Una excursión a los indios ranqueles · Unidad 90 de 243

Unidad 90 · UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUEMCS 155

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UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS RANQUEMCS 155

Ellos creen cosa muy fácil engañar al extranjero.

El orgullo de la ignorancia se traduce constantemente, empezando por creer que se sabe más que el prójimo.

La ignorancia tomada individual o colectivamente es la misma en sus manifestaciones, — falsamente orgultosa y osada.

Mariano Rosas creyó engañarme.

Estábamos al habla, con tal de esforzar un poco la voz, y siguiendo el plan conocido me destacó un embajador.

Ni una palabra de mi lengua entendía éste.

Era calculado.

Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para contestar sí o no.

Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito, — se nos examinaba prolijamente.

Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los informes y detalles que recibían, descifraban el horóscopo, leyendo en el porvenir, relataban mis recónditas intenciones y conjuraban el espíritu maligno, — el gualicho.

Habló el representante de Mariano Rosas.

Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que

— se alegraba tanto de verme llegar bueno y sano a sin tierra; que estaba para servirme con todos sus Caciques, capitanejos e indios, que aquel era un día grande, y que, en prueba de ello, oyese.

Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles unos cuantos cristianos andrajosos, entre los que se distinguía un negTO, especie de Rigoletto; quemaban cohetes de la India en gran cantidad y prorrumpían en alaridos de regocijo.

Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático,

— por el órgano de mi lenguaraz, que a su turno se dirigía a un representante que me había designado Caniupán, mi estatua del Comendador, desde el instante en que nos movimos de Calcumuleu.

Multiplicando los dos interlocutores principales, a cual más sus razones, — so pena de desacreditarse ante el concepto de la opinión pública, que estaba allí congregada, no había remedio, los saludos duraban tanto como un rosario.

Después que fui saludado cumplimentado y felicitado, me pidieren permiso para hacerlo con los franciscanos, que por el hecho de andar a mi lado, de ver mis atenciones con ellos, y, sobre todo, porque llevaban carona, eran reputados mis segundos en jerarquía.

Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su multiplicación de razones, con sus últimas BÜabas prolongadas a más no poder, y en el que resonaron