Una Excursión a los Indios Ranqueles - Tomo 1 · Unidad 6 de 27
Dedicatoria.--Aspiraciones de un _touriste_.--Los gustos con el tiempo.--Por qué se pelea un padre con un hijo.--Quiénes son los Ranqueles.--Un tratado internacional con los indios.--Teoría de los extremos.--Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.--De dónde parte el camino del Cuero. — parte 4
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Durante algún tiempo fué pan de cada día conversar del asalto de Curupaití, ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que cayeron mortalmente heridos aquel día de luto.
La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros iban haciendo olvidar las nobles víctimas.
Sólo persistían en el espíritu el recuerdo de los predilectos--de esos predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor ni la alegría.
De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas y mortales heridas.
La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta verdaderos milagros.
¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no volvieron á los pocos días á empuñar con mano vigorosa el acero vengador!
Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza á revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos ó heridos respectivos y socorrerlos en cuanto cabía.
Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día á día esperaba algunas altas.
Pensaba en esto quizá cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecito de Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino á anunciarme:
--Señor, una alta del hospital.
Su fisonomía traicionaba una sorpresa.
--¿Y quién, hombre?
--Un muerto.
--¿Cuál de ellos?
--El cabo Gómez.
Al oirle salté impaciente y alegre del parapeto á la explanada, corriendo en dirección al rancho de la Mayoría.
La noticia de la aparición del cabo Gómez ya había cundido por las cuadras.
Cuando llegué á la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.
Me abrieron paso y entré.
El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil, y llevaba la mochila terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase adelgazado mucho y costaba reconocerle.
Realmente, parecía un resucitado.
Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del primer herido.
El batallón era un barullo. Todos querían ver á un tiempo al cabo; los unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podían verle bien, se trepaban sobre el moginete de los ranchos; nadie se atrevía á dirigirle la palabra interrumpiéndome á mí.
--¿Y cómo te ha ido, hombre?
--Bien, mi Comandante.
--¿Dónde está la alta?--pregunté al oficial encargado de la Mayoría.
Diómela, y notando que era de un hospital brasileño, me dirigí al cabo.
--¿Qué, has estado en un hospital brasileño?
--Sí, mi Comandante.
--¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.
--Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo que nadie me recogía, porque no me oían ó no me veían, me arrastré como pude, y me escondí en unas pajas á ver si en la noche me podía escapar.
--¿Y cómo te escapaste?
--Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y comenzaron á desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo, pero muy mal herido, y como vi que mataban á algunos que estaban _penando_, me acabé de hacer el muerto á ver si me dejaban. No me tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Lo que la noche se puso obscura, hice fuerza para levantarme y me levanté y caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi Comandante.
Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la respiración, para no perder una palabra de las del cabo.
--¿Y por dónde saliste?
--Esa noche no pude salir, porque no era baqueano, y me perdí varias veces, y me costaba mucho caminar; porque me dolían los balazos. Pero así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oí la diana de los brasileños. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí á Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; á mí me embarcaron con ellos y me llevaron á Corrientes, y allí he estado en el hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya no podía aguantar las ganas de ver el batallón.
--¡Viva el cabo Gómez, muchachos!--grité yo.
--¡Viva!--contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les incita al desorden y se les deja en libertad de retozar.
Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.
Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescribibles.
Garmendia vino esa tarde á compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo ya por uno de sus asistentes, que el cabo Gómez había resucitado.
Garmendia tiene fibras de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; así fué que la primera cosa que me dijo al verme, fué:
--Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me alegro!--¿Y dónde está, llámelo, vamos á preguntarle cómo se escapó?
Contéle entonces todo lo que acababa de referirme el cabo; pero como se empeñase en verle la cara, le hice venir.
Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.
Contónos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez Guevara le había pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado, y diciéndole:--¡eh! haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.
Que él no había estado asustado ese día, que cuando el Alférez le pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que sólo se asustó un poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones, desnudando y matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dió miedo que lo ultimaran sin poder hacerles cara.
Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del temple de ese corazón de acero.
Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me sentía orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél.
Confieso que le amaba.
Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas de Garmendia, supe que Gómez había padecido en otro tiempo de alucinaciones.
Explicónos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires, siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera.
Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.
La curiosidad aumentaba el interés de ese tipo, crudo, enérgico y fuerte, tan común en nuestro país.
Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, sacamos en limpio que su querida no había faltado á los compromisos contraídos ó á la fe jurada.
Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un rival, que él aborrecía mucho; que cuando se despertó, el hombre no estaba allí, pero él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y que, á un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y viendo entonces que estaban los dos solos y que su cuchillo se había clavado en el pecho de su bien amada.
Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia; porque esa noche después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir aquello.
Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencias y no lo hice nunca.
Á no ser mi excursión á Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita, en el archivo de mis recuerdos.
Creerán algunos que á medida que corre la pluma voy fraguando cosas imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.
Y sin embargo todo es cierto.
Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan profundos.
La visión puede convertirse en una amable ó en una espantosa realidad.
Las ideas son precursoras de hechos.
Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea, que seguridad de que un acontecimiento cualquiera se repita.
Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés.
El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no.
Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en ellos.
Gómez nos hizo pasar una noche amena.
Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto á la conversación; sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y para el corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.
Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.
¡Qué persistencia de personalidad!
Una mañana regresando á caballo á mi reducto, pasé como de costumbre por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.
Jamás lo hacía sin recibir ó dar alguna broma.
Este viejo en prospecto, para que no se enfade, si desconoce su actualidad, tiene la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le tratan con intimidad.
Iba á decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.
--¿Usted paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?
--¡No embrome, viejo!
--¿Que no embrome? Vaya y verá.
Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un momento á mi reducto.
No tuve necesidad de interrogar á nadie.
Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo de misterio.
--¡Desaten ese hombre!--grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza.
Y en el acto el hombre fué desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:
--Quiero hablar con mi Comandante.
Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.
--¡Han asesinado á un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!
--¿Quién?
--El cabo Gómez.
--¿Y quién lo ha visto?
--Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes:--Había jurado matarlo, ¡un bofetón á mí!...
¡Me quedé aterrado!
Pasé el parte sin mentar á Gómez.
Y aquí termino hoy.
Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar á picar la curiosidad del amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la relación.
El cabo Gómez queda preso.
VII
Presentimientos de la multitud.--Un asesino sin saberlo.--Deseos de salvarle.--Averiguaciones.--Un fiscal confuso.--Juicios contradictorios.--Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino.--Consejo de Guerra.--Dudas.--Sentencia del cabo Gómez.--Se confirma la pena de muerte.--Preparativos.--La ejecución.--Una aparición.
Un hombre había sido asesinado en pleno día durante la luz meridiana, en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo penetré en el reducto,--y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el asesino es fulano.
Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse á jurar que lo fuera.
¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!
Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo á dar cuenta del hecho y á pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.
Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.
El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando á las fronteras de su patria; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡_arriba_! se levanta, ¡_adelante_! marcha, ¡_muere ahí_! ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?
Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el indicado, le hice comparecer ante mí, é interrogándole con esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el terrible secreto.
El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante fresco para contestar con precisión á todas mis preguntas.
--Gómez--le dije afectuosamente,--quiero salvarte; pero para conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.
El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de ésos que dicen--dejadme meditar y recordar.
Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:
--Vamos, hijo, díme la verdad.
--Mi Comandante--repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad,--yo no he muerto ese hombre.
--Cabo--agregué, fingiendo enojo,--¿por qué me engañas? ¿á mí me mientes?
--No, mi Comandante.
--Júralo, por Dios.
--Lo juro, mi Comandante.
Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.
No se me ocurrió nada.
Le ordené al cabo que se retirara.
Hizo la venia, dió media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.
Á pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que le volvieron á la guardia de prevención.
Yo llamé á un ayudante y dicté una orden para que el alférez don Juan Álvarez Ríos procediese sin dilación á levantar la sumaria debida.
Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir ó probar lo acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, inclinados á creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios ó maravillosos.
Á pesar del juramento del cabo, yo tenía mis dudas, y estaba resuelto á salvarle, aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que Álvarez inquiriese.
Volví, pues, á tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.
Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más gordas.
Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se llenaron las primeras formalidades, vino á mí para hacerme saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, creo que sesenta pesos, y consultarme qué haría con ellos.
Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué: ¿No le decía á usted que Gómez no podía ser el asesino? Se habría robado el dinero.
Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me contestó: Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.
Más tarde volvió á decirme que se había encontrado un cuchillo ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez ó no; que después lo sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el asesino no podía ser él.
Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que resultase que el cabo tenía el suyo.
Otro cabo, Irrizábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi asistente mucho tiempo, fué de quien me valí para saber si Gómez tenía ó no su cuchillo.
Irrizábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi curiosidad.
Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.
Quedéme perplejo al saberlo.
Voy á pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca acabar.
Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más á medida que tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder su latín, fué la declaración de Gómez,--que negó rotundamente haber asesinado á nadie.
Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada.
Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con un pelotón de su compañía que salió de fajina.
Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.
No obstante, la conciencia del batallón--sin que nadie hubiese afirmado terminantemente cosa alguna contra Gómez,--seguía siendo la conciencia del primer momento; Gómez es el asesino.
Al fin, acabó por haber dos partidos--uno de los oficiales y de los soldados más letrados,--otro de los menos avisados, que era el partido de la gran mayoría.
La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta llegó á susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le había dado mucho dinero.
Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en todas las emergencias que sobrevenían á la causa de Gómez.
Los oficiales más diablos le tenían aterrado, zumbándole al oído que sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si sin pruebas ponía una vista contra Gómez.
El pobre Alférez iba y venía en busca de mi inspiración, y salía siempre cabizbajo con esta reflexión mía:
¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!
Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el término es limitadísimo para estos procedimientos.
Fué elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera juzgado en Consejo de Guerra ordinario.
El Auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado á la antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente, contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio Mitre cuando dejé de ser su secretario militar.
Por él supe lo que contenía la causa de Gómez--que Álvarez, á pesar de su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas de que Gómez era el verdadero autor del crimen.
Nombrado el Consejo, y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo á los vocales, conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones le tenía.
Reunióse el Consejo el día y hora indicados, y Gómez fué llevado ante él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.
La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General en Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que ya haría constar, le conmutaría la pena, dado el caso que el Consejo le sentenciara á muerte.
Yo era el único que no tenía opinión fija.
Parecíame á veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la vida.