Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · Unidad 4 de 27
Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. — parte 2
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Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo con la desesperación de la fiebre,--sus compañeros permanecían á la distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y mucho menos á tocarles.
Detrás de mí iba una carretilla exprofeso.
Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo yo mismo con el soldado que lo tiraba.
Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una virulencia horrible.
Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro cualquiera.
Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo el efecto de una lima envenenada.
Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.
Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; del cristianismo sobre la idolatría.
Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi audacia y llamáronme su padre.
Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.
Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de los lugares infestados.
El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.
Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les manda por sus pecados.
He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut, cirujano de mi División.
Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente conseguimos.
El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios, su padre soy yo, porque á mí me debe la vida.
Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.
Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.
Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.
Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.
Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.
Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades, entre ellas, la reserva y la lealtad.
Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.
III
Quién conocía mi secreto.--El Río 5.º.--El paso del Lechuzo.--Defecto de un fraile.--Compromiso recíproco.--Preparativos para la marcha.--Resistencia de los gauchos.--Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas.--Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba á los indios.--Pensamiento que me preocupaba.--Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú.--Fray Moisés Álvarez.--Temores de los indios.--Seguridades que les di.--Efectos de la digestión sobre el humor.--Las mujeres del fuerte Sarmiento.--Un simulacro.
Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi secreto.
Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al «Tres de Febrero», otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera sobre el Río 5.º.
Este sacerdote, que á sus virtudes evangélicas reune un carácter dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su palabra, á las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se confesaba.
Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras ningún celaje y de vez en cuando al acercarnos á las barrancas del Río 5.º que corre tortuoso, costeándolo el camino, la veíamos retratarse radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de la sierra de la Carolina, y que corriendo en una curva de poniente á naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del 2.º de Córdoba, los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las impasables cabañas de la Amarga.
Llegábamos al paseo del Lechuzo, famoso por ser uno de los más frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus depredaciones.
Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá como una media milla de ancho, y que de noche el fantástico caminante se apresura á cruzar por un instinto racional que nos inclina á acortar el peligro.
El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías hechas allí por los indios.
Lo cruzamos al trote, azotando las ramas, caballos y jinetes: al salir de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole á Fray Marcos:--Oiga, padre--me puse al galope seguido por el buen franciscano que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.
El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación.
El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos.
Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya, no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.»
Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.
Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.
Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa. En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó mulitas, ó piches, ó matacos que cazar.
Eso es tener _todo_, andando por los campos, tener que comer.
Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.
Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.
Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los caballos.
De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.
Por supuesto, que un par de buenos chifles no ha de faltarle á ninguno que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados á cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten ellos!
Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja. Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.
Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables á nuestro genio y á nuestra índole.
Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho desde la época en que con tanto _furor_ discutíamos á tres mil leguas, la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.
Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba á la noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.
Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables ó lo minan por su base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la clave de los fenómenos sociales.
Terminados los aprestos, anuncié á los que formaban mi comitiva que al día siguiente partiríamos para el Sur por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos á sujetar el pingo en Leubucó.
Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.
Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había transmitido de antemano á Mariano Rosas y pretendió disuadirme, diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos, que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban á nadie.
Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba á dar.
Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era éste: probarles á los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor.
Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos desconfiados de ellos y engañándolos.
Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de los motivos que le expuse.
Entonces me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor especial me pidió, que del Cuero adelantara un chasque avisando mi ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me recibieran como era debido.
Le pedí para el efecto un indio, y me dió uno llamado Angelito, sin tener nada de tal. Positivamente los nombres no son el hombre.
Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese á conversar con el padre Marcos y su compañero Fray Moisés Álvarez, joven franciscano, natural de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y quiero por su buen corazón.
Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba su imaginación, era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me trataban mal en Tierra Adentro ó no me dejaban salir.
Híceles decir--porque quedaban en rehenes,--que no tuvieran cuidado, que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco á su tierra, quedando en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me parece, y los que íbamos á internarnos diecinueve.
Y les pedí encarecidamente á los padres, les hicieran comprender que aquellas ideas eran justas y morales.
Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, no habiéndoles engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal cual Dios me ha hecho; bien unas veces, mal otras, porque mi humor depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una confianza plena en mi palabra.
Cuántas veces no llegaron á mis oídos en el Río 4.º estas palabras, proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería: «Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio.»
Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme un adiós, _¡sans adieu!_ y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto exageran el peligro que corren ó deben correr las personas que no nos son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que deben suceder.
Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un toque de corneta inusitado á esta hora: llamada redoblada.
En el acto cundió la voz--¡los indios!
Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.
Los soldados corrían con sus armas á las cuadras.
Poco tardó en oirse el toque de tropa, y poco también en estar todas las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos caballos, con el de tiro correspondiente.
Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los vivanderos recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse al club «El Progreso en la Pampa», que estaban edificando los jefes y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso billar y otras comodidades. Á los indios se les ordenó no se movieran del rancho en que estaban alojados y á los vivanderos, que sirvieran de custodia de unos y otras.
Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores reinaba también grande animación: las caballadas, el ganado, todo, todo cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus comedores habituales y reconcentrado.
Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las conjeturas. Achauentrú estaba estupefacto, vacilando entre si era una invasión que venía ó una que iba.
Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con las fuerzas, de marchar una legua rumbo al Sur y se pasó allí una _revista general_.
Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la guarnición, fingiendo una alarma y reirme un poco de los indios que tuvieron un rato de verdadera amargura, no sabiendo ni lo que pasaba, ni qué creer.
Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma y prontitud, sea dicho en elogio de cuantos guarnecían el fuerte Sarmiento en aquel entonces.
¡Que Dios ayude mientras estoy lejos á mis compañeros de armas, esos hermanos de peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo te ayude á ti, Santiago amigo, conservándote siempre con un humor placentero, y un estómago como los desea Brillat-Savarin!
IV
Idea á que nos resignamos.--La partida.--Lenguaje de los paisanos.--Qué es una rastrillada.--El público sabe muchas mentiras é ignora muchas verdades.--Qué es un guadal.--El caballo y la mula.--Una despedida militar.--La Laguna Alegre.
Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos _revolvers_ y una escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,--y es á morir sacrificado con la mansedumbre de un cordero.
Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano horizonte, puse pie en el estribo.
Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta distancia.
Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos, particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida.
El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.
Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste, ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos Sudabajo.
Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la práctica se comprende la ventaja de la substitución.
Al Oeste le llaman _arriba_. Al Este, _abajo_. Estos dos vocablos substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este y Oeste y de su composición vocal.
Un ejemplo lo demostrará.
Si queriendo ir del punto A al punto B, ó para ser más claro, de la Villa del Río 4.º al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese á un baqueano por las señas, las daría así:
Miraría al Sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se sale en estas dereceras,--Sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero muy poco abajo.
Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va derecho como un huso á su destino.
Si queriendo ir de la Villa del Río 4.º á las Achiras, en el mes de noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al Sur, se preguntasen las señas, la contestación sería:
--Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras.
Con esas señas cualquiera va derecho.
De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al poniente, viene la denominación de Provincias de arriba y de abajo; la de arribeños y abajeños.
Á las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reune una circunstancia que responde á un hecho geográfico.
Ir de Córdoba para el poniente ó para el naciente es, en efecto, ir para arriba ó para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado que el del mar á medida que se camina del Litoral de nuestra patria para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el que va sube y el que viene baja.
He dicho que el Camino del Cuero consiste en una gran _rastrillada_, y voy á explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la tierra.
Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar é ignora muchas otras que debiera saber. ¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público?
Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja ó de Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe.