Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 138 de 243

Unidad 138 · TJNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS LES 241

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TJNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS LES 241

dejaba faltar el respeto por uno de mis mismos sald/ráos era hombre perdido.

Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole «al gaucho, ¡retirati .' con más fuerza que antes, me abalancé sobre

él, saltando por sobre varios indios.

Rufino obedeció recién y huyó. Volví s-obiv mis pasos y me senté agdtadrsimo, la bilis me abogaba.

Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa calma y siniestra expresión:

— Aquí somos todos iguales, hermano.

— No, hermj'ino, le conteste. Vd. será igual a mis indios. Yo no soy «igual a mis soldados. Ese picaro me lia faltado al respeto, viniendo ebrio a donde yo estoy y negándose a obedecerme a la primera intimación de que se retinara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los míos.

El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que piar eco ó leer: este homibre es audaz.

Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por el borracho me desprestigiaba a los ojos de aquel bárbaro.

Nos quedamos en silencio un largo rato.

Ni él ni yo queramos hablar.

El murmuró de nuevo : "aquí todos somjos iguales".

Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado la serenidad :

— Póngale una mordaza.

El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.

Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones.

Venía interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo.

Me. pareció oportuno ceder.

Llévalo, le dije. ¡Pero cuidado!

Rufino oyó y contestó : no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó a dar vivas al coronel Mansilla.

Le hice señas con el dedo que callara, obedeció.

Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una pulpería, su voz tenante.

Mariano me dijo:

— Están alegres los mozos.

— Sí, le contesté secamente, y dándole las bueulas tardes, le dejó sólo.

La noche se acercaba, lo mandé traer a Rufino y le hice acostar a dormir.

Rufino tiene una historia.

Es un tipo gaucho malo.

Es un tipo de gaucho malo,

El fogón al amanecer. — Quien era Rufino Pereira. — Su vida y compro misos conmigo. — Cono consiguen los indios que los caballos d< los cristianos adquieran más vigor.

Dormí muy bien sin que nadie ni nada me interrum piera-

El hombre se aviene a todo.

Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas.

Si no me hubieran faltado algunas cobijas, podría decii que pasé una noche deliciosa.

Me levanté con el lucero del alba, gritando :

— ¡ Fuego ! ¡ fuego !

En un abrir y cerrar de ojos hice mi toilette, a la luí de un candil.

Salí del rancho.

El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera.

Me puse a matear, divirtiéndome en escuchar .los dicharachos y los cuentos de los soldadosCada uno tenía una anécdota que referir.

A todos les había pasado algo con los indios.

El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste el poncho, aquél la camisa.

Sólo un mendocino, muy .agarrado, había tenido el taj#nto de hacerse sordo y mudo. Los pedigüeños no -habían podido con él.

Mientras amanecía, me puse a hacerles un curso sobre la conducta y el porte que debían observar; sobre los inconvenientes de que no fuesen moderados, de que no cuidasen y respetasen a sus superiores más que nunca.

Comprendían perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa atención-

A Rufino le eché un sermón cr/n aspereza.

Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podía.

Azote de los campos le tomaron y le destinaron al 12 de línea, junto con otros de su jaez, haciéndome el Oomandant'

mili tai iba mayores n viniéndome que tu*

viera con él muchísimo cuidado, porque era un hombre de avería.

Comprendiendo que el batallón Y2 de línea sería un mal elemento, a los tres días de destinado lo luce venir a mi presencia.

Le habían cortado su larga cabellera, le habían encasquetado ya el kepí, plantificado la chaquetilla y la bombacha.

El gaucho había desaparecido bajo el exterior del recluta.

Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomía, expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto resuelto, en suma.

Entablé con él el siguiente diálogo:

— ¿ Cómo te llamas ?

— Rufino Pereira.

— ¿De dónde eres?

— No sé-

— ¿Dónde has nacido?

— No sé-

— ¿Quiénes son tus padres?

—No sé-

En qué trabajabas antes de ser soldado?

— En nada.

— ¿ Sabes por qué te han destinado? ..o se-

— Dicen que eres ladrón, cuatrero y asesino.

— Así será.

— ¿Pero tú qué crees?

— Yo no soy hombre malo.

— / Qué eres entonces ?

— Soy hombre gaucho.

— Poro; por eso solamente no te han de haber destinado

— Es que los jueces no me quieren-

— No te habrás querido someter a su autoridad.

— No me ha gustado ser soldado; cuando he sabido que me buscaban, he andado a monte. He peleado algunas veces con la partida, y la he corrido.

— ¿Es eso todo lo que has hecho. •

—Todo.

— Pero me has dicho que no trabajas en nada, y para vivir sin hacer daño al prójimo es menester trabajar en ai Te vuelvo a preguntar, ¿de qué vivías?

— Soy jugador-

— ¿Pero cómo es posible que digan que eres ladrón, cuatrero y asesino, si no lo eres?

—Me, han achacado las cosas de otros compañeros que

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no he querido delatar, y dirán que soy asesino, porque leí he dado algunos tajos a los de la partida.

— ¿Quieres que hagamos un trato9

— Como usted quiera, Coronel.

— ¿Tienes palabra?

— ¿Tienes honor?

Rufino no contestó.

— ¿Sabes lo que es el honor?

Volvió a guardar sielneio.

— El honor consiste en cumplir uno siempre su palabra, aunque le cueste la vida. ¿Me entiendes ahora?

— Sí, Coronel-

— Bien, vas a ser mi asistente, vas a cuidar mis caballos, vas a ser mi hombre de confianza, y ahora mismo te voy a hacer poner en libertad.

El gaucho no contestó una palabra.

— ¿Te animas a servirme bien? Yo no puedo darte la baja. Tienes que ser soldado; te ayudaré en tus necesidades. ¿Qué te parece? ¿Te animas?

— Sí, mi Coronel.

Recién el gaucho me dijo al contestarme: mi Coronel.

Di las órdenes en el cuerpo, y al rato andaba Rufino por Villanueva, como uno de tantos militaresVinieron a avisarme que se había desertado, y expliqué lo que había.

Me aseguraron que se iría, y contesté que lo dudaba.

Yo decía para mis adentros: — Si el bandido se va, porque tiene la libertad de hacerlo. se irá solo, no llevará otros consigo.

Yo vivía en la casa de Belzor Moyano.

Allí vivía él.

Todo el mundo estaba asombrado, tal era el terror que Rufino Peireira inspiraba.

Una mañana estaba él en el zaguán, mientras yo hablaba en la puerta de la calle con un sargento de k. partida de Policía. Entré con el sargento a mi cuarto, que tenía puerta al zaguán, y deitrás de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino.

Una mañana estaba él en el zaguán, que tenía puerta al zaguán, y detrás de mí, sin que yo lo viera, entró Rufino-

Cuando me apercibí de su presencia, estaba sentado en una silla.

— ¿Por qué no se acuesta, amigo, en la cama, le dije, con confianza?

Al oír esta irónica insinuación se puso de pie.

— Hola le dije, ¿con que sabías que no debías sentarte delante de tu jefe, ni entrar cuando él no te llamara?