Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 13 de 75
CAPÍTULO CXXII. — parte 2
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Y cuando hubo dicho esto se fué de allí, que no le habló más, y mandó á Sandoval que le pusiese buenas guardas, y que él no se quitase dél con personas de recaudo; ya le teniamos echado dos pares de grillos y le llevábamos á un aposento, y puestos soldados que le habiamos de guardar, y á mí me señaló Sandoval por uno dellos, y secretamente me mandó que no dejase hablar con él á ninguno de los de Narvaez hasta que amaneciese, que Cortés le pusiese más en cobro.
Dejemos desto, y digamos cómo Narvaez habia enviado cuarenta de á caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso del rio cuando viniésemos á su real, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y supimos que andaban todavía en el campo; tuvimos temor no nos viniesen á acometer para nos quitar sus capitanes é al mismo Narvaez que teniamos presos, y estábamos muy apercebidos; y acordó Cortés de les enviar á pedir por merced que se viniesen al real, con grandes ofrecimientos que á todos prometió; y para los traer envió á Cristóbal de Olí, que era nuestro maestre de campo, é á Diego de Ordás, y fueron en unos caballos que tomaron de los de Narvaez, que de todos los nuestros no trajimos ningunos, que atados quedaron en un montecillo junto á Cempoal; que no trajimos sino picas, espadas y rodelas y puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narvaez, que les mostró el rastro por donde habian ido, y se toparon con ellos; y en fin, tantas palabras de ofertas y ofrecimientos les dijeron por parte de Cortés, y ántes que llegasen á nuestro real ya era de dia claro; y sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros á los atabaleros que el Narvaez traia, comenzaron á tocar los atabales y á tañer sus pífaros y tambores, y decian:
—«Viva, viva la gala de los romanos, que siendo tan pocos han vencido á Narvaez y á sus soldados.»
É un negro que se decia Guidela, que fué muy gracioso truhan, que traia el Narvaez, daba voces que decia:
—«Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña.»
Y por más que les deciamos que callasen y no tañesen sus atabales, no querian, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era medio loco, que se decia Tapia; y en este instante vino Cristóbal de Olí y Diego de Ordás, y trajeron á los de á caballo que dicho tengo, y entre ellos venia Andrés de Duero y Agustin Bermudez y muchos amigos de nuestro capitan; y así como venian, iban á besar las manos á Cortés, que estaba sentado en una silla de caderas, con una ropa larga de color como naranjada, con sus armas debajo, acompañado de nosotros.
Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de tantos cumplimientos que les decia, era cosa de ver qué alegre estaba; y tenia mucha razon de verse en aquel punto tan señor y pujante; y así como le besaban la mano se fueron cada uno á su posada.
Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche.
Murió el alférez de Narvaez, que se decia Fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitan de Narvaez que se decia Rojas, natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narvaez; murió uno de los tres soldados que se le habian pasado, que habian sido de los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero, y heridos de los de Narvaez hubo muchos; y tambien murieron de los nuestros otros cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo tambien salió herido; porque, como supo que veniamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento de Narvaez, y allí le hirieron, y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo.
Pues Cervantes el loco y Escalonilla, que son los que se pasaron al Narvaez que habian sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que Escalona salió bien herido, y el Cervantes bien apaleado, é ya he dicho que murió el Carretero.
Vamos á los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus soldados que en toda su vida vieron hombre para ménos ni tan cortado de muerte cuando nos oyó tocar al arma y cuando deciamos:
—«Vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»
Dicen que luego dijo que estaba muy malo del estómago, é que no fué para cosa ninguna. Esto lo he dicho por sus fieros y bravear; y de los de su compañía tambien hubo heridos.
Digamos del aposento del Diego Velazquez y otros capitanes que estaban con él, que tambien hubo heridos, y nuestro capitan Juan Velazquez de Leon prendió al Diego Velazquez, aquel con quien tuvo las bregas estando comiendo con el Narvaez, y le llevó á su aposento y le mandó curar y hacer mucha honra.
Pues ya he dado cuenta de todo lo acaecido en nuestra batalla, digamos agora lo que más se hizo.