Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 23 de 243

Unidad 23 · LUCIO T, MANSILLA

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LUCIO T, MANSILLA

—¿Quién? — El cabo Gómez. — ¿Y quién lo ha visto?

—Nadie señor, pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes, había jurado matarlo, — ¡ un bote-

ton a mí ! . . .

¡Me quedé aterrado!

Pasé el parte sin mentar a Gómez.

Y aquí termino hoy.

Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar a piCar la curiosidad del amigo y de los lectores, según el método *ue se siga al hacer la relación.

El cabo Gómez queda preso.

Presentimientos de la multitud. — Un asesino sin saberlo. — Deseos dn salvarle. — Averiguaciones. — Un fiscal confuso. — Juicios contradictorios. — Agustín Marino, auditor del Ejército Argentino. — Consejo de guerra. — Dudas. — Sentencia del cabo Gómez. — Se confirma la pena de muerte. — Preparativos. — La ejecución. — Una aparición.

Un hombre había sido asesinado en pleno día, durante la lnz meridiana, en un re-cinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos, con ojos y oídos, el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aun cuando yo penetré en el reducto, — y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el asesino es fulano.

Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse a jurar que lo fuera.

i Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!

Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo a dar cuenta del hecho y a pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.

Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.

El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando a las fronteras de la Patria ; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas, ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y basta la misma vida, que si se le grita, ¡arriba! se levanta, ¡adelante! marcha, muere ahí, ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, 'ese hombre no merece que en un instante solemne de la vida, se haga algo por él?

Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda 3e que el asesino era el indicado, le hice comparecer ante