Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 101 de 243
Unidad 101 · UQ LUCIO V, MANSIIXA
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UQ LUCIO V, MANSIIXA
sombrero gacho de castor, y alta el ala, no le quitaba los ojos al orgulloso, indio, mirándole fijamente cuando me dirigía a él.
Bebíamos todos.
No se oía otra cosa que ¡yapay, hermano! ¡yapay, hermano!
Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.
Atendía a todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban ; amonestaba a unos, despedía a otros cuando me incomodaban mucho con sus imipertinencias ; me pedía disculpas a cada paso, en dos palabras, hacía, a su modo, y según los usos de su tierra, perfectamente bien los honores de su casa.
Elpumer no había simpatizado conmigo, y a medida que se iba caldeando, sus pullas iban siendo más directas y agudas.
Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo, terciando en la conversación.
Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.
A todo lo hallaba taimado y reacio.
Llegó a contestarme con tanta grosería, que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.
Y sin embargo a cada paso me decía: — Coronel Mansilla, ¡yapai!
— Epumer, ¡yapay! le contestaba yo.
Y llenábamos con vino de mendoza los cuernos y los apurábamos.
Mis oficiales se habían visto obligados a abandonar la enramada, so pena de quedar tendidos, tantos eran los yapai.
Los indios, caldeados ya, apuraban las botellas, bebían sin método; ¡vino! ¡vino! pedían para rematarse, como ellos dicen y Mariano hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua, diciéndome winca engañando.
Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto a todo. Pero con bastante calma para decirme:
Es menester ahullar con los lobos para que no me coman.
Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi constante aceptar todo yapai que se me hí^vía, comenzaron a captarme simpatías.
Lo conocí y aproveché la conjetura.
La ocasión la pintan calva.
OKA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQtTELM 17 J
Llevaba una capa colorada, una linda, aunque malhada da capa colorada, que hice venir de Francia, igual a las que usan los oficiales de caballería de los cuerpos argelinos in as.
Yo tengo cierta inclinación a lo pintoresco, y, durante mucho tiempo, no he podido sustraerme a la tentación de satisfacerla.
Y tengo la pasión de las capas, — que me parece inocente, sea dicho de paso.
En el Paraguay usaba capa blanca siempre.
Hasta dormía con ella.
Mi capa era mi mujer.
Pero qué caro cuestan a veces las pasiones inocentes. Por usar capa colorada me han negado el voto en los comicios.
Por usar capa colorada me han creído colorado..
Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones. Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?
Decididamente, Figueroa es quien tiene razón "Pues el hábito hace al. monje, por más que digan que no".
Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué a Epumer, y dirigiéndole palabras amistosas, le dije :
— Tome, hermano, esta, prenda, que es una de las que más quiero.
Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros. El indio quedó idéntico a mi, y en la cara le conocí que
mi acción le había gustado.
— Gracias, hermano, me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.
Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el re* lampa go de la envidia hiere el corazón.
Tomé mi lindo puñal, y dándoselo le dije: — Tome, hermano, Vd. úselo en mi nombre. Lo recibió con agrado, me dio la mano y me lo agradeció. Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé a Relmo.
Ya estaba en vena de dar hasta la camisa. Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de plata, y se las regalé a Melideo.
Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé a los hijos de Mariano.
Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, camisas, regalé cuanto tenía.
Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé a Mariano,
Mariano me dijo: