Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 39 de 75

CAPÍTULO CXLIV. — parte 2

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Aquí se hubieron muy buenas indias é despojos, y no aguardaron ningunos mejicanos ni los naturales en el pueblo; y nuestro Cortés envió á llamar á los caciques por tres ó cuatro veces que viniesen todos de paz, y que si no venian, que les quemaria el pueblo y los iriamos á buscar; y la respuesta fué que no querian venir; é porque otros pueblos tuviesen temor dello, mandó poner fuego á la mitad de las casas que allí cerca estaban, y en aquel instante vinieron los caciques del pueblo por donde aquel dia pasamos, que ya he dicho que se dice Yautepeque, y dieron la obediencia á su Majestad; y otro dia fuimos camino de otro mejor y mayor pueblo, que se dice Coadalbaca, y comunmente corrompimos ahora aquel vocablo y le llamamos Cuernabaca, y habia dentro en él mucha gente de guerra, ansí de mejicanos como de los naturales, y estaba muy fuerte por unas cavas y riachuelo que están en las barrancas por donde corre el agua, muy hondas, de más de ocho estados abajo, puesto que no llevaban mucha agua, y es fortaleza para ellos; y tambien no habia entrada para caballos sino por unas dos puentes, y teníanlas quebradas; y desta manera estaban tan fuertes, que no los podiamos llegar, puesto que nos llegábamos á pelear con ellos desta parte de sus cavas y riachuelo en medio, y ellos nos tiraban mucha vara y flecha é piedras con hondas; y estando desta manera, avisaron á Cortés que más adelante, obra de media legua, habia entrada para los caballos, y luego fué allá con los de á caballo, y todos nosotros estábamos buscando paso, y vimos que desde unos árboles que estaban junto con la cava se podia pasar á la otra parte de aquella honda cava, y puesto que cayeron tres soldados desde los árboles abajo en el agua, y aun el uno se quebró la pierna, todavía pasamos, aunque con harto peligro; porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba que lo vi muy peligroso é malo de pasar, y se me desvanecia la cabeza, y todavía pasé yo y otros veinte ó treinta soldados y muchos tlascaltecas, y comenzamos á dar por las espaldas de los mejicanos, que estaban tirando vara y flecha á los nuestros; y cuando lo vieron, que lo tenian por cosa imposible, creyeron que éramos muchos más; y en este instante allegaron Cristóbal de Olí é Pedro de Albarado y Andrés de Tapia, con otros de á caballo, que habian pasado con mucho riesgo de sus personas por una puente quebrada, y damos en los contrarios; por manera que volvieron las espaldas y se fueron huyendo á los montes y á otras partes de aquella honda cava, donde no se pudieron haber; é dende á poco rato tambien llegó Cortés con todos los demás de á caballo.

En este pueblo se hubo gran despojo, ansí de mantas muy grandes como de buenas indias, é allí mandó Cortés que estuviésemos aquel dia, y en una huerta del señor de aquel pueblo nos aposentamos todos, y era muy buena.

Que quiera decir el gran recaudo de velas y escuchas y corredores del campo que do quiera que estábamos ó por los caminos llevábamos, es prolijidad recitallo tantas veces: y por esta causa pasaré adelante, y diré que vinieron nuestros corredores del campo á decir á Cortés que venian hasta veinte indios, y á lo que parecia en sus meneos y semblantes eran caciques y hombres principales que le traian mensajes ó á demandar paces, y eran los caciques de aquel pueblo; y cuando llegaron adonde Cortés estaba le hicieron mucho acato y le presentaron ciertas joyas de oro, y le dijeron que les perdonase porque no salieron de paz, que el señor de Méjico les enviaba á mandar que, pues estaban en fortaleza, que desde allí nos diesen guerra, y les envió un buen escuadron de mejicanos para que les ayudasen; é que á lo que ahora han visto, que no habrá cosa, por fuerte que sea, que no la combatamos y señoreemos, y que le piden por merced que los reciba de paz; y Cortés les mostró buena cara y dijo que somos vasallos de un gran señor, que es el Emperador D. Cárlos, que á los que le quisieren servir que á todos hace mercedes, y que á ellos en su Real nombre los recibe de paz; y allí dieron la obediencia á su majestad; y acuérdome que dijeron aquellos caciques que en pago de no haber venido de paz hasta entónces permitieron nuestros dioses á los suyos que les hiciese castigo en sus personas y haciendas.

Donde los dejaré agora; y digamos cómo otro dia de mañana caminamos para otra gran poblacion que se dice Suchimileco; y lo que pasamos en el camino y en la ciudad y reencuentros de guerra que nos dieron diré adelante, hasta que volvimos á Tezcuco, y lo que más pasamos.