Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 49 de 75

CAPÍTULO CLI. — parte 2

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Otra cosa quiero decir, que Pedro de Albarado y los de á caballo, como tuvieron harto en romper los escuadrones que nos venian por las espaldas de la parte de Tacuba, no pasó ninguno dellos aquella agua ni albarradas, sino fué uno solo de á caballo que habia venido poco habia de Castilla, y allí le mataron á él y al caballo; y como vió el Pedro de Albarado que nos veniamos retrayendo, nos iba ya á socorrer con otros de á caballo, y si allá pasara, por fuerza habiamos de volver sobre los indios; y si volviera, no quedara ninguno dellos ni de los caballos ni de nosotros á vida, porque la cosa estaba de arte que cayeran en los hoyos, y habia tantos guerreros, que les mataran los caballos con lanzas que para ello tenian largas, y dende las muchas azuteas que habia, porque esto que pasó era en el cuerpo de la ciudad; y con aquella vitoria que tenian los mejicanos, todo aquel dia, que era domingo, como dicho tengo, tornaron á venir á nuestro real otra tanta multitud de guerreros; que no nos dejaban ni nos podiamos valer, que ciertamente creyeron de nos desbaratar; y nosotros con unos tiros de bronce y buen pelear nos sostuvimos contra ellos, y con velar todas las capitanías juntas cada noche.

Dejemos desto, y digamos, cómo Cortés lo supo, del gran enojo que tenia, escribió luego en un bergantin á Pedro de Albarado que mirase que en bueno ni en malo dejase un paso por cegar, y que todos los de á caballo durmiesen en las calzadas, y en toda la noche estuviesen ensillados y enfrenados, y que no curásemos de pasar más adelante hasta haber cegado con adobes y madera aquella gran abertura, y que tuviesen buen recaudo en el real.

Pues como vimos que por nosotros habia acaecido aquel desman, desde allí adelante procurábamos de tapar y cegar aquella abertura; y aunque fué con harto trabajo y heridas que sobre ella nos daban los contrarios, é muerte de seis soldados, en cuatro dias la tuvimos cegada, y en las noches sobre ella misma velábamos todas las tres capitanías, segun la órden que dicho tengo y quiero decir que entónces, como los mejicanos estaban junto á nosotros cuando velábamos, que tambien ellos tenian sus velas, y por cuartos se mudaban, y era desta manera: que hacian grande lumbre, que ardia toda la noche, y los que velaban estaban apartados de la lumbre, y desde léjos no les podiamos ver, porque con la claridad de la leña, que siempre ardia, no podiamos ver los indios que velaban; más bien sentiamos cuando se remudaban y cuando venian á atizar su leña; y muchas noches habia que, como llovia en aquella sazon mucho, les apagaba la lumbre, y la tornaban á encender, y sin hacer rumor ni hablar entre ellos palabra, se entendian con unos silbos que daban.

Tambien quiero decir que nuestros escopeteros y ballesteros, muchas veces cuando sentiamos que se venian á trocar las velas, les tiraban á bulto, é piedras y saetas perdidas, y no les haciamos mal, porque estaban en parte que, aunque de noche quisiéramos ir á ellos, no podiamos, con otra gran abertura de zanja bien honda que habian abierto á mano, é albarradas y mamparos que tenian; é tambien ellos nos tiraban á bulto mucha piedra é vara y flecha.

Dejemos de hablar destas velas, é digamos cómo cada dia íbamos por nuestra calzada adelante, peleando con muy buen concierto, y les ganaron la abertura que he dicho donde velaban; y era tanta la multitud de los contrarios que contra nosotros cada dia venian, y la vara, flecha y piedra que tiraban, que nos herian á todos, aunque íbamos con gran concierto y bien armados.

Pues ya que se habia pasado todo el dia batallando, y se venia la tarde, y no era coyuntura para pasar más adelante, sino volvernos retrayendo, en aquel tiempo tenian ellos muchos escuadrones aparejados, creyendo que con la gran priesa que nos diesen al tiempo del retraer nos desbaratarian, porque venian tan bravosos como tigres, y pié con pié se juntaron con nosotros; y como aquello conociamos dellos, la manera que teniamos para retraer era esta: que la primera cosa que haciamos era echar de la calzada á nuestros amigos los tlascaltecas; porque, como eran muchos, con nuestro favor querian llegar á pelear con los mejicanos, y como eran mañosos, que no deseaban otra cosa sino vernos embarazados con los amigos, y con grandes arremetidas que hacian por todas tres partes para nos poder tomar en medio ó atajar algunos de nosotros; y con los muchos tlascaltecas que embarazaban, no podiamos pelear á todas partes, é por esta causa los echábamos fuera de la calzada, en parte que los poniamos en salvo; y cuando nos viamos que no teniamos embarazo dellos, nos retraiamos al real, no vueltas las espaldas, sino haciéndoles rostro, unos ballesteros y escopeteros soltando y otros armando; y nuestros cuatro bergantines cada dos de los lados de las calzadas por la laguna, defendiéndonos por las flotas de las canoas, y de las muchas piedras de las azuteas y casas que estaban por derrocar; y aun con todo este concierto teniamos harto riesgo de nuestras personas hasta volvernos á los ranchos, y luego nos quemábamos con aceite nuestras heridas y apretallas con mantas de la tierra, y cenar de las tortillas que nos traian de Tacuba, é yerbas y tunas quien lo tenia; y luego íbamos á velar á la abertura del agua, como dicho tengo, y luego á otro dia por la mañana, sus, á pelear; porque no podiamos hacer otra cosa, porque por muy de mañana que fuese, ya estaban sobre nosotros los batallones contrarios, y aun llegaban á nuestro real y nos decian vituperios; y desta manera pasábamos nuestros trabajos.

Dejemos por agora de contar de nuestro real, que es el de Pedro de Albarado, y volvamos al de Cortés, que siempre de noche y de dia le daban combates, y le mataban y herian muchos soldados, y era de la manera que á nosotros los del real de Tacuba; y siempre traia dos bergantines á dar caza de noche á las canoas que entraban en Méjico con bastimentos é agua; é parece ser que el un bergantin prendió á dos principales que venian en una de las muchas canoas que venian con bastimento, y dellos supo Cortés que tenian en celada entre unos matorrales cuarenta piraguas y otras tantas canoas para tomar á alguno de nuestros bergantines, como hicieron la otra vez; y aquellos dos principales que se prendieron, Cortés les halagó y dió mantas, y con muchos prometimientos que en ganando á Méjico les daria tierras, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar les preguntó que á qué parte estaban las piraguas, porque no se pusieron donde la otra vez; y ellos señalaron en el puesto y paraje que estaban, y aun avisaron que habian hincado muchas estacas de maderos gruesos en partes, para que si los bergantines fuesen huyendo de sus piraguas, zabordasen, y allí los apañasen y matasen á los que iban en ellos.

Y como Cortés tuvo aquel aviso, apercibió seis bergantines que aquella noche se fuesen á meter á unos carrizales apartados obra de un cuarto de legua, donde estaban las piraguas, y que se cubriesen con mucha rama; y fueron á remo callado, y estuvieron toda la noche aguardando, y otro dia de mañana mandó Cortés que fuese un bergantin como que iba á dar caza á las canoas que entraban con bastimentos, y mandó que fuesen los dos indios principales que se prendieron dentro del bergantin, porque mostrasen en qué parte estaban las piraguas, porque el bergantin fuese hácia allá; y ansimismo los mejicanos nuestros contrarios concertaron de echar dos canoas echadizas, como la otra vez, adonde estaba su celada, como que traian bastimento, para que se cebase el bergantin en ir tras ellas; por manera que ellos tenian un pensamiento y nosotros otro como el suyo de la misma manera; y como el bergantin que echó Cortés vió á las canoas que echaron los indios para cebarle, iba tras ellas, y las dos canoas hacian que se iban huyendo á tierra donde estaba su celada de sus piraguas, y luego nuestro bergantin hizo semblante que no osaba llegar á tierra, y que se volvia retrayendo; y cuando las piraguas y otras muchas canoas le vieron que se volvia, salen tras él con gran furia y remar todo lo que podian, y le iban siguiendo; y el bergantin se iba como huyendo donde estaban los otros seis bergantines en celada, y todavía las piraguas siguiéndole; y en aquel instante soltaron unas escopetas, que era la señal de cuando habian de salir nuestros bergantines; y cuando oyeron la señal, salen con grande ímpetu y dieron sobre las piraguas y canoas, que trastornaron, y mataron y prendieron muchos guerreros, y tambien el bergantin que echaron para en celada, que iba ya á lo largo, vuelve á ayudar á sus compañeros; por manera que se llevó buena presa de prisioneros y canoas; y dende allí adelante no osaban los mejicanos echar más celadas, ni se atrevian á meter bastimentos ni agua tan á ojos vistas como solian; y desta manera pasaba la guerra de los bergantines en la laguna y nuestras batallas en las calzadas.

Y digamos ahora, como vieron los pueblos que estaban en la laguna poblados, que ya los he nombrado otras veces, que cada dia teniamos vitoria, ansí por el agua como por tierra, y vieron venir á nuestra amistad muchos amigos, así los de Chalco como los de Tezcuco é Tlascala é otras poblaciones, y con todos les hacian mucho mal y daño en sus pueblos, y les cautivaban muchos indios é indias; parece ser se juntaron todos, é acordaron de venir de paz ante Cortés, y con mucha humildad le demandaron perdon si en algo nos habian enojado, y dijeron que eran mandados, que no podian hacer otra cosa; y Cortés holgó mucho de los ver venir de paz de aquella manera, y aun cuando lo supimos en nuestro real de Pedro de Albarado y en el de Gonzalo de Sandoval, nos alegramos todos los soldados.

Y volviendo á nuestra plática: Cortés con buen semblante y con muchos halagos les perdonó, y les dijo que eran dignos de gran castigo por haber ayudado á los mejicanos; y los pueblos que vinieron fueron Iztapalapa, Huichilobusco é Cuyoacan é Mezquique, y todos los de la laguna y agua dulce; y les dijo Cortés que no habiamos de alzar real hasta que los mejicanos viniesen de paz, ó por guerra los acabase; y les mandó que en todo nos ayudasen con todas las canoas que tuviesen para combatir á Méjico, é que viniesen á hacer sus ranchos é trajesen comida, lo cual dijeron que ansí lo harian; é hicieron los ranchos de Cortés, y no traian comida, sino muy poca y de mala gana.

Nuestros ranchos, donde estaba Pedro de Albarado nunca se hicieron, que ansí nos estábamos al agua, porque ya saben los que en esta tierra han estado que por Junio, Julio y Agosto son en estas partes cotidianamente las aguas.

Dejemos esto, y volvamos á nuestra calzada y á los combates que cada dia dábamos á los mejicanos, y cómo les íbamos ganando muchas torres de ídolos y casas y otras aberturas de zanjas y puentes que de casa en casa tenian hechas, y todo lo cegábamos con adobes y la madera de las casas que deshaciamos y derrocábamos, y aun sobre ellas velábamos; y aun con toda esta diligencia que poniamos, lo tornaban á hondar y ensanchar, y ponian más albarradas, y porque entre todas tres nuestras capitanías teniamos por deshonra que unos batallásemos é hiciésemos rostro á los escuadrones mejicanos, y otros estuviesen cegando los pasos y aberturas y puentes; y por excusar diferencias sobre los que habiamos de batallar ó cegar aberturas, mandó Pedro de Albarado que una capitanía tuviese cargo de cegar y entender en la obra un dia, y las dos capitanías batallasen é hiciesen rostro contra los enemigos, y esto habia de ser por rueda, un dia una y luego otro dia otra capitanía, hasta que por todas tres volviese la andanada y rueda; y con esta órden no quedaba cosa que les ganábamos que no dábamos con ella en el suelo, y nuestros amigos los tlascaltecas, que nos ayudaban; y ansí les íbamos entrando en su ciudad; mas al tiempo del retraer todas tres capitanías habiamos de pelear juntos, porque entónces era donde corriamos mucho peligro; y como otra vez he dicho, primero haciamos salir de las calzadas todos los tlascaltecas, porque cierto era demasiado embarazo para cuando peleábamos.

Dejemos de hablar de nuestro real, y volvamos al de Cortés y al de Gonzalo de Sandoval, que á la continua, ansí de dia como de noche, tenian sobre sí muchos contrarios por tierra y flotas de canoas por la laguna, y siempre les daban guerra, y no les podian apartar de sí.

Pues en lo de Cortés, por les ganar una puente y obra muy honda, que era mala de ganar, en ella tenian los mejicanos muchos mamparos y albarradas, que no se podian pasar sino á nado, é ya que se pusiesen á pasalla, estábanles aguardando muchos guerreros con flechas y piedras con honda, y vara y macanas y espadas de á dos manos, y lanzas como dalles, y engastadas las espadas que nos tomaron, acudiendo siempre gran multitud de guerreros, y la laguna llena de canoas de guerra; y habia junto á las albarradas muchas azuteas, y dellas les tiraban muchas piedras, de que con gran dificultad se podian defender; y los herian muchos, y algunos mataban, y los bergantines no les podian ayudar, por las estacadas que tenian puestas, en que se embarazaban los bergantines; y sobre ganalles esta fuerza y puente y abertura pasaron los de Cortés mucho trabajo, y estuvieron muchas veces á punto de perderse, é le mataron cuatro soldados en el combate y le hirieron sobre treinta; y como era ya tarde cuando la acabaron de ganar, no tuvieron tiempo de la cegar, y se volvieron retrayendo con muy grande trabajo y peligro, y con más de treinta soldados heridos y muchos tlascaltecas descalabrados, aunque peleaban bravosamente.

Dejemos esto, y digamos otra manera con que Guatemuz mandó pelear á sus capitanes, haciendo apercebir todos sus poderes para que nos diesen guerra continuamente; y es que, como para otro dia era fiesta de señor San Juan de Junio, que entónces se cumplia un año puntualmente que habiamos entrado en Méjico, cuando el socorro del capitan Pedro de Albarado, y nos desbarataron, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla, parece ser tenia cuenta en ello el Guatemuz, y mandó que en todos tres reales nos diesen toda la guerra y con la mayor fuerza que pudiesen con todos sus poderes, ansí por tierra como con las canoas por el agua, para acabarnos de una vez, como decian se lo tenia mandado su Huichilóbos, y mandó que fuese de noche al cuarto de la modorra; y porque los bergantines no nos pudiesen ayudar, en todas más partes de la laguna tenian hechas unas estacadas para que en ellas zabordasen; y vinieron con esta furia y ímpetu, que si no fuera por los que velábamos juntos, que éramos sobre ciento y veinte soldados, y todos muy acostumbrados á pelear, nos entraran en el real y corriamos harto peligro, y con muy grande concierto les resistimos, y allí hirieron á quince de los nuestros, y dos murieron de ahí á ocho dias de las heridas.

Pues en el real de Cortés tambien les pusieron en grande aprieto é trabajo, é hubo muchos muertos y heridos, y en lo de Sandoval por el consiguiente, y desta manera vinieron dos noches arreo; y tambien en aquellos rencuentros quedaron muchos mejicanos muertos y muchos heridos; y como Guatemuz y sus capitanes y papas vieron que no aprovechaba nada la guerra que dieron aquellas noches, acordaron que con todos sus poderes juntos viniesen al cuarto del alba y diesen en nuestro real, que se dice el de Tacuba; y vinieron tan bravosos, que nos cercaron por todas partes, y aun nos tenian medio desbaratados y atajados; y quiso Dios darnos esfuerzo, que nos tornamos á hacer un cuerpo y nos mamparamos algo con los bergantines, y á buenas estocadas y cuchilladas, que andábamos pié con pié, los apartamos algo de nosotros, y los de á caballo no estaban holgando; pues los ballesteros y escopeteros hacian lo que podian, que harto tuvieron que romper en otros escuadrones que ya nos tenian tomadas las espaldas; y en aquella batalla mataron á ocho de nuestros soldados, y aun á Pedro de Albarado le descalabraron, y si nuestros amigos los tlascaltecas durmieran aquella noche en la calzada, corriamos gran riesgo con el embarazo que ellos nos pusieran, como eran muchos; más la experiencia de lo pasado nos hacia que luego los echásemos fuera de la calzada y se fuesen á Tacuba, y quedábamos sin cuidado.

Tornemos á nuestra batalla, que matamos muchos mejicanos, y se prendieron cuatro personas principales.

Bien tengo entendido que los curiosos letores se hartarán ya de ver cada dia combates, y no se puede hacer ménos, porque noventa y tres dias estuvimos sobre esta tan fuerte ciudad, cada dia é de noche teniamos guerras y combates, y por esta causa los hemos de decir muchas veces, de cómo é cuándo é de qué manera é arte pasaba; é no lo pongo aquí por capítulos lo que cada dia haciamos, porque me parece que seria gran prolijidad é seria cosa para nunca acabar, y pareceria á los libros de Amadís é de otros corros de caballeros; é porque de aquí adelante no me quiero detener en contar tantas batallas é rencuentros que cada dia é de noche teniamos, si posible fuere, lo diré lo más breve que pueda, hasta el dia de señor San Hipólito, que, gracias á nuestro Señor Jesucristo, nos apoderamos desta tan gran ciudad y prendimos al Rey della, que se decia Guatemuz, é á sus capitanes; puesto que ántes que le prendiésemos tuvimos muy grandes desmanes, é casi que estuvimos en gran ventura de nos perder en todos nuestros reales, especialmente en el real de Cortés por descuido de sus capitanes, como adelante verán.