Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 41 de 75
CAPÍTULO CXLV. — parte 2
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Y cuando los escuadrones mejicanos que habia enviado Guatemuz aquel dia vieron que nos íbamos retrayendo de Suchimileco, creyeron que de miedo no los osábamos esperar, como ello fué verdad, y salen de repente tantos dellos y se vienen derechos á nosotros, é hirieron dos soldados, é dos murieron de ahí á ocho dias, é quisieron romper y desbaratar por el fardaje; mas, como íbamos con el concierto que he dicho, no tuvieron lugar, y en todo el camino hasta que llegamos á un gran pueblo que se dice Cuyoacoan, que está obra de dos leguas de Suchimileco, nunca nos faltaron rebatos de guerreros que nos salian en partes que no nos podiamos aprovechar dellos, y ellos sí de nosotros, de mucha vara y piedra y flecha; y como tenian cerca los esteros y zanjas, poníanse en salvo.
Pues llegados á Cuyoacoan á obra de las diez del dia, hallámosla despoblada.
Quiero ahora decir que están muchas ciudades las unas de las otras cerca, de la gran ciudad de Méjico obra de dos leguas, porque Suchimileco y Cuyoacoan y Chohuilobusco é Iztapalapa y Coadlauaca y Mezquique, y otros tres ó cuatro pueblos que están poblados los más dellos en el agua, que están á legua y media ó á dos leguas las unas de las otras, y de todas ellas se habian juntado allí en Suchimileco muchos indios guerreros contra nosotros.
Pues volvamos á decir que como llegamos á aquel gran pueblo ya estaba despoblado, y está en tierra llana, acordamos de reposar aquel dia que llegamos é otro, porque se curasen los heridos y hacer saetas, porque bien entendido teniamos que habiamos de haber más batallas ántes de volver á nuestro real, que era Tezcuco; é otro dia muy de mañana comenzamos á caminar, con el mismo concierto que soliamos llevar, camino de Tacuba, que está de donde salimos obra de dos leguas, y en el camino salieron en tres partes muchos escuadrones de guerreros, y todas tres les resistimos, y los de á caballo los seguian por tierra llana hasta que se acogian á los esteros é acequias; é yendo por nuestro camino de la manera que he dicho, apartóse Cortés con diez de á caballo á echar una celada á los mejicanos que salian de aquellos esteros y salian á dar guerra á los nuestros, y llevó consigo cuatro mozos de espuelas, y los mejicanos hacian que iban huyendo, y Cortés con los de á caballo y sus criados siguiéndoles; y cuando miró por sí, estaba una gran capitanía de contrarios puestos en celada, y dan en Cortés y los de á caballo, que les hirieron los caballos, y si no dieran vuelta de presto, allí quedaran muertos ó presos.
Por manera que apañaron los mejicanos dos de los soldados mozos de espuelas de Cortés, de los cuatro que llevaba, y vivos los llevaron á Guatemuz, é los sacrificaron.
Dejemos de hablar deste desman por causa de Cortés, y digamos cómo habiamos ya llegado á Tacuba con nuestras banderas tendidas, con todo nuestro ejército y fardaje, y todos los más de á caballo habian llegado, y tambien Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, y Cortés no venia con los diez de á caballo que llevó en su compañía.
Tuvimos mala sospecha no les hubiese acaecido algun desman, y luego fuimos con Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí é Andrés de Tapia en su busca, con otros de á caballo, hácia los esteros donde le vimos apartar, y en aquel instante vinieron los otros dos mozos de espuelas que habian ido con Cortés, que se escaparon, é se decia el uno Monroy y el otro Tomás de Rijoles, y dijeron que ellos por ser ligeros escaparon, é que Cortés y los demás se vienen poco á poco porque traen los caballos heridos; y estando en esto viene Cortés, con el cual nos alegramos, puesto que él venia muy triste y como lloroso; llamábanse los mozos de espuelas que llevaron á Méjico á sacrificar, el uno Francisco Martin Vendobal, y este nombre de Vendobal se le puso por ser algo loco, y el otro se decia Pedro Gallego.
Pues como allí llegó Cortés á Tacuba, llovia mucho, y reparamos cerca de dos horas en unos grandes patios; y Cortés con otros capitanes y el tesorero Alderete, que venia ya malo, y el fraile Melgarejo y otros muchos soldados, subimos en el gran cu de aquel pueblo, que desde él se señoreaba muy bien la ciudad de Méjico, que está muy cerca, y toda la laguna y las más ciudades que están en el agua pobladas; y cuando el fraile y el tesorero Alderete vieron tantas ciudades y tan grandes, y todas asentadas en el agua, estaban admirados.
Pues cuando vieron la gran ciudad de Méjico, y la laguna y tanta multitud de canoas, que unas iban cargadas con bastimentos y otras iban á pescar y otras baldías, mucho más se espantaron, porque no las habian visto hasta en aquella sazon; y dijeron que nuestra venida en esta Nueva-España que no eran cosas de hombres humanos, sino que la gran misericordia de Dios era quien nos sostenia; é que otras veces han dicho que no se acuerdan haber leido en ninguna escritura que hayan hecho ningunos vasallos tan grandes servicios á su Rey como son los nuestros, é que ahora lo dicen muy mejor, y que dello harian relacion á su majestad.
Dejemos de otras muchas pláticas que allí pasaron, y cómo consolaba el Fraile á Cortés por la pérdida de sus mozos de espuelas, que estaba muy triste por ellos; y digamos cómo Cortés y todos nosotros estábamos mirando desde Tacuba el gran cu del ídolo Huichilóbos y el Tatelulco y los aposentos donde soliamos estar, y mirábamos toda la ciudad, y las puentes y calzada por donde salimos huyendo; y en este instante suspiró Cortés con una muy gran tristeza, muy mayor que la que de ántes traia, por los hombres que le mataron ántes que en el alto cu subiese; y desde entónces dijeron un cantar ó romance:
En Tacuba está Cortés Con su escuadron esforzado, Triste estaba y muy penoso, Triste y con gran cuidado, La una mano en la mejilla, Y la otra en el costado, etc.
Acuérdome que entónces le dijo un soldado que se decia el bachiller Alonso Perez, que despues de ganada la Nueva-España fué fiscal é vecino en Méjico:
—«Señor capitan, no esté vuestra merced tan triste; que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuestra merced:
Mira Nero, de Tarpeya, Á Roma cómo se ardia.»
Y Cortés le dijo que ya veia cuántas veces habia enviado á Méjico á rogalles con la paz, y que la tristeza no la tenia por sola una cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habiamos de ver hasta tornar á señorear, y que con la ayuda de Dios presto lo porniamos por la obra.
Dejemos estas pláticas y romances, pues no estábamos en tiempo dellos, y digamos cómo se tomó parecer entre nuestros capitanes y soldados si dariamos una vista á la calzada, pues estaba tan cerca de Tacuba, donde estábamos; y como no habia pólvora ni muchas saetas, y todos los más soldados de nuestro ejército heridos, acordándosenos que otra vez, poco más habia de un mes, que Cortés les probó á entrar en la calzada con muchos soldados que llevaba, y estuvo en gran peligro; porque temió ser desbaratado, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla; y fué acordado que luego nos fuésemos nuestro camino, por temor no tuviésemos en ese dia ó en la noche alguna refriega con los mejicanos; porque Tacuba está muy cerca de la gran ciudad de Méjico, y con la llevada que entónces llevaron vivos de los soldados no enviase Guatemuz sus grandes poderes contra nosotros; y comenzamos á caminar, y pasamos por Escapuzalco y hallámosle despoblado, y luego fuimos á Tenayuca, que era gran pueblo, que le soliamos llamar el pueblo de las Sierpes.
Ya he dicho otra vez, en el capítulo que dello habla, que tenian tres sierpes en el oratorio mayor en que adoraban, y las tenian por sus ídolos, y tambien estaban despoblados; y desde allí fuimos á Guatitlan, y en todo este dia no dejó de llover muy grandes aguaceros, y como íbamos con nuestras armas á cuestas, que jamás las quitábamos de dia ni de noche, y con la mucha agua y del peso dellas íbamos quebrantados, y llegamos ya que anochecia á aquel gran pueblo, y tambien estaba despoblado, y en toda la noche no dejó de llover, y habia grandes lodos, y los naturales dél y otros escuadrones mejicanos nos daban tanta grita de noche desde unas acequias y partes que no les podiamos hacer mal; y como hacia muy escuro y llovia, no se podian poner velas ni rondas, y no hubo concierto ninguno ni acertábamos con los puestos; y esto digo porque á mí me pusieron para velar la prima, y jamás acudió á mi puesto ni cuadrillero ni rondas, y así se hizo en todo el real.
Dejemos deste descuido, y tornemos á decir que otro dia fuimos camino de otra gran poblacion, que no me acuerdo el nombre, y habia grandes lodos en él, y hallámosla despoblada; y otro dia pasamos por otros pueblos y tambien estaban despoblados; y otro dia llegamos á un pueblo que se dice Aculman, sujeto de Tezcuco; y como supieron en Tezcuco cómo íbamos, salieron á recebir á Cortés, é vinieron muchos españoles que habian venido entónces de Castilla.
Y tambien vino á recebirnos el capitan Gonzalo de Sandoval con muchos soldados, y juntamente el señor de Tezcuco, que ya he dicho que se decia don Fernando; y se hizo á Cortés buen recebimiento, así de los nuestros como de los recien venidos de Castilla, y muchos más de los naturales de los pueblos comarcanos; pues trujeron de comer, y luego esa noche se volvió á Sandoval á Tezcuco con todos sus soldados á poner en cobro su real.
Y otro dia por la mañana fué Cortés con todos nosotros camino de Tezcuco; y como íbamos cansados y heridos, y dejábamos muertos nuestros soldados y compañeros, y sacrificados en poder de los mejicanos, en lugar de descansar y curar nuestras heridas, tenian ordenada una conjuracion ciertas personas de calidad, de la parcialidad de Narvaez, de matar á Cortés y á Gonzalo de Sandoval é á Pedro de Alvarado é Andrés de Tapia.
Y lo que más pasó diré adelante.