Tratado de la razón humana en estado de enfermedad · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

filosofía ESPAÑOLA.

TRATADO

RAZÓN HUMANA.

Teluan de Cbamartin: 1878.— Imp. de Bailly-Dailliere.

filosofía española.

TRATADO

RAZÓN HUMANA

EN ESTADO DE ENFERMEDAD

ó SBÁ

BE LA LOCURA Y DE SUS DIFERENTES FORMAS

CON APLICACIÓN Á LA PRÁCTICA DEL FORO.

LECCIONES

DADAS EN EL ATENEO CIENTÍFICO T LITERARIO DE MADRID

■ POR EL DR. D. PEDRO MATA

Catedrático de término en la Univcrsida.d' central , encargado de la aSignatura de Medicina legal

y Toxicología, etc.

El loco , cualquiera que sea la forma de su locura^ es siempre yv _ ^, -X >f)'<; i{ ^^ enfermo f y si falta á la ley,

\''X'é¿S>j:'^ debe reclamarl? el manicomio.

MADRID

CARLOS BAILLY-BAILLIERE

Librero de la UniTersidad central, del Congreso de los señores Diputados y de la Academia de Jurisprudencia y Legislación

LIBRERÍA EXTRANJERA Y NACIONAL, CIENTÍFICA Y LITERARIA

— Haza de Santa Ana , número 10. — -

Paris^, J. 6. Bailliere é hijo. — Londres, Bailliere.

1878.

Derechos reservados.

Esta obra, cayos ejemplares estarán sellados, namerados y rubricados, es propiedad del Antor.

TRATADO

RAZÓN HUMANA.

LECCIÓN PRIMERA.

Dia 30 de Enero de 1858,

SiféTe satisfáccfon al auditorio por mi tardanza en empezar este bárso^— ftápídt reseñañdel primer curso sobre la Razón humana, como base de It doctritoa del actual.— Rápida reseña del segundo curso y razón de ella —Programa á gran* des rasgos de las nuevas lecciones. Objeto de estas.— Utilidad de las mismas para los médicos, abogados, jueces, magistrados, legisladores, literatos y curas párrocos.— Critica de nuestra legislación civil y criminal relativa á la locura.— Lo que se ha dicho de ella y cómo debe entenderse.— Sus formas.— Visita á un manicomio —Clasificación de las alteraciones mentales.— Estudio de cada una

'' de ellas.— Estudio detenido dé las monomanías peligrosas —Cuestiones médicolégales' télátivas-á' la locura.— Mis propósitos y disposiciones.

¿Será por ventura achaque de mi vanidad suponer que os habéis preguntado alguna vez por qué no he cumplido lo que os prometí en mi última lección , presentándome en esta cátedra á proseguir nuestros estudios acerca de la razón humana luego que volvieran á girar sobre sus goznes las puertas del Ateneo?

¿Habrá pensado alguno de vosotros que me es indiferente la honra que me dispensáis con vuestra asidua asistencia á mis lee— cipnes?

Si tal cosa habéis pensado, señores, hacedme el obsequio de apartar de vuestra mente semejante error, tan impropio de vuestra indisputable importancia, como de mi nunca desmentida gratitud.

Yo sé por experiencia que en este salón, por vosotros favorecido, crece frondoso el laurel con cuyas hojas se orlan las sienes de los 4jue aspiran á merecer y merecen tales honras.

Yo sé por experiencia que la aprobación de tan esclarecido y numeroso auditorio es una palma gloriosa para el que consigue hacerse digno de atención.

Yo sé, finalmente, por experiencia, señores, que el nombre mas^ callado y mas opaco se hace aquí sonoro como un eco, y expléndido como un sol, luego que llega á reflejar la fulgente luz de vuestrosvotos.

Si hay gloria, pues, y gloria no escasa ni liviana en llamaros á este sitio, en fijar vuestra atención y en merecer vuestro aplauso, ¿cómo no habia de sentirse atraído por ese reclamo seductor el hombre que tiene la honra de dirigiros en este momento la palabra, cuando ha mirado siempre la gloria como una belleza encantadora, de la cual no acierta á divorciarse jamás ningún alma bien nacida?

Os confieso francamente mi flaqueza, si lo es; siempre me han deslumhrado los rayos de esa brillante lumbrera llamada gloria; yo seria idólatra de esa diosa, yo seria un Inca de ese sol.

En el horizonte cada dia mas limitado de mi existencia se han ido echando los vientos de muchas pasiones, ya que no helada» por el frío de la edad, sustituidas por la calma del desengaño.

Mas el del amor á la gloria está arreciando y empujando todavía la nave de mis deseos ; porquo ondea aun en sus mástiles el gallardete de la esperanza, siquiera me conste prácticamente que en el piélago por donde navega, hay también sus borrascas y sus escollos.

Si he tardado tanto, señores, en corresponder debidamente á vuestra nunca desmayada galantería, no lo atribuyáis á que hasta aquí no he podido disponer de horas ni dias compatibles con misocios, por estar ocupados casi todos y destinados á las cátedras de mis dignos compañeros, apelad á otras teorías mas cabales y que fácilmente comprenderéis.

En primer lugar me ha faltado tiempo para ello.

Al descender á la tumba el inolvidable autor de mis dias, no me^ dejó mas patrimonio que sus sacrificios para darme una carrera, ni mas manda que su probidad y su buen nombre.

Soy, pues, en el campo de las letras, un jornalero que vivo de mi trabajo, y como los artesanos, solo puedo aprovechar mis fiestas para descansar de mi tarea y dar solaz y esparcimiento á mi espíritu con estos para mí sabrosos pasatiempos, que vosotros eleváis con vuestra benevolencia á la categoría de lecciones.

En segundo lugar, señores, habiendo acompañado al año 1857 hasta el dintel del panteón de los siglos, me alcanzó un?i época de nacimientos, y al estrepitoso rumor de tanta chicharra, tanta zambomba y tanto rabel como por todas partes zumbaba, y al cruzamiento, por esas calles de bios, de tanta barra de turrón que se^

enviaban los que siempre tienen á mano presentes que regalar, creí que no eran esos dias bulliciosos y suculentos dias de filosofía y ciencia.

Por otra parte, teniendo también los negocios públicos su Plaza Mayor y su plazuela de Santa Cruz, con todas sus chillonas algazaras y discordantes griterías, aun cuando no hubiese en ellas para vosotros nada que comprar ni que vender, no habia de llegar á vuestros oidos mi pobre voz, fácil de convertirse en una vox clamantis in deserto , siquiera no fuese del todo extraña á esos dias, puesto que os iba á hablar de la locura.

Ahí tenéis, señores, las verdaderas razones de mi tardanza en corresponderos.

Os debia esta satisfacción y he querido dárosla antes de reanudar el hilo de los estudios que hace dos años empecé y que procuraré concluir en el presente curso, si mi programa no se prolonga mas allá de mi propósito, á medida que le siga, como á su pesar se prolonga la realización de las esperanzas del pobre pretendiente, que no tiene por hoja de servicio y por certificaciones de sus méritos uno de esos vehículos cortesanos que marchan al vapor; una de esas potentes locomotoras que vuelan por las cañadas políticas, que salvan los arroyos y los rios de las oficinas , que se esconden en los túneles de las secretarías y que salen al fin como el Guadiana mas briosos en los ojos desiguales del favor ministerial.

Desde mi última lección han trascurrido muchos meses, y aunque en el campo de vuestra memoria se hayan quedado arraigadas las semillas que en él sembré en los dos años anteriores, es muy posible, porque la memoria del hombre se puede comparará los arenales movedizos de la Arabia que suben á menudo con sus candentes oleadas, caravanas y aiuares; es muy posible, repito, que el viento del olvido haya cubierto también esas semillas, y para hacerlas germinar y plantar de nuevo las que traigo, no será desacertado pasar antes por ese campo la reja del recuerdo, y permitidme la metáfora siquiera sea un poco rústica.

El curso actual va á ser continuación de los dos anteriores. Voy á seguir en él la serie de estudios que me he propuesto hacer sobre la Razón humana bajo todos los puntos de vista considerada.

En el primer curso traté de ella, tomándola en el estado normal ó de salud constituyendo lo que se llama la cordura , ó un estado responsable moral y legalmente.

Queriendo tener un criterio práctico, una guía segura, para saber cuándo está cuerdo, cuándo está loco un hombre, siempre que un juez ó un tribunal lo necesite, ó lo consulte á los peritos, busqué una definición cabal de la. razón humana, y tan vanamente como Diógenes, el Cínico, por la plaza de Atenas, buscando á un hombre; así paseé los rayos de mi linterna crítica por las plazas y encrucija-

das déla filosofía, y en ^pecial de la psicología^ sin que esa suspirada definición apareciera.

Empecé á buscarla en el Diccionario de la Academia y en otros dos Diccionarios mas extensos; las dos Enciclopedias, la del siglo XVIII y la moderna, y tuve que salirme de ellos, porque entre todas las acepciones dadas ala voz razón ^ no pude hallar ninguna que nos diese una idea cabal de ella, como sinónima de cordura ó estado responsable.

Para demostraros que eso no dependía de los articulistas deesas obras, me remonté á la fuente donde hablan bebido sus doctrinas y examiné á varios filósofos y prohombres de las escuelas tanto antiguas como modernas.

Examiné lo que habia dicho Platón, lo que Aristóteles, lo que^los filósofos que píofesaroü sus doctrinas en Roma, en Alejandría, en Bagdad, Córdoba y Toledo; en el Occidente y en los tiempos escolásticos, y el resultado fué idéntico.

Salí de la edad antigua y miedla, y pasé á la nuestra, partiendo desde Descartes, que pasa por fundador de la psicología, á lo que dijo Leibnitz, antagonista de Locke; lo que expuso Kant, el de las tres razones; lo que Jouffray, expositor déla doctrina yoista; lo que Maine de Biran, polo opuesto de Gondillac, y últimamente, lo que Oousin, ese Anaxágoras del Sena, el patriarca del eclecticismo francés, el de la conciencia como fenómeno triple, compuesto de sentir, querer y conocer, y el fruto de mi tarea fué tan vano como el de las anteriores.

No quise examinar áBacon, á Locke, á Gondillac, á DestulttraCy , á Larromiguiere, á los Hutchison, á los Reid, á los Dew-Stevart, ni las diferentes sectas socialistas : primero, porque temí molestaros con tanto manejar la piqueta de la demolición; segundo, porque la doctrina mas en boga, lo que más se enseña hoy dia á la juventud, es la nebulosa y estéril filosofía alemana, á la que pertenecen mas ó menos los prohombres que escogí como objeto de mi crítica; sin que por eso renunciara en lo sucesivo á demostrar, siquiera fuera de paso, que en iguales defoctoá hablan incurrido los filósofos de las escuelas que dejé de analizar.

Con la mas severa lógica os probé que la doctrina de esos filósofos y escuelas, respecto de la razón humana, no podia servir en la práctica; que ningún juez^ni tribunal podia tomarla por guía para saber cuándo está cuerdo, cuándo está loco un hombre, y que por lo mismo podia decirse de esas doctrinas Con mas razón que lo que decía Pascal de la filosofía: que no valia la pena de dedicarlas una sola hora de estudio.

Os dije y demostré, que la esterilidad de cuanto hablan dicho los filósofos de todas lasescuelas espiritualistas, sensualistas y eclécticas sobre la razón humana, depende d<> que no han estudiado al

hombro entero, de que han establecido un divorcio tan gratuito como absurdo entre lo psíquico y lo físico ó somático; de que no son fisiólogos;. de que en vez de mirar la psicología como una parte de la ciencia de la vida ó la biología, la han recusado como agcna á las funciones del alma; de que por último, no han analizado todas las facultades del hombre ni las han presentado en concreto, sino en abstracto.

Como demostración práctica do estas verdades, os expuse la clasificación que han hecho de las facultades del hombre. Platón, Aristóteles, los padres de la Iglesia, Plotino ó los Alejandrinos, ó neo- platónicos Averroes, Abelardo, Descartes, Bacon, Bonnet, Hobbecio, Gondillac, Hutchison, Reid, Gall, Spurzein, Broussais, Kant, Destulltracy, Larromiguiere, Jouffray, Maine de Biran y Víctor Goussin, y abrazan Jólos á todos en un manojo, manifesté que todas esas clasificaciones adolecían de dos defectos capitales y comunes.

1.** El ser incompletas, no abrazar todas las facultades del hombre.

2.» Hablar de facultades abstractas con pocas excepciones, entre los que están los filósofos cuneros y frenólogos.

El hombre, como la naturaleza entera, no presenta nada general, nada sintético, hada abstracto; todo en él es particular, todo analítico, todo concreto.

Búsquense en buen hora las semejanzas las mas comunes entre particulares para formar generalidades y con ellos géneros y clases; pero determínense antes todos los concretos; así, y solo así, se puede «star cabal y exacto; así, y solo así, se clasifica bien.

Derribados los añosos edificios, levanté sobre sus escombros el mío; entro esas ruinas hechas todas con el pico de la lógica, con el barreno de la crítica, abrí los cimientos, empezando por combatir otro error craso de la filosofía yoista, que pretende recusar el método baconiano, para conocerse á sí mismo.

Sostuve y demostré que el hombre se conoce como conoce los demás objetos, coa igual* mecanismo intelectual; que no tiene unos medios para sí, y otros para los objetos exteriores; que cuando se •examina, tomándose por objeto de su conciencia, que es la reflexión, es un objeto exterior, y solo como tal le es dado conocerse.

Emprendí, por lo tanto, el estudio de las facultades del hombre por el método analítico, por el de los particulares primero, para «levarme luego con esos andamios á las alturas de la generalidad.

Tomé al hombre desde el momento en que es concebido hasta -que muere por decrepitud, recorriendo todos los períodos de su vida, tanto intrauterina, como extrauterina, y examinando al da- ^uerreotipo todos los fenómenos que va sucesivamente presentando, cada vez que aparecían algunos de naturaleza diferente, los fui

= 10 = anotando con particular cuidado , dándome ese examen analíticov rigurosamente seguido, por resultado el poder sentar que hay en el hombre seis clases de fenómenos esencialmente diferentes:

l.o Movimientos moleculares químico-orgánicos.

2.<» Movimientos musculares involuntarios y voluntarios, instintivos é intencionados.

3.0 Sentidos.

4.° Facultades intelectuales, perceptivas y reflexivas.

5.° Instintos.

6.° Sentimientos.

Tal fué, señores, la generalidad á que me elevé", después de haber analizado todos los particulares; tal fué mi clasificación completa y cabal, mas cabal y acabada por lo menos que las conocidas, hasta aquí.

Determiné como era debido cada una de las facultades fundamentales, y respecto de todas las que mas importaban indiqué el nombre oeculiar de cada una y su número, siempre fundado en hechos claros y patentes que caen en el ojo, como diría Goussin, de la conciencia de todos, en el de la observación cotidiana y mas vulgar.

Os manifesté en seguida el mecanismo funcional de esas facultades, su orden cronológico de acción , su destino respectivo , sus influencias recíprocas, la manera como cada una contribuye á la realización de los actos exteriores y responsables del hombre; y entonces fué cuando os definí la razón humana, tal como yo la comprendo; tal como, en mi concepto, debe comprenderse, si esa palabra ha de ser sinónima de la cordura, de un estado sujeto á responsabilidad tanto legal como moral.

No habiendo hallado en mi largo examen analítico de todos los fenómenos fundamentales del hombre, en todos los períodos de su vida , ninguna facultad concreta ó particular que pudiera llamarse razon\ me separé de todos los filósofos y de todas las escuelas, no calificándola de facultad, sino de estado^ como voz de sentido mas exacto, mas comprensivo, mas sintético, y dije: que por razón humana debia entenderse aquel estado del hombre en el que este tiene el 'poder de dirigir^ por medio de sus facultades reflexivas y auxiliares , la realización de sus impulsos interiores con arreglo á las leyes de su organización.

Comenté una por una esas palabras para demostrar que ninguna, huelga, que ninguna es ociosa, que todas son necesarias, que tjda& llevan la escarapela de mi doctrina, y dados los comentarios, pude volver mas breve la definición diciendo: que la razón es el poder que tiene el hombre de dirigir voluntariamente sus acciones.

Dado ese gran paso , señores , sostuve que todos esos fenómenos fundamentales de la vida humana; que todas esas facultades, que=

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todas esas manifestaciones de las diversas actividades del hombre^ son actos funcionales, latidos de la materia viva; y como quiera queTiinguua manifestación dinámica es posible, si no hay órganos que la realicen; que los órganos, que los tejidos, que los elementos orgánicos, que la materia, en íin, son la condición necesaria para que se manifieste toda fuerza, toda actividad, sea de la naturaleza quefuere; proclamé muyen altavoz que hay órganos destinados al ejercicio de todas esas facultades.

No era eso ninguna novedad, por lo menos para mí, ni para cuantos conocen la historia del entendimiento humano. Es una doctrina casi tan vieja como el mundo, porque es de sentido común. Todas las obras de todos los tiempos y países que hablen do ello están re* bosando de pasajes, donde se dan y señalan órganos especiales á las diversas y diferentes manifestaciones de la múltiple actividad humana.

Para quienes pareció nueva esa idea lena do canas y encorvada bajo el peso de los siglos, fué para los neo-espiritualistas do nuestros tiempos, quienes en su afectado horror á la materia, se van pareciendo cada dia más al famoso alejandrino Plotin, que se encendía de rubor púdico, cuando no po lia dudar que tenia cuerpo.

Pero aquí, como en todo, la divergencia de pareceres, la anarquía de opiniones, el caos de teorías y el antojo ó pujo de las hipótesis gratuitas y no raramente absurdas, es el padrón de impotencia y la torre de Babel de los filósofos. Desde la coronilla ó la frente hasta la rabadilla ó los talones, han revuelto todas las entrañas,, todos los órganos del hombre, y á todos les han hecho condiciones materiales de estas ó aquellas facultades, ya que no intelectuales^ morales, y han dicho cosas tan peregrinas y extravagantes, que se les puede perdonar por el buen rato de diversión que proporcionan y por la hilaridad que excitan.

Yo sostuve y probé, señores, que el único órgano central de todas las facultades psicológicas del hombre es el cerebro, los grandes centros nerviosos, y lo demostré con hechos de fisiología comparada, humana y de patología.

Hice más; fundado: 1.° en una ley universal de todos los organismos, á saber : que no hay órgano alguno conocido que desempeño Á la vez por el mismo tejido olas mismas partes , ni en sustitución, dos ó más funciones esencialmente diferentes; que cada fenómeno funcional, mejor cada función, tiene su órgano propio y exclusivo; 2.« en la observación de los hechos fisiológicos y patológicos; 3.° en la lógica mas severa, sostuve que el cerebro no es el órgano de las facultades psicológicas del hombre en su totalidad, sino por paríes; que no es un órgano único, sino múltiple, un compuesto do órganos, siendo estos tantos, cuantas son las manifestaciones anímicas del ser humano.

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Y tropezando aquí con esa turba de filósofos y yoistas que después de haber formado entidades ó existencias ontológicas con abstracciones, pretendiendo insanamente darlas por existencias concretas y sustanciales, recusan esa multitud do órganos como condiciones materiales de la multitud de facultades, suponiendo que eso es destruir su soñada unidad del yo; y tropezando además con esa improvisada falange de neo-espiritualistas, que sin saberlo ellos, mejor diré tal vez, sabiéndolo mucho, huelen por todos sus poros que trascienden á grosero materialismo, y que se espantan y afectan escandalizarse do la multitud de órganos cerebrales; porque creen con eso que el alma deja de ser espíritu; que eso es partir el alma, como si ellos no la partieran más, repartiendo, conforme lo hacen, el asiento de las pasiones por las entrañas del pecho y vientre, y las mismas facultades intelectuales entre varias partes del cerebro; y tropezando en fin con esos otros timoratos, ó fanáticos, ó hipócritas, que á la manera de los que tienen una llaga ó algo que les duele, y que al menor movimiento de los que están á su alrededor, ya tienden los brazos para impedir que se les arrimen y chillan azorados; levantan con algazara el grito alarmador contra la pluralidad de órganos cerebrales, creyendo ó fingiendo creer, y suponiendo que el dogma con tal doctrina está en peligro; antes de desóender á la demostración de esa verdad necesaria, me hice cargo de todas esas objeciones y probé que la unidad indivisible del yo es una quimera, tal como la conciben los yoistas; que la unidad del hombre es complexa, que es una y múltiple á la vez; que el alma queda mas pura y espiritual con mi doctrina, puesto que con ella la división no la alcanza, deteniéndose en las condiciones materiales de sus manifestaciones, y que el dogma se queda con toda su pureza é integridad, puesto que no ha sido nunca, que no es, ni jamás será dogmática esta ni aquella teoría que explique, si es que llego á explicar alguna, cómo se pone en relación el alma con el cuerpo para animarle y presidir todos sus actos: por cuanto el dogma exige de los filósofos que afirmen la dualidad humana compuesta de alma y cuerpo, siendo este influido por aquella, les abandono completamente la libre explicación de esa influencia, dejo á sus disputas el averiguar cómo se relacionan el cuerpo y el espíritu para formar al hombre

Sentado que el cerebro es un órgano múltiple, que cada facultad fundamental tiene en él su órgano propio y exclusivo, no imité á los frenólogos Gall, Spurzheim y Broussais, designando las partes donde esos órganos residen ; dije que la craneoscopia no es todavía un conocimiento cierto en todos sus pormenores, y si bien no me asocié á las objeciones que contra ella se dirigen, porque en mi concepto tienen fácil refutación, no por eso quise salir de mi terreno fisiológico y positivo, de mi doctrina fundada, no en la con-

=43 r=^ figuración detallada de las circunvoluciones cerebrales, sino en los actos exteriores do los hombres, en sus manifestaciones objetivas, fiel reflejo y retrato genuiqo de la naturaleza y pluralidad de su» actividades interiores,

Llegado.á esa altura, proclamé el innatísmo de todas las facultades del hombre; le declaré como producto inmediato de la organización que daba la naturaleza ó Dios á cada cual, al lanzarle al mundo; innatismo completo, total, es decir, que no se limita, como otros hacen, á solo las facultarles intelectuales; sino á todas, decía- . rando tan innatos como los movimientos moleculares, los musculares voluntarios é involuntarios, instintivos é intencionados; los sentidos y facultades intelectuales, como los instintos y sentimientos,

Hasta la ultima evidencia demostré que nada de eso depende de*; la voluntad é intención del hombre ; que no se debe al clima, ni al ejemplo, ni al hábito, niá ios allmentos^niíá la educación, ni á ninguna de tantas otras falsas causas come se han supuesto par^^, dar razón de la existencia y fuerza de esas facultades. Todas, son innatas, todas son propias de laorganizacion : si esta no las da, nada lo suple; si ella las hace brotar, nada las destruye.

Todo lo más que pueden hacer las influencias exteriores es modificar, perfeccionar, dirigir por buen camino el resultado complexo de todas nuestras actividades, y eso aun en las organizaciones de término medio que son las do la inmensa mayoría; es decir, en aquellas donde no predomina nada de un modo superior á la acción modifícadorade esas influencias.

Aquí tropecé de nuevo, señores, con e» triple liga de que os he hablado poco hace tan heterogénea, tan arlequinada como todas, aimque no tanto como la que en estos dichosos dias se está consagrando en el estadio político con un desinterés que edifica, con una, abnegación personal que pasma, al triunfo de la virtud, á la exaltación del saber, á la propaganda de la fé, á la pureza de )a religión, , al esplendor del trono y á la felicidad de todps lo^ españoles sin. , distinción de matices.

Esa liga, la filosófica, no la política, aunque en eála se halla grao, parte de los de aquella, me salió al encuentro con el estribillo otjligado de ciertas gentes dadas á la moda, suponiendo que el in^atismo de las facultades humanas destruye la libertad, niega la voluntad, deroga el libre albedrío; y cogiendo uno tras otro los argumentos con que esto se intenta sostener, los anduve desnudando como maniquíes de pintor, presentándolos así en esqueleto y demostrando su completa falta de fundamento,; con lo cu^l hice salir de mi doctrina la libertad irrefragable del hombre con toda.su es^ plendidez, analizando punto por punM> qué es lo que hay de verda? derameate libre, qué necesario en nuestros actos»

= 14 = Hecho todo eso, pasé á un estudio importantísimo, al de la influencia recíproca de todas las facultades humanas, al de los antagonislas y auxiliares de cada una, para probar que el hombre, en «US actos exteriores, se presenta siempre siguiendo diagonales direcciones, en las que intervienen impulsos encontrados que se refrenan mutuamente; explicando con ello, no solo las diferentes y diversas aptitudes industriales, artísticas y científicas, sino también los caracteres morales, tanto de los hombres históricos, como de todos los sujetos de la especie.

Por último, señores, en ese estudio de recíprocas influencias entre las facultades humanas que no completé, porque por sí solo formaría un curso y no breve, amplié mis observaciones sobre las facultades reüiBxivas, puesto que las proclamé como la parte mas «levada de la razón, para demostraros que ellas también son susceptibles de extravíos lamentables ; que en vez de ser directrices, pueden seria perdición del sujeto, cuando exuberantes y mal servidas por las demás, se lanzan al campo, al piélago inmenso é insondable de la abstracción y fantasía.

Con ese motivo, os hablé de los abstractos, de los universales, como diriaa los escolásticos; y si bien reconocí que son de grande utilidad para la rapidez de la locución, energía y belleza del estilo, los recusé como bases de doctrina filosófica, siempre que después de formada la abstracción, se olviden sus autores de que esos vocablos no representan concretos, entidades, realidades sustanciales, y que por lo mismo no les corresponden los atributos de estas.

Ahí tenéis, señores, un esbozo, uu recuerdo epilogado de mi primer curso sobre la, Razón humana; resumen coaipendioso que ya os hice en la última lección de ese curso; que reproduje en la primera del segundo, y que he creído necesario volver á hacer, aunque con mas concisión, al empezar el tercero; puesto que en ese resumen se encierra mi filosofía, mi doctrina, la doctrina que me veréis aplicar á todo cuanto os he do exponer en las nuevas lecciones, sobre la razón humana ya enferma, ó lo que es lo mismo, sobre la razón y la locura con sus diferentes formas ó estados irresponsables.

Muchos de vosotros acaso me escucháis por primera vez; otros habrá que hayan olvidado lo que dije hace dos años; los acontecimientos de nuestros dias se suceden con atropellada rapidez, no hay memoria para alojarlos y retenerlos todos; la esponja del olvido pasa y repasa con incesante oscilación por la tabla de nuestra mente, y borra todo lo que no se grava con profundo buril en ella, y yo necesito que tengáis siempre presentes mis doctrinas sobre la razón humana en estado de salud para que comprendáis todas mis alusiones al hablaros de ella en estado de enfermedad. Iguales razones tengo para trazaros también ahora con cuatro

= 15 = rasgos las lecciones del segando curso , ó sea del ano anterior.

Así como en las del primero os habló de la Razón humana en estado fisiológico, normal, ejerciéndose con toda la regularidad típica, tal como produce responsabilidad legal y moral, constituyéndola con todos los elementos que de derecho le corresponden; en el se* gundo no os hablé todavía do ese estado diametralmente opuesto, constituido por extravíos, por ese lamentable trastorno de que es susceptible el hombre cuando se desquician los cimientos de su espíritu, cuando se altera la armonía de sus facultades, cuando le faltan algunos elementos necesarios para su cabal y atinado mecanismo funcional.

Estudiando profundamente al hombre, se le encuentran estados intermedios, que no son la razón íntegra, la cordura, la responsabilidad, pero que tampoco son la locura en ninguna de sus diferentes formas verdaderas; son estados de sinrazón, es verdad, en que el hombre funciona y puede perpetrar hasta actos calificados de delitos por Jos códigos; pero que no lo son, ni pueden ser, porque no son intencionados; han sido ejecutados sin libre al bedrío, sin pleno poder de dirección, sin el ejercicio normal de todas las facultades, cuyo armónico conjunto constituyen la razón verdaderamente sinónima de sensatez, de estado responsable.

Antes que hablaros de la locura, de la razón enferma, debía tratar de la sinrazón como yo llamo á esos estados intermedios, para expresarlos de un modo que no los confunda, ni con la cordura ó la responsabilidad , ni con la locura ó los estados morbosos de las facultades humanas.

Y sobre ser necesario abarcarlos en la serie de esludios que vengo haciendo de la Razón humana bajo todos los puntos de vista considerada , por ser fenómenos reales y positivos que el hombre presenta en ciertas fases de su existencia; esos estados intermedios de sinrazón preparan el camino para comprender la locura, los extravíos morbosos de esa lumbrera de la especie.

Hé aquí, señores, por qué os hablé del sueño, de lo que es ese estado, en qué consiste y cómo se hallan durante él las numerosas facultades del hombre.

Me hice cargo de una obra escrita por Alberto Lemoine, profesor de filosofía de Nancy, sobre el sueño y el sonambulismo, obra que fué premiada por la Academia de ciencias morales y políticas y el Instituto de Francia, en la cual, á vueltas de muy buenas cosas, consigna á mi ver algunos errores, dependientes de los que he combatido al hablar de la razón.

Entre esos errores está el que domina en toda la obra, y que consiste en el empeño de probar que el alma no descansa jamás; porque se le figura que dec'ararla quieta alguna vez, es aniquilarla.

Examiné uno por uno los grupos de facultades humanas bajo el punto do vista de su ejercicio durante el sueflo.

Probé que la naturaleza inorgánica no descansa , que no descansan ni duermen las actividades vegetativas, ó lo que es lo mismo, los raovimieatos. moleculares-, que no descansan ni duermen los movin^ientos musculares involuntarios; que descansan y duermen los órganos de los movimientos musculares voluntarios^ deliberados, los sentidos, las facultades intelectuales perceptivas y reflexivas, los instintos y sentimientos.

Después de haber demostrado que no se duerme siempre por cansancio; que el reposo basta para conciliar el sueño, manifesté que esto puede ser profundo, completo, pero que por lo común es parcial; que hay facultades que velan en tanto que otras dueimen; que esto se ve respecto de los mismos sentidos; pero que es muchísimo mas frecuente esa acción en las facullades perceptivas y re* üexivas igualmente que en las morales.

Expliqué esa vigilia parcial, esa actividad de algunas facultades durante el sueño por el poder que hay en ellas de recordar, de re-» producir sus ideas particvilares y de combinar estas, formando juicios ó ideas generales, ya excitadas por los instintos y sentimientos, tal vez Dor movimientos moleculares, ya por ideas reproducidas» constituyendo todo ese juego puramente interior por lo común los ensueños y pesadillas ordinarios, en los que no suele haber bastante fuerza para reaccionar sobre los centros de los movimientos voluntarios, y realizar como en la vigilia los impulsos interiores.

Expliqué todo lo relativo á los sueños ó ensueños ordinarios por igual mecanismo con que funcionamos durante. la vigilia, sin mas diferencia que faltarlos objetos exteriores como excitantes ó estímulos de los nervios de los sentidos, para que estos á su vez exciten los órganos perceptivos; mascóme estos tienen la facultad de reproducir sus impresiones anteriores, y siendo el recuerdo de una idea tan viva como si la percepción fuese actual , reproducida esa y otras ideas; si llegan ^ excitar las facultades reflexivas y las morales, estas entran en juego del propio modo que en la vigilia, porque siempre se ejercen sobre fenómenos internos.

Así pudisteis comprender cómo, según sea mas ó menos profundo el sueño do cada una de las facultades intelectuales y afectivas excitadas por esas reproducciones, y mayor ó menor el número do las dispierlas, se tienen ensueños unas veces disparatados,, y otras coa una regularidad de pensamiento, no solo igual, sino á veces hasta superior al de la vigilia, de lo cual cité no pocos ejemplos prácticos de poetas, matemáticos, filósofos y otros escritores que soñando hablan hech3 versos, resueUo problemas y descubierto verdades. Gomo prueba práctica é irrefragable de que los ensueños y pesa-.

:= Í7 =

dillas no se deben mas que á las ideas adquiridas y sus recuerdos ó reirroducciones, y al poder de combinarlas que tienen la imaginación y las facultades reflexivas; os dije que nadie sueña nada de lo que no tenga ninguna idea; que los antiguos no soñaron nunca nada relativo á los descubrimientos de nuestros dias, á la brújula, á la I>ólvora, á la imprenta, al vapor, ala electricidad, á los ferrooarriled, á los telégrafos eléctricos, á la fotografía, etc., como nadie de nosotros sueña ni puede soñar nada de lo que se descubrirá en el porvenir.

Expuesta la teoría del sueño y de los ensueños y pesadillas ordinarios, os bable del sonambulismo natural, fisiológico, morboso, y del artificial ó magnético.

Respecto del primero, os probé que no venia á ser mas que un ensueño ordinario elevado á mayor energía de acción, por lo cual las facultades, puestas en movimiento con la reproducción de las ideas, podian reaccionar sobre los centros nerviosos del movimiento muscular voluntario y realizar voliciones; no soñar que las realizaban, no reproducir ideas de esas realizaciones, sino ejecutarlas; esto es, no soñar que se babla, grita, canta, anda, se dan golpes ó se liacen otras cosas, sino bablar, gritar, cantar, andar, ó bacer esto ó aquQllo como si se estuviera dispierto.

Fenómenos que sorprenden cuando se presentan en grande escala ó fuertemente pronunciados, no nos causan maravilla alguna cuando los vemos en menor extensión y profuoíliJad realizados en cíida uno de nosotros, puesto que apenas babrá uno solo de los que me escuchan que no haya sido sonámbulo alguna vez; esto es, que no baya ejecutado algunas cosas de las que ha soñado.

El sonambulismo natural fisiológico, en todas sus formas y grados, fué explicado, según nuestras doctrinas, del propio modo que las funciones psicológicas de la razón vigilante; el mecanismo f undonal es igual en unos y otros casos.

Examinamos el grado de voluntad ó libre arbitrio que hay en los sonambulismos; probamos que falta en ellos el conjunto armónico que constituye la razón, el poder director, la verdadera conciencia del estado actual, y con ello sobre juzgar debidamente los pretendidos prodigios que se atribuyen á los sonámbulos , refutamos la doctrina de los que quieren sujetarlos á la responsabilidad moral y le-- gal como si obraran en completa libertad.

Concluimos este importante estudio estableciendo reglas para la distinción de los sonámbulos verdaderos y fingidos.

Después del sonambulismo natural fisiológico, qs hablé del patológico, ó sea del estático, siquiera no le tenga completamente por sonambulismo^ siendo mas bien un estado patológico de ciertas personas nerviosas, estáticas, catalépticas é histéricas, que se dan mucho la mano con ciertas formas de la locura.

RAZÓN HUMANA. — 3 * PAl.TB — 2

= 18 =

Manifesté que no habia en ese sonambulismo nada nuevo para nosotros; que todos sus fenómenos eran análogos á los del sonambulismo fisiológico, pudiendo explicarlos igualmente por nuestra doctrina sobre la razón humana, aplicada al sueño y los ensueños.

Me hice cargo de varios grupos do esa clase de sonambulismo, analizando sus fenómenos y su carácter, y fui refutando todas las vanas pretensiones que tienen algunos, atribuyendo á los estáticos virtudes y facultades extra-naturales que ninguno de ellos tiene.

Examinada también la parte que tiene la razón ó el libre albedrío en los actos de los sonámbulos estáticos, y declarados también irresponsables ; pasó á hablar del sonambulismo artificial ó magnético, ó lo que es lo mismo, del magnetismo animal ó mesmerismo, como es costumbre llamarle.

Empecé por fijaros la atención sobre la importancia de estudiar lo que hay de positivo acerca de la influencia ejercida por un sujeto sobre otro para adormecerle y hacerle ejecutar durante el sueño magnético cuanto le plazca, dominando su pensamiento y voluntad; puesto .que pueden- presentarse en los tribunales de justicia cuestiones prácticas ó casos gravísimos de esa especie, versando, ya sobre documentos firmados en un estado de sonambulismo niagnético, ya sobre ataques al pudor de las mujeres, á la propiedad, á la seguridad personal, ú otros actos calificados de delitos por el Código, cuando se reputan voluntarios.

Examiné, pues, el magnetismo animal; tracé á grandes rasgos su historia para poneros al corriente de la materia de que íbamos á tratar; expuse la teoría tal cual la dio Mesmer ó le han dado sus secuaces; os hablé del Od, de ese nuevo agente misterioso que ha descubierto un alemán, el caballero Rischembach, y délas maravillas ódicas, contentándome con exponer sus delirios, porque por sí mismos se refutan, y preparados con estas exposiciones, y estableciendo la debida diferencia en punto al grado de confianza que se merecen entre los hechos bien averiguados y ciertos, y los inventos de la fantasía crédula y del amaño especulador; expliqué las maravillas que muchos creen ver en el sonambulismo magnético por las mismas doctrinas con que explicamos los demás sonambulismos y los sueños comunes, y refuté todas las pretensiones exageradas, ridiculas y absurdas que se han presentado también respecto del magnetismo animal.

Hecho todo eso, también traté la parte de responsabilidad que debo verse en ese estado , ya respecto de los sonámbulos, ya respecto de los magnetizadores, estableciendo una doctrina que á mi ver es la mas cabal para la resolución de esa clase de problemas en el foro.

Concluidos todos los sonambulismos, pasé á ocuparme en ciertas

= 19 = alucinaciones de que son capaces ó susceptibles algunos sujetos, siquiera no se les haya trastornado la razón, y de la facilidad con •que esas alucinaciones sirven de premisas para consecuencias ló- :gica8, pero que conducen á un resultado funesto, ridículo ó estravagante, no distinguiéndose de las que dan carácter á la locura mas quepor ser reconocidas como tales por los mismos que las padecen cuando están todavía en el uso de su razón.

Demostré la existencia de esas alucinaciones compatibles con un astado de cordura; cité varios casos prácticos; los expliqué por las mismas doctrinas y emití mi opinión acerca del modo como debe mirarse cualquier acto bajo su influjo cometido.

Por último, por falta de tiempo dije tan solo cuatro palabras sobre las pasiones, movimientos psicológicos capaces de producir arrebato'y obcecación, ó lo que es lo mismo, ciertos estados en los que, sin haber locura, no hay todo el dominio sobre sí mismo quo ^xige un estado responsable, verdad que han tomado en consideración los códigos, puesto que los han consignado como circuns* lancia3 capaces de atenuar, ya que no de eximir de responsabilidad criminal.

N'o pude hablar mucho de las pasiones, no solo particularmente, sino de un modo general, considerándolas como causas capaces d© producir estados intermedios de perturbación mental, ni llegar á -constituir locura, por lo delicado de la materia y las exigencias de la moral que obligan á tratar de ese grave punto con todo el aplomo debido y el desarrollo conveniente de las ideas; y por lo mismo no <ireí oportuno empeñarme en ese asunto al final de un curso sobre los estados que no son locura y yo no considero responsables, aplacando para cuando me ocupara en ciertas formas de alteración mental volver á hacerme cargo de las pasiones y establecer la -diferencia que yo encuentro entre ellas y las monomanías.

He aquí, señores, á lo que se redujo en suma el curso del año anterior, ó sea el estudio sobre los estados intermedios de ,1a razón humana.

Por uno y otro extracto ó resumen podéis venir en conocimiento 4e que en el primer curso establecí las bases de mi doctrina; y ^n •ej segundo las apliqué á esos diferentes estados del hombre que no ha perdido la razón, pero que tampoco ha obrado con la plenitud 4e su libre albedrío ó voluntad.

Otro tanto voy á hacer en el curso actual; también voy á valerms de los mismos principios para daros á comprender la locura y sus diferentes formas, como os di á comprender con ellas el sueño, los -ensueños y pesadillas, los sonambulismos y las alucinaciones compatibles con la sana razón.

Hasta aquí, señores, os he dicho lo que llevo hecho ; réstame ahora por deciros qué es lo que voy á hacer, ó lo que es lo mismo^

= 20^ daros también á grandes rasgos el programa del curso que hoy h^ tenido la honra de empezar.

Nadie de vosotros ignora en este momento que el objeto de mi» lecciones en este año va á ser la Razón humana enferma ó sea í» locura y sus diferentes formas , estudiadas como estados irresponsables y con el fln de que estos estudios tengan aplicación á la práctica del foro.

Empezaré diciéndoos cuatro palabras sobre la utilidad de estas lecciones: i.» para los médicos; 2.o para los abogados, jueces y magistrados; S.» para los legisladores; 4.' para los literatos; y 5.<» para los <juras párrocos.

Como ampliación de la utilidad de esos estudios para los legisladores, jueces y magiistrados, examinaré las disposiciones de nuestros códigos vigentes; las leyes de las Partidas en lo civil, y los artículos del Código penal en lo criminal, que se roñaran á los locos y demás sujetos destituidos de libre albedrio, ó á quienes nieguo personalidad ó exima de responsabilidad legal, probando que hay necesidad de una reforma en alguno de esos artículos y leyes.

Luego examinaré qué es la locura, qué es lo que debe entenderse por ella, veré lo que han dicho filósofos, jurisconsultos y médicos sobre ese terrible estado : si le han definido bien ó mal, y como ya lo podéis presumir, no habiéndolos hallado claros y exactos en la definición de la razon^ polo opuesto de la locura, tampoco lo han de estar respecto.de esta, puesto que son dos estados tan relacionados entre sí, que si no so entiende bien el uno, tampoco puede entenderse bien el otro, y por el contrario, dada una cabal definición de la razón, ya está trazada la cabal definición de la locura. '

Os probaré, s'eñores, que la voz locura ú otras análogas, de sentido genérico, no representan ninguna forma determinada y*particular de extravío mental; que esa voz es de sentido abstracto, colectivo, aplicable á todas las formas en las que no hay uso de razón; en otros términos, que no hay ningún loco que lo sea de todos 109 modos; que cada loco lo es de un modo, de una forma particular, con caracteres propios de un tipo dado.

Trataré en seguida de determinar esos tipos particulares; esas formas concretas de la locura, ó lo que es lo mismo, de clasificar á ios locos por la naturaleza, y caracteres fundamentales de su falta de razón, adoptando para ello una base que facilite el diagnóstico en ifa práctica y que mas huya de lo-que tiene en las escuelas cierta volubilidad' y carácter cuestionable.

Así como para daros á comprender la existencia y número de facultades fisiológicas del hombre, antes de nombrarlas y numerarlas os llevé conmigo. á un colegio de niños> y siguiendo á su director, nos anduvo explicando las circunstancias personales de cada ^no y los rasgos especiales de su carácter particular ; así también,

«21 =i loores, antes de clasificar la3 formas de la locura, os vendréi» «conmigo á una casa de locos; pediremos permiso para entrar en sus departamentos, y rogaremos al director que tenga la amabilidad de andarnos describiendo los tipos diferentes de los desdichados que allí se alberguen.

Guando los hayamos visto á todos, diremos si hay alguno que e^ toco de todos los modos, ó si cada uno lo es á su manera; si cada uno tiene su forma y su tema, si hay entre ellos semejanzas y •diferencias, y con aquellas y estas formaremos las clases , los géneros, las especies, las variedades y las individualidades.

Yo pudiera daros el trabajo hecho; enseñaros este ramo de conocimientos de un modo sintético, hablándoos primero de las clases que de los individuos, porque tengo el estudio analítico ya hecho; pero quiero que vosotros le volváis á hacer conmigo para acabaros 4e convencer de que todo cuanto digo está calcado sobre los hechos, sobre la observación, sobre la experiencia y práctica.

Clasificadas las formas de la locura, os iré hablando metódicamente de todas ellas, trazándoos sus rasgos gráficos y característicos, para que los conozcáis fácilmente y veáis lo que tienen de co- ' mun, la que especial 6 particular.

Os hablaré do las formas que constituyen por sí solas la enfermedad mental ó el estado insano, y de las que dependen de otra enfermedad ó de alguna otra infiuencia mas ó menos pasajera.

No quiero descender á mas pormenores, porque tendría que anticiparos ciertas ideas con algún inconveniente didáctico; pero sí deseo advertiros que hemos de ocuparnos y no poco en ciertas formas llamadas monomanías, y no de las inocentes, sino de las que impulsan á cometer actos calificados por nuestros códigos de'delitos, como la homicida, la suicida, la incendiaria, la erótica, la kleptománica ó con tendencia al robo, y la dipsománica ó monomanía ebriosa; tanto por lo fácil que es confundir esos estados con los movimientos pasionales, verdaderamente responsables, como porque respecto de las demás formas no hemos de encontrar oposición ni

• entre los módicos ni entre los hombres de la ley, al paso que, respecto de esas monomanías, en las que la inteligencia funciona con toda la regularidad del mecanismo lógico, hallándose el delirio, no

• en la idea sino en el sentimiento ó el instinto, hemos de encontrar á muchos, ya que no médicos, letrados, que se obstinan en negar la

• existencia de dichas formas d¿ la locura, queriéndolas hacer pasar por responsables y teniendo la crueldad de decir que si son enfermedades, deben estas curarse en el patíbulo.

A este importante punto añadiremos algunas otras cuestiones de^ ; medicina legal, relativas á la locura, ya por el interés que encariñan, ya por lo frecuentes que se presentan en la práctica del foro.

No 08 quiero decir ya nada más de mi programa, señores; ya le

= 22 = iréis viendo desdoblarse á proporción que avance en mi tarea Mi» programas didácticos están casi tan desautorizados como los denuestros ministerios; ni unos, ni otros cumplimos con lo que prometemos; no nos diferenciamos'sino en que yo doy siempre mucho^ más de lo que prometo, y nuestros gobiernos todo lo dan menos la que han prometido.

Sus programas y los mios tienen la forma de un cono ó de un embudo; pero yo empiezo por la punta y acabo por la base, y los ministerios empiezan por la base y acaban por la punta, si es que acaban, porque á lo mejor se van á rodar ellos y el embudo sin saber de donde les viene el golpe que les derriba.

Sin embargo, señores, yo procuraré circunscribirme á los límite» que me he propuesto. Vengo con el firme propósito de la enmienda; espero que no tendréis que culparme de reincidente.

Ello es verdad, que yo no sé lo que me pasa desde que me sienta en esta silla y contemplo ese salón cuajado de tanta gente. Ya os ha dicho alguna vez, que todas las noches traigo muchos puntos de qué tratar; se me figura que me han de ocurrir pocas ideas sobra • cada uno, y que apenas podré llenar con ellas el tiempo que ma corresponde; mas en cuanto entro aquí, viendo que se derrama, desde vosotros sobre mi imaginación, una como corriente eléctrica que me fecunda, de cada idea mia hace ciento; mi tema,. crece, se extiende, se multiplica, rompe los diques de la hora se^ ñalada, se desborda, saltando tal vez por encima de vuestro propia cansancio, hasta que insuficientes las campanadas, oigo la voz del portero que me advierte que he traspasado los límites de otra cá-^ ledra.

A rtií no me pesa, señores, ese crecimiento; ni ese desborde; a! contrario, me da placer. No sé si es el hábito, ó que mi vida profesional me ha identificado ya con la juventud, que no acierto á separarme de ella cuando me escucha. * *

Siempre que veo ese campo de frentes despejadas y estudiosas,, ese cielo de pupilas brillantes clavadas en esta mesa, ó en la palabra del que la ocupa; ese mar de cabezas ávidas de saber, y qua absorbe las doctrinas como el cáliz de las fiores sedientas las gotas^ del rocío, me siento arder en deseos de poseer la misteriosa virtud de la fecundante primavera, que al soplo de sus perfumadas brisas? Tiste con súbita explosión por la tendida faz de la tierra, los árboles y arbustos de tiernas yemas, heraldos de follaje sonoroso, mensajeros de matizadas flores y anuncios de sazonados frutos. . Quisiera ser un sol para derramar sobre vosotros, plantas vivaces del vergel del porvenir, crisálidas de una generación mas dichosa, torrentes de concepciones nuevas y fecundas que embellecieran vuestros talentos y aptitudes y agruparan vuestros instintosy sentimientos alrededor del ara donde se levanta la verdad y la

= 23 =- justicia, madres de la libertad, para que los guardarais con celo tan solícito como guardaban las vírgenes romanas, instituidas por Numa Pompilio, el sacro fuego de Vesta.

Desgraciadamente, señores, no soy mas que una inteligencia muy limitada que os entrega buenamente lo poquísimo que sabe, para que cada uno de vosotros lo mejore y acreciente, á la manera del labrador que ha roturado un campo y después de haberle regado» por algunos años con el sudor de su rostro, le reparte entro sus hijos para que cada uno de ellos tome esa pequeña herencia como base de un patrimonio futuro mas pingüe debido á su trabajo.

Ojalá que en lo sucesivo tenga bastante suerte para atraer vuestra atención á la misma altura con que me habéis favorecido en esta lección inaugural.

Quiera Dios concederme todavía algunos años más para consagrarme, entre otras cosas que están hirviendo en mi mente, á esta tarea para mí la mas sabrosa; y cuando la edad me obligue á retirarme como un inválido de este pacífico horizonte, haga el cielo también que brillen en él tantas y tan espléndidas lumbreras nacidas de entre vosotros, que nadie perciba la ya desmayada luz d,e este humilde profesor del Ateneo; si no le mira en su ocaso con ojosí de cariñoso recuerdo.

Mientras me quede fuerza y vigor, y no se apague mi entusiasmo ni todas mis ilusiones, yo no he de abandonar esta posición científica, donde tengo la conciencia de que puedo todavía prestar á mi patria algún servicio, enseñando á la estudiosa juventud.

Yo veo, señores, avanzar por todas partes una funesta reacción de ideas y sentimientos que debería alarmar á todos los amigos de las libertades públicas, como alarmaría á las naciones del Occidente la irrupción de los bárbaros del Norte.

Yo siento el rumor de esa mar que sube, de esa pavorosa marea que amenaza sepultar eh el abismo de sus traidoras olas las conquistas de los siglos.

La siento en la filosofía; la siento en la política; la siento en las ciencias fisiológicas; la siento en la literatura, y langosta del campo intelectual, oidium tukeri de la viña afectiva, cada dia ha de extender mas el radio de su devastadora zona, si pronto no dispiertan de su letargo y no se levantan briosos los hombres de corazón y de fé en la virtud, para oponer su dique á ese torrente subterráneo que ya salo á flor de tierra y amenaza convertir en áridos arenales todos los campos cultivados con las ideas modernas.

Y es tanto mas de temer, señores, la irrupción de esos Garacallas y Omares que amenazan incendiar la biblioteca de nuestra Alejandría, cuanto que hasta los hombres que se precian de profesar las ideas mas avanzadas, ser esfuerzan en ungir sus escritos y discursos de un misticismo ficticio, bastardo escudete injerto por la volublo

^24 = mano do la moda ea el árbol del sentimiento religioso que no lia de dar por fruto sana moral, sino los torpes estragos de la especulación mas farisaica.

Por lo que á mí me corresponda, señores, mientras tenga la convicción de que hago una obra de misericordia, al mismo tiempo que un servicio público , aun cuando no arranque mas que unos cuantos jóvenes de ese torrente reaccionario, no he de cejar en mí propósito.

Yo no puedo hacer gemir las prensas periódicas, porque no tengo fortuna para ello.

No puedo levantar mi voz en la tribuna, porque hace tiempo que me tiene alejado de ella la abundancia de repúblicos y patricios mas dignos que yo de esa popular investidura.

No puedo luchar en el seno de asociaciones patrióticas, porque la ley las ha ahogado en su cuna.

No me queda, pues, mas estadio, mas arena, mas palenque que esta cátedra, y afortunadamente, para sentarme en ella no se ne* cesita mas oro que el de las ideas, ni mas urna electoral que 1^ voluntad propia, ni mas asociación que vuestra solícita concurrencia, que vuestra afición á estudios graves.

Los ilustrados socios del Ateneo se han puesto al nivel de la nación mas civilizada, cuando en vez de escribir ó de imitar á Platón, que puso á las puertas de los jardines de Academo, allá en el arrabal del Cerámico,— ^uí no entra nadie que no sea matemático;— ellos han puesto á la puerta de esta cátedra: aaquí caben todas las opinior nes, aquí se toleran todas las doctrinas.»

Hermosa tolerancia, señores, que en esa parodia de Diluvio universal que va inundando todas las libertades españolas, convierte esta cátedra en un Arca de Noé, donde se salvarán todos los prin^ cipios verdaderos; para que el dia en que la paloma de la libertad vuelva coa su ramo de olivo, ó que se escape para no volver más al Arca, por haber hallado tierra habitable, se tornen á derramar por la redondez de la península, con mas vigor y lozanía, con cantos de bendición acá en la tierra y besanas en las alturas.

LECCIÓN 11.

Día 8 de Febrero de 18SS,

Primer punto de mi programa.— Utilidad de estas leccioies para la generalidad.— Para los médicos j alumnos de medicina.— Respuesta á una objeción Aindada eu las obras que tratan de la locura y la enseñanza.— Para los abogados Jueces, magistrados, fiscales, escribanos, etc.— Para los legisladores.— Para los literatos.—Para los curas párrocos.

Hoy no vamos á volar en alas del recuerdo por la región de los resúmenes.

Hoy marcharemos ya por el campo de la actualidad , siguiendo paso á paso la línea que trazamos en la lección anterior.

No quiero robaros ni un minuto con preámbulos innecesarios, ni distraeros de nuestro objeto con alusiones á los negocios públicos del dia, porque he venido á hablaros de los locos, y los hombres públicos de hoy dia son muy cuerdos.

Entro, pues, desde luego eu materia y me voy á ocupar en el primer artículo de mi programa, ó lo que es lo mismo, en la utilidad <ie estas lecciones para todos en general, pero principalmente para determinadas clases, profesiones ó estados.

Respecto de la utilidad general diré muy pocas palabras, no porque no nos convenga á todos saber si estamos ó no en el uso de nuestra razón, y^i lo están también ó no cuantas personas tienen que relacionarse con nosotros en el seno de la sociedad donde vi» vamos.

Por importante que sea ese conocimiento, ya en lo que atañe á ' nosotros mismos, ya en lo concerniente á los^ demás; como estas lecciones tienen por objeto principal aplicar lo que en ellos digamos á la práctica del foro, y la generalidad de personas no tiene nada que hacer en estrados, creo que debo pasar por alto todo lo que se refiera á esa utilidad común.

= 26 =

Así, pues, rae limitaré á decir que á la generalidad de personas les serán útiles estas lecciones, porque siempre lo es conocer cuántos órdenes de facultades constituyen Ja razón humana, cuál es el destino de cada una, cuál es su mecanismo- funcional , sus recíprocas influencias, y de qué modo concurre cada una á dar responsabilidad á nuestros actos.

Con ese conocimiento se puede comprender mejor y á tiempo» cuándo se desquicia la raigón, cuándo se le abre alguna brecha, por donde se desliza la cordura con la misma facilidad con que se deshace una calceta luego que se escapa un punto , y disimuladme lovulgar de la comparación en gracia de la semejanza del hecho.

En las diversas agitaciones y borrascas de la vida, mas de una vez llegamos á dudar de nuestra razón, y nos preguntamos con la alarma en la conciencia, si estamos ó no locos.

En otras ocasiones contraemos compromisos de cuantía y gran trascendencia y los contraen otros con nosotros, y nos importa muchísimo saber hasta qué punto hay la debida integridad de inteligencia para exigir con fundamento la responsabilidad correspondiente.

Bajo este último punto de vista, aunque no hubiese mas que el matrimonio, debería interesar á muchísimas personas el entender algo de locura.

Antes de enlazarse un hombre con una mujer, ó una mujer con un hombre con vínculos que solo rompe la muerte, teniendo que vivir con tanta intimidad como viven Jos esposos, conviene muchísimo á cada nom registrar, entre otras cosas, que andan siempre ocultas en esa clase de contratos, á cuantos grados se encuentra la razón del individuo ó individua que va á ser dos veces prójimo, bien que á decir verdad, en muchas circunstancias no tiene el hombre que desvivirse para saber si su novia es moza de juicio bien sentado; porque, por el mero hecho de casarse él en sus circunstancias, no da grandes pruebas de cordura. El examen debería empezar por sí mismo.

Los que miran el casamiento con tanta ligereza como si se tra* tara de tomar una pareja para bailar una polka, dirán tal vez que,, siendo la locura un impedimento no solo impediente sino dirimente del matrimonio,' no se pierde gran cosa si uno ha creído casar con una cuerda y se encuentra casado con una loca ; se pide divorcio y punto concluido.

A los que así pensaren, yo les responderé que no deja de tener el negocio sus intríngulis^ sus quebraderos de cabeza , sus dificultadesdespués de comsumada la cópula que no es incompatible con la insensatez, ni esta con la prole, que aquí como en todo, vale mas precaver que curar, y que no todas las formas de locura son fáciles de conocer y admitidas por los tribunales tan llanamente, pudiendo

= 27 = suceder muy bien que él ó ella sea loco de atar y haya que tragarla como lo mas cuerdo del mundo.

No hablemos más del asunto, señore?, porque es delicado ; inteli'- gentipauca, y Dios me libre de romper alguno de esos vínculos in fieri^ que acaso mas de un oyente esto resolviendo estrechar en su» adentro».

Dejando, pues, á un lado la utilidad común, veamos las determinadas personas á quienes con mas especialidad ha de reportar ventaja el que me consagre todos los martes y sábados una breve hora de audiencia ó atención.

' Los primeros que se presentan en la galería que vamos á recorrer, son los facultativos, los médicos, los hombres dedicados al arte de curar, ó los que están cursando para ello.

Es tan notoria la utilidad de un curso sobre las enajenaciones mentales para esta clase de personas, que casi me considero dispensado de probarlo.

Siquiera, como veremos luego, haya quien niegue á los médicos la competencia para dar su dictamen en cuestiones de esta naturaleza, es lo cierto, que siempre que las audiencias y los juzgados de primera instancia han de fallar un pleito ó una sentencia acerca de alguno de cuya integridad de razón se está en duda, se^ consulla á los peritos facultativos para que informen ó declaren si realmente está ese sujeto ó no loco.

En ciertos casos, el problema es fácil; en otros, ya no tanto, y en no pocos es dificilísimo; pero en todos es siempre grande y tremenda la responsabilidad, por lo menos moral de los peritos.

En los negocios civiles, declarará un hombre cuerdo loco, oa matarle civilmente; es arrancarle de un golpe todos los derechos de ciudadano, todos los títulos de hombre social; declarar á un loco cuerdo, es comprometer de la manera mas lastimosa sus intereses y los de su familia.

En los negocios criminales, confundir con un delincuente á un enfermo, es contribuir, es dar lugar á que los tribunales cometan un asesinato jurídico; confundir con un enfermo á un criminal, es rasgar las hojas de los códigos, es barrenar la moral pública, destruyendo la salvaguardia que tiene la sociedad.

Todo facultativo que, como perito, extienda una consulta, ó un informe, ó preste una declaración de esta especie, y no tiemble, na se sienta profundamente conmovido al formular las conclusiones^ de su voto, bien puede asegurarse que, ó no se ha penetrado de la gravedad y trascendencia de su delicado ministerio , ó que está completamente destituido da todo sentimiento noble y generoso.

Sí, pues, los negocios de esa índole son gravísimos y altamente trascendentales, y es práctica y necesario que los facultativos decidan en el terreno científico lo que en el legal ó jurídico han de

decidir luego otros jueces, ¿puede caber la menor duda de que deben convenirles los estudios sobre loa extravíos mentales? Y tratando nosotros aquí de ellos, ¿puede haberla sobre la utilidad que les han de reportar estas lecciones?

Se dirá tal vez que hay tratados sobre esa materia, y que en la3 cátedras de la ciencia se lo enseñan. Reconozco una y otra. verdad; pero ¿ cómo están escritas esas obras? ¿Qué es lo que les enseñan en las cátedras de las universidades?

Desde los tiempos de Pinel y Esquirol , ó lo que es lo mismo, desde el siglo pasado y principios de este, se ha escrito mucho y muy bueno sobre las enfermedades de la razón; hay obras completas, monografías y periódicos donde abundan los escritos dignos y muy dignos de estudio y de consulta.

Mas solo que todo eso está esparcido por muchas obras de no •escaso valor: de un valor no siempre al nivel de todas las fortunas, y necesítase mucho tiempo para enterarse bien de todas las doc-f trinas y hechos en esas obras consignados; es necesario no olvidar: l.« que hay muy pocas ó ninguna escrita con el objeto que nos guia en estas lecciones; 2.<> que las doctrinas no son iguales ; que rtóna en eso como en todo una discrepancia deplorable, mas propia para embrollar que para esclarecer el entendimiento de la mayoría de los lectores; 3.® que reflejando esas obras la filosofía de las •escuelas, errónea y muy errónea bajo el punto de vista relativo al modo de concebir la razón y la locura, no pueden menos que pecar ^os escritos por su base principal.

En mi primer curso sobre la razón humana os dije, señores, que así como los filósofos no son fisiólogos, los médicos alienistas no suelen ser psicólogos; y así como aquellos no aciertan á hablar bien de la razón, por faltarles conocimientos acerca de la psicología del cerebro y otros órganos con él relacionados ; así tampoco pueden hablar bien de la locura estos, no cuidándose de los conocir mientes psicológicos, ó no procurando que estos sean la expresión genuina de lo que la naturaleza enseña.

Hé aquí, pues, cómo á pesar de que haya obras y no pocas, ni de escaso mérito, que hablan de las enfermedades mentales, puede ser útil á los médicos y alumnos de medicina, un curso que reúna y ponga de acuerdo les estudios fisiológicos y psicológicos*

Respecto de las cátedras, bien podemos considerar que no las hay. En las universidades se enseña le que se llama patología interna ó médica, y como una parte de ella, se habla de las enfermedades del entendimiento humano. Mas es tan poco lo que se dice de ellas, tan reducido el tiempo que se les puede consagrar^ que viene á reducirse á la nada.

Yo lo sé por práctica, señores; sobre lo que recuerdo haber estudiado en las escuelas de mi país, cuando llegan los alumnos á mi

¿=29 = clase, y eso que ya están en el sétimo año de su carrera, y que suelen ser estudiosos, habiendo entre ellos no pocos sobresalientes y talentos que honrarán un dia, y ya están algunos honrando la medicina española ; en punto á la locura se encuentran tan faltos de conocimientos, que yo tengo que salirme del perímetro de mi asignatura para prepararlos á la resolución do los problemas prácticos de medicina legal relativos á los extravíos de la inteligencia y voluntad humana. Ni la psicología que traen , ni lo que saben de enfermedades mentales, sirve absolutamente para nada. Bs una lamentable confesión que me hacen todos los años. Tengo que ini^ ciarlos en una y otra cosa antes de agitar las cuestiones médicolegales relativas á la locura.

Los extravíos de la razón reclaman un estudio especial; una asignatura para ellos solos, con su clínica, con su manicomio correspondiente, la práctica debería marchar paralela con la teórica. Si en las demás enfermedades ó en las físicas no se concibe su estudio y enseñanza provechosa svñ hospitales, sin salas de enfermos, tampoco se concibe el estudio y enseñanza do las enfermedades mentales sin hospitales de locos, sin manicomios especiales.

Entre los muchos motivos que tengo para no prometerme de estas lecciones todo el fruto posible, ó que seria de desear, hay la inevitable circunstancia de verme reducido á la parte teórica, de pura exposición oral. No es porque no lo crea yo conveniente, si no os presento, cuando llegue la oportunidad, algunos tipos de locos con el objeto de que la práctica vaya al lado de la teoría.

Años atrás, el gobierno creó varias cátedras especiales, y entre ellas había una de enfermedades mentales. Fué una disposición que celebraron todos los amantes de la buena enseñanza niédica. Mas si es licito inferirlo de lo que luego se ha visto, mas bien se crearon esas cátedras para satisfacer la impaciente ambición de ciertos sujetos que codiciaban una plaza de catedrático , que para responder á las necesidades públicas. A medida que esoscatedráticos «llamados de especialidades, fueron entraado chía categoría de los de número y encargados de clases genérales, las cátedras especiales se fueron suprimiendo. Los mismos que tanto hablan abogado por esas cátedras, que matearon al gobierno ó á la dirección de estudios hasta que se las hicieron establecer i>or los medios que cada cual puede imaginar, se declararon contra ellas cuando ya no servían para halagar su ambición; y como hoy ya ninguno de esos ambiciosos ha dejado de lograrlo que quería, esas cátedras no existen. No hay ninguna cátedra de enfermedades mentales, ni manicomio alguno al servicio de la enseñanza.

Nuestros establecimientos de locos distan mucho de ser lo que podrían, atendidos los notables progresos que en esta parte se han

= 30 = hecho en otras naciones. La enseñanza pública no se aprovecha de los que hay , y mientras se nombre para dirigir los establecimientos de esa especie á personas que podrán ser muy sabias y tener grandes talentos, pero que no han saludado las ciencias que mas se rozan con la beneficencia pública, es de todo punto imposible esperar que sirvan para el alivio de la humanidad doliente, ni para enseñanza práctica de los médicos.

En virtud, pues, de todas esas consideraciones que no prolongo, para que no me roben demasiado tiempo , concluyo esta parte diciendo que los facultativos y alumnos de medicina pueden hallar alguna utilidad , por falta de otra cosa mejor, en mis humildes lecciones sobre la razón humana en estado de salud, intermedio y enfermedad.

La segunda clase de personas á quienes pueden ser útiles también estas lecciones, es la de los magistrados, jueces, fiscales, abogados y escribanos.

Tampoco pienso entretenerme mucho en demostrar esa verdad, por ser á todos notoria.

Los jueces y magistrados han de entender muy á menudo en negocios civiles de la mayor entidad y trascendencia, y en negocios criminales muy graves, con no poca frecuencia también, en los que se trata de saber á punto fijo si tal ó cual sujeto está ó no falto de razón.

Hay casos en los que los hombres de la ley son los que han de decidir si un acusado ha obrado con discernimiento. En otros, y son los más, se somete el hecho al juicio de peritos, y aquellos fallan en virtud de lo que estos opinan.

Guando los magistrados y los jueces de primera instancia no poseen conocimientos psicológicos ni fisiológicos respecto de la razón humana, siquiera tengan asesores especiales ó peritos que les resuelvan la cuestión en el terreno científico, no siempre pueden tener convicción; en muchas ocasiones solo podrán tener fé, creencia, porque someterán absolutamente su juicio al juicio ajeno.

Todo negocio que haya de fallarse fundándose el auto en un juicio pericial, cuanto mas especial sea este, tanta menos convicción tendrá el juez ó jueces; porque para que su razón se dé cuenta de la verdad del hecho juzgado por peritos, es necesario que entiendan, por lo menos algo, la ciencia ó ramo que da las bases y el criterio de ese juicio. Si no la entienden, no se pueden convencer; lo que hacen es creer al perito; diferir á su voto, y fallan en sentido de esto, no porque tengan la certeza del hecho ó de que es tal como el perito afirma ó declara, sino porque creen que ese perito dice la verdad en lo que entiende.

Aunque no fuese mas que por eso, señores, aunque no tuviesen

= 31 = estas lecciones para los jueces y magistrados mas utilidad que extender la esfera de sus convicciones y reducir la de sus creencias, ^no harían bien, no seria una ventaja para ellos, y la administración de justicia, ya que no honrarme con su asistencia ó atención, procurarse esta clase de conocimientos?

Tanto los magistrados, como los jueces de primera instancia, en los negocios que nos ocupan, han de indicar ó proponer por lo menos ciertos procedimientos y diligencias para averiguar á punto fijo la realidad ó la ficción de una locura, y bien se deja comprender que si poseen los conocimientos relativos á la materia que va á formar el objeto de esta cátedra, esa dirección, esas indicaciones, esos procedimientos han de mejorar notablemente y contribuirá la perfección de la administración de justicia.

No quiero hablar, señores, de los fallos y del mejor acierto que han de reflejar, si los magistrados y los jueces conocen la locura y sus diversas formas; porque hay cosas claras y evidentes que, ó no se demuestran, basta enunciarlas, ó si se entra en su demostración, no se acaba nunca, porque son tantas las razones que las ponen de manifiesto, que la tarea se hace forzosamente larga.

Loa abogados fiscales se hallan bajo muchos puntos de vista en igual caso que Ios-magistrados y los jueces. Encargados de la acusación de los delincuentes, y fundándola en el grado de culpabilidad que estos tengan, si hay dudas acerca del estado mental del acusado, no formulan su dictamen hasta tanto que los peritos hayan dado su declaración científica : esta puede modificar notablemente su modo de ver en el negocio; por lo tanto, si conocen todo io que sea dable conocer respecto de la locura y sus formas, esa modificación, ese modo de ver será, como el de los jueces, una <ionviccion, no una creencia ó fé; su dictamen, su juicio, será mas suyo, mas directo y mas profundo.

Los fiscales muy á menudo, para esclarecer ciertos puntos de conocimiento especial, proponen al juzgado ó á la audiencia que se mande practicar ciertas diligencias ó reconocimientos por peritos; y puesto que ellos toman con frecuencia la iniciativa en esa clase de actuaciones, no puede menos de serles altamente útil un estudio sobre la locura, para que sepan qué es lo que han de proponer, qué problemas puede resolver la ciencia, y de qué manera se ha de marchar en busca de la responsabilidad criminal, por el inextricable laberinto donde se oculta algunas veces.

Teniendo los fiscales de las audiencias y juzgados algunos conocimientos sobre la locura y sus formas, serán menos los casos, y tal vez ninguno , en los que confundan lamentablemente á un enfermo con un criminal, y darán menos veces lugar á que los jueces condenen á penas aflictivas mas ó menos terribles á desdichados que no han obrado con libre albedrío , puesto qne la práctica en-

seña que, por punto general, el fallo de los jueces no viene á ser mas que la sanción del dictamen del ñscal.

No solo no tomarán por cuerdos á ciertos locos, dando lugar á que la administración de justicia escandalice á la humanidad cas-* tigando mas ó menos duramente actos no voluntarios, sino que po« drán estar perfectamente pertrechados para destruir con facilidad la artificiosa trabazón de las defensas hábilmente hechas de verdaderos delincuentes , á los cuales sus defensores tratan de presentar como irresponsables, suponiendo que adolecen de una enfermedad mental.

Los abogados defensores á su vez, los que sostengan la inculpabilidad do los acusados realmente locos en las causas criminales, y los que en las civiles defiendan, ya la integridad de razón de un sujeto, ya su extravío intelectual, sobre reunir gran parte de las ventajas ya indicadas respecto de los magistrados, jueces y fiscales, tendrán la de poder desempeñar su cargo con mas copia de datos, con mas cabal conocimiento del hecho y con mas fundada esperanza de dar el triunfo á la verdad.

En una palabra, señores, los magistrados, los jueces de primera instancia, los fiscales y promotores fiscales y abogados reportarán, de estas lecciones sobre la locura todas las ventajas que les darla indudablemente un estudio apropiado de la medicina legal 6 jurisprudencia médica, puesto que las cuestiones periciales sobre los extravíos de la mente humana forman parte de esa ciencia.

Los hombres que se dedican á la noble é importante carrera de la jurisprudencia no saben las incalculables ventajas que les pueden reportar para la brillantez de su profesión los estudios médicolegales. En igualdad de las demás circunstancias, yo no vacilo en afirmar que el abogado instruido en ese ramo, se elevará siempre muchos codos sobre el nivel de sus comprofesores, y en muchísimos pleitos y debates judiciales podrá parecer un gigante entre IHgmeos.

Si se penetraran nuestros gobernantes de esta verdad , tanto mas no: Oria y resplandeciente cuanto más se medita sobre ella, bien sé yo que entre las asignaturas de la ciencia del derecho figurada en su debido lugar una cátedra de jurisprudencia médica. Lo que con ^la ganarla el talento y el saber actual de nuestros abogados y la administración de justicia, no tiene ponderación, y no se necesitan esfuerzos de dialéctica para probarlo; esa es una de aquellas ideas que llevan en su simple enunciación la prueba plena Basta pensar en ello para ver el sinnúmero de razones que pululan y hierven alrededor de esa verdad. Es como el cristal transparente de un diorama, que basta aplicar el ojo á él para ver una infinidad de bellezas tomadas de los cuadros naturales.

Por eso yo no me canso, ni me cansaré jamás de inculcar esa

= 33 =. idea, de arrojar esa semilla en todos los campos, hasta que dé con uno donde germine; por eso me he lamentado siempre de que en vez de tantas leyes inútiles, infructuosas, por no decir perjudiciales, como se están haciendo todos los días, no aparezca una que tienda á regularizar ese ramo déla administración de justicia; por eso, en fin, deploro que no se organice el ramo de médicos forenses, tan necesario para esa administración, si se quiere que haya en ella orden, regularidad, rapidez y acierto, y que ni el ministro de Instrucción púhlica, ni el Consejo de este ramo, no se hayan decidido en la última reforma , igual que en las demás , á crear una cátedra de jurisprudencia médica.

Quien no vea esa necesidad , ó su altísima importancia, da una flagrante^ prueba de que no ha meditado nunca sobre ese asunto.

Los escribanos, señores, también son de los que figuran en el segundo grupo de personas á quienes convienen con especialidad lecciones sobro los extravíos mentales. Aun cuando no fuese mas que por el deber riguroso en que están, ó que les imponen los códigos, de no autorizar documento alguno, y en especial los testamentos, sin que les conste la integridad de razón de los que los otorgan, bastaría y sobraría para probar que han de sacar algún fruto de lo que se diga aquí sobre los trastornos de la mente.

La tercera clase de personas especiales que pueden reportar algún beneficio para sí y para los demás, de algunas nociones sobre la razón humana, sana y enferma, son los legisladores.

Hoy dia, señores, no puede haber un solo legislador para la publicación de los códigos de un pueblo; y cuando digo que no puede haber un solo legislador, no me refiero á la institución política que supone. Ese legislador tendría que ser un rey absoluto ó un emperador despótico; y que hoy no puede haber ni reyes absolutos,^ ni emperadores despóticos entre nosotros , es una cosa tan clara y tan evidente, que negarla es estar loco. Yo comprendería entre ciertas formas de la locura, de que me propongo tratar, al que de veras, con plena convicción, rae viniese hablando de reyes absolutos en España.

Los reyes absolutos pertenecen á la historia; para verlos hay que ir á los museos, donde se guardan las armas y trofeos de otros tiempos, y á los archivos, donde se custodian las instituciones de otros días.

El absolutismo es una especie de animal antidiluviano que el cataclismo de las revoluciones modernas ha sepultado entre ruinas. Allí yace convertido en un fósil, en una figura petrificada, de la cual, haciendo alguno que otro loco excavaciones aquí y allá, saca una vértebra, una costilla, un colmillo, una garra, un rabo ó una pata, para que las gentes actuales se admiren de que tan informe, bestia haya podido vivir en la superficie de los pueblos.

RAZÓN HUMANA. — 3.* PARTB. — 3

= 34 =

Solo pueden pensar en el absolutismo los que no hallan en un gobierno representativo, ni el mas falsificado , suficiente pantalla para ocultar sus miras personales; por eso buscan y suspiran por un rey imbécil, libertino ó descuidado, para convenir á su sombra ú la nación en patrimonio de unos cuantos y esclavizar al prapio tiempo que al pueblo al mismo rey, ya halagando sus vicios, como lo hacen los cortesanos, ya exagerando sus sentimientos religiosos, ó favoreciendo su hipocresía, como lo hace cierta parte del clero, que en tanto que proclama el absolutismo como la mejor forma de gobierno, se aviene con las prácticas democráticas y republicanas del sacerdocio cristiano, que hace electivo al Papa, y que democráticamente elegia á los jefes de los conventos , habiendo también* en esas elecciones sus luchas, sus disturbios, sus palos y hasta sus puñaladas.

No me refiero, pues, á ese absolutismo, cuando digo que hoy dia un código no puede ser la obra de un solo legislador. Me refiero al caudal de conocimientos que para ello se necesita, al carácter enciclopédico que debe forzosamente tener la obra , y hoy dia no hay hombres enciclopédicos.

Hoy no son posibles los Solones, los Licurgo, los Moisés, los Confucio, los Numa, los Justiniano, los Mahoma, los Alonso el Sabio. Las ciencias han crecido demasiado para abarcarlas todas un solo hombre. Hoy los códigos han de ser la obra de muchos sabios, ó de cuerpos legisladores, ó comisiones científicas.

Guando el gobierno quiere presentar á las Cortes un proyecto de ley sobre asuntos graves, trascendentales y complicados, quedemanda conocimientos vastos y especiales , por lo común nombra paradlo comisiones, y luego, si apruébalo que estas le presentan, hace suyo el proyecto de la comisión, y le abandona á los debates parlamentarios, tras de los cuales viene por último la sanción del rey.

Así se ha publicado el Código penal ; así el de procedimientos civil, y así se publicará probablemente el código civil y el de procedimientos criminal.

Los hombres llamados para redactar esos proyectos, son ó deben ser peritos en la materia; se procura que lo sean; sin embargo, cuando en 1843 se nombró una comisión para que redactase proyectos de códigos, no se llamó á ningún médico, como si no huDiese de haber leyes cuya confección no puede ser cabal sin conocimientos fisiológicos, por cuanto se rozan íntimamente con la ciencia del hombre físico.

Los legisladores de otros tiempos conocían esa ciencia y la aplicaban á los códigos. En la legislación romana hay mas de un ejem- ,plo<le esta verdad. Leed las Partidas, y por ellas conoceréis fácilmente que el rey D. Alfonso sabia la fisiología de su siglo.

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La legislación relativa á la locura, á Ja privacioD de personalidad y ala exención de responsabilidad criminal por ella, se roza íntimamente con los esludios médicos; y si no se tiene conocimiento <ie ellos, es muy posiiDle, por no decir inevitable, que las leyes que so hagan respecto de los desgraciados que han perdido la razón, .salgan plagadas de defectos capitales. Os daré ima prueba pjáctica <ie esa verdad cuando me haga cargo de lo dispuesto en nuestros códigos sobre ese grave asunto.

Los legisladores, pues, necesitan tener algún conocimiento sobre ia locura, si quieren hacer algo de provecho acerca de ella, y por lo tanto les han de ser útiles estas lecciones.

Y como los senadores y diputados son hoy dia entre nosotros los que hacen las leyes con la corona, resulta que no estarían mal en •esos bancos algunos senadores y diputados si no han hecho estudios sobre las enajenaciones mentales.

No digo otro tanto de la corona ó de los señores ministros que en este sentido la representan; porque pedir á los ministros que asistan -alas cátedras, ya comprendéis que es demasiado pedir. Tienen muchas ocupaciones, y de vez en cuando se sientan en las sillas ministeriales alguno que no solo no está dispuesto á ir á las cátedras, sino que no ha leido en su vida, por propia confesión, mas que dos ó tres libros, y viendo que estaban discordes, no ha leido ninguno más.

También sé que, así como ha podido ser ministro de Espafta un hombre que no ha leido ningún libro, puede haber más de un senador y más de un diputado que no hayan leido muchos más, ni sabrán nada de lo que se enseña en los libros y en las cátedras, porque ni el gobierno propone sus candidatos, ni los elige el pueblo •electoral entre aquellos que hayan asistido á mas aulas , leido mas libros y acreditado mas talento y mas ciencia.

Las condiciones del elegido andan rodando por otra eirfera; son •otras circunstancias las que se busQan generalmente por parte del gobierno y sus amigos en los representantes del país, y afortunadamente no tengo necesidad de indicarlas. Cada uno de vosotros las está diciendo en el fondo de su conciencia.

En cuanto á los senadores, basta ceñir una mitra, aun cuando se haya ganado presidiendo juntas de facciosos ó acaudillándolos durante los siete años de guerra fratricida , ceñir una espada 45 una faja, tener escudos góticos ó escudos acuñados en alguna €asa de moneda, para ser buenos senadores y poseer la ciencia infusa.

Pero de que eso suceda así, no se sigue que no fuera mucho mejor que los senadores y diputados conocieran al menos por el percamina, como se suele decir , aquellas ciencias que tienen relación con las leyes que se discutan para que luego las sancione el rey, y como las han hecho y han de hacer sobre la locura; por eso desea-

= 36 =

ria yo que conocieran algo de los extravíos de que es susceptible la razón del hombre.

La cuarta clase de personas á quienes puede reportar alguna utilidad este curso ó su materia, está formada por los literatos.

A primera vista, señores, tal vez no comprenderéis cómo y de qué manera pueda convenir á los literatos un curso ó tratado de enajenaciones mentales; sin embargo, nada mas fácil y sencilla que demostrar esa utilidad y conveniencia.

Los literatos, no dando á esta palabra toda su latitud, circunscri-^ bicndo su significado, como se suele ver vulgarmente á los escritores, poetas dramáticos y novelistas, tienen que conocer no solo el corazón humano con todos sus instintos y sentimientos, ya normales, ya apasionados, sino también los caracteres, los rasgos gráficos,. la mímica de esos afectos y hasta el sello físico de los personajes que pongan en escena ó en acción.

Ahora bien; un estudio sobre la razón humana, tal como le hemos hecho aquí en los años anteriores y como le vamos haciendo en este, los ha de conducir de seguro á ese conocimiento, porque por él le tendrán délas demás facultades del hombre y de sus recíprocas influencias que determinan los caracteres y las fisonomías morales.

Hay además otra circunstancia práctica que hace mas útil y hasta necesarias estas lecciones sobre la locura para los escritores' dramáticos y novelistas.

Nuestros escritores novelistas, y dramáticos sobretodo, van teniendo mas que regular afición á los locos , si es lícito deducirlo áe la frecuencia con que los ponen en escena; pero el modo como la hacen, manifiesta claramente que no tienen igual afición á hojear los libros donde se habla un poco de la locura.

Recuerdo, señores, que en la temporada de 1851 á 1852, se desarrolló entre nuestros escritores de dramas , comedias y zarzuelas una especie de manía por presentar en el teatro personajes destituidos de razón. Se echó la Adriana, y allí hay una enajenación mental debida á unos polvos que envenenan á aquella actriz solo oliendo un ramillete. Se echó la Baltasara, y apareció una sonámbula; se echó las Espinas de una flor, y vino una maníaca; se echóla L^?/ de rasa, y allí se presentó otra maníaca, primero furiosa^ luego tranquila y razonadora con sus puntas y collares de bufona. Si la memoria no me es infiel, se habia echado ya otra produccióndramática, una zarzuela, que si la cito al fin, es porque puede considerarse como el trueno gordo: se llama Jw^/ar con fuego, y en ella no es tan solo un personaje loco, sino todo un coro de Orates lo que sale á la escena con la peregrina particularidad de que todosIos locos tienen la misma manía; á saber, la de desnudar al prójimo, idea bastante común entre los cuerdos, destruyendo con ello Ja verdad del refrán antiguo : Cada hco con su tema.

= 37 =

Si hubiese durado algunas semanas más el año cómico, y hubieren dado nuestros poetas en la flor de ofrecernos otros tipos de lo- -cura, hubiéramos tenido dos establecimientos de locos, uno en Lemanes, destinado á estudiar á los loco» verdaderos y curarlos; otra ^n los Basilios (*), muy propio para volver locos á los cuerdos r para estudiar prácticamente en materia de insanias, lo que no han visto en sus dias ni Pinel, ni Esquirol , ni Lelat, ni cuantos se han dedicado á este género de estudios.

No trato aquí de discutir si es ó no atentar contra las reglas del buen gusto presentar en escena, y sobre todo para excitar la risa 4el público, una de las mas terribles y desgarradoras desdichas del linaje humano; mas ya que se haga, que los autores dramático» procuren ver antes algún tratado de insanias, y examinar allí cuál -de las formas de la locura tiene mas cabal fisonomía para ser una buena figura estética en el teatro.

Sin ánimo de ofender á ninguno de nuestros literatos, debo consignar aquí una gran verdad, y es que todo lo esperan do su ingenio; creen poderlo adivinar todo; se figuran que una imaginación fecunda se basta á sí misma para todo, por lo cual incurren en el mas lamentable de los errores.

El ingenio, la imaginación , tienen á la verdad algo de la actividad divina; también pueden crear, no de la nada, porque esta inmensa é incomprensible facultad solo pertenece al Ser Supremo; pero sí de lo ideal y cuanto exista en el mundo sujetivo, es posible que el genio lo adivine , es muy posible que el genio estalle en relámpagos explendentes cuando da con una de esas creaciones de apreciación intuitiva, para las cuales no se necesitan inmediatamente los sentidos, ni hacen falta las imágenes actuales ó directas, ó lo que es lo mismo, las impresiones de los objetos exteriores.

Que el genio desplegue sus atrevidas alas por la región de las ideas archivadas en los recuerdos; que las desplegue también por las especies sin fin de sentimiento; que vuele, en una palabra, por esos cielos donde el hombre, por lo mismo que se aproxima á la mansión de los espíritus, no necesita de objetos ni sentidos para pensar ni sentir en lo pasado, se basta á sí mismo con sus recuerdos, su reflexión y sus impulsos internos y afectuosos.

En semejantes casos, pueden ser ociosas las bibliotecas y las cátedras; pueden ser innecesarios los estudios objetivos del momento; puede ya prescindir el genio de las existencias exteriores y romper todos los lazos que con ellas le relacionen.

Esa es la región del genio; allí está en su elemento; allí puede -crear. Cuanto mas original sea su concepción, cuantas menos reminiscencias tengan sus producciones, cuanto menos reflejen sus.

l^) Anliguo teatro de Lope de Vega que hoy ya no existe.

= 38 = destellos la luz de otros ingenios, mas admirables han de ser como potencias creadoras.

Mas si se trata de dar formas artísticas á los hechos materiales ; si para hallar esas formas siente el poeta ó el escritor la necesidad de^ salir del mundo de su conciencia propia; si necesita los sentidospara dar con esas formas que no están en él porque existen en el exterior; el genio, que solo cuenta con sus fuerzas naturales ó congénitas, ya no es el águila caudal que azota con sus robustas alas las regiones del Olimpo; es el águila inexperta que ha equivocado la atmósfera ó los elementos, que so ha sumergido en el mar, qüefaletea con fuerza hercúlea, si se quiere, pero por un momento; y con movimientos convulsivos precursores de la agonía, que le harán tlotar luego á la merced de las olas y la convertirán en han^ quete, y holgado, de peces grandes y chicos.

Nuestros literatos, mejor dirémoá casi todos los literatos, olvidan estas verdades. Síenteü la riqueza, la exuberancia de su ingenio y tiran con desdeñoso ademan los libros, por poco que la pereza, por la cuenta que le tiene adule al genio, diciéndole que se basta y se sobra para volar y dominar las regiones de la gloria; por lo cual, á cada paso vemos engendros monstruosos constituidos por esos dos elementos; muchísimo ingenió y muchísima ignorancia.

Convénzanse una vez nuestros escritores de la necesidad en quo se encuentra: un autor* de ser un tanto erudito. Persuádanse á que los estudios morales y físicos del hombre, son necesarios para el que ha de presentar en escena ó acción al hombre físico y moraL Ellos, que deben haber manejado algunas veces ciertas obras que hablan de estética, ya habrán léido aquella máxima tan sabida del' didáctico del Tibér:

Nulla sit ingenio qüam non livaferit artem.

Os empeñáis en que alguno , el principal personaje de vuestro drama, sé vuelva loco; ¿lo queréis así para conmover el corazpn de los espectadores con discursos' y con mímica delirante, prefiriendo esos rasgos lamentables del entendimiento y de la voluntad enfermos á los del entendirniento y corazón apasionados? Bnhora* buena. Pero ya que faltáis en el fondo á las buenas reglas de la estética, obedecedlas por lo menos en las formas. Escoged ün tipo do alteración mental que sea verosímil : así como debéis dar á cada: pasión fisiológica, á cada sentimiento cuerdo su palabra y su míniicacoí^respondiente, dádselas también á los locos, cuya imagen nos presentáis en las tablas.

En punto á las formas sensibles de la locura, los poetas y los actores participan de los errores del vulgo. El vulgo cree que para estar loco es necesario gritar,- gesticular, revolver los ojos, sentir

= 39 = arrebatos de ira, proferir despropósitos, hacer discursos incoherentes, tener transiciones bruscas , pasar de la cólera mas furiosa á la mas estrepitosa risa; soltar después de un gemido profundo una extensa carcajada. Los poetas hacen otro tanto; recójase todo lo que hacen decir á sus personajes locos; pónganse en parangón los personajes locos de todos los dramas, y todos parecerán calcados sobre una misma forma; discurso y mímica todo es igual; hay un estereotipo para esas creaciones. Sabiendo que sale un loco en un drama, ya podéis adivinar lo que dirá y hará, y es lo mismo que el vulgo cree. Gomo todo el genio del mundo intelectual no alcanza á adivinar las formas de la locura, como no se pueden saber sino estudiándolas en los libros ó en los hospitales , ü observando á los desdichados que las presentan; el genio ignorante que pretenda ha^ cerlas escenarias, ya no es genio, ya es vulgo como el auditorio, como el público mas profano que asista al drama.

Otro tanto puede decirse de los actores, ora salga lo que ejecutan de sí mismos, ora se lo advierta el autor en oficiosas acotacionesÑo hay loco ni loca que no salga desgreñado ó suelta la cabellera, lleno de harapos el sexo masculino , vestido dé luto el femenino. Hablan y se mueven siempre como dominados por el error de los sentidos ó por la alucinación; siempre están pálidos, siquiera hayan de hacer el furioso, y dicen y ejecutan cosas demasiado sabias para locos, demasiado necias para cuerdos.

Obsérvase además que la forma predilecta es la manía furiosa con intervalos lúcidos, una manía que va y viene con la volubilidad y ligereza de la ardilla; basta un hecho desgraciado, grave, para trastornar completamente la razón del protagonista, como la trastoma un exceso de Champagne, y después de haberle visto en una escena rematado, viene otra en la que ese loco recobra la razón, como pudiera recobrar una alhaja perdida después de haber puesto en el Diario de Avisos el anuncio, las señas de las casa y la gratificación del hallazgo.

Convenimos en que todo eso es muy cómodo; las peripecias no han de faltar; así ya se puede ser atroz con la razón de los personajes; el poeta la maneja como el que enciende los faroles del alumbrado de gas; basta un ligero movimiento de resorte para que la luz nos deslumbre ó nos quedemos sumergidos en las tinieblas. Con semejantes libertades poéticas, el arte es una California de reputación; la fama está derramada á granel; no hay que excavar en busca de vetas ni filones; no hay que cribar la arena; todos los granos son oro; no hay que fundir ni lavar la ganga; todo es purísimo riel. Esto es lo que se llama despacharse á su gusto.

¿Ganaría el arte y el público, saliéndose los poetas dramáticos de esa pisoteada senda? ¿Podrían ofrecerse novedades interesantes siempre, suponiendo que transija la crítica con esas figuras estéti -

= 40 = €as, presentándose personajes que fuesen idiotas , imbéciles , dementes, maníacos de otro modo ó monomaniacos? Creemos que sí, y os vamos á citar por ejemplo, un hecho conocido de todos, de naeionales y extranjero?.

Ved lo que ha hecho Cervantes. Nadie ha comprendido mejor lo dramático de la locura. D. Quijote es un tipo excelente de monomaníaco. Agitad delante de ese personaje cualquiera cuestión que no se roze con la caballería andante. No solo es un hombre cuerdo, es un sabio. No solo tiene ingenio, sino ciencia. Miguel de Cervantes toma para hablar el antifaz de D. Quijote, como toma Rousseau el de Saint Preux, el amante de Julia; como toma Chateaubriand el de Rene; como toma Biron el de Chitde Harold, el de Lara, el del Giaar, el del Corsario, por no decir el de D. Juan. Cervantes dice lo que sabe y siente.

Desvíase la escena, se trata de los caballeros andantes, ahí está el loco; el hidalgo manchego abre las cataratas déla sinrazón y del delirio; si antes pensabais en ceñirle una corona como prez de su cordura, ahora andaréis buscando en qué casa de Orates deberéis encerrarle. ¿Cuándo interesa más D. Quijote?¿Cuando cuerdo ó cuando loco? ¿Cuando su razón se cierne en el ciclo del entendimiento y voluntad acordadas, ó cuando se precipita por los derrumbaderos sin fondo de su fantasía monomaníaca?

Ahí tenéis, poetas aficionados á los personajes locos, un buen modelo que imitar. Sed poetas de esa suerte, y adquiriréis gloria legítima y perdurable.

¿Por qué Cervantes se ha hecho tan célebre con su monomaniaco? Porque no inventó, porque no fabricó su tipo, porque presentó la verdad: así son en el mundo real de la desdicha los monomaniacos, siquiera la idea ó el orden de ideas delirantes tome otras formas sensibles.

Después de las reflexiones que preceden, creo que puedo dar ñn á esta pp.rte diciendo que los Uteratos pueden sacar algún fruto de estas lecciones y que con ello serán mas exactos y estarán mas atinados cuando pongan á uno ó mas locos en escena.

Réstame, por último, señores, ocuparme en la quinta clase de personas que masespecialmentepuodenreportaralgunprovecho de estas lecciones. Aludo á mis queridos y simpáticos curas párrocos.

Prescindo aquí de la obligación que tienen de no administrar los santos auxilios á los que no se hallan en uso de razón, aunque no dejará de serles útil este curso también bajo este punto de vista; me refiero principalmente á una ley que les comete el cargo de informar sobre las alteraciones mentales; que los declara peritos para ciertos casos, y peritos superiores á ios facultativos; puesto que estos no hacen falta en cuanto un cura párroco dé su voto soi)re el estado mental de un mozo de reemplazo.

= 41 =

La ley de quintas, en efecto, decretada por las Cortes constituyentes en 1855, dice en su artículo 73 que c serán eximidos del servicio de las armas los mozos que aleguen alguna enfermedad ó defecto físico incompatible con ese servicio según lo que la ley determine. »

En el artículo 110 de Ja misma ley, se habla del reglamento que debe dar el ministro de la Gobernación con el de la Guerra, respecto de todo lo relativo á los facultativos que deben declarar y que ha de comprender el cuadro de las exenciones físicas sujetas á reconocimientos : el reglamento y el cuadro se publicó y todo está vigente.

Pues bien, señores; el artículo 3.° de ese reglamento previene que las enfermedades de segunda clase se declaren incompatibles con el servicio de las armas, por el reconocimiento y Ja presentación de un expediente justificativo, y el articulo 4,** expresa qué documentos han de componer ese expediente, y entre ellos figura el informe de los curas párrocos ; y si bien cuando se trata de otras enfermedades y defectos físicos, el informe de los curas párrocos no es mas que un documento, necesitándose además la instancia del interesado, una declaración j uramentada de seis testigos, otra de los facultativos que le hayan asistido, el informe do los síndicos del ayuntamiento y el dictamen de este; cuando se trata de alteraciones mentales no se necesita mas que el informe de los curas párrocos, á no ser que haya quien reclame la instrucción del expediente en todas sus partes.

Yo no debo, señores, hacer aquí la crítica dehesa ley ó reglamento que da semejante encargo á los sacerdotes ó curas párrocos, porque lo reservo para otro dia, en el que me haré cargo de todas las disposiciones legales que se refieran á la locura para examinar si necesitan ó no reforma.

Prescindo por ahora de ese privilegio indebido, por no decir ridículo, que ha dado á los curas párrocos lo que muchos de estos llaman el ominoso bienio^ contra toda justicia y conveniencia, suponiendo que el informe de un cura iguala á tantos requisitos como exige la ley cuando se trata de otras enfermedades; que el simple informe de un cura vale mas que una declaración juramentada de seis testigos, que asi pueden ser mozos de reemplazo, como sus padres, sus tutores, personas de veracidad, representación y arraigo en los pueblos, yaque no todas, muchas de ellas; más que una declaración juramentada también de los facultativos que han asistido al que pide exención; más que el informe de los síndicos; más que el dictamen de todo el ayuntamiento, formado por lo común de personas respetables, por lo menos bajo t^l punto de vista de la veracidad tanto como cualquier sacerdote, puesto que ningnno de esos documentos basta por sí solo, y el del cura, que no es puramente mas

= 42 = que un simple informe ó certificación, basta de todo punto, mientras no haya reclamación.

Prescindo del espíritu que guiaría á los anarquistas y anticatólicos de los dos horribles anos, persiguiendo al clero español con esa deferencia y privilegio que Gobiernos moderados y casi absolutistas no habian soñado siquiera en darles.

Prescindo de si son ó no los curas párrocos hombres tan impecables que sea imposible en ellos de todo punto faltar á la verdad, ó prestarse á las flaquezas humanas para favorecer á un mozo de una familia amiga.

Prescindo, en fin, de que cuando los tribunales necesitan resolver pericialmente un problema relativo al estado mental de un sujeto, jamás llaman á los curas para que les den las luces científicaát que les faltan, siquiera con motivo de su especial ministei'io, puedan saber si está ó no loco un mozo de reemplazo.

Yo tomo el hecho, tal como me le da la ley vigente ó el reglamento que he citado sobre quintas; y en él veo que los curas párrocos han de informar sobre el estado mental de los jóvenes en de-^ terminados casos , y veo ademas que su informe puede valor por todo un expediente; y como yo no sé que muchos curas párrocos hayan estudiado psicología, y menos aun ciencias fisiológicas ó médicas; como no creo que los que estudian teología, incluso el doctorado, hayan aprendido nada relativo á la locura^ como puedo asegurar sin temor de equivocarme, que ni Perrone en sus fundamentos de la Religión, lugares teológicos é instituciones de teología dogmática, ni el salmaticense, ni Just en su teología moral y pastoral, y oratoria sagrada, ni Glaise en su Sagrada Escritura, ni Aguirre en Derecho canónico y su historia y disciplina de la Iglesia; ni Blanco en su lengua hebrea, ni Lozano en su lengua griega, se ocupen en estudiar la locura y sus formas y los medios de conocerla; y al propia tiempo que sé todo eso, creo también que los curas párrocos son hombres de conciencia timorata y escrupulosa, y que ya que se ven precisados á informar sobre el estado mental de los mozos de reemplazo , querrán informar con conocimiento de causa y plena seguridad de que no yerran ni exponen á las autoridades á cometer horribles injusticias, ni á las familias á sufrir las funestas consecuencias de los errores del informante; y por lo mismo considera que un curso sobre la locura les ha de sentar perfectamente, le&' ha de proporcionar conocimientos muy útiles para ellos y para sus feligreses; por lo cual tendría yo un gran placer también viéndolos en esas sillas, ya con su traje talar, ya con su modesta levitaó negra capa.

Creo, señores, que he' demostrado la utilidad de estás lecciones para todos en general, y eü especial para ciertas clases de personas, las que he ido indicando ó recorriendo por turno, conforme os lo

= 43 = habia anunciado al principio de esta conferencia, y que por consiguiente he cumplido con el primer empeño de mi programa sin apartarme de él como no tengáis por desvíos esas ligeras digresiones que se me vienen á los labios sin quererlo.

Ya sabéis, señores, que en mis lecciones yo no marcho coma una locomotora ó los vagones de un tren, los cuales no se salen de los ralis por donde corren las ruedas, cuando el camino está bien construido y llevan un inteligente conductor.

Yo marcho, como el peón viajero, como el soldado, que si ven en las márgenes del'camlino una flor, una fruta á la mano, ó una fuente, etc., se salen del camino real, cogen la flor, la fruta ó toman una bocanada de agua que les refresca los labios, y luego vuelven á seguir su ruta y así llegan al término de su viaje.

Esas pequeñas escursiónes no interrumpen la jornada; todo lo más' qiie hacen es que en vez de ser recta la ruta sea' mixta, compuesta dé líneas rectas y curvas.

Concluyamos, pues, por hoy, y aplacemos para la lección siguiente el segundo punto de nuestro programa, esto e&, la exposición y crítica de lo que hay consignado en los códigos vigentes, tanto civiles como criminales , con relación á la locura y alguno de sus comentadores, lo cual, como ya lo previne, vendrá á ser una especie de ampliación de la utilidad que pueden reportar de este curso ó de estos estudios los legisladores.