Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 183 de 243
Unidad 183 · UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQTJELES 335
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UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQTJELES 335
La conformidad puede convenirle a Ull esclavo. I V creéis haber dicho algo?
Si no lo creyese, no hubiera hablado.
Os prevengo, sin embargo, que sois esclavo die vuestras pasiones.
¿Y qué me queréis decir?
Quería recordaros, que Dios es inescrutablle, que el hecho de no poder definir satisfactoriamente una cosa en abstracto, no prueba que la cosa deje de existir; en una palabra que habéis sido insensato al exclamar con desaliento: ¿somos aoa« so felices?
De consiguiente, porque no pueda definir lo que experimenté cuando me vi perdido en el monte, no por eso dejará de creersie que fué miedo.
¿Cuánto duró? Pocos instantes. Quizá si hubiera durado más, lo hubiera podido definir.
Me hallaba perplejo, sin saber qué hacer, mi caballo caminaba en la dirección que quería, yo testaba desorientado y todo era igual, lo mismo un rumbo que otro.
Así había vagado un breve trecho a la ventura, cuando sentí un tropel, cerca, muy cerca de mí. La emoción, sin duda no me había permitido oirlo antes.
Hay situaciones en que, según las disposiciones del espíritu, el zumbido de una mosca, eil susurro dje, una hoja parecen una tempestad; y otros en que no se oye ni el estampido del cañón. Yo< ¡he visto len el campo de batalla hombres asustados, poseídos de terror pánico, huir hacia el enemigo, que no reconocían a quien les hablaba, ni oían lo que ste les decía.
Dando vueltas había caído al camino. Me incorporé a un grupo que pasaba al galope y seguí. Salimos a un descampado. Algunas estrellas brillaban entre nubes errantes, que a impulsos de un vientecito que se había levantado, corrían de naciente a poniente, presagiando que al salir la luna tendríamos luz.
Volvimos a entrar en la espesura; caímos a unos barrancos con lagunas salitrosas? que parecían espejos de bruñida plata; subimos a la falda de los médanos, y al llegar a la cumbre de uno de ellos, la errante reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.
Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas a otras, recorriendo las ondulaciones del vacío.
336 tumo v. mansilla
Los cornetas de Baigorrita contestaron.
Estábamos en la raya.
Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; tecontestaron razón por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y a las cansadas llegó nn hijo de Mariano Rosas, invitándonos a avanzar.
Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, julegan a la chueca.
Ll.
.Mariano liosas j su gente. — ¡Qu¿ valiente animal es el caballo! — Urt parlamento do noche. — Respeto por los ancianos. — Reflexione* La humanidad es buena. — Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social — El arrepentimiento es infalible. — Lo dejo a mi compadre í?aigorrita v me retiro — Un recién llegado Chañilao. — So retrato.
Mariano Rosas arte estaban campados en una colina
arpada; trepábamos dificultosamente a la cima, los caballos se hundían hasta los Ljaries en la esponjosa arena ; cada paso les costaba un triunfo, caían y se enderezaban ; tem biaban, se esforzaban ardorosos y volvían a caer: la espuela v el rebenque los empujaba, por decirlo así: endurecían los miembros, recogían las patas delanteras, y sacándolas al mismo tiempo, se arrastraban y desencajaban poco a poco las traseras; sudaban, jadeaban, si9¡ paraban, resollaban y subían i a veces teníamos que apearnos, que tirarlos de la rienda y animarlos, accionando con los brazos, gritando jaaaah!
¡Que potente y valiente animal fes el caballo!
Llegamos a la cumbre de la colina.
Bajo; dos coposos algarrobos, había sentado sus reales el Cacique general de las tribus ranquelinas.
Parlamlentaba solemnemente con los capitanejos e indios circunvecinos y lejanos que sucesivamente llegaban al lugarde la cita.
A todos los recibía con la misma consideración» a todos les hacía las mismas preguntas; a todos los conocía por sus nombres, sabía, de dónde venían, cómo sje llamaban sus abuelos, sus padres, sua mujeres, sus hijos; y a todos tes explicaba el motivo de la junta que al día siguiente se celebraría. Y todos contestaban lo mismo, y después de contestar se sentaban en hilera dándoles la derecha a los capitanejos más caracterizados y a los viejos. Entre éstos fué objeto de las mayores atenciones un tal Estanislao. Venía u? muy lejos, de la raya de las tierras de Baigorrita con €alfucurá.
Tendría como setenta años; era alto r»ero estaba enom-