Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · Unidad 56 de 75
CAPÍTULO CLVI. — parte 2
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Agora, que estoy fuera de los recios combates y batallas de los mejicanos, que con nosotros, y nosotros con ellos teniamos de noche y de dia, por que doy muchas gracias á Dios, que dellas me libró, quiero contar una cosa muy temeraria que me acaeció, y es, que despues que vide abrir por los pechos y sacar los corazones y sacrificar á aquellos sesenta y dos soldados que dicho tengo que llevaron vivos de los de Cortés, ofrecelles los corazones á los ídolos, y esto que agora diré, les parece á algunas personas que es por falta de no tener muy grande ánimo; y si bien lo consideran, es por el demasiado ánimo con que en aquellos dias habia de poner mi persona en lo más recio de las batallas, porque en aquella sazon presumia de buen soldado y era tenido en esta reputacion, y habia de hacer lo que más osados y atrevidos soldados suelen hacer, y en aquella sazon yo hacia delante de mis capitanes; y como de cada dia via llevar á nuestros compañeros á sacrificar, y habia visto, como dicho tengo, que les aserraban por los pechos y sacalles los corazones bullendo, y cortalles piés y brazos, y se los comieron á los sesenta y dos que dicho tengo, temia yo que un dia que otro habian de hacer de mí lo mismo, porque ya me habian asido dos veces, y quiso Dios que me escapé; y acordóseme de aquellas muertes, y por esta causa desde entónces temí desta cruel muerte; y esto he dicho porque ántes de entrar en las batallas se me ponia por delante una como grima y tristeza grandísima en el corazon; y encomendándome á Dios y á su bendita Madre nuestra Señora, y entrar en las batallas, todo era uno, y luego se me quitaba aquel temor, y tambien quiero decir qué cosa tan nueva era agora tener yo aquel temor no acostumbrado, habiéndome hallado en muchos rencuentros muy peligrosos, ya habia de estar curtido el corazon y esfuerzo y ánimo en mi persona agora á la postre más arraigado que nunca; porque, si bien lo sé contar y traer á la memoria, desde que vine á descubrir con Francisco Fernandez de Córdoba y con Grijalva, y volví con Cortés, y me hallé en lo de la Punta de Cotoche y en lo de Lázaro, que por otro nombre se dice Campeche, y en Potonchan y en la Florida, segun que más largamente lo tengo escrito cuando vine á descubrir con Francisco Fernandez de Córdoba.
Dejemos desto, y volvamos á hablar en lo de Grijalva y en la misma de Potonchan, y con Cortés en lo de Tabasco y la de Cingapacinga, y en todas las guerras y rencuentros de Tlascala y en lo de Cholula, y cuando desbaratamos á Narvaez me señalaron para que les fuésemos á tomar la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenian cebados y cargados con sus pelotas de piedra, los cuales les tomamos, y este trance fué de mucho peligro; y me hallé en el primer desbarate cuando los mejicanos nos echaron de Méjico, ó por mejor decir, salimos huyendo cuando nos mataron en obra de ocho dias ochocientos y cincuenta soldados; y me hallé en las entradas de Tepeaca y Cachula y sus rededores, y en otros rencuentros que tuvimos con los mejicanos cuando estábamos en Tezcuco sobre coger las mielpas de maíz, y en lo de Iztapalapa cuando nos quisieron anegar, y me hallé cuando subimos en los peñoles, y ahora los llaman las fuerzas ó fortaleza que ganó Cortés, y en lo de Suchimileco, é otros muchos rencuentros; y entré con Pedro de Albarado con los primeros á poner cerco á Méjico, y les quebramos el agua de Chalputepeque, y en la primera entrada que entramos en la calzada con el mismo Pedro de Albarado; y despues desto, cuando desbarataron por la misma nuestra parte y llevaron seis soldados vivos, y á mí me llevaban, é ya se hacia cuenta que eran siete conmigo, segun me llevaban engarrafado á sacrificar; y me hallé en todas las demás batallas ya por mí memoradas, que cada dia y de noche teniamos, hasta que vi, como dicho tengo, las crueles muertes que dieron delante de mis ojos á aquellos sesenta y dos soldados nuestros compañeros; ya he dicho que agora que por mí habian pasado todas estas batallas y peligros de muerte, que no lo habia de temer como lo temia agora á la postre.
Digan agora todos aquellos caballeros que desto del militar entienden, y se han hallado en trances peligrosos de muerte, á qué fin echarán mi temor, si es á mucha flaqueza de ánimo ó á mucho esfuerzo; porque, como he dicho, sentia yo en mi pensamiento que habia de poner por mi persona, batallando en parte que por fuerza habia de temer la muerte más que otras veces, y por esto me temblaba el corazon y temia la muerte; y todas aquestas batallas que aquí he dicho donde me he hallado, verán en mi relacion en qué tiempo y cómo y cuándo y dónde y de qué manera otras muchas entradas y rencuentros tuvo Cortés y muchos de nuestros capitanes, sin estos que aquí tengo dichos que no me hallé yo en ellos, porque eran de cada dia tantos, que aunque fuera de hierro mi cuerpo, no lo pudiera sufrir, en especial que siempre andaba herido y pocas veces estaba sano, y á esta causa no podia ir á todas las entradas; pues aun no han sido nada los trabajos y peligros y rencuentros de muerte que de mi persona he recontado, que despues que ganamos esta fuerte y gran ciudad pasé otros muchos, como adelante verán cuando venga á coyuntura.
Y dejemos ya, y diré y declararé por qué he dicho en todas estas guerras mejicanas cuando nos mataron nuestros compañeros, digo lleváronlos, y no digo matáronlos, y la causa es esta: porque los guerreros que con nosotros peleaban, aunque pudieran matar luego á los que llevaban vivos de nuestros soldados, no los mataban luego, sino dábanles heridas peligrosas porque no se defendiesen, y vivos los llevaban á sacrificar á sus ídolos, y aun primero les hacian bailar delante de Huichilóbos, que era su ídolo de la guerra; y esta es la causa porque he dicho los llevaron.
Y dejemos esta materia, y digamos lo que Cortés hizo despues de ganado Méjico.