Venganza y remordimiento · Unidad 166 de 280
Unidad 166 · 384 TENGáNZá
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384 TENGáNZá
— Tal determinación no dejaria de ser una graye imprudencia^ acarreadora tal vez de fatales consecuencias.
— ^No lo creáis; esas cajas no han sido enviadas & mi casa sino con el exclusivo objeto de causarme dafto.
— ¿Y sabéis si alguna contiene el bien de otras personas?
— ¿Qué me queréis decir?
— ^Hemos abierto la segunda caja.
— [Ahí y decidme, ¿cuál era su contenido?
— ün pañuelo, dos trenzas de pelo y un manuscrito.
— ¿Le habéis leido?
—Todo él.
— ¿Y qué contiene?
— ^La relación de la velada habida en el jardin del palacio'vireinal la noche del 80 de Marzo de 1676.
— ¡Ahí exclamé á su pesar Don Luis.
— ¿Qué os sorprende? preguntó intencionalmente Bernardo.
— Nada, nada; proseguid, dijo el joven visiblemente turbado.
— Habéis palidecido; ¿acaso os sentís mal?
— No, no; un principio leve de desvanecimiento pasajero: ¿qué dice el manuscrito á prepósito de dicha velada?
— Habla de un Don Luis Cortés, muy semejante á vos.
— Por la intención de vuestras palabras, comprendo que ese manuscrito os descubre un secreto íntimo de mi alma; hablad con franqueza.
— Pues bien, sí, es cierto.
— ¿Pero quién firma ese manuscrito?
— Nadie.
— ¿Se habla en él de un desconocido?
— Sí; ¿acaso habréis después averiguado su nombre?
— Tiempo hace me ocupo en ello.
— ¿Y habéis logrado algo?
— Casi todo; pero ¿cerno refiere ese manuscrito semejante episodio?
— Con tal sencillez, que no queda duda sobre la veracidad del narrador.
Y REMOBDIMIENTO. 385
— ^Mostrádmele.
— ^Decidnos antes bajo santo juramento, ¿llegasteis á ofender el honor de la noble dama?
— Jároos que no.
— ¿Ratificáis vuestro juramento?
— ^Le renovaré una y mil veces.
— ^Ya lo sabíamos, así lo dice el manuscrito; en el instante en que os aprestabais á cometer una acción indigna de vos, un hombre os arrancó del jardin.
— Así fué en efecto; ¿dice algo mas?
— Sí, os acusa de haber causado la desgracia de una madre infeliz.
— ¡Oh I eso no es verdad.
— Vedlo demostrado aquí, respondió Bernardo presentando á Don Luis los últimos folios del manuscrito, con avidez devorados por la vista del joven.
— I Dios mió, Dios mió I exclamé al acabarlos de leer, es de todo punto necesario remediar cuanto antes tan horrible mal.
— De eso tratamos; pero decidnos, ¿cémo llegasteis & proporcionaros el pequeño rizo que guardáis en vuestro relicario?
— ¿Lo habéis visto?
—Todo.
— Pues bien; cuando al dia siguiente volví al palacio y recorrí el jardin, dirigiéndome al cenador con objeto de buscar entre las rosas un capullo que en la noche anterior se hubiese abierto, con gran sorpresa y no menor alegría distinguí sobre la arena un rizo de pelo exactamente igual al de Doña Catalina. Con carifio y veneración le recogí y llevé á mis labios; triste consuelo para un ahna cuya mas halagüeña esperanza, cuya única ilusión acababa de desvanecerse para siempre. Hícele después formar el rico medallón adonde se encierra, no tan valioso como la memoria en él guardada, y en la lámina de marfil de su reverso marqué la fecha memorable de la ocurrencia, y las palabras amar y crimen, para