Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 66 de 243
Unidad 66 · 114 LUCIO V. MAWSILLA I
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114 LUCIO V. MAWSILLA I
— ¿Manda decir el general, que cómo le va? añadió.
— Dígale, repuse, que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste cómo le irá -al que no teniendo qué comer se está comiendo las muías que necesita para volverse a su tierra.
— ¿Manda decir el general, continuó, si se le ofrece algo?
— Dígale al general, contesté, echando un voto tremendo, que es un bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado, y que otro día ha de creer en algún picaro de mala fe que lo engañe.
El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación; adviniéndolo yo, agregué:
— Y dígaselo, no tenga miedo.
Dicho esto le di la espalda, y viendo él que yo no tenía gana de seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso a partir. Mas en ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después, de que no había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.
Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fué a pasar por entre los dos franciscanos que estaban descansando en el suelo, como a dos varas uno de otro.
Gritóle con voz de trueno1, saltando furioso sobre él para sofrenarle el caballo y empuñando mi revólver, dispuesto a todo :
— i Eh ! ¡ no sea bárbafro ! ¡ no me pise los padrecitioís !
Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe el caballo, casi en medio de los padres, contestó :
— Yo también sé.
— ¿ Y si sabes, picaro, por que pasas por ahí ?
— No les iba a hacer nada, repuso.
— ¡Con que no les ibas a hacer nada, bandido1
Calló, dio vuelta, les habló a los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un rato asaz amargo, pues, creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.
¡ Extraños f enómenoisi del corazón humano !
Algunas horas después de esta escena, a la que nada remarcable se siguió, ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se me presentó diciéndome:
— Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.
El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera a mi vez.
— Gracias, hijo, le contesté ¿para qué te has incomodado? apéate, tomaremos un mate y me contarás tu vida.