Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3) · Unidad 15 de 56
CAPÍTULO CLXXVIII. — parte 2
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Pues estando derrocando los de Gil Gonzalez los zapotes del árbol, y estaban encima del árbol los dos hombres, cuando vieron venir la canoa por la mar, en que venia Gonzalo de Sandoval; y sus compañeros se espantaron y admiraron de cosa tan nueva, y no sabian si huir, si esperar; y como llegó Sandoval á ellos les dijo que no hubiesen miedo, y así, estuvieron quedos y muy espantados; y despues de bien informados el Sandoval y sus compañeros de los españoles cómo y de qué manera estaban allí poblados los de Gil Gonzalez de Ávila, del mal suceso de la armada del de las Casas, que se perdió, y cómo Cristóbal de Olí los tuvo presos al de las Casas y al Gil Gonzalez de Ávila, y cómo degollaron en Naco á Cristóbal de Olí por sentencia que dieron contra él, y cómo eran partidos para Méjico, y supieron quién y cuántos estaban en la villa, y la gran hambre que pasaban, y cómo habia pocos dias que habian ahorcado en aquella villa al teniente capitan que les dejó allí el Gil Gonzalez de Ávila, que se decia Armenta, y por qué causa le ahorcaron, que fué porque no les dejaba ir á Cuba.
Acordó Sandoval de llevar luego aquellos hombres á Cortés, y no hacer novedad ni ir á la villa sin él, para que de sus personas fuese informado; y entónces un soldado que se decia Alonso Ortiz, vecino que despues fué de una villa que se dice San Pedro, suplicó á Sandoval que le hiciese merced de darle licencia para adelantarse una hora para llevar las nuevas á Cortés y á todos los que con él estábamos, porque le diésemos albricias, y así lo hizo; de las cuales nuevas se holgó Cortés y todo nuestro Real, creyendo que allí acabáramos de pasar tantos trabajos como pasábamos, y se nos doblaron mucho más, segun adelante diré; é á Alonso Ortiz, que llevó estas nuevas, Cortés le dió luego un caballo muy bueno rosillo, que llaman Cabeza de Moro, y todos le dimos de lo que entónces teniamos; y luego llegó el capitan Sandoval con los soldados y el indio de Cuba, y dieron relacion á Cortés de todo lo por mí dicho, y de otras muchas cosas que les preguntaba, y cómo tenian en aquella villa un navío que estaban calafateando en un puerto obra de media legua de allí, el cual tenian para se embarcar todos en él é irse á Cuba, y que porque no les habia dejado embarcar el teniente Armenta le ahorcaron, y tambien porque mandaba dar garrote á un clérigo que revolvia la villa, y alzaron por teniente á un Antonio Nieto en lugar del Armenta, que ahorcaron.
Dejemos de hablar de las nuevas de los dos españoles, y digamos los lloros que en su villa se hicieron viendo que no volvian aquella noche los vecinos y el indio de Cuba, que habian ido á buscar la fruta, que creyeron que indios los habian muerto, ó tigres ó leones, y el uno de los vecinos era casado, y su mujer lloraba por él, y todos los vecinos, y tambien el clérigo, que se llamaba el bachiller Hulano Velazquez; y se juntaron en la iglesia, y rogaban á Dios que les ayudase y que no viniesen más males sobre ellos, y no hacia la mujer sino rogar á Dios por el ánima del marido.
Volvamos á nuestra relacion: que luego Cortés nos mandó á todo nuestro ejército ir camino de la mar, que seria seis leguas, y aun en el camino habia un estero muy crecido y hondo, que crecia y menguaba, y estuvimos aguardando que menguase medio dia, y lo pasamos á vuelapié é á nado, y llegamos al rio del Golfo-Dulce, y el primero que quiso ir á la villa, que estaba de allí dos leguas, fué el mismo Cortés con seis soldados, sus mozos de espuelas, y fué, á las dos canoas atadas, que una era en que habian venido los soldados de Gil Gonzalez á buscar zapotes, y la otra que Sandoval habia tomado en la costa á los indios; que para aquel menester las habian varado en tierra y escondido en el monte para pasar en ellas, y las tornaron á echar al agua, y se ataron una con otra de manera que estaban bien fijas, y en ellas pasó Cortés y sus criados, y luego en las mismas canoas mandó que se pasasen dos caballos, y es desta manera, en las canoas remando, y los caballos del cabestro nadando junto á las canoas y con maña, y no dar mucho lazo al caballo, porque no trastorne la canoa; mandó que hasta que viésemos su carta ó mandato, que no pasásemos ningunos en las mismas canoas, por el gran riesgo que habia en el pasaje, que Cortés se vió arrepentido de haber ido en ellas, porque venia el rio con gran furia.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que más nos pasó.