Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 11 de 25
Epílogo 321 — parte 9
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Mi compadre me vió entrar sin salir de su apatía habitual. Había vuelto á la faena de picar tabaco con la navaja de Rodgers.
En la cara me conoció que alguna curiosidad me llevaba.
Llamó á San Martín.
Vino éste, y le hice preguntar que si todavía no era hora de ensillar.
Me contestó que teníamos bastante tiempo aún; que de allí á _Añancué_, línea divisoria de sus tierras, no había más que dos galopes; que ya había mandado traer sus caballos y buscar una res, para que mi gente carneara antes de partir; pero que la res tardaría un rato largo en llegar, porque estaba lejos.
--¿Y qué, mi compadre no tiene vacas gordas aquí?--le pregunté á San Martín.
--No, señor, si está muy pobre--me contestó.
--¿Muy pobre?
--Sí, señor.
--¿Y cuánto vale una vaca?
--No tiene precio.
--¿Cómo no tiene precio?
Cuando es para comercio, depende de la abundancia; cuando es para comer no vale nada; la comida no se vende aquí, se le pide al que tiene más.
--De modo que los que hoy tienen mucho, pronto se quedarán sin tener qué dar.
--No, señor; porque lo que se da _tiene vuelta_.
--¿Qué es eso de vuelta?
--Señor, es que aquí el que da una vaca, una yegua, una cabra ó una oveja para comer, la cobra después; el que la recibe, algún día ha de tener.
--Y si á un indio rico le piden veinte indios pobres á la vez, ¿qué hace?
--Á los veinte les da _con vuelta_ y poco á poco se va cobrando.
--Y si mueren los veinte, ¿quién le paga?
--La familia.
--¿Y si no tienen familia?
--Los amigos.
--¿Y si no tienen amigos?
--No pueden dejar de tener.
--Pero todos los hombres no tienen amigos que paguen por ellos.
--Aquí sí; no ve, señor, que en cada toldo hay _allegados_, que viven de lo que agencia el dueño.
--¿Y si se les antoja no pagar?
--No sucede nunca.
--Puede suceder, sin embargo.
--Podría suceder, sí, señor, pero si sucediese, el día que á ellos les faltase nadie les daría.
--¿Cada indio tendrá una cuenta muy larga de lo que debe y le deben?
--Todo el día hablan de lo que han recibido y dado con vuelta.
--¿Y no se olvidan?
--Un indio no se olvida jamás de lo que da ni de lo que le ofrecen.
--¿Me has dicho que cuando una vaca era para comercio tenía precio?
--Sí, señor.
--¿Explícame eso?
--Señor, comercio es, que el que tiene le haga un cambio al que tiene.
--¿Entonces si un indio tiene un par de estribos de plata y no tiene qué comer, y quiere cambiar los estribos por una vaca, los cambia?
--No se usa; le darán la vaca _con vuelta_ y él dará los estribos _con vuelta_ también.
--¿Y si un indio tiene un par de espuelas de plata y las quiere cambiar por un par de estribos?
--Las cambia, _con vuelta_ ó _sin vuelta_, según el trato.
--¿Y con los indios chilenos, cómo hacen el comercio, lo mismo?
--No, señor; con los chilenos el comercio lo hacen como los cristianos, á no ser que sean parientes.
--¿Y con los indios de Calfucurá y con los Pampas?
--Lo mismo, señor.
--¿Y hay pleitos aquí?
--No faltan, señor.
--¿Y cuando dos indios tienen una diferencia, quién los arregla?
--Nombran jueces.
--¿Y si alguno no se conforma?
--Tiene que conformarse.
Estos bárbaros, dije para mis adentros, han establecido la ley del Evangelio, hoy por ti, mañana por mí, sin incurrir en las utopías del socialismo; la solidaridad, el valor en cambio para transacciones; el crédito para las necesidades imperiosas de la vida y el jurado civil; entre ellos se necesitan especies para las permutas, crédito para comer.
Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que tiene hambre no come si no tiene con qué. Está visto que las instituciones humanas son el resultado de las necesidades y de las costumbres, y que la gran sabiduría de los legisladores consiste en no perderlo de vista al modelar las leyes. Los que á cada rato nos presentan el cartabón de otras naciones cuya raza, cuya religión, cuyas tradiciones difieren de las nuestras, deberían tomar notas de estas observaciones.
Por aquí iba de mi soliloquio, cuando el indio que me escamoteó los guantes de castor se presentó. Venía algo _achumado_.
En cuanto me vió me dijo una cuchufleta. Sentóse á mi lado y me pidió el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Me negué á dárselo, porque su desaparición importaba _una señal_. Pero insistió é insistió y no tuve más recurso que ceder. Era una prenda insignificante y quién sabe qué se imaginaba mi compadre si no lo daba. De la suspicacia de un indio hay que esperarlo todo.
Gran contento experimentó el indio al recibir el pañuelo y en el acto se lo puso como yo lo usaba, calándose encima el sombrero.
Siguió jaraneando, siendo mi larga pera objeto de los mayores elogios y admiración. Grande, linda, me decía, pasando por ella sus puercas manos. Quería levantarme y no me dejaba. Estaba cargoso como cuatro. Y no me era dado manifestarle que me atosigaba con sus monadas, porque á mi compadre le hacían suma gracia. Además, yo sabía todo el cariño y respeto que tenía por él.
Me abrazaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba: ¡Ese coronel Mansilla toro! Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme. Ya lo he dicho, ser _toro_ es ser todo un hombre.
No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió _trenzarme la pera_.
Era la otra seña convenida con Camilo si algún peligro me amenazaba. ¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?
Se aferró á él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente.
Y no era para menos, Santiago amigo, si tienes presente la composición de lugar hecha con Camilo, para el caso de que los indios no quisieran dejarme salir de entre ellos.
Que me hubiera pedido y sacado el pañuelo, se explicaba. Á cualquier indio podía habérsele ocurrido pedírmelo. Me había puesto en ese caso. Pero que después de haber dado el pañuelo me quisiera trenzar la barba, era inexplicable, extraordinario.
No hay previsión que alcance ciertas cosas; con razón dice Napoleón, que en la guerra dos tercios deben concedérsele al cálculo y uno á la casualidad.
No podía ocurrírseme la idea de una traición, porque los _muchachos_ de Camilo eran todos hombres muy seguros. Han conversado entre ellos sobre lo convenido, algún espía los ha oído, me decía, y me tienden un lazo; quieren ver qué hago.
El indio no declinaba de su empeño. Á Roma por todo, exclamé interiormente, y me dejé trenzar la barba, tomando la precaución de darle la espalda á la entrada del toldo, no fuera á pasar Camilo, viera la señal y se largara para la Villa de Mercedes, llevándole un parte falso al general Arredondo.
Estaba en ascuas; los caballos debían llegar de un momento á otro y con ellos Camilo, quién según la consigna no me veía hacía días.
Darle aviso de lo que acontecía era imposible. El indio no me dejaba salir del toldo. Un hombre _achumado_ es más pesado y fastidioso que una mujer enamorada celosa.
La res que había mandado pedir mi compadre llegó, y me sacó de apuros. Preguntáronle si la carneaban, contestó que sí, y me hizo decir: que cuando gustara podía mandar ensillar.
Me levanté, y destrenzándome la malhadada pera, salí del toldo, á pesar de los repetidos, «no se vaya, amigo», del indio.
Tres trompas tocaron llamada, y algunos momentos después comenzaron á llegar grupos de jinetes, montando buenos caballos y vistiendo trajes de gala. Uno de ellos tenía uniforme completo de teniente coronel y la pata en el suelo.
Mi gente estaba pronta. Arrimaron las tropillas y ensillamos.
Me despedí tiernamente de mi ahijado. ¡Extraños fenómenos de la simpatía, el chiquilín lagrimeó!
Montamos y partimos al gran galope en dispersión.
El cuarterón iba con nosotros y el perro del toldo de Baigorrita le seguía.
Por el camino se incorporaron varios grupos de indios, y cuando llegábamos á las alturas de Poitaua era la tarde ya.
Sujeté para esperar á los franciscanos que se habían quedado atrás, y mi compadre también.
Sobre la copa de un algarrobo estaba un águila, mirando al Norte.
Baigorrita me hizo decir con San Martín, que era buena seña, que el águila nos indicaba el rumbo.
Si hubiese estado mirando al Sud, _todos_ los indios se habrían vuelto.
Es el ave sagrada de ellos y tienen esa preocupación.
Los franciscanos llegaron y seguimos la marcha al trote; iba á reirme de la superstición del águila, diciéndoles lo que me había hecho notar mi compadre. Pero me acordé de que yo no como donde hay trece, ni mato arañas por la noche.
Hay un mundo en el que todos los hombres son iguales; es el mundo de las preocupaciones. El más sensato es un bárbaro. Decidme si no, lector, ¿por qué aborrecéis á don fulano?
XIII
Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados.--El que entre lobos anda á aullar aprende.--Aves de la Pampa.--En un monte.--Perdido.--Las tinieblas.--Fantasmas de la imaginación.--¿Somos felices?--Disertación sobre el derecho.--El miedo.--Hallo camino.--Me incorporo á mis compañeros.--Clarines y cornetas.
En _Pitralauquen_, volvimos á hacer alto; los flamencos atornasolados saludaron nuestra llegada, batiendo con estrépito sus sonrosadas alas, y en ondas caprichosas se perdieron por el éter incoloro.
Mi compadre y sus indios allegados iban tan mal montados, que me pidió por favor le prestara algunos caballos para llegar á la raya.
Ordené que se los dieran, y diciéndole á San Martín: parece increíble que Baigorrita no tenga más caballos, me contestó: si anoche casi lo han dejado á pie.
Descansamos un rato y seguimos la marcha.
Al tiempo de subir á caballo, le robé al indio de los guantes un naco de tabaco que llevaba atado á los tientos.
El que entre lobos anda á aullar aprende.
Se lo dije á mi compadre y se rió mucho, festejando la ocurrencia y la burla que le harían los demás cuando supieran que se había dejado robar por mí.
Galopábamos á toda brida.
Éramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que los indios marchan.
El sol se ponía con un esplendor imponente; sus rayos como dardos de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo á nuestras miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio, teñían el cielo con colores vivaces.
Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendían los aires con raudo vuelo y graznando se retiraban á las lagunas donde anidaban sus huevos.
Es increíble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rojo pico; de patos reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias, de corvo pico; de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras becacinas de grises alas que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay millares.
¡Cómo gozaría allí un cazador!
Imaginaos que en la «Ramada» los soldados recogieron un día ocho mil huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades.
¡Cuánto echaba yo de menos mi escopeta!
Entramos en el monte. Anocheció y seguimos al galope. El polvo y la obscuridad envolvían en tinieblas profundas los árboles que, como fantasmas se alzaban de improviso al acercarnos á ellos; no nos veíamos á corta distancia; nos llevábamos por delante unos á los otros; mi caballo era superior, yo iba á la cabeza, perdí la senda y me extravié.
Sujeté, hice alto, puse atento el oído en dirección al rumbo que me pareció traerían los que me precedían, nada oí.
¿Qué peligro corría?
Ninguno en realidad.
Un tigre no podía hacerme nada. El caballo me habría librado de él. Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte había sufrido los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.
¿Qué me imponía entonces?
Las tinieblas de la noche.
Las sombras tienen para mí un no sé qué de solemne. En la obscuridad, cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.
La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz y á los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto obscuro, cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte umbrío; como no puedo decir lo que sentía cuando trepaba las laderas resbaladizas de la gran cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo de cautelosa mula.
Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en la imaginación; en esa región poética, mística, fantástica, ardiente, fría, límpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombría, risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del sol y su penumbra, que cría y destruye, que forja sus propias cadenas y las rompe,--que se engendra á sí misma y se devora, que hoy entona tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurífero y canta la alegría, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la oprobiosa tiranía.
¡Ah! ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!
¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio á las más remotas estrellas!
¡Si pudiéramos descomponer los rayos de la mirada del hombre, como el espectro solar descompone los rayos del gran luminar! Si pudiéramos sondar el corazón, como los bajíos tempestuosos del mar.
¿Seríamos más felices?
¡Más felices!...
¿Somos acaso felices?
Si constantemente hablamos de la felicidad, es porque tenemos idea de ella.
Definidme, pues, lo que es.
Quiero saberlo, necesito saberlo, debo saberlo, es mi derecho.
Sí, yo tengo derecho á ser feliz, como tengo derecho á ser libre. Y tengo derecho á ser libre, porque he nacido libre.
¿Qué es la libertad?
¿No es el poder de obrar, ó de no obrar, no es la facultad de elegir; no es el ejercicio de mi voluntad consciente, reflexiva, deliberada, calculada, espere daño ó bien?
¡Os atrevéis á tacharme la definición!
¿Qué me vais á decir?
Que no es jurídica: ¿por qué la libertad _es el poder de hacer lo que no daña á otro_?
Os advierto que no hablo como un legista, sino como un filósofo, y os admito la diferencia.
Convenido; la libertad es eso, mi derecho corriendo en línea paralela con el vuestro una abstracción susceptible de asumir una fórmula gráfica.
--Á mi derecho:
--Á vuestro derecho:
Luego un derecho que se sobrepone á otro no es derecho, es abuso ó tiranía.
Yo tengo el derecho de hablar, vos también. Si os impongo silencio y no callo, os oprimo. Yo tengo el derecho de trabajar para mí, vos también. Si os hago mi esclavo, os tiranizo.
Estamos acordes.
Pues bien. Insisto en ello. Yo tengo el derecho de ser feliz. Lo reconozco, me contestáis; no me opongo á ello, no tengo cómo oponerme; lo intentaría en vano.
Es mentira, puesto que mi felicidad consiste en que me devolváis el amor de la mujer que me habéis robado.
No depende de mí. En todo caso dependerá de ella.
Pero es que si ella volviese á mí, no volvería como antes era; para que lo fuera, hubiera debido permanecer inmaculada y la habéis corrompido.
Suponiendo que yo pueda ser responsable de vuestra felicidad, os prevengo que hacéis un sofisma cuando la comparáis con el derecho.
No os entiendo.
Quiero decir que el derecho regla las relaciones naturales de la humanidad; que si la libertad es un derecho, la felicidad no lo es.
¿Y por qué no ha de ser un derecho aquello que más necesito?
Tanto valiera que me dijerais que respirar no es mi derecho, siendo así que tengo el derecho de vivir y que si no respiro muero.
Es que el sofisma consiste en que hacéis de un accidente una necesidad; de una cosa contingente una cosa absoluta; de una cosa que está en nuestras manos, una cosa que depende de los demás.
¿Pero mi libertad, mi derecho están en ese mismo caso?
No, porque vuestra libertad y vuestro derecho están garantidos por la libertad y el derecho ajenos. _Alteri non feceris quod tibi fieri non vis._ No hagas á los demás, lo que no quieres que te hagan á ti mismo. _Alteri feceris quod tibi fieri velis._ Haz á lo demás lo que quieres que te hagan á ti mismo. Estos dos aforismos encierran todos los deberes del hombre para con sus semejantes y con la familia.
No protesto contra estos principios, arguyo sólo, que si mi felicidad no daña á los demás, tengo el derecho de exigir ser feliz.
¿Á quién?
--¿Á quién?...
--¿Sí, á quién?
Contestadme.
Os he pedido que me defináis la felicidad.
¿Que os defina la felicidad?
Si la felicidad no es absoluta, es relativa. No es como el bien y el mal, como lo bueno y lo malo. Es objetiva y substantiva. Depende de las circunstancias, del carácter, de las aspiraciones, de accidentes sin fin.
Os entiendo.
Queréis decirme, que un fraile de la Trapa, vicioso, descreído, puede vivir más tranquilamente en su retiro que yo, creyente y sano, en el bullicio de la sociedad.
Precisamente.
Entonces ¿qué recurso nos queda á los que rodamos fatalmente en ese torbellino?
Tomarlo como viene, resignarse.
La conformidad puede convenirle á un esclavo.
¿Y creéis haber dicho algo?
Si no lo creyese, no hubiera hablado.
Os prevengo, sin embargo, que sois esclavo de vuestras pasiones.
¿Y qué me queréis decir?
Quería recordaros, que Dios es inescrutable, que el hecho de no poder definir satisfactoriamente una cosa en abstracto, no prueba que la cosa deje de existir; en una palabra, que habéis sido insensatos al exclamar con desaliento: ¿somos acaso felices?
De consiguiente, porque no pueda definir lo que experimenté cuando me vi perdido en el monte, no por eso dejará de creerse que fué miedo.
¿Cuánto duró? Pocos instantes. Quizá si hubiera durado más, lo hubiera podido definir.
Me hallaba perplejo, sin saber qué hacer, mi caballo caminaba en la dirección que quería, yo estaba desorientado y todo era igual, lo mismo un rumbo que otro.
Así había vagado un breve instante á la ventura, cuando sentí un tropel, cerca, muy cerca de mí. La emoción, sin duda, no me había permitido oirlo antes.
Hay situaciones en que, según las disposiciones del espíritu, el zumbido de una mosca, el susurro de una hoja parecen una tempestad; y otras en que no se oye ni el estampido del cañón. Yo he visto en el campo de batalla hombres asustados, poseídos de terror pánico, huir hacia el enemigo, que no reconocían á quien les hablaba, ni oían lo que se les decía.
Dando vueltas había caído al camino. Me incorporé á un grupo que pasaba al galope y seguí. Salimos á un descampado. Algunas estrellas brillaban entre nubes errantes, que, á impulsos de un vientecito que se había levantado, corrían de Naciente á Poniente, presagiando que al salir la luna tendríamos luz.
Volvimos á entrar en la espesura; caímos á unos barrancos con lagunas salitrosas, que parecían espejos de bruñida plata; subimos á la falda de los médanos, y al llegar á la cumbre de uno de ellos, la errante reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.
Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas á otras, recorriendo las ondulaciones del vacío.
Los cornetas de Baigorrita contestaron.
Estábamos en la raya.
Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y á las cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos á avanzar.
Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, juegan á la _chueca_.
XIV