Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 64 de 243
Unidad 64 · 112 UJCIO V. MANS1LLA
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112 UJCIO V. MANS1LLA
Yo, ({lie uo quería dejarme dominar ni en las cosas pe* quenas, ni contesté, ni galopé.
— Galope, galope, amigo, me gritó el indio.
Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto aquella especie de imposición. —No quiero galopar, le contesté,
Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la marcha de los indios, llegasen galopando:
— -j Despacio ! ¡ despacio ! les grité.
Los indios, se fueron adelante formando un grupo ¡ los cristianos nos quedamos atrás, formando otro.
Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme a su altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles a los míos: ¡al galope! galopamos rodos, y digo todos, hablando con propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán a ía par mía.
El punto a donde nos dirigimos era en la Laguna de Calcumuléu, que quiere decir Agua en que viven brujas. Dictaba una legua larga de Aillancó y quedaba como a seiscientos metros de la orilla del monte Leubucó.
De consiguiente, ipoco demoramos en llegar.
El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay muchas, reduciéndose su mérito a tener vertientes de agua potable casi siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.
Ál llegar Caniupán me dijo: .
■ — Aquí es donde dice Mariano que puede parar.
— Está bien, le contesté, haciendo alto, echando pie a tierra y ordenando que ©amparan.
El indio vio desensillar los caballos, sacar las tropillas a cierta distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de que de allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces el mayor cuidado con los caballos, y se fué, a Dios gracias, dejándome en paz, pero no sin que quedaran ipor ahí, dispersos a manera de espías, unos cuantos de los mismos que yo haba visto llegar '•on él, hacía un rato, a Aillancó.
Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se eebó mate, se intentó hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menestrr apretarse la barriga, y seguir dándole a la yerba y al café.
Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.
Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más solícitos en dirigirles la pa-