Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 55 de 243
Unidad 55 · UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES 97
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUELES 97
Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes los más caprichosos; los unos tenían sombrero, los otros la cabe/a atada con un pañuelo limpio o sucio. Estos, vinchas de tejido [jampa; aquéllos, ponchos, algunos, apenas se en brían como nuestro primer padre Adám, con una jerga mu dios estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada di* colorado, los pómulos y*el labio inferior; todos hablaban al mismo tiempo, resonando la palabra: ¡winca! ¡winca!, ir [cristiano! ¡cristiano! y tal cual desvergüenza, di' en el mejor castellano del mundo.
Yo fingía no entender nada.
— ¡ Buen día, amigo !
— Buen día, hermano; era toda mi elocuencia, mientras mi lengiuaraz apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.
Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quién reconoce por primera vez una cosa nunca vista, decían : ¡ ese coronel Mansilla ! ¡ ese coronel Mansilla !
— Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros a diestro y siniestro, y hacía ciroular el chifle de aguardiente.
Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se aleja ba demasiado de mí, resolví terminar aquella escena. Se liodije a Mora, habló éste, y abriéndose calle los indios, marchamos todos juntos al galope, a incorporarnos a mi gente.
Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos a un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.
Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios, — dábanles cigarros, yerba y tragos de aguardiente.
— Achucar (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la reserva: venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.
Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.
Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga a la que dejo descrita, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios, y la mala voluntad de los cristianos cautivos o refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos, contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, a mi vez, y así conseguí imponerles respeto a aquellos desgraciados o pillos, a quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo orégano.
Llegamos a Aillancó, y como allí hay »una lagunita- de