Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 179 de 243
Unidad 179 · UNA EXCURSIÓN A LOS INDI08 RANQTTELES 329
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UNA EXCURSIÓN A LOS INDI08 RANQTTELES 329
compadre le liiacían suma gracia- Además yo sabía todo eJ cariño y respeto que tenía por él.
Me abrasaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba: ¡Ese Coronel Mansillai itoro ! Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme. Ya lo he dicho, ser toro es ser todo un hombre.
No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió trenzarme la pera.
Era la otra seña convenida) con Camilo si algún peligro me amenazaba- ¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?
Se aferró a él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente. . ( ' •
Y no era £ara menos, Santiago amigo; si tienes presente la composición de lugar hecha con Camilo, para el caso de que los indios no quisieran dejarme salir de entre ellos.
Que me hubiera pedido y sacado el pañuelo, se explicaba. A cualquier indio podía habérsele ocurrido pedírmelo. Me había puesto en ese caso. Pero que después de haber ciado el pañuelo que quisiera trenzar la barba, era inexplicable, extraordinario.
No hay previsión que alcance ciertas cosías; con razón dice Napoleón, que en la guerra dos tercios deben concedérselo al cálculo y uno a la casualidad.
No podía ocurrírseme la idea de una traición porque los muchachos de Camilo eran todos hombres muy seguros. Han conversado entre ellos sobre lo convenido, algún espía los ha oído, me decía, y me tienden un lazo; quieren ver qué hago.
El indio no declinaba de su empeño- A Eoma por todo, exclamé interiormente, y me dejé trenzar la barba, tomando la precaución de darle la espalda a la entrada del toldo, no fuera a pasar Camilo, viera la señal y se largara para la Villa de Mercedes, llevándole un parte falso al general Arredondo.
Estaba en ascuas; los caballos debían llegar de un momento a otro y con ellos Camilo, quien según la consigna no me veía hacía días.
Darle aviso de lo que acontecía era imposible El indio no me dejaba salir del toldo. Un hombre achumado es más pesado y fastidioso que una mujer enamorada celosa-
La res que había mandado pedir mi compadre llegó, y me s'acó de apuros. Preguntáronle si la carneaban, contestó que sí, y me hizo decir: que cuando gustara podía mandar ensillar.
Me levanté, y destrenzándome la malhadada pena, salí del toldo, a pesar de los repetidos, "no se vaya, amigo", del indio.
Tres trompas tocaron llamada, y algunos momentos des-