Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 51 de 75
CAPÍTULO CLII. — parte 2
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—«Mirá, pues veis que yo no puedo ir á todas partes, á vos os encomiendo estos trabajos, pues veis que estoy herido y cojo; ruégoos pongais cobro en estos tres reales: bien sé que Pedro de Albarado y sus capitanes y soldados habrán batallado y hecho como caballeros, mas temo el gran poder destos perros, no les hayan desbaratado; pues de mí y de mi ejército ya veis de la manera que estoy.»
Y en posta vino el Sandoval y el Francisco de Lugo donde estábamos, y cuando llegó seria hora de vísperas, y porque, segun pareció é supimos, el desbarate de Cortés fué ántes de Misa mayor; y cuando llegó Sandoval nos halló batallando con los mejicanos, que nos querian entrar en el real por unas casas que habiamos derrocado, y otros por la calzada, y otros en canoas por la laguna, y tenian ya un bergantin zabordado en unas estacadas, y de los soldados que en ellos iban, habian muerto los dos, y los demás heridos; y como Sandoval nos vió á mí y á otros soldados en el agua metidos á más de la cinta, ayudando al bergantin á echalle en lo hondo, y estaban sobre nosotros muchos indios con espadas de las nuestras que habian tomado en el desbarate de Cortés, y otros con montantes de navajas dándonos cuchilladas, y á mí me dieron un flechazo, y querian llegar con gran fuerza sus canoas, segun la fuerza que ponian, y le tenian atadas muchas sogas para llevársele y metelle dentro de la ciudad; y como el Sandoval nos vió de aquella manera, dijo:
—«Oh hermanos, poned fuerza en que no lleven el bergantin.»
Y tomamos tanto esfuerzo, que luego le sacamos en salvo, puesto que, como he dicho, todos los marineros salieron heridos y dos soldados muertos.
En aquella sazon vinieron á la calzada muchas capitanías de mejicanos, y nos herian ansí á los de á caballo y á todos nosotros, y aun al Sandoval le dieron una buena pedrada en la cara; y entónces Pedro de Albarado le socorrió con otros de á caballo, y como venian tantos escuadrones, é yo y otros soldados les haciamos cara, Sandoval nos mandó que poco á poco nos retrajésemos porque no les matasen los caballos; é porque no nos retraiamos de presto como quisiera, dijo:
—«¿Quereis que por amor de vosotros me maten á mí y á todos aquestos caballeros? Por amor de Dios, hermanos, que os retrayais.»
Y entónces le tornaron á herir á él y á su caballo; y en aquella sazon echamos á los amigos fuera de la calzada, y poco á poco, haciendo cara, y no vueltas las espaldas, como quien va haciendo represas, unos ballesteros y escopeteros tirando y otros armando y otros cebando sus escopetas, y no soltaban todos á la par; y los de á caballo que hacian algunas arremetidas, y el Pedro Moreno Medrano con sus tiros en armar y tirar; y por más mejicanos que llevaban las pelotas, no les podian apartar, sino que todavía nos iban siguiendo, con pensamiento que aquella noche nos habian de llevar á sacrificar.
Pues ya que estábamos en salvo cerca de nuestros aposentos, pasada ya una grande obra donde habia mucha agua é muy honda, y no nos podian alcanzar las piedras ni varas ni flecha, y estando el Sandoval y el Francisco de Lugo y Andrés de Tapia con Pedro de Albarado, contando cada uno lo que le habia acaecido y lo que Cortés mandaba, tornó á sonar el atambor de Huichilóbos y otros muchos atabalejos, y caracoles y cornetas y otras como trompas, y todo el sonido dellas espantable y triste; y miramos arriba al alto cu, donde los tañian, y vimos que llevaban por fuerza á rempujones y bofetadas y palos á nuestros compañeros que habian tomado en la derrota que dieron á Cortés, que los llevaron por fuerza á sacrificar; y de que ya los tenian arriba en una placeta que se hacia en el adoratorio, donde estaban sus malditos ídolos, vimos que á muchos dellos les ponian plumajes en las cabezas, y con unos como aventadores les hacian bailar delante de Huichilóbos, y cuando habian bailado, luego les ponian de espaldas encima de unas piedras que tenian hechas para sacrificar, y con unos navajones de pedreñal les aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo, y se los ofrecian á sus ídolos que allí presentes tenian, y á los cuerpos dábanles con los piés por las gradas abajo; y estaban aguardando otros indios carniceros, que les cortaban brazos y piernas, y las caras desollaban y las adobaban como cueros de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacian borracheras, y se comian las carnes con chilmole; y desta manera sacrificaron á todos los demás, y les comieron piernas y brazos, y los corazones y sangre ofrecian á sus ídolos, como dicho tengo, y los cuerpos, que eran las barrigas, echaban á los tigres y leones y sierpes y culebras que tenian en la casa de las alimañas, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, que atrás dello he platicado.
Pues de aquellas crueldades vimos todos los de nuestro real y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y todos los demás capitanes.
Miren los curiosos lectores que esto leyeren, qué lástima terniamos dellos; y deciamos entre nosotros: «¡Oh gracias á Dios, que no me llevaron á mí hoy á sacrificar!» Y tambien tengan atencion que no estábamos léjos dellos y no les podiamos remediar, y ántes rogábamos á Dios que fuese servido de nos guardar de tan cruelísima muerte.
Pues en aquel instante que hacian aquel sacrificio, vinieron sobre nosotros grandes escuadrones de guerreros, y nos daban por todas partes bien que hacer, que ni nos podiamos valer de una manera ni de otra contra ellos, y nos decian:
—«Mirad que desta manera habeis de morir todos, que nuestros dioses nos lo han prometido muchas veces.»
Pues las palabras de amenazas que decian á nuestros amigos los tlascaltecas eran tan lastimosas y malas, que los hacian desmayar, y les echaban piernas de indios asadas y brazos de nuestros soldados y les decian:
—«Comé de las carnes de estos teules y de vuestros hermanos, que ya bien hartos estamos dellos, y deso que nos sobra bien os podeis hartar; y mirad que las casas que habeis derrocado, que os hemos de traer para que las torneis á hacer muy mejores, y con piedras y lanzas y cal y canto, y pintadas; y por eso ayudad muy bien á estos teules, que á todos los vereis sacrificados.»
Pues otra cosa mandó hacer Guatemuz, que, como hubo aquella vitoria de Cortés, envió á todos los pueblos nuestros confederados y amigos, y á sus parientes, piés y manos de nuestros soldados, y caras de soldados con sus barbas, y las cabezas de los caballos que mataron; y les envió á decir que éramos muertos más de la mitad de nosotros é que presto nos acabarian, é que dejasen nuestra amistad y se viniesen á Méjico, y que si luego no lo dejaban, que les enviaria á destruir; y les envió á decir otras muchas cosas para que se fuesen de nuestro real y nos dejasen, pues habiamos de ser presto muertos de su mano; y á la continua dándonos guerra, así de dia como de noche; y como velábamos todos los del real juntos, y Gonzalo de Sandoval y Pedro de Albarado y los demás capitanes haciéndonos compañía en la vela, aunque venian de noche grandes capitanías de guerreros, les resistiamos.
Pues los de á caballo todo el dia y la noche estaba la mitad dellos en lo de Tacuba y la otra mitad en las calzadas.
Pues otro mayor mal nos hicieron, que cuanto habiamos cegado desde que en la calzada entramos, todo lo tornaron á abrir, y hicieron albarradas muy más fuertes que de ántes.
Pues los amigos de las ciudades de la laguna que nuevamente habian tomado nuestra amistad y nos vinieron á ayudar con las canoas, creyeron llevar lana y volvieron trasquilados, porque perdieron muchos las vidas y más de la mitad de las canoas que traian, y otros muchos volvieron heridos; y aun con todo esto, desde allí adelante no ayudaron á los mejicanos, porque estaban mal con ellos, salvo estarse á la mira.
Dejemos de hablar más en contar lástimas, y volvamos á decir el recaudo y manera que teniamos, y cómo Sandoval y Francisco de Lugo, y Andrés de Tapia y los demás caballeros que habian venido á nuestro real, les pareció que era bien volverse á sus puestos y dar relacion á Cortés cómo y de qué manera estábamos; y se fueron en posta, y dijeron á Cortés cómo Pedro de Albarado y todos sus soldados teniamos muy buen recaudo, así en el batallar como en el velar; y aun el Sandoval, como me tenia por amigo, dijo á Cortés cómo me halló á mí y á otros soldados batallando en el agua á más de la cinta defendiendo un bergantin que estaba zabordado en unas estacadas, é que si por nuestras personas no fuera, que mataran á todos los soldados y al capitan que dentro venia; é porque dijo de mi persona otras loas que yo aquí no tengo de decir, porque otras personas lo dijeron y se supo en todo el real, no quiero aquí recitallo; y cuando Cortés lo hubo bien entendido del buen recaudo que teniamos en nuestro real, con ello descansó su corazon, y desde allí adelante mandó á todos tres reales que no batallásemos poco ni mucho con los mejicanos; entiéndese que no curásemos de tomar ningun puente ni albarrada, salvo defender nuestros reales no nos los rompiesen; porque de batallar con ellos, no habia bien esclarecido el dia ántes, cuando estaban sobre nuestro real tirando muchas piedras con hondas, y varas y flecha, y diciéndonos muchos vituperios feos; y como teniamos junto á nuestro real una obra de agua, muy ancha y honda, estuvimos cuatro dias arreo que no la pasamos, y otro tanto se estuvo Cortés en el suyo, y Sandoval en el suyo; y esto de no salir á batallar y procurar de ganar las albarradas que habian tornado á abrir y hacer fuertes, era por causa que todos estábamos muy heridos y trabajados, así de velas como de las armas, y sin comer cosa de sustancia; y como faltaban del dia ántes sobre sesenta y tantos soldados de todos tres reales, y siete caballos, porque recibiéramos algun alivio y para tomar maduro consejo de lo que habiamos de hacer de allí adelante, mandó Cortés que estuviésemos quedos, como dicho tengo.
Y dejallo hé aquí, y diré cómo y de qué manera peleábamos, y todo lo que en nuestro real pasó.