Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 14 de 32

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La pobre jóven, al oirle, se quedó pálida como la muerte: un instante despues un encarnado ardiente vistió desde su frente hasta su cuello: su seno palpitó con violencia: sus ojos lanzaron un relámpago deslumbrador... ¡qué terrible lucha tenía lugar en su corazon! Todos los ojos estaban fijos en ella... y todos se miraron con asombro, cuando ella, pasando una mano por sus ojos, como para no ver, dijo con acento dulce y sumiso á su brutal marido:

--Perdona, amigo mio, me habré equivocado.

¡Qué gran victoria consiguió aquella mujer sobre sí misma! ¡Cómo se leia la admiracion de los presentes en sus semblantes! ¡Y qué triste papel el del marido déspota y grosero!

El poseer una voz agradable es un seguro antídoto contra los arrebatos de la cólera, porque las frases duras no se pueden decir con un acento dulce y afectuoso, y la costumbre de esta gracia, sea natural ó adquirida, sirve de freno á todas las desigualdades de un carácter desapacible.

EL SANTUARIO DE MONTSERRAT.

Á MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISA

DOÑA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.

I.

Al dedicar un recuerdo al célebre santuario de las montañas de Cataluña, á nadie mejor que á tí, mi amada Antonia, hubiera podido dirigirme: á tí, que tantas veces me has instado en tus cartas para que escribiera algo acerca de mis viajes, y á quien he prometido hacerlo: sin embargo, no me agradezcas la presente, porque necesitaba escribírtela para aliviar mi corazon de una emocion profunda, y para hablarte del asilo más grandioso que posee en la tierra la Reina de los Cielos, la Madre Celestial, que tanto amamos tú y yo.

Poco despues de las once de una calurosa mañana de Julio, salimos de Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos á eso de las siete de la tarde[1].

[1] El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las poblaciones y accidentes pintorescos del camino, se hallan en el curioso libro escrito por el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer, titulado _Guía de Montserrat_.

Durante dos horas, y á pesar de ir sentada en la delantera del carruaje, mis ojos no descubrian más que altísimos montes.

En el centro de éstos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion de todos los viajeros célebres que han escrito sus impresiones y recuerdos, _no tiene igual ni semejanza en todo el orbe_.

Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma diríase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que sólo la mano de Dios puede destruir.

¡Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pié del inmenso monte, consagrado por la presencia de la Vírgen Madre de Dios, que ha hecho de él su palacio; cuando en derredor mio vi aquellas enormes peñas, suspendidas al parecer en los aires y prontas á desprenderse; cuando vi la cúspide del Montserrat tocando á las nubes, tan diáfanas y movibles que parecian el manto del Señor, mi corazon tembló dentro del pecho y humillé la frente confundida, no sólo de mi pequeñez, sino de la pequeñez humana.

En la falda de la gran montaña se eleva el santuario como un puerto de paz y de esperanza.

La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto, incendiando y destruyendo cuanto ha hallado á su paso; pero las ruinas, que en todas partes son tristes, respiran allí una augusta y melancólica grandeza.

Adivínase sin trabajo lo que sería el santuario ántes que los soldados franceses arrojasen en él las teas del incendio: yo vi aquellos majestuosos restos á la melancólica luz de la luna, y me arrodillé y oré, pareciéndome que á traves de las arruinadas paredes veia el semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.

El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las gruesas paredes de piedra.

Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas, como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, ó bien como cautivas jóvenes que buscan aire y sol.

Las fugitivas están, sin embargo, cubiertas de campanillas blancas y azules, como si quisieran llevar consigo en la partida todas sus joyas.

No podria, no sabria, Antonia mia, decirte, aunque quisiera, hasta qué extremo me conmovió la vista de aquel verdor lujoso, de aquella loca lozanía entre lo triste y solitario de las sagradas ruinas.

Parecíame oir sonoras carcajadas de alegría entre las notas de un canto funeral.

Creia ver jóvenes vestidas de rosa y blanco, entre una cohorte de enlutadas y afligidas ancianas.

Pero á medida que rezaba el consuelo descendia á mi alma.

Pensaba en que Dios coloca siempre la alegría junto al dolor, y que quizá sin aquella hiedra cubierta de flores, el espectáculo hubiera sido demasiado tétrico y desconsolador para mi alma.

En el ala de la derecha del santuario se halla la hospedería: los monjes dan allí la más cristiana y cariñosa hospitalidad: cada viajero tiene su cuarto; algunos domésticos cuidan del aseo y servicio de las habitaciones, y por la noche se ve á los religiosos, envueltos en sus largos mantos negros, pasar por los claustros para informarse de si los visitadores de aquellas santas soledades están bien asistidos.

En la cima de una roca, que desde el camino parece inaccesible, está situada la iglesia, servida por los monjes y por algunos niños de familias pobres, á los cuales se les proporciona una educacion religiosa y gratuita.

La comunidad de estos niños se llama _Escolanía_, y su habitacion, situada en el interior del Monasterio, tiene sobre la puerta un cuadro encantador, que representa á la Vírgen cobijando bajo su manto á algunos niños casi desnudos.

Enfrente de la iglesia se extienden cordilleras de montes inmensos, cubiertos de flores y medio ocultos en las horas de la tarde, entre las brumas que descienden del cielo hasta los picos más elevados.

Para tí cogí un pequeño ramo de aquellas flores; ya las has visto, son pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vírgen de las montañas, y me parecen consagradas por su presencia.

La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados y mármoles con que tantos reyes y príncipes cristianos la enriquecieron en el pasado siglo, han desaparecido: ahora está blanca y pobre, como la casta Vírgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la pureza y de la humildad.

En el altar mayor está la hermosa imágen: es muy morena, así como el niño que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los historiadores están discordes acerca de la procedencia de esta imágen, la opinion más válida y admitida asegura que es la misma que trajo á España el apóstol San Pedro, obra de San Lúcas, y escondida cuando la invasion de los árabes en las peñas de Monserrat por el godo Gregorio y por Pedro, obispo de Barcelona.

II.

Corria el año del Señor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron resplandores extraños en la montaña: era el anochecer de un sábado cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia á Gundemaro, obispo de Vich, pasó con el clero y muchos fieles al lugar de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, á causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequeña cueva cavada en la roca, y dentro de ella una hermosa imágen de María, con el niño Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala aún hoy una fragancia exquisita.

Tomóla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion á una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero á los pocos pasos la sagrada imágen quedóse inmóvil y sin poder ninguna fuerza humana separarla de aquel sitio.

En él, pues, se le edificó una capilla, que poco despues se convirtió en monasterio de religiosas de la órden de San Benito, por disposicion y voto del conde Vifredo, el _Velloso_, del cual fué abadesa su hija la jóven y bella Riquilda.

Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituyó monjes de San Benito, traidos del convento de Santa María de Ripoll, por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.

No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de la _Baranda de los monjes_, extensa galería, á la cual se pasa por el interior del monasterio, y que está guardada por tres colosales estatuas de religiosos.

Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre cuyas calvas cabezas pasan los años y las tempestades, á cuyos piés vuelan las águilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que entra tambien el terror.

¡Cuánto pudieran decir aquellas heladas bocas, si un milagro del que todo lo puede las abriera!

¡Cuántos imponentes espectáculos habrán contemplado aquellos ojos sin luz!

Ellos han visto subir al santuario á los Reyes Católicos, con su hija _Juana la Loca_; á la emperatriz Isabel, esposa de Cárlos V; á Felipe II, que estuvo en él cuatro veces; á sus hijas las infantas Catalina é Isabel; á Felipe III; á Maximiliano II; á D. Juan de Austria; á Cárlos III; á Cárlos IV; á Fernando VII y á Isabel II.

No pueden los límites de una carta reseñar detenidamente á Monserrat; muchas deberia dirigirte para ello; pero como quieres que te escriba sobre otros asuntos, me contento con darte en este una ligera idea del más grande de todos los santuarios del mundo cristiano.

El fuego, como si fuera el eterno enemigo de las santas montañas, ha vuelto á invadirlas hace algunos años; tú lo sabes tambien, pues la prensa toda dió cuenta de ese espantoso siniestro, que atribuyeron á una mano aleve; ya los religiosos iban á sacar de la iglesia la sagrada imágen para ponerla á salvo de las llamas: Barcelona entera, Manresa y todas las poblaciones inmediatas, acudieron llenas de agonía á agruparse en la hora del peligro en derredor del palacio solitario de María, y sus esfuerzos lograron felizmente extinguir el fuego.

Si hubo culpables ¡Dios los perdone en su misericordia infinita! Ni tú ni yo sabemos llamar anatemas sobre las cabezas de los extraviados.

Adios, Antonia mia, te abrazo con el corazon.

LA MODESTIA.

I.

No hay ninguna de las grandes virtudes que admiramos por las heroicas acciones que producen, que tenga el encanto de esta dulce y cándida virtud.

El valor, la generosidad, la abnegacion, el sacrificio llevado á sus límites más elevados y más sublimes, admiran: pero la modestia cautiva y atrae con un poder indecible.

Como todas las virtudes suaves, ésta es más propia de la mujer que del hombre, y más necesaria en ésta que en aquél.

La modestia tiene la belleza y el dulce aroma de las violetas: la modestia, como estas flores, se oculta con ese suave é inimitable rubor de la inocencia; pero su perfume la descubre, y hace que sean admirados sus encantos y su gracia, hasta por los más indiferentes.

La modestia es el mayor encanto de nuestro sexo, ó, mejor dicho, el complemento de sus encantos; puede compararse á esos diáfanos y blancos velos que las mujeres echan sobre su rostro para parecer más bellas. Y así como esos velos ocultan los leves defectos del semblante, encubriéndolos vagamente, y hacen resaltar todas las perfecciones de la que los usa, del mismo modo la modestia disimula todos los defectos del carácter y hace resaltar todas las bellas cualidades.

No hay falsa modestia.

La mujer que, sin poseerla, pretende hacer alarde de ella, no conseguirá más que ponerse en ridículo. Porque la modestia es tan suavemente humilde, que ni se apercibe de su propia belleza, ni se toma el trabajo de mostrarse. Se la adivina, como á la violeta, por su aroma. Se la busca, y, una vez encontrada, se la contempla con arrobamiento y se la ama.

La modestia es dulcemente majestuosa; altiva con suavidad, amable y encantadora, como todas aquellas prendas que tienen su base en la excelencia y bondad del corazon.

Una mujer que no haga alarde de lo que vale es una cosa tan rara, ó al ménos se considera tan escasa, atendida la vanidad que se achaca á nuestro sexo, que, con razon, se la contempla con admiracion y simpatía.

¿Y sabeis lo que es simpatía?

Es uno de los más dulces lazos del género humano. Es el término que separa el cariño de la indiferencia. En las mujeres, así como en los hombres, es el primer eslabon de la cadena de la amistad. Entre un hombre y una mujer es el primero de la cadena del amor.

Los lazos de la simpatía son fuertes y durables: son gratos, expansivos, libres de toda sujecion, porque la simpatía no nace de las leyes del deber, ni nace de la gratitud, ni es esclava de las exigencias de la sociedad.

La simpatía es espontánea, brota en el corazon como brota una madreselva en las tapias de un huerto ó de un patio.

La simpatía y la modestia jamas se separan, sobre todo en la mujer: porque la simpatía que ésta inspira es casi siempre emanada ó nacida de su modestia.

II.

La modestia tiene dos manifestaciones.

Modesta es la mujer que en su porte, en su traje y en sus modales, conserva aquella dulce dignidad que le impide todo movimiento indecoroso ó poco conveniente.

Y modesta es la que ningun alarde hace de su mérito, la que le deja adivinar ó que se descubra sólo por su propio brillo.

Sea cualquiera de estas dos formas la que tome la modestia, cautiva siempre.

_La alabanza propia envilece_, ha dicho un sabio, y esto lo vemos confirmado todos los dias.

El mérito de una persona, por grande que sea, es despreciado si ésta hace de él una ridícula ostentacion, ó si mira con desden el de los demas.

Y este desprecio hácia la altanería es inherente á la naturaleza humana.

Cada uno de los mortales tiene su dignidad, que es muy peligroso hollar, y á falta de dignidad, existe en todos un sentimiento invencible de amor propio.

Por eso las personas modestas son tan simpáticas y tienen tantos amigos.

Aunque la simpatía es espontánea, casi nunca es inmotivada, y una persona dulce y modesta despertará muchas más simpatías que una vana y altanera.

Á la mujer modesta se le concede mérito de buena voluntad, por lo mismo que ella parece desconocerlo.

Á la que exige homenajes se le niegan hasta las atenciones más comunes, porque, fuerza es confesarlo, en nuestro sexo predomina la envidia; y por eso dije en otro capítulo que la mujer que ha nacido privilegiada por las dotes intelectuales, tiene que hacerse perdonar esta ventaja por su dulzura y suavidad.

Lo mismo que dije tocante á la belleza intelectual, digo ahora respecto de la hermosura física.

La que se envanece con ella, la que exige admiracion, léjos de obtenerla, únicamente conseguirá que se le niegue todo mérito; ó si se le concede, lo que es todavía peor, que se la rebaje con alguna calumnia, inventada por la envidia y la maledicencia.

La modestia es casi siempre un puerto seguro contra todos estos peligros; porque la modestia es tan benignamente dulce y bella, que ni exige homenajes ni ofende á nadie.

III.

La modestia impone deberes, que quizá parecerán muy arduos á las jóvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carácter de sus hijas desde su más tierna edad.

La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos, los trajes cuya hechura exagerada dé lugar á la crítica por llamar excesivamente la atencion.

La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que aconseja á la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en público.

La modestia exige que toda jóven ignore, ó al ménos aparente ignorar, todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.

Por más que halague á una jóven, por la viveza de su carácter, esa reputacion de _chistosa_ que se concede á otras, debe preferir la de _modesta_.

Confundir la _gracia_ con el _chiste_ es un error lamentable. La _gracia_ es inseparable de la modestia. El _chiste_ sienta bien algunas veces al hombre, pero jamas á la mujer, porque es consecuencia de la desenvoltura.

He visto muy de cerca á algunas jóvenes, que apénas habian salido de la infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.

Aquellas licencias iban creciendo poco á poco mucho más de lo conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:

--¡Qué chistes tan oportunos! ¡Qué sal!

Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta de pudor y de delicadeza.

¿Cómo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?

Quizá, sin más faltas que sus _chistes_ y su _sal_, han perdido su reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su maledicencia, ó blanco de sus _chispeantes_ burlas.

La que ansía la reputacion de chistosa será muy fácil que adquiera la de maldiciente, porque de la sátira á la murmuracion es tan rápido el declive, que no basta la débil inteligencia de la mujer para que la conduzca por él sin despeñarla.

La madre que ambicione la felicidad de su hija, hágale entender, desde que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer modesta que por mujer vivaz y chistosa. Á estas últimas se las teme. Las primeras son casi siempre simpáticas ó, al ménos, se juzgan inofensivas.

La modestia llegará á serles natural si la buena educacion les hace comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace con la criatura, no lo es ménos que ésta pueda adquirirla aunque haya nacido destituida de ella.

Si á una niña en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use, se le afean aconsejándole otros más dulces y templados, es indudable que dejará los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le enseña á hablar poco y oportunamente, á no criticar á nadie y á cuidar de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlará sin tino cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la modestia en fin, no hará alarde de descaro ni de chistes poco convenientes en su edad. Por último, si se conserva en su alma esa flor delicada que se llama pudor, no la veréis nunca con la mirada oblícua de la hipocresía, ni con esa otra descocada que vende el fatal _¿qué se me da á mí?_, cáncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.

IV.

La verdadera gracia, la gentil coquetería, la distincion en los modales son inseparables de la modestia, y por lo tanto, la mujer más destituida de atractivos personales puede ser encantadora si es modesta.

Pocas, muy pocas nacen completamente hermosas, y así la mujer debe buscar todo aquello que realza sus gracias personales; porque esto, léjos de ser una falta, es un homenaje á la Providencia, puesto que se manifiesta estimacion hácia las ventajas y los dones que nos ha concedido.

La exageracion en el traje y en el peinado casi nunca sienta bien, sea cualquiera la figura y facciones de la que la use.

La modestia impide que llamemos la atencion, y por eso evita casi siempre el ridículo.

El buen gusto no es el uso de los adornos pomposos, de los colores fuertes, de las formas extraordinarias en los vestidos; por el contrario, en el tocado y adorno de una mujer de buen gusto preside casi siempre una gran sencillez, y la sencillez es uno de los preceptos de la modestia.

Ademas, la modestia no sólo se acomoda á todas las fortunas, sino que embellece las posiciones más medianas.

El lujo de los pobres es la limpieza, como dijo el malogrado Sué.

Si á una limpieza exquisita se reune el buen gusto y esa coquetería propia del hogar doméstico y necesaria en la mujer, ésta se hará admirar en todas partes.