Una excursión a los indios ranqueles · Capítulo real 2 de 4
XXVIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 13 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
XXVIII.
Teoría sobre el ideal. — Miguelilo continúa contandd su historia. ■—
Cuadro de costumbres.
Toda narración .sencilla, natural, sin (artificio ni afecl/ación, toalla ecos simpáticos en el 'corazón.
El ideal no puede realizarse .sino manteniéndonos dentro de los límites de la naturaleza.
¿ O no existe, o no es ve reliad ?
¿O no hay bellezj.i plástica,— rasgos, líneas, formas huma ñas perfectas?
¿ O no hay bellezia .aérea, — ¡accidentes, fenómenos fugitivos. perfección moral ?
Miguelito me había cautivado.
Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi peregrínücáón ; de la azarosa cruzada que yo lrabía emprendido devorado por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer algo útil, grande o bueno, tenemos necesariamente que circunscribir nuestra esfera do acción.
Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo dejé un rato replegado sobre sí mismo- y cnUn-do la nube sombría de sus recuerdos se disipó, le dije:
— Continúa, hijo, la historia de tu vida, me interesa.
Miguelito continuó.
— Yo no vivía con mis padres, ellos estaban sumamente po- >res, y yo había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme a vivir con la familia de Regina.
Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.
Mis suegros me querían y me ayudaban a trabajar, prestándome dinero, me cuidaban y me «atendían.
Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después-!
Por eso los indios tenían razón en no tratarse con el] - — .¿ Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel f
— No, Miguelito, ¿qué costumbre es esa?
■• — Cuando un indio se casa, y el suegro o la suegra vau
UNA EX0UB8I0N á LOA INDIOS RANQU» IU l
íi vivir con él, no so ven nunca, aunque estén juntos. Dicer quo loa suegros tienen gualicho,
í.jese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgai unas mantas para no ver-e el yerno con la suegra.
— Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminad i exclamé para mis . .! ¡ntros» y dirtgién lome ;i mj interlocutor atinúa, — le dije.
Miguelito nmrmuró:
— Son muy diantres estos indios, mi Coronel, — y prosiguu así :
— Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó* mi familia (*) a andar como mi padre y mi madre.
Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.
Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces, mi suegra, siempre dándole la razón a la hija.
Cuando la sacaba mejor tenía que stalirme de la casa, dejando que me gritasen picaro, calavera, pobretón.
Me daba rl bia y no volvía en muchos días, me lo llevab comadreando por ahí, y era peor.
Así es el míundo.
De llapa cuando volvía, como Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.
Me daba rabia y poco a poco le iba perdiendo el cariño.
Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche> a escondidas de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha necesidad de ella.
Ai hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como Vd. no ignora.
Ya ve aquí; tiene uno eulntas quiere.
Lo que suele faltar es plata.
En habiendo, compra uno todas las que puede mantener.
Mariano Rosas tiene cinco ahora, y 'antes ha tenido siete. Oalfucurá tiene veinte. ¡ Qué indio bárbaro !
— ¿Y tú, cuántas tienes?
— Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad.
— ¿Cómo es eso?
— Sí; aquí la mujer soltera haieie lo que quiere.
Ya verá lo que le dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas hijas. ¿Y por qué cree entonces que a los cristianos les gusta tanto esta tierra? Por algo había de ser, pues.
Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y
(*) Nuestros paisanos le llaman así a la mujer, y viceversa.
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©orno haMa tiempo piara enterAirme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:
— ¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con til mujer propia,?
— Me arreglaba y ¡mié desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por un lado, ellos por otro.
Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosías con la Dolores.
Hasta me amenazó una vez con que míe había de delatar.
Aquello era unía madeja que no se podüii desenredar y a más; habían dado en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. Decían que ella era mi tapadora y yo la del Juez.
Unía noche casi me desgracié con mi suegro.
Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.
Era una picardía porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.
Tnaba jar como un macho todo el día y rezar, era su victo.
Comió sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios piara afuera. Adentro había otra cosía.
Yo prudenciaba, porque mii madre me decía siempre: leñó paciencia, hijo.
— ¿Y la Dolores? le pregunté.
— Siempre la ve%\ mi Coronel, me contestó.
- — ¿Y cómo hacías?
— Ahorita le voy a contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.
Yo ibja casi todas las noches oscuras a casa de la Dolores.
Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerto, y allí esperaba hasta que ella venía.
Mi caballo lo dejhba maneado del lado de afuera.
Cuando la Dolores venía» porque no siempre podía hacerlo, nos quedábamos un largo rato en amor y compañía, y luego me volvía a mi casa.
Un día mi mhdre me dijo:
"Hijo, ya no lo puedo sufrir a tu padre; cada vez se "pone peor icón lia chupa; todo el día está da>le que dale con "el Juez. Me ha dicho que si viene esta noche lo ha de matar "a él y a mí. Y yo no me (atrevo a despedirlo; porque tengo "miedo de que .a ustedes les venga algún perjuicio. Ya ves "lo que sucedió la vez pasiada. Y ahora con las bullas que "andan, se han de agiarmr de cualquier cosa para hacerlos ► "véteramos".
Con esta conversación me fui muy pensativo a ver a la Dolores.
Estuvimos como siemípre, desechando penas.
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^espedimos, salté la tapia, desmanió mi flete, moni ó, le solté lii rienda y tomó el camino do la querencia al trote cito.
Yo iba pensando en mi madre, diciendo: — Si le habrá Sucedido 'algo, — mejor será que vaya para allá, — cuando el caballo se paró de golpe.
El animal estaba acostumbrado a que yo me apeara en el camino a prender un cigarrito, en un nicho en donde todas las uoches Roní'an una vela por el alma de un difunto.
Me desmonté.
El nicho tenía una puertita.
Ilac^i mucho viento.
Fui a abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si se apagaba la luz, no lo podría encender.
La dejé cerrada hasta armar bien.
Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de k rienda con una mano y empinándome, porque el nicho estaba en una peña alta, encendía el cigarro con la derecha cuando» — zas, tras, me pegaron un bofetón.
Soltó la rienda, el caba:llo con el ruido se espantó y disparó; yo creí que era el alma del difunto, que no quería que encendiera el cigarro en su velja>, me helé de miedo y eché a correr asustado, sin saber lo que me pasaba, sin ocurrirseme de pronto que no era un bofetón lo que había recibido, sino un portazo dado por el viento.
Corría despavorido y había enderezado mlal. En lugar de correr pana mi casa, que quedaba en las orillas*, corría para el pueblo. La noche estaba como booh de lobo. Se me figuraba que me corrían de atrás y de adelante. De todos lados oía ruido, nunca me he asustado más fiero, md Coronel.
Al llegar a las calles del pueblo, lia sangre se me ííva alentando; y veía claro en la oscuridad y oía bien.
Muchas voces gritaban: ,
¡Por allí! ¡por allí!
— ¡ Caíganle ! j denle ! r -~ ..
Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de reconocer.
— ¡Alto ahí! me gritaron.
Hice alto.
— ¿Quién es usted? me preguntaron.
— Miguel Corro, contesté.
— ¡Maten! ¡maten! gritaron. ^
Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no ahí quedo para toda la siega.
Y esto diciendo Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió luego.
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—¿Y ? le dije.
—Al día siguiente, prosiguió» me desperté en ei cuerpo de la guardia de la partida. No podía ver bien, porque la sangre cuajada rae tapaba los ojos. Quise levantarme, no pude.
Me limpié la cara, poco a poco fui viendo luz. Me habían puesto en el cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe como son los de la partida de policía, mi Coronel, los más picaros, de todos los picaros, y los más malos.
Todo ese día no vi a nadáe, ni oí más que ruido de gente que entraba y saJía. Estarían tomiando declaraciones.
A la noche, entró uno de la partida y me tiró una tumba de carne. No tuve alientos para comerla. Me estaba yendo en sangre.
Como tenía las míanos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y medio me até las heridas, que eran en la cabeza y en la caja del cuerpo. Estaba cerca de un. rincón y alcancé a slicar unas telas de araña. ¡ Quién sabe de no cómo me vá !
Pasé una noche malísima; cuando no me despertaban los dolores, me despertaban los ratones o los murciélagos ! ¡ Qué haber de bichos, mi Coronel! Los ratones me comían las botas y los murciélagos me ehupabhin los cuajarones de sangre.
Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos a donde estaba el Juez.
Me preguntaron, que cómo me llamaba, que cuántos años tenía, y otras cosas más.
Me preguntaron, que de donde veníla la noche que me prendieron, y por no comprometer a la Dolores eché una mentira Dije que de casa de mi madre. Fué para perjuicio.
Se me olvidaba decirle, que el Juez, no era el que yo conocía, el que visitaba a mi madre, caucante de tantos males en mi casa, sino otro sujeto del Morro.
'Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones, y al otro, otras, y así míe tuvieron una porción de tiempo, incomunicado, dándome (a medio día una tumba de carne y un guámparo de agua.
Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre» ni de mí padre, ni de mi mujer, ni de la Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban ganas de ahorcarme con la faja-
Por fin, una noche escuché una conversación del centinela con no sé quién, y supe, — que yo había muerto al Juez. Así decían. Y decían también que si no me fusilaban, me destinarían. Yo no entendía nada de aquel barullo".
Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo una seña, como diciéndome : tengo algo qué decirle.
Le contesté con la cabeza, comió diciendo: ya entien<:
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Más tai-do entró y me dijo: ntada decir la hija de don, .. que si necesita dinero que le avise.
Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran basté : déle las gracias, amigo.
Y citando el policiano ge iba ai ir, le dije: me Ivcce un favor, paisano; me dice por que estoy preso '
— Eso lo sabrá usted mejor que yo.
— ¿Sabe usted si está en su casa mí padre» Miguel Orro*
— Sí, está.
— • Y mi madref
— También.
— jY dónde lo han muerto al Juez?
— Cerca de la casi de usted, pues. ¿Pana qué quiere hacerse el que no s»nbe? No ve que ya está todo descubierto!
Me quedé confuso, — no le pregunté nada más, y él hombre se fué.
A los pocos días me pusieron comunicado.
Mi madre fué la primera persona que vi. jNo le decía, mi Coronel, que era una santa mujer!
Por ella supe lo que había. Llorando rae lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre había muerto de celos al Juez. Pero nadie sino ella lo había visito. Y a mí me creían el asesino ; porque me habían hallado corriendo a pie, por las calles del ♦pueblo, a deshoras.
Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban a fusilar y que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía.
Yo le dije: mi madrecita, yo quiero salvar a mi padre.
Ella lloraba. . .
En ese momento entró uno de la partida y dijo : — Ya e% hora de retirarse. Se va a entrar .el sol.
Nos abrazamos, nos besamos, lloramos, — mi vieja se fué y yo me quedé triste como un día sin sol.
Me prometió volver al día siguiente, a ver qué se nos ocurría.
Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con expansión para proseguir, suspiró. . . lágrimas de ternura arrasaron sus ojos.
Me enterneció.
El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. — Monomanía de la imitación. — Continuación de la historia de Miguelito. — Cuadro de costumbre. — ¿Que es filosofar?
Cada zona, cada clima, cada 'tierra, da sus frutos especiales. Ni la ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano alcanzan a producir los efectos quiñi iconatur ales de la generación espontánea.
Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas Pa« ranaenses; las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los rneumbrados y robustos cedros del Líbano; los banianes de la India, cuyos ajos cayendo hasta el suelo, toman raíces. formando vastísimas galerías de fresco y tupido follaje, crecen los invernáculos de los jardines zoológicos de Londres y París. ¿Pero cómo? Mustios y sin olor aquéllas, bajas y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos; sin su esplendor tropical los otros.
Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior al exterior; que vive de la contemplación y del éxHasis, que canta y que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder vivir en la posteridad.
El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos como «1 mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce libertad, el respeto por la fuerza ¡ la aspiración inconciente de una suerte mejor, — la contemplación del panorama físico y social de esta patria, — produce un tipo generoso, que nuestros políticos han perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor de cantar, sino para hacer su caricatura.
La monotonía de la imitación, quiere despojarnos de todo; de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.
Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los papeles, menos el que podemos. Se nos ar-
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guye con las instituciones, con las leyes, con los adelantos ajenos. V es indudable que avanzamos.
Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra organización e inspirándonos en las necesidades reales de la tierr
Más grandes somos por nuestros arranques «reniales, que por nuestras combinaciones frías y reflexivas.
¿A dónde vamos por ese camino?
A alguna parte, a no dudarlo.
No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social que hace que el mundo marche y que la Humanidad progrese.
¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera, 'dejándonos contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, a la abundancia, a la riqueza, al reposo, a la libertad en la ley
Yo no soy más que un simple cronista; ¡ f elizmenifce !
Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, a pesar mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación, ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos puede servir pama amasar sin liga extraña algo. como nn pueblo con fisonomía propia, con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas descansan por siempre en frías <e ignoradas sepulturas.
Miguelito siguió hablando.
— Al día siguente vino mi madre, t rayéndome una olla de mazamorra, una caldera, yerba y azúcar; hizo ella misma fuego en el suelo, calentó agua y me cebó mate.
La Dolores le había mandado una platita con la peona, dudándole, que ya sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara, si tenía alguna necesidad.
Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es casarse uno de mala gana, por la plata. como lo hacen los ricos.
La peona de la Dolores le contó a mi madre, que la niña estaba enferma, y le dio a entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.
Mi vieja me echó un sermón sobre ésto. Me recordó Jos consejos, que yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó diciendo redondo: "Y ahora cómo vas a remediar el mal que has hecho "
Me dio mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me lo decía mucho mejor de lo que yo se lo
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voy contando y con unos ojos que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como ella no había hecho nunca mal a nadie, y la había visto criarse a la Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.
¡ Siquiera no te hubieras casado ! me decía a cada rato.
Yo suspiraba, nada más se me ocurría. ¡El hombro se pone tan bruto cuando ve que ha hecho mal!
Una caldera Uenita me 'tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.
Mo curó después las heridas con unos remedios que traía ; eran yuyos del cerro.
Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.
Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse, se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.
Le mandaron a mi madre que saliera y tuvo que irse.
El Juez me leyó toda* mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó ¿que si confesaba, que yo era el que había muerto al otrc Juez ?
Me quedé suspenso, podían descubrir a mi padre y yo quería salvarlo.
— ¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?
— Tienes razón, le contesté.
El prosiguió :
— No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.
El escribano me volvió a preguntar que ¿qué decía? I." contesté, que yo era el que había muerto al otro.
— ¿Por qué? me dijo.
Me volví a quedar sin saber qué contestar.
El escribano me dio tiempo.
Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras, siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.
Después me preguntó, que si alguien me había acompañado a hacer la muetfte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no tenían que culpar a naides*
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Que iqué había hecho ooo La plata que tenía el Juez en
bolsillos.
Le dije que yo no le había tocado nada.
Cuando menos los mismos de la partida, lo habían sa queado, como lo suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.
No íne preguntó nada más, y se fué, y me volvieron a poner incomunicado, y de esa suerte me tuvieron mi infi íiidad de días.
Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos Los días una porción de veces a ver cuándo se podría y a llevarme qué comer.
Ya me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque la sabandija no me dejaba dormir, ni de día ni de noche.
AquelLo no era vida.
Volvió otro día el -escribano y me leyó la senten
Me condenaba a muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel, ¡dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben lodo, cómo no habían descubrido que yo no era el asesino del Juez, aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la Constitución í
Será cosa muy buena, Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.
Si el Juez me hubiera muerto a mí en de veras, ¿a qué no ie habían mandado matar?
He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muciuicho.
El escribano me dejó solo.
Pasé una noche como nunca.
Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan i listes! ¡tan tristes! en la cabeza que a veces me daba miedo i;1 muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no moría moriría mi padre y eso- me daba aliento. ¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y .en riñas. Cómo no lo había de querer, hasta perder la vida por éí — la vida, que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, o en una trifulca, en la que los pobres salen si m pre mal.
Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel.
En cuanto me volvieron a poner comunicado fué lo primer ito que le pedí a mi madre que llevara. Me la llevó, y cantando me lo pasaba.
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Los de la partida venían a oírme todos los días, y ya se iban haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme, me fugo. Pero por no eomprometerlos no lo hice. El hombre ha tener palabra, y ellos me decían siempre: no nos vaya a comprometer, amigo.
Siempre que mi vieja iba a visitarme, me lo repetían ; y el centinela se retiraba y me dejaba platicar a gusto con ella.
Mi madre no sabía nadta todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no lo quería decir, porque la veía muy contenta, creyendo que me iban a largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.
Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.
Se vino zumbando a preguntármelo.
¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena, que me quería tanto!
Cuando le confié la verdad,, lloró como una Magdalena.
Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimando horitas enteras.
De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del Juez, por salvar al viejo.
Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enojaba nunca, enojarse, no conmigo; porque a cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi hijito, sino con mi padre.
El, él nomás tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir que te maten por él; todito lo voy a descubrir.
Y de pronto se secó los ojos; dejó de llorar, se levantó y se quiso ir.
— ¿A dónde va, mamita, le dije? . «
— A salvar a mi hijo, me contestó.
Iba a salir, la agarré de las polleraü, y a la fuerza se quedó.
Le roigué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que 'todavía podía hacer algo y salvarme.
Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más alegre anda, lo friegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.
Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.
— Y has hecho bien, le dije, Dios no abandona nunca a los que creen en él.
- — Así es, mi Coronel, por teso esa vez, y después otras, me he salvado.
—¿Y qué hizo tu madre T
—Cedió a mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy a poner velas a la Virgen y ella nos ha de amparar.
A LOS INDIOS RANQUKLLS
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Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.
Migueli'to hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
; Filosofando!
Síj filosofar es creer en Dios o reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino a la protección misteriosa, omnipotente de la re ligión.
Por eso al grito de los excépticos, yo contesto, como Fenol ó n :
¡DiUvtamini!
Si hay un ana-ukc, * hay t°mbién quien mira, quien ve, quien proieje. resguarda, ama y salva a sus criaturas, sin interés.
Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa con vicción suave, dulce, que me consuela y rae fortalece. / qué me habréis arrancado?
j+) En griego; fatalidad.
Mi vademécum y sus> méritos. — - En que se parece Orion a Roqueplan. — Dónde se aprende el mundo. — Concluye la historia de Miguelito.
Quiero empezar esta carta ostentando un poco ini erudición a la violeta.
Yo también tengo mi vademécum de citas, — es un tesoro como cualquier otro.
Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo he formado.
En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he impuesto ciertas labores útiles.
De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como para poder exclamar cualquier día: anche io nono pittore.
Mi vademécum tiene, a más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo.
Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.
No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como a esos literatos cuyo bufete es una especie de sane t a sanctorum.
¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos, cuando están pontificando!
¡ Imprudentes 1
¡ Os impondríais de los misteriosos secretos !
i Le arrancaríais a la esfinge el tremendo arcano !
¡Perderíais vuestras ilusiones!
Veríais a vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con las- plumas de la ave silvana, de negruscas alas, de rojo pico y pies, de grandes y negras uñas.
Yo no sé más que lo que está apuntado en mi vademefcum por índice y orden cronológico.
No es gran cosa. Pero es algo.
Hay en él todo.
UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQÜELE8 192
Citas ad hoc, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles, siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que corremos, escritos en diez minutos.
Si yo diera a luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.
Yo no creo que el público se fastidiaría leyenda, por ejemplo :
¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el Municipal de Tebas, como lo llamaba el demagogo Camilo Des Moulins, y don Bartolo?
¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del poder; en que se parece su cráneo insolvente de pelo a la cabeza de Sócrates?
¿En qué se parece Orion a Roqueplan? este Orion, de quien sacando una frase de mi vademécum, — ajena por supuesto, — puede decirse: que es la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene a Buenos Aires en la sangre, o mejor dicho, una encarnación andante y pesante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido la política que como periodista y hombre a la moda ha enriquecido la literatura de la tierra, a los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van a ser cosas nuevas en provineia; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce a todo el mundo y a quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra,, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la ciudad californiana, a propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en Gualeguayehú, disertando en tiempos de TTrquiza, sobre la -justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes ed altri siti, menos... iba a decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella; que hoy cumple treinta y ocho año& y a quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que e»to es traer las cosas por los cabellos.
Sí, Orion, amigo, yo te deseo, y tú me entiendes, — "la fuerza de la serpiente y la prudencia del león'*, — como iiría un Bonrgeois gentil-homme, cambiando los frenos, al entrar en tu octavo lustro, frisando en la vejez, en ese pe*
ríodo de la vida en que ya no podemos tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
Y con esto, lector, entro en materia.
Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entienda.
Ek ie biblion Jcubemetes.
Yo también he estudiado .griego.
Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo metió en la cabeza.
Es 'una de las cosas menos malas que le debo a tu inspiración mefistofélica.
Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.
¿Acaso yo lo conocía bien en 1860?
En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción del dicho anónimo:
"No se aprende el mundo en los libros".
Aquí era donde quería llegar.
Los cincunloquios me han demorado en el camino.
Siento tener que desagradecer a mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen gusto literario los abomina. Sírvame de escusa el carácter confidencial del relato.
Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando, estudiando los hombres y las costumbres sociales.
Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios Ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.
Oyendo a los paisanos referir sus aventuras, — he sabido cómo se administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.
Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.
i Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!
Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta, sobre la imaginación.
Miguelito siguió hablando así:
— Las voces que andaban era que pronto me afusilarían, porque iba a haber revolución y me podía escapar
¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.
Día a día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía experiencia y que* más de una vez había visto mil/agiros.
U1TA EXCTTBSIÓN A LOS INDIOS BANQTTELES 1^5
Yo no estaba afligido sino por ella
Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo Conocía.
Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no engañan a los padres, sobre todo a la madre.
Vea si yo pude engañar a mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.
¡Qué había de poder!
En cuanto empezó la cosa me lo reconoció, y me mandó que me fuera con la música a otra parte.
Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.
La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.
Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.
Siempre creemos que sabemos más que ellos.
Al fin nos arrepentimos.
Pero entonces ya es tarde.
— Nunca es tarde cuando la dicha es buena, le interrumpí.
Suspiró y me contestó:
— ¡Qué! mi Coronel, hay males que no tienen remedio.
— ¿Y has vuelto a saber de la Dolores?, le pregunté.
— Sí, mi Coronel, me contestó, se lo voy a confesar porque usted es hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído a los muchachos que vienen con usted.
— Puedes tener confianza en mí, repuse.
Y él prosiguió:
— Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el Cuadril, espero en los montes la noche; paso el Río 5.°, entro en Villa de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un amigo, y de noche visito a mi vieja y veo a la Dolores que viene a casa con la chiquita.
— ¿Entonces tuvo una hija?, le dije.
— Sí, mi Coronel, me contestó. ¿No le conté antes que nos habíamos desgraciado?
— ¿Y a tu mujer no la sueles ver?
— ¡Mi mujer!, exclamó, lo que hizo fué enredarse con un estanciero.
Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!
— ¿Y otros paisanos de los que están aquí, salen como tú y van a sus casas?
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— El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno a qué hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen.
Es lo más fácil cruzar el Río 5.° y la línea, y en estando a retaguardia ya. está uno seguro, porque ¿a quién le faltan amigos?
— Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.
— Por supuesto. Si aquí se sabe todo.
Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana, toman una tropilla; llegan a la J.arilla, la dej<an en el mente, y con caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, ellos mismos a veces, en las tiendas de los amigos y después se vuelven con cartas para todos.
Algunas veces suelen llegar a Renca, que ya ve donde queda, mi Coronel.
A medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el problema de la seguridad de las fronteras.
Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.
Miguelito prosiguió:
— El otro día, cuando usted llegó, mi Coronel, los VUdela habían andado por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el General Arredondo estaban en la Villa de Mercedes, y diciendo, que por allí se decía que ahora sí que las paces se harían.
Deseaindo conocer el desenlace de la historia de los amores de Miguelito. le dije:
— ¿Y la Dolores vive con sus padres?
— Si, mi Coronel, me contestó, son gente buena y rica, y cuando han visto a su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho a mi hijita. Si algún día me puedo casar, ellos no se han de oponer, así me lo ha dicho la Dolores.
¡ Pero cuándo se muere la otra ! Luego yo no puedo salir de ,aquí; porque la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé.
— ¿Y cómo te escapaste?
— Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo i
Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar a ver si son espías; que en cuanto esté seguro
UNA RXCUBSIÓN A LOB INDIOS RANQTJKLKB 197
piie juegan limpio se va a meter en la eosa, con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la guardia y salvarte; que de nó, no se mete.
En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.
Yo lo animo a tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le pongo velas a la Virgen para que nos a}rude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de la Virgen
Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quién diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto a las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.
Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.
Tina noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la orilla del pueblo, atropellaron la casa del Juez, otros la Comandancia, y mi padre con algunos amigos cargó la Policía.
Para esto, un rato antes ya los habían embomachado bien a los de la partida. Algunos quisieron hacer la pata, ancha. ¡Pero qué! los de afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo estaba y me sacaron.
Cuando estuve libre, mi padre me dijo: "Dame un abrazo hijo, yo no te he querido ver, porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y porque no fueran a sospechar alguna cosa".
Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos, y no era hombre grande, todavía era joven.
Esa noche el Morro fué un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y repiques de campana.
Murieron algunos.
Yo lo anduve acompañando a mi padre y evité algunas desgracias porque no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de que era salvaje, yo no lo permití, primero me hago matar.
Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. Unos tomaron para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar un camino tomé otro, — galopé todo el santo día, — y cuando acordé me encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo como una luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fui a sujetar cerca de Río 5.°, por esos lados de Santo Tomé. Entonce» no había puesto usted fuerzas allí, mi Coronel;
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me topé con unos indios, me junté con ellos, me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, o usted, me saquen de aquí, mi Coronel.
— ¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes?, le pregunté.
— Murió del cólera, me contestó, con amargura, exclamando: ¡pobre viejo! ¡era tan chupador!
Y con esto termina la historia real de Miguelito; que ntutatis mutandis, es la de muchos cristianos que han ido a buscar un asilo entre los indios.
Ese es nuestro país.
Como todo pu.eblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.
Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, cor. todos los placeres y halagos de la civilización; teatros, clubs, jardines, paseos, palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación vertiginosa, — en medio, de unas calles estrechas, fangosas, sucias, fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, sembrado de estrellas relucientes, — en las que yo me ahogo, echando de menos mi caballo.
Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el proletario, en la ignorancia y la estupidez.
Ln iglesia, la escuela, ¿dónde están?
Aquí, el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.
Allá, el silencio de la pobreza y de la barbarie que estremece.
Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso, — por el egoísmo.
Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de promisión, — por el egoísmo también.
Tesis y antitesis de la vida de una república.
Eso dicen que es gobernar y administrar.
¡Y para lucirle mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo inmigración !
Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos, miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del verbo, — creced y multiplicaos.
Ojeada retrospectiva. — El valor a media noche, es el valor por excelencia. — Miedo a los perros. — Cuento al caso. — Qué es loncotear. — Sigue la orgía. — Epumer se cree insultado por mí. — Una serenata.
Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez a Miguelito. La orgía había comenzado :
"Este chilla, algunos lloran, Y otros a beber empiezan, De la chusma toda al cabo La embriaguez se enseñorea"
Los franciscanos, comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales se habían colocado a distancia de poder acudir en auxilio mío si era necesario; los asistentes rondaban la enramada con disimulo ; Camilo Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, penetrante: por aquí ando yo.
Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el peligro en la medrosa imaginación.
Es por eso que el valor a media noche, es el valor por excelencia.
Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre en las venas hasta congelarla.
Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido miedo alguna vez de noche.
De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, todo el mundo es valiente, o se domina lo bastante para ocultar su miedo.
Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público,
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El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede sacar patente de cobarde.
Yo tengo un miedo cerval a los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo, no lo puedo remediar, es un heroísmo superior a mí mismo.
"En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.
De tarde, temaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.
En dirección al bañado, donde los patos abundaban más, había un rancho.
Inevitablemente debía pasar por allí, si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres cuarto de leírua.
Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno.
Desde ese instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.
Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente exactamente, como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo a cuerpo.
En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contra las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.
Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo, pero diciéndome interiormente: — "El miedo es natural en el prudente", — cambiaba de rumbo, rehuyendo el peligro.
Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé a ver si temblaba.
Estaba entero, me sentí hombre de empresa, y me dije: pasaré.
Salgo, marcho, avanzo y llego al Rubicón. I Miserable! temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón, pero fué en vano.
Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros.
Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuscos o pelados.
Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él.
Maquinalraente bajé la escopeta que llevaba al hombro, la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro
UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELE8 201
hizo una evolución, tomó distancia y se plantó, como diciendo: descarga tu arma y después veremos.
¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?
Probablemente no.
Era manso, yo lo averigüé después.
Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.
No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, a falta de otras facultades, está sumamente desarrollada.
Cualquier caballo, muía, ;¡ximento o perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.
Los pájaros se trasladan todos los años de un país a otro, emigrando a más o menos distancias, según sus necesidades fisiológicas.
Ahí están la golondrinas que, después de larga ausencia vuelven a la guarida d« la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.
Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo, lo hacía a sabiendas. ¡Picaro perro!
Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime.
Al primer amago de carga eché a correr con escopeta y todo; los ladridos, no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos de Dios.
Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy astuto no me corre.
Y ella habría huido.
Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates, inclusive el de hacernos matar.
Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, aunque sea vieja y fea, si soy su cabaleiro servente.
Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno o arrojándose de una torre. No hay que discutirlo.
Hay héroes porque hay mujeres.
Y es mejor no pensarlo, — ¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?
La presencia e inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme avasallar, ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me hacían insistir contra las reiteradas inS' tandas de Mariano Rosas, en no retirarme.
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Mi principal temor era embriagarme demasiado. A una loncoteada no le temía tanto.
Loncotear, llaman los indios a un juego de manos, bestial.
Es un pujilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer fuerza para atrás, a ver cuál resiste más a los tirones.
Desde chiquito se ejercitan en él.
Cuando a un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: ese toro. ,
El toro es para ios indios el prototipo de la fuerza y del valor. El que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta.
Los "¡yapaí, hermano" no cesaban!
Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡Winca engañando! salía constantemente de sus labios.
El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto o trasbocando, como atacados del cólera.
Aquello daba más asco que miedo.
Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.
Tambaleaban de embriaguez.
Epumer, llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su_ refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.
Migue' ito me decía:
— No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.
Cuando rehusaba un yctpaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.
Miguelito me decía:
— Se enojan porque Vd. no bebe, mi Coronel; dicen que p.o lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.
Yo entonces me dirigía a alguno de los presentes y lo invitaba, diciéndoles :
Yapaí. hermano, y apuraba el cuerno o el vaso.
Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes Jados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti.
¡ i j Babababababababababa ! ! !
Resonaba ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.
Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría,
La tarde venía.
UNA EXCLUSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES 203
Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios: regoldaba a todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.
En donde hay indios, hay olor a azafétida.
Intenté levantarme del suelo para retirarme a la sordina, viendo que la mayoría de los concurrentes estaba ya acuilmada.
Epumer me lo impidió.
¡Yapaí! ¡yapai! me dijo.
¡Yapaí! ¡yapaí! contesté.
Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.
El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.
Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear a un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.
Medio perdió la cabeza.
AI llevar yo el mío a los labios, me santigüé con la imaginación como diciendo : Dios me ampare-
Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de to- 3s. un mosaico de tintes atorna?olrdos, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.
Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.
El indio se puso furioso ; quiso venírseme a las manos.
Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.
Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.
Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponía fuera de sí. que era mal intencionado-
Xo hay cuidado, fué toda mi contestación.
El indio pugnaba por desasirse de los que le teñí n ; quería abalanzarse sobre mí, su mano estaba pegada al facón.
Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.
Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.
En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.
Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata ; y en un vaivén llegó a ponerse casi sobre mí'.
— Cuidado, mi Coronel, me dijo Miguelito, interponiéndose, y habiéndole al salvaje en su lengua con acento dul» císiino-
— ¡Cuidado! gritaron varios»
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Yo afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza.
— No hay cuidado, contesté.
El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.
Los que le sujetaban sintiéndose desfallecer abandonaron el cuerpo a su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley :
E cnddi, cerno corpo morto cade!
Cesó la agitación.
Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabnas mías pusieran fuera de sí a mi contendor, pregunté:
— ¿Por qué se ha enojado?
—Porque Vd. le ha llamado perro, dijo uno.
— Es falso, dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros; pero no dijo que Epumer fuera perroNadie respondió.
Efectivamente, en la broma que intenté hacerle a Epumer, por ver si lo arrancaba a sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perros.
Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles perro. t
Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.
De ahí su rapto de furia.
La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por el suelo, hechos un montón, ¡apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.
Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas-
Otros se quedaron murmurando con indescriptible e inefable fruición báquica.
Mariano Rosas, me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de aguardiente que le había quedado.
De mil amores, contesté; y aprovechando lia coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en. que se habían alojado mis oficiales.
Entregué el aguardiente.
Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas a la cumbre del Vesubio.
¿En qué me tendí? Sobre un cuero de potro; era el colchón de unÁ mala cama improvisada con palos desiguales y nudosos.
UFA EXCUB8IÓ* A LOS INDIOS RAXQTJELtB ^
BdJpSera"0 ^ ** "^ al mundo de '* 'ra^uiGozaba, cuando una serenata me despertó
de lavara;^0' t0Cad°r de aC°rdeón' una «Pecie de Orfeo
Tuve que resignarme a mi estrella, que levantarm« „ »* cuchar un «elito cantando en honor mío. IMantaime 7 es-
¡Qué mal rato me dio el tal negro después I