Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 237 de 243

Unidad 237 · UNA EXCUR8IÓN A LOS INDIOS RANQtTELKB 445

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UNA EXCUR8IÓN A LOS INDIOS RANQtTELKB 445

No sé si lo he dicho, que Brasil, a más de ser muy guapo, era un can gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.

Pero sí, recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan verdaderamente una vida de perros. Siempre hambrientos, se les ven las castilltas, tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre, diríase al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas antidiluvianas, en que solo vivían disecados por una temperatura plutoniana los enroscados ammonitas y los alados y cartilaginosos pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.

Ramón, enamoróse de la magnificencia de Brasil, cuya gordura contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.

— ¡Qué perro 'tan gordo, hermano, me dijo, y qué lindo* y los míos ¡ qué flacos'-

No les dará de comer, hermano, le contesté.

— ¡Pues no!

— ¿Y qué les da de comer?

— Lo que sobra.

Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios se comen hasta la carne humeante de la res, pensé: Yo no quisiera estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez había tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que algunas damas de copete y otras que no lo son, taidoran, con locura, durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX; progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llama Monsieur Bijou, Mister Pinch, o el señor don Barcino.

Y dirigiéndome a mi interlocutor, repuse.

— Eso no basta.

Ramón contestó:

— Es que son maulas estos míos. Usted podía regalarme el suyo para que encastara aquí.

¿Qué le había de decir?

— ¿ Está bueno, hermano, le contesté, tómelo ; pero hágalo atar ahora mismo, porque de lo contrario no ha de parar en el toldo, se ha de ir conmigo.

Ramón llamó y al punto se presentaron tres cautivos. e Hablóles en su lengua; quisieron ponerle un dogar al cuello con un lazo que por allí estaba más fué en vano.

Brasil mostraba sus aguzados y blancos colmillos, gruñía, se encrespaba, encogiendo nerviosamente la cola y los tímidos cautivos no se atrevían a violentarlo.

Me parecía que los desgraciados comprendían mejor que

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yo la libertad, y que no era por cobardía sino por un sentimiento de amor confuso y vago que respetaban al orgulloso mastín.

Tuve yo mismo que ser el verdugo de mi fiel compañero.

Brasil me miró cuando me levanté a tomar el lazo, echóse patas arriba mostrándome el pecho tomo diciéndome: mátame si quieres.

Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos, que parecían cristalizados.

Y me vi horrible, y a no ser la palabra empeñada me habría creído infame.

Brasil se dejó atar humildemente a un palo.

Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa; y un ademán de silencio.

Al abandonar el toldo de Ramón entré en él a despedirme de su familia.

El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en alaridos que desgarraban el corazón.

¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!

Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón, cansado de sus lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.

Brasü se dijo probablemente también, viéndose suelto :

lis vont, V espace est grand, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.

Los dos polvos avanzaban sobre nosotros con celeridad.

Teníamos la vista clavada en ellos.

De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:

— ¡Ahí lo bolean!

Lo confieso, persuadido de que era Brasil que venía hacia nosotros, las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecitio que me habría hecho en un campo de batalla ver caer prisionero a un compañero de peligros y de glorias.

Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados tristes.

El mal no tenía remedio.

— Vamos, dije y partí al galope.

• — ¿Y qué lo dejamos? exclamaron los franciscanos.

—Vamos, vamos, contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome largo rato.

¿Por qué, me preguntaba, pensando en la suerte de Brasil, n-o^ha de tener alma como yo un ser sensible, que siente el hambre, la sed, el calor y el frío; en dos palabras: el dolor y el placer sensual como yo?