Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 6 de 25

Epílogo 321 — parte 4

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

El terreno se iba doblando gradualmente, cruzábamos una sucesión de medanitos, que se encumbraban por grados, divisábamos una ceja de monte, y en lontananza, hacia el Sudoeste, las alturas de Poitaua, que quiere decir: _Lugar desde donde se divisa_, ó atalaya.

Las brisas frescas de la tarde comenzaban á sentirse, galopamos un rato y entramos en el monte.

Eran chañares, espinillos y algarrobos. Estos últimos abundaban más. Es el árbol más útil que tienen los indios. Su leña es excelente para el fuego, arde como carbón de piedra; su fruta engorda y robustece los caballos como ningún pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve para elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer _patai_ pisándola sola, y pisándola con maíz tostado, una comida agradable y nutritiva.

Los indios siempre llevan bolsitas con vainas de algarroba, y en sus marchas las chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan la coca. Es un alimento, y un entretenimiento que reemplaza el cigarro.

Á propósito de cigarro, aprovecharé este momento, Santiago amigo, para decirte que los indios aman tanto el tabaco como el aguardiente.

Prefieren el negro del Brasil á cualquier otro. Los pampas Azuleros hacen este comercio, y los chilenos les llevan con el nombre de tabaco, una planta que no he podido conocer, que he fumado, y me ha hecho el mismo efecto del opio, es fortísima.

Todos los indios saben fumar, lo mismo que saben beber; pasaría por persona mal educada quien no supiera hacerlo.

Fuman el tabaco de tres modos: en forma de cigarro puro, en forma de cigarrillo y en pipa.

Este último modo es el que les gusta más.

No hay indio que no tenga su cachimbito.

Ellos mismos los hacen, y con bastante ingenio.

Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los lados un agujerito en el que colocan un dedal, con otro agujerito que coincide con el taladro.

El que quiera hacer una pipa á lo indio, ya tiene la instrucción.

Recomiendo esta clase de pipas á los aficionados al tabaco fuerte; en ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son iguales.

Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse.

Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda su fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra, otra del mismo modo. Á la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y se quedan profundamente dormidos.

Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado hacia una cañada. Allí íbamos á parar, haciendo noche al borde de una lagunita llamada _Pitralauquen_, lo que quiere decir _laguna de los flamencos_. Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de estos pájaros.

El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie á tierra.

La lagunita que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular, estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente sobre la líquida superficie.

Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que no se inquietaron por nuestra aproximación.

Acampamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas, organizando la ronda, no fueran á darnos malón, se buscó leña y no tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón.

Los franciscanos se habían molido un poco.

Su pensamiento dominante era descansar; en tanto hacían un buen asado. Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas. Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyos nidos saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.

Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de prisa, porque hacía fresco, y ganando el fogón, que á una vara de distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.

Al rato comíamos, y Mora, mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no estoy trascordado, ofrecí contar su vida.

Mora es un hombrecito como hay muchos, de regular estatura. Un observador vulgar le creería tonto; se pierde de vista. Es gaucho como pocos, astuto, resuelto y rumbeador. No hay ejemplo de que se haya perdido por los campos. En las noches más tenebrosas él marcha rectamente adonde quiere. Cuando vacila se apea, arranca un puñado de pasto, lo prueba y sabe dónde está. Conoce los vientos por el olor. Tiene una retentiva admirable y el órgano frenológico en que reside la memoria de las localidades muy desarrollado. Cara y lugar que vió una vez no las olvida jamás. Sólo estudiando con mucha atención su fisonomía se descubre que tiene sangre de indio en las venas. Su padre era indio araucano, su madre chilena. Vino mocito con aquél á las tolderías de los Ranqueles, formando parte de una caravana de comerciantes, se enamoró de una china, se enredó con ella, le gustó la vida y se quedó agregado á la tribu de Ramón. En Chile su padre había sido lenguaraz de un jefe fronterizo, peón y pulpero. Vivía entre los cristianos. Mora es industrioso y trabajador, tiene hijos, quiere mucho á su mujer, posee algo y saldría del desierto si pudiese arrear con cuanto tiene. Pero ¿cómo? Es empresa difícil, imposible. Mora ha estado á mi servicio unos cuantos meses, sirviéndome con decisión y fidelidad. Tiene buenos sentimientos, ideas muy racionales, conoce que la vida civilizada es mejor que la del desierto; pero ya lo he dicho, está vinculado á él hasta la muerte, por el amor, la familia y la propiedad. Habla el castellano á la chilena, perfectamente, disminuyendo lo mismo los sustantivos, que los adjetivos y los adverbios. _Nunquita_, me ha sucedido perderme por _allicito_ yendo solito, es como él dirá. El araucano lo conoce bien, y es uno de los lenguaraces más inteligentes que he visto. Ser lenguaraz, es un arte difícil; porque los indios carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente, y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante. Por ejemplo, esta frase: Si usted tiene conciencia debe tener honor, no puede ser vertida literalmente; porque las ideas morales que implican _conciencia_ y _honor_ no las tienen los indios. Un buen lenguaraz, según me ha explicado Mora, diría: Si usted tiene corazón, ha da tener palabra, ó si usted es bueno no me ha de engañar. Por supuesto que Mora, no obstante la pintura favorable que de él he hecho, no es nene que se retrae de ir á los _malones_. Al contrario, va en la punta, y por eso tiene con qué vivir. En unas tierras se trabaja de un modo y en otras de otro, como él me dijo, haciéndole yo cargos de que un hombre blanco, hijo de cristianos, bautizado en los Ángeles, que podía ganar su vida honradamente, llevara la existencia de un salteador.

Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más ó menos lo que queda consignado en el párrafo anterior terminábamos de comer.

Estaba helando.

Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los frailes á mi lado--los cuidaba como á las niñas de mis ojos,--y traté de dormir.

La Creación estaba en calma, el silencio del desierto no era interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, ó por el graznido de las aves de la laguna.

La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de mustias estrellas.

VI

Una noche eterna.--Aspecto del campo al amanecer después de la helada.--En marcha.--Encuentro con indios.--Me habían descubierto de muy lejos.--Medios que emplean los indios para conocer á la distancia si un objeto se mueve ó no.--La carda.--Un monte.--Gente de Baigorrita sale á encontrarnos.--Baigorrita.--Su toldo.--Conferencia y regalos.--Las _botas_ de mis manos.--Carneada.--Una cara patibularia.

Hizo tanto frío, que ni teniendo lumbre toda la noche pude conciliar el sueño. Me di cien vueltas en la cama.

¡Qué envidia me daba oir roncar á los soldados lejos del fogón, hechos una bola como el mataco!

Ni la helada, ni el viento, ni la lluvia, ni el polvo les incomoda á ellos.

Este mundo se vuelve puras compensaciones. Yo tenía abundantes cobijas, quien atizara el fuego toda la noche, y no podía dormir.

Ellos apenas tenían con qué taparse, y dormían como unos santos varones.

La noche me parecía eterna.

--En cuanto quiso aclarar, me levanté, puse á todo el mundo en movimiento, hice dar vueltas las tropillas para que los animales entraran en calor, hasta que llegara la hora conveniente de bajarlos á la laguna, que es cuando el sol pica un poco; mandé agrandar el fogón, se calentó agua, se pusieron unos churrascos, tomamos mate y nos desayunamos.

El campo presentaba el aspecto brillante de una superficie plateada; había helado mucho, la escarcha tenía, en los lugares donde la tierra estaba más húmeda, cuatro líneas de espesor.

Junto con el sol sopló el cierzo pampeano y comenzó á levantarse la niebla en todas direcciones.

La helada iba desapareciendo gradualmente, los rayos solares, abriéndose paso al través del velo acuoso que pretendía interceptarlos.

El calórico, causa y efecto de todo cuanto constituye el planeta en que vivimos, disipaba el fenómeno que él mismo había originado.

Eran las ocho de la mañana, y el horizonte y el cielo estaban ya completamente despejados.

Bebieron los caballos, ensillamos, montamos y rumbeando al Sud, tomamos el camino de Quenque, dejando á la izquierda el que conducía á las tolderías de Calfucurá.

Galopamos un rato, hasta que los animales sudaron, subiendo siempre por un terreno arenoso, salpicado de arbustos; descendimos después entrando en una zona más accidentada, y, al rato, descubrimos hacia el Oriente los primeros toldos de la tribu de Baigorrita y algún ganado vacuno y yeguarizo.

Hice alto para no alarmar á los vigilantes y desconfiados moradores de aquellas comarcas, que veloces como el viento no tardaron en ponerse á tiro de fusil de nosotros para reconocernos.

Destaqué sobre ellos á Mora, les habló, y al punto estuvieron junto con él á mi lado, saludándome y dándome la bienvenida.

Nada sabían de mi visita á Baigorrita.

Pero sabiendo que me hallaba días antes en Leubucó, habían calculado que era yo el que llegaba, afirmándolos en sus conjeturas el aire de mi marcha y el orden en que la efectuaba.

Me habían descubierto desde que se levantaron los primeros polvos en Pitralauquen. La mirada de los indios es como la de los gauchos. Descubren á inmensas distancias, sin equivocarse jamás, los objetos, distinguiendo perfectamente si el polvo que asoma lo levantan animales alzados ó jinetes que corren.

Cuando vacilan, dudando de si el objeto se mueve ó no, recurren á un medio muy sencillo para salir de dudas. Toman el cuchillo por el cabo, lo colocan perpendicularmente en la nariz y dirigen la visual por el filo que sirve de punto de mira; y es claro que si el objeto se desvía de él no está inmóvil, debe ser un árbol, un arbusto, una espadaña, una carda, cuyas proporciones crecen siempre en el espacio por los efectos caprichosos de la luz.

Á propósito de _carda_, no vayas á creer, Santiago amigo, que me refiero al _cardo_, que no existe en la Pampa, propiamente hablando.

La carda se le parece algo, es más bien una especie de cactus, crece hasta tres varas y produce unas bellotas verdes y granulentas, como la fruta mora, en las que, cuando están secas, se encuentra un gusanillo que es la crisálida del tábano.

La carda es un gran recurso en el campo. Su leña no es fuerte, pero arde admirablemente. Es como yesca, y las bellotas cuando se queman, forman unos globulitos preciosos que parecen fuegos artificiales y distraen en sumo grado la imaginación.

Alrededor de un fogón de carda puede uno quedarse dos horas enteras entretenido, viendo al fuego devorar sin saciarse con pasmosa rapidez cuanta leña se le echa, brillar y desaparecer las bellotas incandescentes como juegos diamantinos.

La carda tiene otra virtud recóndita.

Cuando el caminante fatigado de cansancio y apurado por la sed, encuentra una carda frondosa, se detiene al pie de ella, como el árabe en el fresco oasis. Arranca el tallo, y en el alvéolo que quede entre las hojas, encuentra siempre gotas de agua cristalina, fresca y pura, que son el rocío de la noche guarecido allí contra los inclementes rayos del sol.

Conversé un momento con los recién llegados, y después que los avié con yerba, azúcar, tabaco y papel, seguí la marcha, cortando ellos para sus toldos.

Galopamos un rato y llegamos á un monte bastante tupido y abundante en árboles seculares. Las quemazones habían hecho estragos en aquellos gigantes de la vegetación. Algunos estaban carbonizados desde el tronco hasta la copa, y al menor empuje perdían su quicio y caían deshechos en mil pedazos.

Encontré buen pasto y resolví descansar allí un buen rato. Aunque no lo hubiera resuelto habría tenido que hacer alto largo tiempo.

Una mula espantadiza se asustó del ruido de un calderón medio quemado, que se vino al suelo por arrancar un gajo para hacer fuego y calentar agua, disparó é hizo disparar las tropillas.

El tiempo que se tardó en repuntarlas bastó para tomar algunos mates.

Mudamos, y estando á medio camino de Quenque, y siendo temprano, seguí la marcha por entre el bosque, tardando como una hora en salir de él.

Caímos á un bajo, cruzamos un salitral y avistamos al mismo tiempo en las cuchillas de unos médanos lejanos, unos polvos que venían hacia nosotros.

Poco tardamos en encontrarnos.

Era gente de Baigorrita que salía á recibirme.

Hicimos alto, destacamos nuestros respectivos parlamentarios, cambiamos muchas _razones_, y formando un solo grupo nos lanzamos al gran galope.

Otros polvos que se alzaron en la misma dirección de los anteriores, anunciaron que Baigorrita venía ya.

Yo no podía olvidar que conmigo venían los franciscanos y que me había comprometido á que volvieran á su convento sanos y salvos. Veía por momentos el instante en que daban una rodada y se rompían el bautismo. Recogí la rienda á mi caballo, acorté el galope y seguimos al trote.

Baigorrita se acercaba como con unos cincuenta jinetes. Estábamos á la altura de la casa del capitanejo Caniupán, amigo ranquelino que había conocido en la frontera; indio manso y caballero, de los pocos que no piden cuanto sus ojos ven.

Baigorrita no anduvo con las ceremonias imponentes de Ramón, ni con los preámbulos fastidiosos de Mariano Rosas. En cuanto nos pusimos á distancia de podernos ver las caras, hicimos alto.

Se destacó solo, y yo también.

Picamos al mismo tiempo nuestros caballos, y sin más ni más, nos dimos un apretón de manos y un abrazo, como si fuera la milésima vez que nos veíamos.

El grupo que venía y el que iba se confundieron en uno solo.

Galopábamos y conversábamos con Baigorrita, sirviéndole á él de lenguaraz, Juan de Dios San Martín, un chilenito, de quien hablaré en oportunidad, y á mí, Mora.

Baigorrita no habla en castellano, lo entiende apenas.

En media hora más de camino estuvimos en su toldo.

Allí nos esperaba alguna gente reunida.

Todos me saludaron, lo mismo que á mi gente, con respeto y cariño.

El toldo de Baigorrita no tenía nada de particular. Era más chico que el de Mariano Rosas, y estaba desmantelado.

Entramos en él. Mi compadre no brillaba por el aseo de su casa. En su toldo había de cuanto Dios crió, muchos ratones, chinches, pulgas y algo peor.

Á cada rato sorprendía yo en mi ropa algún animalito imprudente que, hambriento, buscaba sangre que chupar. Para un soldado esto no es novedad. Los tomaba y con todo disimulo los pulverizaba.

Tuvimos una conferencia larga y pesada. Mi compadre me presentó á sus principales capitanejos y á varios indios viejos, importantes por la experiencia de sus consejos.

Les regalé sobre tablas algunas bagatelas. Á mi compadre le di mi revólver de seis tiros, unas camisas de crimea, calzoncillos y medias. Á mi ahijado, dos cóndores de oro.

Los franciscanos y mis ayudantes hicieron también sus regalitos. La recepción había sido tan sencilla y cordial, que todos habían simpatizado con aquella indiada.

Después que los saludos y presentaciones oficiales pasaron, vino la conversación salpicada de dichos y agudezas.

Un indio, que por lo menos tendría sesenta años, muy jovial y chistoso, grande amigo de Pichún, el finado padre de Baigorrita, muy querido y respetado de éste, viendo mis manos cubiertas con algo de que él no tenía idea, me preguntó en buen castellano:

--¿Qué es eso, ché?

Eran mis gruesos guantes de castor, prenda que yo estimaba mucho, porque tengo la debilidad de cuidarme demasiado quizá las manos.

Me vi embarazado momentáneamente para contestar.

--Si decía guantes, me iba á entender tanto como si dijera matraca.

Rumiando la respuesta, le contesté.

--Son las botas de las manos.

Los ojos del indio brillaron como si hubiera hecho un descubrimiento, y agregó:

--Cosa linda, _güena_.

Y esto diciendo, me agarró las dos manos con las suyas.

Retiré una, desabroché el guante y ayudándole á tirar me lo saqué.

El indio se lo puso en el acto.

Hice lo mismo con el otro y se lo di.

También se lo puso, tenía las manos más chicas que yo, así es que le hacían el efecto de un par de manoplas, de ésas que suelen verse colgadas en las vidrieras de las armerías.

El indio parecía un mono. Abría los dedos y se miraba las manos encantado.

Le dejé gozar un rato, y cuando me pareció que había estado bastante tiempo en posesión de mis guantes, se los pedí para ponérmelos.

--Eso no dando--me contestó.

La jugada no estaba en mis libros. Perder mis guantes equivalía á estropearme las manos, sin remisión.

--Te los compro--le dije, viendo que cerraba los puños como para asegurar mejor su presa.

Hizo un movimiento negativo con la cabeza.

Metí la mano al bolsillo, saqué una libra esterlina y se la ofrecí, creyendo picar su codicia.

Tomóla; pero no me dió los guantes.

--Dame las botas de las manos--le dije.

--Eso no vendiendo--me contestó, llevando á la Junta como cristiano.

--Entonces dando la libra esterlina--le dije.

--Yo indio pobre, vos cristiano rico--repuso.

Y junto con la contestación se guardó la libra, dejándome con un palmo de narices.

Todos los circunstantes festejaron con risotadas espontáneas la treta del indio.

Mi compadre Baigorrita, me dijo: Viejo diablo, ¿eh?

Tuve que amoldarme á las circunstancias y que declararme neófito en materia de escamoteos.

Las visitas se fueron retirando poco á poco.

Yo estaba cansado, y por ciertas razones tenía necesidad de mudarme la ropa.

Salí sin ceremonia del toldo.

Había mucha gente afuera, charlando alegremente con los de mi comitiva, al mismo tiempo que le daban un avance á una parva de algarroba. Había dos cosechas para el invierno.

Tenía hambre.

Llamé á Juan de Dios San Martín, el chilenito, y lo mismo que si hubiera estado en la estancia del amigo más íntimo, le dije: Dile á mi compadre que me haga carnear una res para la gente.

Se fué, y al punto volvió diciéndome que ya la traían.

Con efecto, un rato después, dos indios traían una vaca enlazada.

La carnearon las chinas, entregándole la mayor parte á mi gente.

El fogón estaba pronto ya.

No queriendo pernoctar en el toldo de mi compadre, acampé al raso.

La tarde se acercaba.

Las chinas recogían el ganado manso, arreándolo á pie, seguidas de muchos perros tan grandes como flacos, que llamaban la atención.