Un antiguo rencor · Capítulo real 3 de 12

Capítulo 2

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

DE CÓMO UNA CASUALIDAD VUELVE Á ENCENDER LA GUERRA.

Cuando la señorita Guichard supo que Fortunato tenía un niño á su lado, su primer impulso fué esparcir el rumor de que sería algún pilluelo escapado de Mettray ó de la prisión de jóvenes que éste había recogido en la calle para jugarla una mala partida; pero, contra lo que ella esperaba, la historia no hizo fortuna. Todo el mundo había conocido al señor Aubry, el padre del huérfano, y la generosa intervención de Roussel fué bien juzgada. Su primo Bobard, astuto abogado, llegó á insinuar que el acto era hábil, porque, decidido á permanecer soltero, Roussel se proporcionaba un heredero como medio de desheredar á la señorita Guichard si moría antes que ella.

Clementina no había prestado nunca atención al desagradable pensamiento de que si ella era heredera de su primo Fortunato, también éste debía heredarla, en su caso. En un momento, esa perspectiva abierta por Bobard la sublevó. ¡Cómo! ¡Algo de lo suyo podría ir á su enemigo! ¡Podría éste jactarse de haberse desembarazado de su odio al mismo tiempo que se apoderaba de su herencia! ¡Tendría la alegría salvaje de verla descender á la tumba de familia y de gozar después no sólo de la fortuna del tío Guichard, sino de la suya propia! ¡Nunca! Sus cabellos se erizaron de horror, y exclamó:

--¡Ah! ¿Él tiene un hijo adoptivo? Pues bien, ¡yo también tendré otro!

Bobard, que tenía un hijo en el colegio, insinuó en seguida á Clementina que podía encontrar en ese muchacho un hijo sólido, obediente y respetuoso, pero un varón no convenía á la señorita Guichard. El instinto de su sexo le hacía desear una niña. Hizo saber su deseo á un médico y le declaró resueltamente las condiciones que debía llenar la candidata; tener dos años al menos y tres cuando más; no tener madre ni padre, á fin de evitar toda reclamación; ser bonita, rubia, con ojos azules. En cuanto al carácter, ella se encargaría de formársele y sería bueno.

Ocho días después la señorita Guichard recibía aviso de que una nodriza de Courbevoie tenía una niña que realizaba absolutamente el programa formulado. El padre y la madre habían muerto y como hacía un año que nadie pagaba las mensualidades, aquella mujer, muy pobre, se iba á ver precisada con gran sentimiento y después de haber tardado todo lo posible, á llevar la criatura á la Inclusa. La señorita Guichard subió inmediatamente al coche, se fué á Courbevoie, vió á la niña, que se llamaba Herminia, la encontró á su gusto, dió quinientos francos á la nodriza y se fué colmada de bendiciones y llevando triunfalmente á su heredera.

En su condición de mujer soltera, le pareció inconveniente el ser llamada mamá y enseñó á Herminia á llamarla "mi tía." Pudo desde entonces desafiar á Roussel no sólo en el presente, sino también en el porvenir. La hija de la una valía por el hijo del otro. Pero, cosa singular, el corazón de Clementina no se fundió, como el de Fortunato, al calor de esta nueva afección. Amó á Herminia, no por la dicha de amar, sino porque le servía de aliada contra su enemigo. El encanto, la gracia, la inocencia de la niña no lograron apoderarse por completo de la señorita Guichard, que no fué verdaderamente sensible más que al útil apoyo que le proporcionaba aquella criatura, en su lucha contra Fortunato.

No pudo desconocer, ciertamente, la dicha que entraba en su casa, que era, antes de la adopción de Herminia, como una jaula sin pájaro y que ahora llenaba la niña con sus risas, con sus cantos, con su alegría. Pero Clementina era menos accesible á estos goces deliciosos que á la áspera satisfacción de pensar veinte veces al día: "He perjudicado á Roussel."

Educó á Herminia con perfección pero severamente. La cuidó con el celo de un artillero por su cañón. Cuando la niña estuvo enferma, la señorita Guichard experimentó vivas inquietudes, llamó al mejor médico y hasta pasó en vela algunas noches; pero jamás experimentó ese ardor espiritual que templa la atmósfera en torno de un niño y le hace vivir en medio de la mayor seguridad, en la evolución de un tranquilo desarrollo. Jamás su corazón de mujer tuvo los pequeños refinamientos de afecto, las delicadas atenciones que Roussel prodigaba á Mauricio.

Se hizo amar por su hija adoptiva, pero se hizo más respetar. El nombre de "tía" convenía por su frialdad á las relaciones afectuosas que Herminia tenía con la señorita Guichard: llamarla mamá hubiera sido imposible, porque en realidad era tratada como una sobrina.

Durante quince años la vida no ofreció graves incidentes. El rencor de Clementina no estaba extinguido, sino en ese estado de incubación semejante al de los volcanes que no revelan su actividad interior más que por los tenues hilos de humo que se escapan por sus costados. Ni Roussel ni la señorita Guichard habían hablado de sus disentimientos á Mauricio y á Herminia, obedeciendo al miedo de sembrar el odio en aquellos sencillos espíritus.

Los dos muchachos crecieron y entraron en la edad juvenil. Mauricio, después de terminar sus estudios, había manifestado una afición muy marcada por la pintura. Como estaba llamado á ser rico, pues el capital de su padre, cuidadosamente administrado, producía treinta mil francos de renta y Mauricio le había asegurado una considerable fortuna por una donación _inter vivos_, poseía todos los medios necesarios para realizar sus aspiraciones artísticas. Roussel, siempre práctico, no se contentó con que su hijo fuese un simple aficionado.

--Todo lo que se hace, le decía, es preciso hacerlo con perfección. Deseas pintar, no me opongo; pero te exijo que trabajes como si tuvieras necesidad de tu paleta para vivir. Vas á entrar en la escuela de Bellas Artes; te recomendaré á Baudry, que es amigo mío, y á Meissonier, á quien conocí en la Guardia nacional. Si quieres hacer grandes cuadros á la manera de los grandes maestros italianos del Renacimiento, el primero te será útil; si prefieres dedicarte al arte minucioso de los Flamencos, el segundo te dará consejos; pero, cualquiera que sea tu elección, conviene que te apliques á ella con todas tus fuerzas.

Mauricio adquirió ese compromiso y le cumplió. Á los veintitrés años obtuvo el segundo premio y por una rara delicadeza, no quiso concurrir al año siguiente, aunque estaba casi seguro de la victoria. Para explicarlo, dió á su tutor razones que le conmovieron vivamente:

--Tengo tres concurrentes enteramente pobres y pueden desesperarse por un fracaso. Cualquiera de ellos que obtenga el primer premio tiene su carrera asegurada. ¿Voy yo, que soy rico, gracias á mi padre y á usted, á servir de obstáculo á ese porvenir que puede ser tan fecundo y tan dichoso? Puedo hacerlo, materialmente, pero moralmente no tengo ese derecho. Mi segundo premio me da bastante distinción; soy conocido y apreciado. ¿He llegado al fin que usted me había mandado alcanzar? ¿Exige usted que haga más?

--No, dijo Roussel abrazando á su hijo; eres un buen muchacho.

El año siguiente, Mauricio expuso su gran cuadro "La orgía en Caprera", que hizo profunda sensación, y el retrato de su tutor; y obtuvo una tercera medalla.

La señorita Guichard supo por los periódicos el éxito del pupilo de Fortunato y quiso ir á la exposición de pinturas. Fué sola temiendo venderse y que Herminia conociese su ira. Buscó la sala A., donde, en medio de los cien lienzos colgados en la pared, se destacaba una figura, como una aparición fantástica, apoderándose de sus miradas y ejerciendo sobre ella como una especie de atracción hipnótica: Roussel, de un parecido inverosímil, fresco, sonrosado, con sus cabellos blancos, satisfecho, pacífico. Se salía, literalmente, del cuadro y Clementina creyó que se dirigía hacia ella desafiándola con su mirada dichosa, y con su boca sonriente; injuriándola con su insolente alegría. La señorita Guichard avanzó hacia él atrevida, amenazadora y llegada ante el lienzo, con la cabeza trastornada por la cólera, los labios apretados para no estallar en injurias, levantó su sombrilla con actitud furiosa é iba á golpear á su enemigo cuando una mano la detuvo, al mismo tiempo que una voz decía:

--Pero, señora, ¿qué hace usted?

Volvió en sí y se encontró al lado de un guarda de la exposición que la miraba con asombro y refunfuñaba. Clementina balbuceó:

--Hace mucho calor aquí.... He tenido un momento de turbación....

Y fuera de sí, no pudiendo permanecer ante aquel retrato sin ceder al deseo de rasgar la tela, huyó, mientras el empleado decía severamente:

--¡No se debía dejar entrar aquí á las locas!

La señorita Guichard volvió á su casa confesándose que Roussel poseía sobre ella una marcada superioridad y que jamás Herminia tendría ni un gran talento para pintar, ni gran voz para hacer sensación como cantante, ni buen arte como pianista para rivalizar con los Poloneses. Dijo cosas desagradables á su sobrina, que no comprendía nada de todo aquello, y se acostó preguntándose qué mala partida podría jugar á Fortunato.

La casualidad, ese cómplice de los que nada pueden, se encargó de proporcionarle un terrible desquite. Se había instalado en la Celle-Saint-Cloud, como todos los años, para pasar el verano, y en sus paseos por el bosque de Saint-Cucufa, veía en la eminencia de Montretout la casa de su primo. Con mucha frecuencia pensaba: "Si tuviera á mi disposición durante un día uno de los grandes cañones del Mont-Valerien, ¡cómo aniquilaría la casucha de ese miserable! Sería asunto de algunos cañonazos bien dirigidos."

Pero el Estado francés no presta sus cañones á los particulares, aunque sea para bombardearse en familia, y Clementina tuvo que resignarse á ver la casa maldita que se levantaba á lo lejos, punto blanco en el horizonte verdoso de los bosques. Fuera de esto, vivía tranquila en aquel país encantador gozando de un bonito jardín y de sus hermosas flores. Herminia especialmente, era dichosa en la Celle-Saint-Cloud. Amaba la tranquila libertad del campo y pasaba los días bajo un emparrado adornado con guirnaldas de madreselvas, cultivando la amistad de los jilgueros que venían á cantar para ella, revoloteaban al alcance de su mano y comían miguitas de su merienda. De vez en cuando, vibraba una voz fuerte que decía: ¡Herminia!, y los pajarillos volaban espantados hacia el espeso follaje, la arena rechinaba bajo el peso de un pie varonil y aparecía la señorita Guichard con su labor, se sentaba cerca de su sobrina, bajo la sombra embalsamada, y se ponía á trabajar, manejando las agujas de su malla como si fueran espadas y atravesando la lana á grandes pinchazos, como si se hubiera tratado del pecho del aborrecido Roussel. La joven se ingeniaba entonces para agradar á la terrible solterona, la hablaba con amabilidad y trataba de arrancar una sonrisa á sus labios severos y una caricia á sus manos nerviosas.

Una tarde de julio, estaban juntas en aquel sitio, cuando oyeron sonar en la plaza risas estrepitosas, acompañadas de piafar de caballos. Eran unos empleados de comercio y algunas jóvenes, que montados en caballos de alquiler, se dirigían á Ville-d'Avray para ir después á París. El jardinero de la señorita Guichard, ocupado en rastrillar un terraplén que caía sobre el bosque á lo largo de una calleja, miraba por encima de la tapia la partida de la bulliciosa cabalgata, que había salido al galope y no podía contener los caballos, estimulados por un pienso extraordinario. De repente, el buen hombre lanzó un grito, levantó los brazos al aire y dejando caer de golpe el rastrillo, dijo con voz alterada:

--¡Ah Dios mío! ¡Acaban de atropellar á un hombre!...

La señorita Guichard y el jardinero llegaron al mismo tiempo á la puerta del jardín. La cabalgata se alejaba más de prisa de lo que hubiera deseado, entre una nube de polvo, y sobre las piedras del camino se encontraba caído un joven, sin conocimiento y con la frente ensangrentada y el bastón, roto en dos pedazos, cerca de él. Clementina tenía un genio resuelto, probado en muchas circunstancias. Con voz vibrante llamó á su cochero, que estaba á alguna distancia, y dijo dirigiéndose al jardinero:

--Hay que llevar este desgraciado al pueblo....

--¡Oh! tía mía, exclamó con angustia Herminia, ¿estará muerto?

--¡Muerto! Bah ... no se muere así como así. Está desvanecido.... Un poco de agua en la cara ... vinagre en la nariz y esto no será nada....

El jardinero y el cochero cogieron al joven el uno por los pies y el otro por los hombros, se le llevaron y le extendieron sobre unos almohadones, en la cochera, sin que recobrase el conocimiento. El cochero le lavó la cara para quitar la sangre que le desfiguraba y le puso bajo la nariz el vinagre que le servía para los caballos, pero nada de esto sirvió. Pálido, los labios contraídos, los ojos cerrados, el desconocido permanecía inerte y la señorita Guichard tuvo miedo.

--¡Oh! Oh! ¿Acaso será esto más serio de lo que había pensado? Será preciso llevarle á la alcaldía.

--¡Oh, tía mía!, suplicó Herminia; ¿dónde puede estar mejor cuidado que en nuestra casa?

--¡Es verdad!, contestó con convicción la señorita Guichard. En todo caso, habrá que llamar un médico....

--Señorita, el doctor Fortier ha vuelto á su casa hace una media hora.... Le he visto pasar en su coche por el camino....

--Vaya usted á buscarle.

--Algunos minutos después, el médico de la Celle-Saint-Cloud, el excelente doctor Fortier, llegaba á toda prisa.

--¿Qué pasa, señoras? preguntó; ¡se mata á las gentes en la puerta de esta casa! ¡Oh! ¡Oh!... Vamos á ver qué razones puede tener este mozo para no responder á tan excelentes cuidados ...¡He! diablo! Ha recibido un revolcón tremendo ... y tiene ... sí, tiene el hombro izquierdo dislocado....

--¡Dislocado! exclamó la señorita Guichard; ¡pero eso es espantoso! Eso es....

--Casi nada; una bagatela, interrumpió el doctor.... Vamos á ponerle esto en su sitio inmediatamente.... Tiene una contusión en la cabeza.... Parece que le han atropellado unos caballos, según me ha dicho el jardinero.... Sin duda la herida de la frente ha sido causada por una herradura.... El pulso es bueno ... la respiración, regular.... Si ustedes quieren darme media docena de toallas le arreglaré este hombro, con la ayuda de estos dos buenos muchachos....

--Herminia, corre al ropero....

Herminia, como una sílfide, estaba ya en la escalinata.

--Es un hombre distinguido, dijo el doctor; su porte es cuidado y tiene una buena fisonomía.... Algún excursionista á quien han atropellado esos locos.... El alquilador de caballos de Ville-d'Avray me vale ciertamente, un año con otro, diez brazos rotos y costillas fracturadas.... ¡Ah! Aquí están las toallas.... Señoras, la operación que voy á practicar no es nada peligrosa, pero sí penosa hasta más no poder.... Agradecería á ustedes mucho que por algunos minutos me dejasen solo con el herido y mis ayudantes.

--Pero ¿qué va usted á hacer?

--Amarrar el herido á la pared, engancharnos en su brazo y tirar hasta que el hombro vuelva á su sitio.... Es doloroso y, sin embargo, muy sencillo....

El doctor las empujó hacia el patio. Cuando se encontraron solas, oyeron ruido de pisadas detrás de la puerta de la cochera, después órdenes dadas en voz breve y por último ese grito casi inarticulado que lanzan los marineros cuando tiran del cabrestante. De repente se oyó un quejido desgarrador; un clamor de tortura que aterró á las dos mujeres, y casi en seguida se abrió la puerta y apareció el doctor, enjugándose la frente y diciendo:

--¡Esto se acabó!

El herido yacía sobre los almohadones, más pálido que antes y todavía inanimado.

--¿Es él quien ha gritado? preguntó la señorita Guichard.

--Sí, el dolor le ha despertado, pero se ha desmayado otra vez....

--¿Y qué vamos á hacer?

--Yo no creo prudente trasladarle por el momento. ¿No podría usted darle hospitalidad por veinticuatro horas?

--Y bien, elijan ustedes una habitación adecuada ... y que sea á propósito.

--La que habita el primo Bobart cuando viene, podíamos darle....

--Sea por el cuarto del primo Bobart.... Así la humanidad será respetada y las conveniencias satisfechas.

--Herminia, sábanas....

--La joven volvió á desaparecer, como si hubiera tenido alas. La señorita Guichard, un poco inquieta, decía al médico:

--Y diga usted doctor, ¿no tendremos enfermedad para tres meses?

--Mañana estará en pie ó, poniéndonos en lo peor, en estado de ser conducido á su casa....

--Entonces, todo va bien.

Se subió al herido durante este tiempo y la joven volvió cargada de fundas de almohada, sábanas, mantas....

--Sería preciso tratar de averiguar con quién nos las habemos, sin embargo, dijo la señorita Guichard, con un resto de desconfianza; porque, al fin, le hemos recogido en medio del camino y acaso es un vagabundo.

--No tiene absolutamente trazas de eso, dijo Herminia.

--¡Vea usted esto!, dijo Clementina riendo; presumes, á lo que parece, de tener buen golpe de vista!... ¡Hele aquí garantido por Herminia; no hay más que hablar!

--¡Oh! tía mía, usted se burla y eso no es caritativo.

--Bueno; tampoco yo quiero mal á tu protegido. Vamos á cuidarle.

Subieron, precedidas por el doctor, una escalerilla y en un bonito cuarto, tapizado de tela persa, encontraron al herido confortablemente acostado en un mullido lecho, en el fondo de una alcoba. El médico le reconoció de nuevo, puso una receta y anunció que volvería á primera hora de la noche. Las dos mujeres quedaron solas cerca de su huésped, un poco inquietas, á pesar de los buenos presagios del médico, por aquella prolongada inmovilidad. Le miraban en silencio y el interés que les inspiraba su estado resultaba aumentado por una singular simpatía causada por la dulzura de su cara. Tenía verdaderamente una fisonomía atrayente y aun estando pálido, con los ojos cerrados y la frente cubierta con una compresa, resultaba sumamente agradable. Herminia, que iba y venía por la habitación, encontró sobre una silla, en desorden, la ropa del desconocido. Creyó que debía arreglarla y estaba haciéndolo cuando cayó una carta de uno de los bolsillos.

--Dame ese papel, dijo la señorita Guichard; en él encontraremos acaso alguna indicación acerca del nombre y la condición social de este joven....

Herminia entregó dócilmente la carta y no bien su tía hubo echado sobre ella una mirada, palideció, y con una emoción inexplicable exclamó:

--¡Es su letra!

Buscó febrilmente la firma y llena de horror descubrió estos dos nombres execrados: _Fortunato Roussel_.

Herminia, asombrada, permanecía en pie delante de su tía sin comprender sus acciones ni sus palabras. Por fin se arriesgó á preguntar:

--¿Usted sabe, pues, tía mía, quién es este joven?

--¡Es él, es él! exclamó Clementina con ímpetu.

Después, mirando á su sobrina y viéndola llena de curiosidad dijo severamente:

--¿Por qué te ocupas en lo que no te concierne? Vuélvete á nuestras habitaciones, tu sitio no es este.

Herminia, extrañada por este repentino cambio, dirigió una última mirada al enfermo y abriendo la puerta, salió de la habitación.

En cuanto se vió sola, la señorita Guichard se apoderó de la _jaquette_ de su huésped, la registró con mano febril, descubrió una cartera, la abrió y tomando una tarjeta, leyó: _Mauricio Aubry_. Dejó la cartera sobre la chimenea y sombría, con la carta en la mano, se sentó, reflexionando profundamente en el concurso singular de circunstancias que conducía bajo su techo al hijo del que ella odiaba implacablemente. Poco á poco su vista cayó sobre la hoja de papel cubierta con la letra aborrecida y leyó maquinalmente:

"Querido hijo mío; mi viaje empieza bien. Los créditos que he venido á realizar...." Aquí Clementina saltó algunos renglones pues los negocios de Roussel le parecieron insignificantes.... "No estaré de vuelta antes de tres semanas y Dios sabe si voy á echarte de menos durante ese tiempo, ingrato, por no haber querido acompañarme.... Afirmas que Inglaterra no es un país artístico.... Si vieras qué interesantes son estos centros manufactureros de Manchester y Birmingham ... en ellos se toma el pulso de la actividad de un país...." ¡Espíritu prosaico y mercantil! murmuró Clementina.... "La Escocia es una maravilla.... He de traerte aquí y verás hasta qué punto eran erróneas tus ideas. Cuídate bien, porque sabes que no tengo más que á ti en el mundo y que si tú me faltases, todo habría acabado para tu viejo amigo...."

La carta se deslizó de los dedos de Clementina y cayó sobre la alfombra. Aquella mujer reflexionaba. Los veinte años que acababan de transcurrir acudían á su memoria llenos de malos procederes, de acciones pérfidas, imaginadas por ella para atormentar á Roussel, y ante la afección, tan sencillamente expresada, que éste experimentaba por aquel joven, la solterona comprendía porqué sus venganzas habían resultado infructuosas y que si sus artimañas no habían producido efecto, era porque el corazón de su enemigo no ofrecía más que un punto vulnerable. No habiendo asestado sus tiros contra ese punto, no le había herido jamás seriamente.

Y este niño, que lo era todo para su enemigo, según él mismo declaraba, estaba allí, á su disposición.... Adoptó una actitud terrible ante el lecho, como si quisiera aniquilar aquellos rehenes que la casualidad le había entregado, pero se contuvo. Mauricio acababa de arrojar un profundo suspiro y había abierto los ojos. Paseó enderredor una mirada turbada, se incorporó sobre el codo derecho y dijo con voz débil:

--¡Ah! es usted, señora, la que me ha recogido, cuidado, salvado....

--Usted no ha estado en peligro..., interrumpió secamente Clementina, como si no quisiera haber contraído tales méritos respecto del hijo de su enemigo.

--¡No importa! Estoy sumamente agradecido....

La solterona hizo un gesto que significaba: "Como usted guste", ó "No hay de qué," y dijo:

--Voy á hacer venir una persona para que le cuide.

Se despidió con una brusca inclinación de cabeza y salió.

Por la noche, el doctor Fortier encontró á su enfermo mucho mejor y le ordenó una sopa y un ala de pollo. La señorita Guichard envió á su huésped todo lo necesario, pero no pareció por su habitación. Al día siguiente, á las diez de la mañana, el médico dió de alta á Mauricio y éste, ya vestido y ofreciendo el aspecto de un bello mozo, solicitó en vano el favor de dar las gracias á la dueña de la casa. Dejó una carta, en la que prometía volver, subió en un coche y se dirigió á Montretout.

Si Clementina se había negado á recibir á Mauricio, Herminia había presenciado su partida, á través de las transparentes cortinillas de su ventana, y su aturdimiento había crecido al ver que su tía no quería despedirse del que tan caritativamente había cuidado. Había en esto un enigma para ella y en vano se esforzaba en buscar la solución.

Después que el enfermo hubo partido pareció que Clementina respiraba más libremente. Salió de su habitación, en la que se había encerrado, y bajó al jardín, pero permaneció turbada. Un pensamiento importuno atormentaba á su espíritu y á veces, Herminia, que no la perdía de vista, con la industriosa paciencia de las gatas y de las mujeres, la sorprendía hablando sola. Pero si no comprendía las palabras incoherentes que la preocupación arrancaba á su tía, veía, sin embargo, que eran de violencia y de odio.

¡Odio, rencor! ¡Cómo su bienhechora, que era para ella el ideal de la generosidad y de la bondad, podía abrigar semejantes sentimientos! ¿Y por qué prodigio aquel joven desconocido los despertaba en su corazón? Porque, no habla duda, era la lectura de aquella carta, cuyo autor era conocido por su tía, puesto que había exclamado: "Es su letra," lo que había producido semejante desencadenamiento de pasiones.

En esto pensaba la pobre Herminia mientras la señorita Guichard, incapaz de dominar su agitación, se paseaba por el salón, con las manos en la espalda y el cuerpo inclinado, en una postura meditabunda, digna de Napoleón. Una tempestad formidable se formaba desde la víspera en su cerebro. Había pasado toda la noche sin dormir, rumiando proyectos espantosos de venganza. ¿Por qué? ¿Qué nueva afrenta había sufrido? ¿Cómo explicar tanta exasperación? ¿Qué razón había para tanta animosidad contra aquel muchacho á quien nunca había visto y á quien execraba tanto como al otro, al horrible, al infame Roussel?

Una sola frase de la carta leída había hecho este monstruoso milagro: "tú lo eres todo para mí." Esas seis palabras habían valido á Mauricio el odio de la señorita Guichard. Puesto que era tan querido de Fortunato, debía ser, en proporción, odioso á Clementina. Pensó un instante en recibirle cuando él pedía despedirse, para darse el gusto de ponerle en la puerta diciéndole lo que pensaba de su padre adoptivo, pero después pensó que era más digno sustraerse á su agradecimiento y responder á su urbanidad con un silencio desdeñoso. Ella también le vió partir oculta detrás de una cortina y no pudo evitar el encontrarle elegante, sencillo y agraciado. Tan pronto como hubo salido, tiró violentamente de la campanilla para llamar al cochero y al jardinero. Interrogados, los dos servidores no escasearon los elogios.

--¡Ah! ¡Es un bello joven!

--Nos ha dado las gracias como si le hubiésemos salvado la vida.

--Y estaba muy contrariado por no ver á la señorita.

--Nos ha encargado mucho que dijésemos á la señorita que estaba muy agradecido....

--Y después, no habrá partido sin gratificaros, dijo Clementina, deseosa de coger á Mauricio en flagrante delito de tacañería. Supongo que os habrá dado una moneda á cada uno....

--¡Una moneda! dijo el cochero; nos ha puesto buenamente un billete de cien francos en la mano y nos la ha apretado al mismo tiempo!

La señorita Guichard se mordió los labios y dijo á sus gentes con voz ruda:

--¡Está bien! Salid.

Después añadió con acento de desprecio.

--¡Estrechar la mano á mis criados! tiene los gustos bajos de su padre.

Esta conclusión la satisfizo, aunque no fuera justa, y Clementina volvió á entregarse á sus ocupaciones habituales. Á los tres días y á eso de las tres de la tarde, estaba Herminia trabajando bajo el emparrado, cuando la hizo estremecerse una campanada que sonó en la verja. El jardinero abrió y la puerta dió paso á Mauricio Aubry. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo y su cara estaba todavía pálida. Esperando que vinieran á decirle si iba á ser recibido, se acercó maquinalmente al pabellón del portero. Tenía verdaderamente un aire distinguido y Herminia, que le miraba con sencillez, encontraba en verle un vivo placer. El tiempo que el jardinero empleó en ir á prevenir al criado, pareció á la joven sumamente corto. Y cuando oyó crujir la arena bajo los zuecos del jardinero, pensó: "¿Qué tiene hoy Giraud, que corre tanto?" Aprestó el oído para oir la respuesta, que fué seca y terminante.

--La señorita está delicada y no recibe.

--¡Qué mentira! murmuró Herminia, que sintió de pronto un involuntario descontento.

--¡Ah! Esto me contraría verdaderamente. Pero, ¿qué día podré ver á la señorita?

--No lo ha dicho.

--Bueno; volveré. Por el bosque, es un paseo.

Y salió. ¿Cómo sucedió que Herminia se levantase y dejando el emparrado se dirigiese hacia el terraplén que daba sobre el camino en que había sido atropellado Mauricio? No es posible explicárselo más que por uno de esos impulsos instintivos que son una especie de autosugestión. Mauricio, deseando ver el sitio donde había rodado á los pies de los jinetes de Ville-d'Avray, entró en la calle y se encontró en presencia de Herminia que le miraba desde lo alto del terraplén. La saludó con política sonriendo amablemente. Herminia se puso tan turbada al verse cogida en flagrante delito de curiosidad, que hizo un brusco movimiento y el bordado se escapó de sus manos y vino á caer á los pies de Mauricio. La joven palideció de contrariedad y las lágrimas acudieron á sus ojos, mientras Mauricio recogía la labor y se la ofrecía sencillamente á Herminia, que hubiera querido que la tierra la tragase. Pensó un momento en huir por el jardín, pero sus piernas se negaron á prestarle ese servicio y se vió obligada á poner buena cara, coger su bordado y dar las gracias con voz tan débil como un suspiro, pero que pareció deliciosa al joven. Éste saludó de nuevo y un poco animado, dijo:

--Tenga usted la bondad de dispensarme, señorita, si me permito dirigirle la palabra sin tener el honor de conocerla....

Herminia tembló, pensando: "¿Qué va á preguntarme?"

El joven dijo sencillamente:

--¿Seré tan dichoso que esté hablando con alguna amiga ó pariente de la señorita Guichard?

Era preciso responder, so pena de pasar por una grosera.

--Soy su sobrina, balbuceó Herminia.

--¡Oh! Me alegro infinito! dijo él con calor. Usted podrá ser intérprete cerca de ella de mi reconocimiento, en tanto que puedo expresárselo yo mismo....

Herminia, aterrorizada por la necesidad de sostener la conversación desde lo alto del terraplén, contestó con las primeras palabras que vinieron á su mente y que, naturalmente, fueron las que respondían mejor á sus íntimos sentimientos:

--¡Ah! señor, buen susto nos ha dado usted.... y fuimos muy dichosas cuando tuvimos certeza de que no estaba usted gravemente herido.

Se interrumpió, se puso muy encarnada y permaneció delante de Mauricio, asombrada é inquieta por haber hablado tanto. El joven la miraba con un placer manifiesto. Herminia estaba vestida con un traje de batista muy clara y en el terraplén, sobre un fondo de follaje, coronado de racimos, su silueta se dibujaba de un modo encantador para un artista. Mauricio vió en un momento la composición de un cuadro y prolongando su sensación artística, examinó á su gracioso modelo, detallando su fino cuerpo, sus hombros redondos, su cabeza orlada de cabellos rubios que un rayo de sol hacía brillar como un nimbo de virgen. El pintor pensó: "Es bonita como un ángel y tímida y adorable en su cortedad. Siento no poder pedirle que me deje sacar un croquis, pero esto sería poco correcto." Se quitó el sombrero y dijo muy respetuosamente:

--Veo, señorita, que usted también ha tenido la bondad de interesarse por mí; reciba, por ello, mi más vivo agradecimiento....

Y con pena, pero comprendiendo que las conveniencias lo exigían, se alejó. Herminia le siguió con la vista mientras pudo y volvió á su cuarto soñando por vez primera en su vida. Mauricio tomó un camino de travesía por el bosque y se volvió á Montretout, donde comió y pasó la noche pensando en la joven del terraplén.