Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 233 de 243

Unidad 233 · TNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELE8 437

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TNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELE8 437

—Ya lo creo, me contestó, viviendo así tan lejos unos de otros, todos son perjuicios, no hay comercio.

Llegaron algunas visitas. Tuve que recibirlas. Entire ellas venía el padre de Ramón, un indio valetudinario y setentón. Me contó su vida, sus servicios, me ponderó sus méritos con un cinismo comparable solamente al de un hombre civilizado ; me dijo que había abdicado en su hijo el gobierno de la tribu, porque Ramón era como él, me hizo mil ofertas, mil protestas de amistad y por último me pidió un chaquetón de paño forrado en bayeta.

Me avisaron que la carneada estaba hecha ; mandé arrimar las tropillas y le previne a Ramón que ya pensaba marcharme, a lo cual contestó que yo era dueño de mi voluntad ; que cómo había de ser, si no podía hacerle una visita más larga y que iba 8 fener el gusto de acompañarme con algunos- amigos hasta por ahí.

Le di las gracias por su fineza, le manifesté que para qué quería incomodarse, que no hiciera ceremonia, y me respondió que no había incomodidad en cumplir con un deber, que quizá no nos volveríamos a ver.

Yo no tenía qué replicar.

Pensé un momento para mis adentros, que en Carrilobo soplaba un viento mucho mejor que en Leubucó, como que Ramón no tenía ai su lado cristianos que le adularan ; que era el indio más radical en sus costumbres, el que me había recibido más a la usanza ranquelina, era el que se manifestaba a mi regreso más caballero y cumplido; y acabé por hacerme esta pregunta : El contacto de la civilización será corruptor de la buena fe primitiva?

Sentí el cencerro de las tropillas que llegaban, mandé ensillar y le dije a Ramón : ,

— Bueno, amigo, ¿qué tiene que encargarme ?

— Necesito algunas cosas para la platería, me conitestó.

— Yo se las mandaré, y esto diciendo saqué mi libro de memorias para apuntar en él los encargos, — añadiendo, — qul don?

— Un yunque.

— Un martillo.

—-Unas tenazas.

—Un torno.

—Una lima fina.

— Un alicatf,

«tro LUCIO V. MAN SILLA

■ — Buena —Un crisol. ■ — Un bruñidor. — Piedra lápiz. — Atínear.

Ramón había ido enumerando las palabras anteriores, sin necesidad de lenguaraz, pronunciándolas correctamente. Al oirle decir atínear le pregunté: . — 4 Atínear ? — Sí, 'atínear, repuso.

— Dígame el nombre en lengua de cristiano. — Así es, atínear.

Iba a decirle: ese será el nombre en araucano; pero me acordé de las lecciones que acababa de recibir, de mi humillación en presencia del fuelle, de mi humillación ante doña Fermina, discurriendo como un filósofo consumado y en lugar de hacerlo, le pregunté : — ¿Está Vd. cierto?

— Cierto, atíneair es, así le llaman los chilenos; y esto diciendo se levantó, se acercó a la fragua, metió la mano en un saquito de cuero que estaba colgado al lado de la orqueta de una tijera del techo, y desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:

— Esto es aitíncar.

Era una sustancia blanquecina, amarga, como la sal. Apunté atínear convencido de que la palabra no era castellana.

En cuanto llegué a Río 4*, uno de mis primeros cuidados fué torniar el diccionario'.

La palabra atínear trotaba por mi imaginación. Atínear hallé en la página 82, masculino, véase: bórax. — ¡ Alabado sea Dios ! exclamé. Yo sabía lo que era bórax ; sabía que era una sal que se encuentra en disolución como fúndete, como reactivo y como soldadura. ¡Loado sea Dios! volví a exclamar, que así castiga sin palo ni piedra,.

Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos. ¿Y para qué?

Para despreciar a un pobre indio, llamándole bárbaro, salvaje; para pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus institutos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilarse ;on nuestra civilización empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace morir a hierro al que a hierro

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