Un viajero de diez años · Capítulo real 4 de 6

CAPITULO VIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VIII.

La Crnz de Cnliacan.— Leyenda.— Salamanca.-NLa Peiii« teiiciaria.~El Kio Grande.— Irapuato.—Gaaní^juato.

La noche estaba hermosa y tranquila; la luna brillaba en el azul purísimo del cielo con todo su esplendor.

En el fondo del carruaje, el pequeño Luis dor- ^ mia profundamente, sonriendo; Doña Luisa y Ade- i lina rezaban; Carlos, envuelto en su capa, inclina- < ba la cabeza pensativo, y Don Juan, sin poder ocultar su inquietud, asomado á la portezuela, observaba el camino.

La extensa llanura de la mesa central, por donde caminaban, solo era interrumpida á veces por pequeños montecillos de nopales; á uno y otro lado de la calzada, el agua de las lluvias, estancada todavía, reflejaba la luz brillante de las estrellas.

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La uruz de uijlificsn.

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Esta es, dijo Don Juan, la famosa Charca de ^alamanca; esta larga calzada fué construida en ^1851, siendo Gobernador del Estado el Sr. Lie. D. Octavian© Muñoz Ledo. En la estación de .las aguas este camino es verdaderamente penoso; veces hay en que la diligencia tarda tres y cuatro dias en recorrer el pequeño tramo que separa á Celaya de Salamanca.

^ — iQné nombre tiene aquella alta montaña que se descubre á la izquierda? preguntó Carlos.

— El cerro de Culiacan: en su elevada y riscosa cumbre se levanta una gran cruz que es muy venerada por los campesinos. En un dia sereno se puede descubrir, aun á la simple vista, á pesar de

^a distancia.

— ¿Y por qué pusieron allí esa cruz? papá.

— La piedad cristiana ha colocado siempre en

todas partes el sagrado signo de la redención.

— Yo he oido referir una poética leyenda, dijo Doña Luisa, á propósito de la Cruz de Culiacan.

— Cuéntanosla, mamá.

^ — Poco tiempo después de fundada la ciudad de Salvatierra, un indio anciano, acompañado de su mujer y de una hija de diez y seis años, llegó

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á la cumbre de la montaña y allí construyó una pequeña choza. . y

La rara y magnífica hermosura de la joven Ma- ^ ría .comenzó Á llamar la atención de los habitantes de la comarca.

En las inmediaciones de Salvatierra residía un español, mozo de arrogante presencia, que se llamaba Pedro Núñez.

Pedro Núñez vio á María, y se enamoró de ella.^

María correspondió tiernamente á aquel amor.

Pasó algún tiempo. j '

Una noche el anciano le dijo á su hija: sé lo que pasa, pero te advierto, que antes te veré muerta que esposa de uno de los asesinos de nuestros padres.

María lloró mucho. '

Un día, al fin, fué depositada por su amante en la casa del alcalde de Salvatierra.

Un mes después se verificó el matrimonio, en la iglesia parroquial.

El anciano indio, sombrío y feroz permaneció en la choza de la montaña.

Los nuevos esposos salieron una tarde de la ciudad á pasear á la florida margen del rio de Lerma.

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Al oscurecer un campesino encontró el cadáver de María, sobre el musffo de la ribera. i., i Nada mas pudo saberse.

El anciano indio habia desaparecido, la choza habia sido destruida por un incendio.

A la noche siguiente los moradores de las cercanías oyeron un llanto tristísimo y prolongado, y creyeron ver una fantasma blanca, errando al rededor del cerro de Culiacan.

Durante veinte años, noche'por noche, el llanto se dejó oir de la misma manera.

Al escuchar el doliente gemido, es la llorona, decían los labradores y se santiguaban.

Una tarde, un sacerdote subió á la cima de la montaña.

Era Pedro Núñez.

El mismo leventó al día siguiente la venerable cruz de Culiacan.

El llanto nocturno no volvió á oírse. •

El padre Pedro iba todas las noches á orar al pié de aquella cruz.

Al resplandor de la luna solía verse, junto al sacerdote, una figura blanca que se confudia á reces con las nubes que coronan la montaña.

— Esa cruz, célebre ya por la tradición, dijo

Don Juan, inspiró magníficos cantos á un ilustre y malogrado poeta guanajuatense. Siempre qiíe^ paso por aquí no puedo dejar de consagrar un cariñoso recuerdo á Francisco Barcena. Su alma altiva, su corazón ardiente, su ge'nio elevado, atra- ¡ jeron sobre é\ las tempestades del infortunio. Mu-,

rió pobre, oscuro y olvidado; pero la posteridad le hará justicia, y el nombre del cantor de Culiacan será un dia orgullo de la literatura nació- * nal. (1)

Todos guardaron silencio.

A las tres de la mañana llegaron á Salamanca.

Fatigados nuestros viageros de la marcha nocturna, al dia siguiente se levantaron muy tarde.

Después del almuerzo, fueron á recorrer la población.

Salamanca está situada á la margen derecha del rio de Lerma, á los 20° 32' 8" de latitud N. ,, y á 1° 52' de longitud O. del meridiano de Mé-

xico.

—¡Qué aspecto tan triste tiene esta población!

; (O Francisco Barcena nació en el Valle de Santiago, de una

familia pobre y humilde; en el colegio del Estado hizo brillan- ! tes estudios y desde muy joven se hizo admirar como excelen-

1 te poeta. Joven aun falleció en León el año de 1866. Entre sus

! poesins mus notables debemos mencionar la Oda á la ciencia.

I El Salvage, la Inmortalidad y varios sonetos magníficos.

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exclamó Carlos: las calles están desiertas, en ninguna parte se nota movimiento.

' — Allí está la parroquia, papá, dijo Adelina.

— Nada tiene que pueda llamar la atención, hi-* ja mia; es un templo feo y pobre.

— ¿Cuántos templos hay ademas de la parroquia?

— Les que yo recuerdo son los siguientes: el magnifico templo de San Agustín, que veremos ♦después, el santuario del Señor del Hospital, la Santa Escuela y varias capillas.

— ¿En qué época fué fundada esta villa? preguntó Carlos. • — En 1603, según asegura un antiguo cronista.

— ¿Y en qué número puede estimarse su población? — En diez ó doce mil habitantes. — Vamos á ver la penitenciaría, papá.

— El antiguo convento de Agustinos, está transformado hoy en penitenciaría. El gobierno del Estado tuvo un feliz pensamiento: en ningún objeto mas útil y mas benéfico pudo haberse em^ pleado este extenso y grandioso edificio.

— lEn. qué época fué construido, papá?

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— En los primeros dias del año de 1771, quedó enteramente terminada la obra. í — Está situado el convento en una elevación, Si en la ribera del rio, dijo Carlos, escribiendo.

— Mas bien que un convento parece una fortaleza.

El templo es magnífico, sobre todo en la parte interior: en toda su extensión los muros est«n cu-, biertos de altares de gusto churrigueresco, tallados primorosamente y dorados. Antiguamente ha- ■♦ bia aquí una selecta colección de cuadros de los mas renombrados artistas.

La penitenciaría es muy extensa y tiene celdas y salones para los presos y grandes localidades para una multitud de talleres. La b^ena ventilación, la buena luz, el aseo y el orden, dan al edificio un aspecto agradable. Al ver semblantes alegres en vez de fisonomías patibularias, al oír el rumor del trabajo, el viajero se olvida de que visita una prisión. Hay allí una escuela para los presos, baños y un pequeño teatro. (1)

(1) Hace bignnos años el autor de esta peqneñí* histoña, logró rennir un número considerable de libros, que bondadosa* mente le cedieron las personas mas distinguidas del Estado y hoy la peniteuoiaiía tiene nna pequeña biblioteca.

Después de haber recorrido la penitenciaría, Don Juan, Doña Luisa y los niños, regresaron á su alojamiento.

— Nada hay ya que ver en Salamanca, dijo D.

— ¿No existe aquí una fábrica de loza? preguntó Doña Luisa.

— Hace ya muchos años que fué trasladada á México, dijo Don Juan.

En la noche nuestros viajeros fueron á dar una vuelta á la plaza. Un hombre sospechoso los seguía. Al dia siguiente, á las cuatro de la mañana, salieron para Guanajuato.

A las siete llegaron á Irapuato.

El carruaje se detuvo frente á un hotel.

— ¡Qué alegre es este pueblito! dijo Adelina.

— Irapuato progresa rápidamente, contestó Don

— ¿En qué época fué fundada la población? preguntó Carlos.

— En 1547, reinando en España el rey Carlos V. En 1833, el congreso del Estado concedió á Irapuato el título de Villa.

— Al pasar he visto tres plazas y buenos edificios.

— ¿Cuántos templos hay aquí, papá?

— No recuerdo exactamente el número; pero son dignos de llamar la atención los siguientes: la Parroquia, San Francisco, el Hospital, la Enseñanza, San Cayetano, Santa Ana, el Santuario de Guadalupe y Santiago. ^

— ¿Qué población tiene Irapuato?

— Catorce mil habitantes, contesto Don Juan.

— Vamos á desayunamos, dijo Doña Luisa.

Los niños no se hicieron repetir la proposición. ■ A las siete y treinta y dos minutos salieron para Guanajuato.

—Ya verás qué hermoso es Guanajuato, dijo Don Juan, sonriendo, y acariciando á Luis; la ciudad está sentada sobre plata y tiene su entrada de "Marfil. I,

— No te quieras burlar de mí, papá.

— No, hijo mió, es la verdad.

Antes del medio dia llegaron á la profunda cañada, en cuyo fondo está situado el pequeño pueblecillo de Marfil.

— Qué olor tan desagradable, dijo Doña Luisa.

— He aquí el origen de las frecuentes epidemias, que llenan degluto la ciudad.

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ñ¿,' —Mira, papá, exclamó Luis, esos castillos con

torres que se elevan en la falda de la montaña. '."S — Son haciendas de beneficio, hijo mió; y esas *• contrucciones extrañas que parecen torres sirven para elevar el agua.

— Ahí está Guanajuato, exclamó Carlos. — No es Guanajuato, hijo mió, es el pueblo de Marfil.

' — Las casas diseminadas, como si fueran subiendo en tropel por los cerros, presentan un conjunto verdaderamente pintoresco, dijo Doña Luisa. — ¿Qué nombre tiene ese templo grande que se descubre en este momento? preguntó Adelina.

— Es la parroquia, fué construida en los primeros años del siglo XVIII.

— ¿Qué distancia hay de aquí á Guanajuato? • — Una legua, contestó Don Juan.

— Mira, exclamó Doña Luisa; á la izquierda, sobre la montaña, está el camino nuevo; para hacerlo fué necesario cortar los cerros, por esa razón se llama el camino del cerro trozado.

— ¿Qué están haciendo ahí esos honbres? ¿por qué echan agua del arroyo sobre esas piedras? preguntó Carlos.

—Se ocupan en lavar los desperdicios de las ha- * ciendas, para sacar la poca plata que contiene ese^ lodo. De esa manera viven aquí muchos infelices.

— Ya estamos en Guanajuato, exclamó Adelina. .'

— ¡Qué hermoso jardin! dijo Luis.

— Es Á paseo del Contador. Un jardin en Gua- : najuato es un verdadero lujo; para plantar esos árboles, ha sido necesario cortar el cerro y poner tierra vegetal sobre las rocas.

— ¡Qué tristes y áridos son los cerros que rodean la ciudad!

— - Esta es la calzada; ese edificio que se eleva á la izquierda es la hacienda de Flores: esa plazuela tiene el nombre de los Angeles; ahí está el templo de Belén y el hospital; vamos á dar vuelta á la calle de Alonso, qué es la más ancha y mejor de la población; ese templo que se eleva en el fondo de la calle es San Diego; aquí está el hotel del Emporio.

El carruaje se detuvo.

— ¡Qué animación, qué movimiento hay en Guanajuato! exclamó Carlos.

— Hoy, á causa de las revoluciones y de la decadencia de la minería, el movimiento es menor que otras veces. Guanajuato, hijo mió, es una de

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las ciudades más bellas, más pintorescas, más ricas, K^ y más importantes de la República.

— Vamos á nuestro cuarto, dijo Doña Luisa. hj> Subieron y al llegar á su alojamiento los niños se asomaron al balcón.

— Aquí hay una plazita muy bonita y mi jardin, exclamó Adelina; ven á ver, mamá.

—Es la plazuela de San Diego; lo que antes era el convento es hoy el hotel del Emporio, en donde estamos; á la izquierda se eleva el templo.

— Guanajuato ha de tener una historia muy interesante, dijo Carlos; hazme favor de contármela

— Con mucho gusto te referiré, hijo mió, lo poco que sé de ella.

— El lugar que la ciudad ocupa, era antiguamente, una fragosa sierra, despoblada y peligrosa, perteneciente al conquistador Don Rodrigo de Vázquez. Pasando por este sitio unos viajeros, que se dirigían á Zacatecas, descubrieron la mina de San Bernabé, en el mes de Octubre de 1548. InmediatameQte se organizó una compaliiá para explotar ésta y otras minas, yén 1554 se,iormóunaipeqiieña congregación y se construyó una fortaíeza^qiké tuvo el nombre de real de minas y que diversas

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veces estuvo á punto de ser incendiada por las be-* licosas tribus chichimecas que recorrían la comar- ^ ca. La congregación de Guanajuato permaneció sujeta, durante muchos años, á la alcaldía ijiayor" de Celaya, En 1679, la población fué elevada al rango de villa y real de minas, con el titulo de Santa Fé de Guanajuato. El primer juez de minas , fué Don Perafan de Rivera, á quien el rey Feli- ' pe II le encargó la conducción de la milagrosa y venerada imagen de Nuestra Señora de Guanajuato.

— ¿Qué origen tiene el nombre de Guanajuato, papá? preguntó Carlos.

— Quanashuato, es una palabra del idioma ta- , rasco que significa cerro de las ranas. Los primeros pobladores de estas montañas construyeron Unos ídolos con figuras de ranas y les rendieron culto y adoración. Con el trascurso del tiempo, la* palabra fué corrompiéndose, hasta convertii-se en la de Guanajuato, que hoy conocemos.

— ¿Qué población tiene Guanajuato, papá?

— Sesenta y tres mil habitantes, según los cálculos del distinguido geógrafo Don Antonio García Cubas. Desde su fundación, Guanajuato ha tenido épocas felices y de progreso y épocas de dedaden-

' cia y su población ha ido variando bajo la influencia, de las circunstancias. En 1600 la ciudad no contaba mas que con 4,000 habitantes; en 1700 su población ascendia á 16,000 y en 1800, podia calcularse en 66,000. Las agitaciones de la guerra de independencia y los diferentes combates que Guanajuato tuvo que sostener, hicieron disminuir su población hasta el extremo de reducirse á 10,000 habitantes. Consumada la independencia, progresó rápidamente, y en 1825 contaba ya con cerca de 35,000 habitantes.

— Lo que me gusta de este Estado, dijo Carlos, es que no se camina una legua, sin encontrar un caserío, un pueblo ó una pequeña ranchería.

— La población de la República, hijo mió, está aglomerada en la mesa central; el Estado de Guanajuato es sin duda el que en un territorio menos extenso, reúne el mayor número de habitantes.

— ¿Y está muy alto Guanajuato, papá?

— Su elevación sobre el nivel del mar es de 2,084 metros.

— ¿Qué nombre tiene ese cerro que se eleva casi perpendicular, á la derecha del hotel?

— Es el cerro de San Miguel; al lado opuesto, es decir, al Norte, está el cerro del Cuarto; al E, el

de Sirena, y al N. E. los de Mellado y Valenciana. , Como habrás observado, la ciudad está colocada en j el fondo de una cañada estrecha, extendiéndose ^ por las faldas de los cerros que la circuyen. Hacia el E. tiene origen un torrente que pasa por el ¿ centro de la población. Guanájuato está situado á los 21° latitud N. y 1° 49' longitud O. del meridiano de México. .

— Vamos á dar una vuelta, papá. '

— Está bien; dijo Don Juan.

Inmediatamente salieron del hotel.

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