diciembre á las once y media, un fraile tranquilamente desenclavaba la puerta de la casa de cadenas.
La gente lo miraba con asombro : su intento hacia estremecer á los sencillos y temerosos vecinos.
Aquel era el santo ele Guanabacoa, que después
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de descerrajar la puerta, entró tranquilamente en el patio de la casa, cubierto de alta y espesa yerba; subió la escalera, recorrió los salones, y por fin se sentó en el extremo de la galeria á donde diariamente se oia el grito del alma.
Dieron las doce : el santo habia apagado la lámpara : la noche era oscura : el silencio profundo : ni una hoja se movia, el ave nocturna plegaba medrosa sus alas y nada turbaba el alto silencio.
El santo acurrucado rogaba en un extremo de la galeria. Habia concluido la vibración de la última campanada de las doce, cuando por la escalera del patio se adelantó una figura colosal. Venia en vuelta en un manto negro.
Entre la oscuridad se confundían las líneas de su estatura, y las de su cabeza y barba, blanca como la nieve.
Con paso grave y misterioso, fué adelantándose, y ya cerca del santo, gritó con lastimera voz :
— ¡ A y de mi! ¡ Ay de mí!... ¿Caigo ó no caigo?
— No caerás, hombre de mala fé, le dijo el